
En mi novela aparece en diversos capítulos la Maternidad de Elna de la que TVE estrenó ayer sábado una película titulada: La luz de Elna. Podéis saber más en mi página:
https://pinguinosenparis.com/2016/10/03/elisabeth-eindenbenz/


En mi novela aparece en diversos capítulos la Maternidad de Elna de la que TVE estrenó ayer sábado una película titulada: La luz de Elna. Podéis saber más en mi página:
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La Nueve desembarcó en las playas de Normandía a primeros de agosto de 1944. Antes de su famosa liberación de París, intervino en varias acciones. La más sangrienta de las que precedieron a la llegada a la capital fue la conquista de la ciudad Écouché o Ecouché, en la región de la Basse-Normandie, y su posterior y heroica defensa de los contraataques alemanes. En estos combates La Nueve tuvo varias bajas. Todos estos hechos, ocurridos a partir del 13 agosto de 1944, se cuentan en mi novela.

La División Leclerc poco después del desembarco.

La División Leclerc avanzando por tierras normandas.
Fragmento de Pingüinos en París
El bochorno anunciaba tormenta; presentían a los blindados alemanes
y a la artillería ligera camuflada entre las casas del pueblo. “No les vemos pero les olemos”, bromeaban los atacantes. Desde la zona boscosa de Écouves, podía apreciarse el campanario de la abadía de Écouché, los half – track se detuvieron para preparar el asalto a la ciudad, avanzaron hasta una granja rodeada por una protectora
arboleda, el ruido de las orugas alertó a los granjeros que se asomaron imprudentes, levantaron sus manos y empezaron a gritar vivas a la Francia Libre. La Nueve se convirtió en la punta de lanza del ataque, llegó la primera a los arrabales del sur de la población y ocupó la oficina de correos; aparecieron varios blindados alemanes, los hombres de la primera y segunda sección saltaron de sus vehículos y se enfrentaron a los Panzer. Eran como dioses mitológicos y como Aquiles se sentían invulnerables. Los nombres de aquellas ya lejanas derrotas de Teruel, Madrid o el Ebro, lucían en sus semiorugas, pero ahora las fuerzas estaban equilibradas. Luchaban por el futuro y también por el pasado. Un grupo de las Waffen SS trató de escapar protegidos por un par de Panthers. La tercera sección de La Nueve fue tras ellos. Los blindados alemanes abrieron fuego en un intento de detener a los hombres de Hugo y de Campos, todo fue inútil para los nazis; hacía demasiado tiempo que los españoles esperaban esta batalla, frente a frente, con material parejo, aunque con empuje bien distinto: el que deja el recuerdo de una patria destruida.
Voló uno de los Panther como alcanzado por un rayo y eso había sido, un relámpago vengador. Al otro le reventaron las cadenas y chirrió como un animal agonizante, un bazooka le había alcanzado, el retroceso del arma tumbó al artillero, que pensó que valía la pena el culetazo por ver saltar por los aires al carro alemán. La población quedó franca y la división se enseñoreó de las calles y de las plazas. Había sido más rápido de lo que pensaban. Amado Granell había arrebatado a los alemanes un automóvil Tatra 57 K un vehículo militar preparado para transportar mandos de las SS. A partir de aquel momento lo convirtió en su “jeep” de mando, haciéndole trotar por los campos de batalla.
Los alemanes no se resignaron a perder Écouché y enviaron a la 2ª y 9ª Panzer División para reconquistar la ciudad a sangre yfuego. Durante cuatro largos días la división francesa resistió sin descanso los ataques alemanes por tierra y por aire. Una mañana percibieron el rugir de los motores de la aviación. Miraron al cielo, no para rezar, sino tratando de distinguir si eran amigos o enemigos.
Pronto comprobaron que eran estadounidenses, sin embargo no fue ninguna garantía. Los aviones empezaron a ametrallar a las tropas francesas, un par aparatos P-51 la tomaron con La Nueve. Martín Garcés advirtió del peligro:
– ¡A cubierto!
– Esos cabrones nos tratan de machacar – dijo Luis Royo.
– Voy a darles una lección – exclamó David – sorprendiendo a todos preparando su ametralladora –. Me importa un huevo que sean aliados.
– Alto David, déjame a mí – dijo Amado Granell.
Salió al centro del camino donde los Mustag P-51 iniciaban otra pasada y esgrimió una bandera francesa con el consiguiente riesgo de ser ametrallado. El piloto del primero de los aparatos vio la enseña francesa y el uniforme americano, levantó el pulgar de su disparador e inició el ascenso. Granell extendió un panel con el nombre de la división y se quedó allí de pie. El otro aparato remontó el vuelo en pos de su jefe de escuadrilla. Los hombres de la compañía irrumpieron en vivas.

La columna Leclerc en Avranches, camino de Écouché
Fragmento de Pingüinos en París
El día 15 La Nueve fue cañoneada por los alemanes y por los propios americanos, la falta de puntería de los artilleros de uno y otro bando les salvó. Sin embargo, los torpes cañonazos alcanzaron a varios soldados franceses, una sombra vestida de sacerdote apareció entre las ruinas y cargó con uno de los heridos. El cura del pueblo, el abad Verget, un joven capellán de extraordinario valor, se jugaba la vida desde el mismo día de la llegada de los divisionarios a Écouché, retirando los heridos y llevándolos a la sacristía para que fueran atendidos. Durante las noches enterraba cristianamente a los muertos. Los soldados le veían atravesar una calle batida por el fuego enemigo para rescatar a un herido y cargárselo al hombro hasta la iglesia. Los ataques de aquella jornada llevaron a varios miembros de la compañía a refugiarse en el templo. El joven cura no dejaba de salir de los muros protectores de la abadía para seguir con su encomiable labor de ayuda. Su actitud levantó la admiración de la compañía, incluso de aquellos libertarios de reconocido ateísmo.
– Ojalá hubiésemos tenido curas como ese en España. Me cae bien ese tío – dijo el “Mejicano”.
– Los teníamos, pero no les dejamos demostrarlo – contestó Belmonte,
el asturiano de Ibas.
Hubo risas generales, no obstante todos sabían que Belmonte tenía algo de razón. Aquella noche, después de pelear todo el día, quisieron celebrar el estar vivos. Habían llegado hacía ya dos semanas y seguían completos y muy satisfechos de sus acciones. Los rostros cansados no podían ocultar la satisfacción. El “Ay Carmela” sonó fuerte y claro por el cielo de Écouché. Era un homenaje a ellos mismos, a otra batalla en otro río distinto al Sarthe.
A la mañana siguiente, los alemanes penetraron por algunos puntos de la ciudad. La situación se tornó complicada; la división estaba rodeada. Dronne sabía que su compañía no podría aguantar nuevos ataques al sector. Se reunió con Granell, Hugo, Elías, Montoya y Campos. Entre todos consideraron que lo mejor sería contraatacar y tratar de sorprender al enemigo. El capitán decidió hacer el asalto a pie, protegidos por fuego de morteros. Granell y Hugo expusieron sus dudas, preferían rodear a los alemanes y someterlos al fuego cruzado. Al final se impuso la opinión de Dronne. El capitán trataba de ponerse a la altura del golpe de mano al castillo o a la actitud heroica de Granell. Él mismo dirigiría el ataque frontal. Hombres de las tres secciones se prepararon para el asalto en grupos de dos o tres con ametralladoras y las suficientes bombas de mano para organizar una buena fiesta. Avanzaron con precaución, los hermanos Pujol iban juntos. Constantino Pujol lanzó un par de granadas sobre la infantería alemana, Fermín hizo lo propio. De la nada surgió un Tiger alemán y ametralló a los dos hombres, las ráfagas barrieron el camino y alcanzaron a ambos en la cabeza. Constantino cayó rodando por la vaguada y Fermín quedó en posición fetal sobre el terreno. Sus compañeros lanzaron granadas y dispararon furiosos sus ametralladoras para cubrirles. Los alemanes respondieron al ataque. Luis del Águila y Poreski fueron abatidos y varios más heridos. Granell y Hugo al mando de media docena de half – track se abrieron a derecha e izquierda, su furioso ataque acabó con siete blindados enemigos. Vinagre y Belmonte cargados con un bazooka hicieron saltar las cadenas de otro de los tanques, sus servidores salieron por la torreta y recibieron una lluvia de balas que los barrió. Cariño López, el mejor artillero de toda la división, no paró de disparar su cañón antitanque y otros cinco carros de combate alemanes fueron destruidos por el gallego. El audaz y eficaz ataque permitió a la compañía retirarse de nuevo al pueblo. Los alemanes recibieron un grave castigo, sin embargo, Écouché seguía rodeado. Media docena de españoles perecieron durante los asaltos y nueve fueron gravemente heridos. Eran las primeras bajas de La Nueve.
Un par de días después persistían los duros combates. La artillería
enemiga no cesaba de enviar regalos envenenados. Llegó un momento de tregua, el enemigo parecía detener sus ataques. Los hombres de la compañía se tumbaron mirando al cielo, agotados por el esfuerzo. Luis Royo aprovechó el respiro para dictarle a Fábregas una carta para su amiga inglesa de Hull, Jenny Farrow. Sentados
sobre una piedra de un prado de Écouché, Fábregas escribía en el idioma de Shakespeare lo que Luis le dictaba en catalán. Todo permanecía tranquilo. Los demás se dispusieron a abrir algunas latas y en aquel momento ¡oh milagro!, apareció una campesina francesa con una gran olla de guiso. Los vapores del estofado elevaron su aroma culinario que llegó dulzón hasta las pituitarias del grupo.
La maravilla se confirmó cuando la mujer les dijo que era para ellos. Armados con sus cucharas degustaron el guiso de patatas y cordero con sabor a comida casera recién hecha y dejaron de lado parte de sus raciones K. Se relamían de gusto, recordando otros estofados de sus hogares. Llegó el teniente Elías. “Habéis dejado un par de ametralladoras por ahí tiradas”, dijo, mientras llenaba su escudilla. Manuel Fernández, Belmonte, se levantó, entre las risas de sus compañeros y, sin soltar la cuchara, anduvo los pocos metros que le separan del armamento, el lugar olía a manzanas como los bosques asturianos… y a estofado. De repente sonó un estallido y un proyectil enemigo lo derribó de un golpe seco. Lo trasladaron al mismo hospital donde estaban los heridos del combate del día anterior, alguien guardó su cuchara.

Granell – con prismáticos – en la toma de Écouché.

Raymond Dronne, junto al coronel Lecglade, preparando un ataque.

Tanque Sherman en las afueras de Écouché.
Fragmento de Pingüinos en París
De regreso al campamento sus compañeros tuvieron una gran sorpresa. La compañía había decidido ir a misa al día siguiente.
– ¿A misa? – preguntó Manuel Lozano, cenetista e hijo de un barbero anarquista de Cádiz.
– Pues sí, invitación personal del abad. Celebra un funeral por todos
nuestros caídos en Écouché. No podemos decirle que no – dijo Luis Royo, también hijo de un anarquista, pero que había estudiado en los salesianos de Barcelona.
Nadie pudo ni quiso rebatir los argumentos a favor que esgrimió Martín Garcés, libertario y agnóstico hasta la médula, pero muy respetuoso con los gestos de valor y con la Virgen del Pilar, como buen aragonés. Sabían de la heroicidad de Verget y poco importaba si llevaba sotana o uniforme. Se hizo la misa en memoria de los compañeros muertos y a la que asistió toda la compañía, salvo los que estaban de guardia. Fue conmovedor: olía a incienso, a cenizas y a madera de pino de los ataúdes. Al terminar Verget se lamentó de que la imagen del Sagrado Corazón que presidía el altar había sido hecha añicos por las bombas alemanas. Alguien tuvo la idea de recoger dinero para que el valiente cura tuviese de nuevo el icono. Uno tras otro entregaron su contribución a los colectores. Luego, le dieron el peculio recogido a Dronne, quien se lo entregó al sacerdote.
Écouché tendría de nuevo su Sagrado Corazón gracias a unos republicanos españoles, algunos de demostrado ideario anarquista y socialista. El valor y la nobleza, como la amistad, residen en muchos corazones y están por encima de ideas y creencias. Los españoles fueron enterrados en el cementerio de la abadía con la bandera republicana por la que tanto habían luchado y bendecidos por el abad de aquel lugar por el que habían dado su vida.

Las tumbas de los caídos en Écouché. Foto de un artículo de Eduardo Pons Prades.

El SAGRADO CORAZÓN «ANARQUISTA» DE ÉCOUCHÉ. A la derecha los nombres de los caídos en la liberación de la ciudad, con los seis componentes de La Nueve. Foto de Joan Ramón http://excursionsdeljoanramon.blogspot.com.es/2015/09/normandia-6-ecouche.html. Gracias.

Resistentes franceses celebrando la liberación de Écouché.
Tropas británicas llegan a la ciudad. Foto Alamy.

Prisioneros alemanes de Écouché.

El general Leclerc en Écouché.
Vídeo del Ejército de los Estados Unidos de la toma Écouché por la 2DB Blindada – La División Leclerc -. Podréis ver a Amado Granell (minuto 4) y a los de La Nueve.
Mañana se cumplirá el 74 aniversario, fue la noche del 9 al 10 de julio de 1943, en plena II Guerra Mundial; empezaba la campaña de Italia. La llamada Operación Husky era la invasión de Sicilia. En “Pingüinos en París” podréis vivir estos momentos a través de sus personajes. Robert Capa, los generales Patton y Ridgway; Vincenzo y Alfonso; Vittorio y todos los San Giovanni o el desgraciado comportamiento del capitán John Compton serán protagonistas de aquella invasión. En particular el atleta alemán Luz Long, que perderá su vida en la defensa del aeropuerto de Ponto Olivo.
La invasión comenzó con el lanzamiento de paracaidistas al sur y suroeste de la isla y el desembarco de tropas norteamericanas e inglesas. En las playas de Licata y Gela por el Séptimo Ejército estadounidense al mando del general George Patton y el Octavo Ejército británico en las de Siracusa, al mando del general Bernard Montgomery. El final de la operación terminaría el 12 de agosto con el triunfo aliado y la total conquista de la isla. Sin embargo, los italianos y los alemanes pudieron reembarcar hacia la península más de 100.000 hombres y 100.000 vehículos, por lo que la victoria aliada no fue tan exitosa como esperaba el alto mando y Patton, general en jefe de la expedición, no fue asignado para el asalto continental que recayó en el general Mark Wayne Clark.

Los generales Patton y Montgomery preparando el asalto.
Fragmento de Pingüinos en París:
Robert Capa miró asombrado por la ventanilla, acababa de salir de la oficina de Relaciones Públicas del general Eisenhower en Argel y se dirigía a un aeropuerto situado en un desierto tunecino. Hubiese jurado que aquel grupo de soldados norteamericanos con el que se había cruzado hablaban español. “No puede ser”, pensó. Cuando el jeep sobrepasaba los transportes que conducían a las tropas que le habían sorprendido, le pareció ver que algunos de ellos desplegaban una bandera de la República Española. Quiso saltar del vehículo, pero necesitaba llegar a un lugar llamado Kairuán lo antes posible. Por un cúmulo de casualidades, tenía la oportunidad de lanzarse en paracaídas con las primeras unidades que aquella misma madrugada saltarían sobre Sicilia dando comienzo a la invasión del sur de Europa.
El jeep se detuvo frente a la tienda del general Ridgway, jefe de la 82ª División Aerotransportada. El general era el típico militar de escuela graduado en West Point, educado y agradable como buen virginiano, y enérgico y decidido como buen luchador. Recibió a Robert con cordialidad y con extremada franqueza.
– Verás, hijo, mi división procede de la infantería, todos mis hombres han tenido que lograr sus alas de salto en pocos meses. Somos la infantería alada – dijo entre risas.
– Mi intención es lanzarme con ellos y hacer un reportaje sobre la invasión.
– ¿Te has lanzado alguna vez en paracaídas?
– Nunca, señor.
– Vaya. Tal vez no sea lo más… ortodoxo exponerle al salto. Volaremos sobre Sicilia seis horas antes de que el general Patton y sus tanques desembarquen. Tomaremos posiciones en la retaguardia enemiga, usted irá en el avión de cabeza. Hará todas las fotos que pueda de mis hombres preparándose para saltar y durante el lanzamiento sobre la isla. Luego regresa en el mismo vuelo con el avión y puede enviar sus fotos del primer estadounidense sobre Sicilia, un soldado de mi división…

Tropas aliadas en Túnez preparando la operación Husky
Fragmento de Pingüinos en París:
Los aviones dormitaban brillantes y silenciosos en las pistas del improvisado aeródromo de Kairuán. Capa y los soldados descendieron del camión y se dirigieron al aparato principal que encabezaba la hilera. Parecían fantasmas envueltos por las sombras de la noche y emparedados entre los dos paracaídas, cubiertos hasta las cejas por sus cascos de acero y portando sus armas en bandolera. Robert también vestía de esa guisa únicamente que de su cuello colgaban las dos cámaras que iba a utilizar. Los dieciocho hombres entraron en el transporte y se sentaron unos frente a otros en las banquetas. Capa se situó en la parte delantera dejando franca la puerta para el momento del lanzamiento. Rugieron los motores y las hélices giraron a la velocidad y en el sentido del destino incierto. El aparato hizo un giro de 90º y se situó en cabeza de pista. El despegue fue perfecto y las luces interiores se amortiguaron dejándolos en semioscuridad. Se miraban unos a otros sin decir nada. Capa preparaba su Leica.

Robert Capa
Fragmento de Pingüinos en París:
No hizo falta anunciarles que sobrevolaban sobre Sicilia. Las explosiones de las baterías italianas y alemanas producían destellos de verbena que iluminaban el interior del avión y recortaban el semblante de los soldados pintándoles contraluces en el rostro. Una explosión sacudió al aparato en forma de malavenida. El piloto giró los mandos al divisar la costa siciliana. Pese a las explosiones y a las sacudidas nadie comentaba nada. En el interior de la nave todo era silencio, tan solo roto por los flashes de la Leica de Capa. Algunos comenzaron a vomitar, un olor a agrio se extendió por el avión. Por delante de la flota de transporte, los bombardeos trataban de hacer añicos las defensas enemigas. No obstante, restaban piezas antiaéreas en número suficiente para hacerles pasar un mal momento, las balas trazadoras dibujaban resplandores de colores y como en un vals, los pilotos sorteaban los disparos rizando el vuelo hacia espacios menos violentos.
Se encendió la luz de salto. Primero la roja. Los hombres engancharon el seguro de las bandas metálicas del paracaídas para provocar la apertura automática. El oficial anunció lo que era obvio: “Preparados para saltar”. La luz verde iluminó la puerta de salto. Dieciocho almas volaron hacia la oscuridad. Capa captaba la instantánea de aquellos saltos. Las dieciocho bandas quedaron flotando hacia el exterior como serpentinas de una cabalgata. El avión, ya con solo un pasajero, hizo un giro de 180 grados para iniciar el regreso a tierras africanas. La llamada operación Husky estaba en marcha. En diversas zonas de la isla el cielo se llenó de hongos de seda cayendo mansamente sobre las llanuras y peligrosamente sobre los bosques. El viento y la oscuridad reinante no fueron los mejores aliados de los asaltantes, docenas de planeadores se estrellaron, cayeron en manos del enemigo o se hundieron en el mar. A la 82ª Aerotransportada tampoco le fue fácil, la dispersión de los paracaidistas fue fatal para la reorganización de la división y cientos de ellos cayeron en manos de las patrullas italianas.

Defensas italianas
Fragmento de Pingüinos en París:
A las 2.45 horas de la madrugada las primeras oleadas aliadas pisaban el sábulo siciliano. Los infantes saltaron de las embarcaciones y fueron recibidos por fuego de ametralladora y morteros. Algunas lanchas habían quedado encalladas entre las rocas y los hombres trataban de ganar a nado la playa. El amanecer coincidió con la llegada de los stuka alemanes y los gavilanes italianos, los Savoia-Marchetti S.M.79, que bombardearon a las flotas de desembarco. Destructores, dragaminas y transportes aliados recibieron la visita de los pájaros del Eje. Desde Licata en el sur, hasta Augusta en el este, todo era confusión y combate. La 82ª División aerotransportada ya se batía el cobre frente a la 4ª División de Montaña italiana, la “Livorno”.

Desembarco en Gela
Fragmento de Pingüinos en París:
La radio de San Giovanni no paraba de trasmitir. Comunicaron a los aliados que una compañía alemana, apoyada por dos Panzer, avanzaba desde Ragusa camino del aeropuerto de Ponte Olivo en Biscari para pillar a la 82ª por retaguardia. Se les ordenó salir a su encuentro y detenerles el máximo de tiempo posible hasta que pudiesen enviar un par de escuadrillas de ataque. Vincenzo habló con los carabinieri y les entregó de nuevo el control del pueblo.
– Los aliados ya están aquí, no hagáis ninguna tontería, necesitamos a todos los hombres. Mantened a mi hermano a Luigi a buen recaudo y a los otros arrestados. Volveremos en cuanto podamos – le dijo Alfonso al cabo.
– Vete tranquilo Alfonso, cuidaremos de todos. También de tus padres.
Alfonso asintió con la cabeza y sonrió. Sabía que sus padres no necesitaban protección, se bastaban por sí mismos. Decidieron esperar a los alemanes en las afueras de Comiso. Se apostaron entre las ruinas de una granja destruida por la aviación americana. Al cabo de un par de horas, media docena de hombres armados y con indumentaria civil se acercaron. Los partisanos prepararon sus armas. Desde una prudente distancia uno de los que se aproximaban gritó precavido. ¡Alfonso, soy Mario de Ragusa! El pequeño San Giovanni reconoció al hombre que le llamaba, era un vecino de la capital con fama de ser un barón de la mafia. Aquello bastaba para saber que en absoluto tenían nada que ver con los fascistas y así se lo dijo a Vincenzo y al resto de la partida…

Desembarco de material en las playas de Sicilia.

Fragmento de Pingüinos en París:
Robert Capa había pasado toda la noche colgando de aquel árbol en un bosque de no sabía dónde. Le dolían los hombros de soportar su propio peso sujeto a las correas del paracaídas. Se decía a sí mismo que no estaba asustado y que alguno de sus compañeros de salto vendría a por él; se escuchaban cañonazos y disparos lejanos y eso le tranquilizaba porque era una clara señal de que no combatían en las inmediaciones. A pesar de todo, no se atrevía a pedir ayuda por si era escuchado por el enemigo o mal interpretado por los amigos ya que su inglés no era demasiado bueno y su acento demasiado oriental. Permanecía en silencio pensando en las circunstancias que le habían llevado a imitar a aquellos muchachos que fotografiara el día anterior. El general Ridgway le advirtió sobre las dificultades de convertir un soldado de infantería en paracaidista en poco tiempo y también de que los problemas se multiplican al tratar de transformar un periodista en un fotógrafo volador de la noche a la mañana. Cavilando en estas cosas vio llegar el amanecer. Alguien le llamó a través del follaje.
– ¡Eh fotógrafo!, ¿no puedes bajar? – dijo una voz en inglés con acento norteamericano.
– No es eso, me estoy columpiando – respondió Capa, aliviado.
El soldado apareció sonriente entre las ramas superiores, por donde estaban enganchados los correajes y empezó a cortarlos con su cuchillo.
– Sujétese a la rama de abajo, voy a cortar el otro tirante.
Capa pensó que era un consejo obvio y práctico a la vez, por lo que lo siguió sin vacilar. Sintió un gran alivio al pisar tierra firme. Sus rescatadores eran tres de los paracaidistas que habían saltado con él.
– ¿Y el resto? – preguntó, mientras recomponía su atuendo.
– Dispersos. Tenemos que alcanzar el punto de encuentro o encontrar alguna compañía amiga.
Llegaron a una granja donde fueron recibidos como liberadores. Sacaron un mapa de la región y el dedo arrugado del abuelo siciliano marcó un punto en el plano.
– ¡Sperlinga! – dijo, satisfecho de poder ayudarles.
– No estamos lejos de la vanguardia de la división – dijo el rescatador de Capa.
Los habitantes de la granja ofrecieron algo de comida y vino para los libertadores. Trataban de hacerles ver la simpatía que sentían por los norteamericanos. Muchos de sus paisanos habían emigrado en América y luchado entre las tropas aliadas, según les contaban. Los paracaidistas guardaron las viandas en sus macutos. Robert Capa observó los dedos moteados y arrugados del anciano señalando sobre el mapa el camino a seguir y el encuadre fotográfico de su cara arrugada, llena de pliegues y viejas sonrisas. Su Leica inmortalizó aquel rostro y aquella vestimenta campesina de pantalón holgado y cordel al cinto. El pequeño grupo reanudó su marcha camino de una colina rocosa que guardaba la carretera que conducía a Gangi.

Foto Capa

Soldados británicos en Catania.

Los norteamericanos entrando en Palermo.
El 180 Regimiento de la 45 ª División de Infantería norteamericana recibió la orden de tomar el aeropuerto de San Pedro. En el camino, una tonelada de proyectiles cayó sobre ellos. La sorpresa fue total porque el ataque provenía de su propia retaguardia. Los buques de la marina los machacaban lanzando su ciego fuego más allá de las defensas costeras. Los radiotelegrafistas pudieron enviar su mensaje aclaratorio pero dos docenas de infantes yacían despedazados por el fuego amigo. La indignación de la tropa fue inmensa.
El capitán John Compton les arengó con la rabia reflejada en el rostro. “No es culpa de la marina, los verdaderos culpables, los que de verdad han matado a nuestros compañeros están allí enfrente y mañana recibirán su merecido”, les dijo. Enterraron a sus muertos pensando únicamente en la venganza.
A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía.
“Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”
Avanzaron hacia una colina protegida por un búnker. Ya en sus cercanías tabletearon las ametralladoras de los defensores, sin demasiado éxito. Los asaltantes se pegaron al suelo y comunicaron la posición del recinto defensivo a su aviación. A los pocos minutos varios aparatos lanzaban sus bombas sobre el reducto y al atardecer sus defensores, entre ellos Luigi, abandonaban el búnker, eran cerca de cuarenta italianos y cuatro alemanes con los brazos en alto y enarbolando un pañuelo blanco. Compton y sus hombres les apresaron de inmediato. Les hicieron quitarse los zapatos y algunos soldados americanos les birlaron los pocos objetos de valor que llevaban. Compton ordenó que se alinearan. Mientras, un par de ametralladoras eran fijadas sobre la tierra con la frialdad de una práctica de tiro. Los prisioneros se miraban unos a otros incrédulos y atemorizados. Los disparos les pillaron casi de sorpresa. A la primera andanada Luigi y dos hombres huyeron colina abajo; el capitán sacó su pistola y disparó dos veces contra Luigi que cayó como un saco, los otros dos escaparon por el arroyo de Ficuzza. Los demás, caídos sobre la tierra en posturas de horror y de pasmo, permanecían inmóviles sobre el terreno con sus camisas negras empapadas de sangre. Compton remató a los que todavía vivían con la frialdad y eficacia de un asesino. Entre el túmulo de los ejecutados alguien parecía respirar todavía, era uno de los alemanes. Compton se acercó al agonizante de pelo rubio, rostro simétrico y cuadrado perceptible a pesar de la sangre que resbalaba sobre él; las balas del revólver del norteamericano se habían acabado, pidió a uno de sus hombres un fusil y le disparó al herido en la cabeza. La venganza había sido consumada. Compton se quedó un momento extasiado mirando el cadáver. Los canallas tienen tanto de imbéciles como de crueles.
Después de doce agotadoras jornadas desde el inicio de la invasión, los norteamericanos entraban en Palermo y Capa con ellos, fotografiando por doquier el entusiasmo de la población. Parecía una capital liberada del enemigo cuando en realidad su ejército había sido derrotado por aquellos sonrientes jóvenes que, a bordo de sus carros de combate y de sus jeeps, eran abrazados por los sicilianos que les daban la bienvenida.

Los de la mili… y sus hijos
Otros escritores como Julia Villarés
Amigos editores
…hasta la hija de uno de los personajes de la novela.
Más familia
El público
Los más pequeños
Con una cervecita.
Ana Elisa en la caseta de la Editorial Comuniter.

Con el Bonete de la División Leclrec en la caseta de Editorial Comuniter
Firmándole la novela al presidente de la Comunidad Aragonesa, Javier Lambán.
Acompañando y aconsejando a mi presidente y amigo.
En la presentación de la novela en el Salón de Recepciones del Ayuntamiento de Zaragoza, flanqueado por mi editor Manuel Baile – a la derecha de la imagen – y por Juan Soro, compañero editorial. En primera línea el casco de acero de la infantería americana – original – que mi amigo Jaime nos prestó.

Con mi compañero y luchador incansable de la editorial, Paco Nevado. Gracias por todo lo que te incordio, amigo.
Tuve le honor de presentar a la gran escritora Luz Gabás y a su nueva novela: «Como fuego en el hielo»

También al poeta, ensayista y repentista cubano Alexís Pimienta, al que presenté en La Cartuja. Un gran tipo y mejor amigo.
Dos aspectos de lo que fue la Feria. Gran afluencia de público cuando el tiempo y una nostálgica desolación cuando la lluvia acudió para socorrer al sediento Ebro.

Explicando a los niños las heroicidades de La Nueve.

Leer ayuda a crecer.
Con otros compañeros en la caseta.


Ana Elisa, defendiendo la posición.

Hasta el año que viene. ¡Viva La Nueve!

Este pasado fin de semana tuve el honor de presentar la novela en el IES de Andorra (Teruel). Allí me esperaba la sorpresa de que amenizara el inicio del acto la Agrupación Laudística de Andorra.

Después de la magnífica presentación de María José Tejedor, profesora de literatura y amiga, pude contar algunos secretillos de la novela y responder a las numerosas preguntas del público asistente, vestirme de paracaidista norteamericano y posar con los tres alumnos que leyeron – de forma genial – párrafos de la novela. Además, la televisión local me hizo una entrevista. Fue una delicia.




Con María José.
Al día siguiente, firmé ejemplares de Pingüinos en París y otras de mis novelas, en la Feria del Libro de Andorra, en la caseta de la librería el «Reino del Revés», un delicioso lugar donde el buen libro y la simpatía son los protagonistas.


Ana Elisa encantada entre tanto libro.

Con Adriana reina del reino.
Fue todo especial incluido el hotel donde nos alojamos en Alcorisa y que os recomiendo: la Casa de La Fuente. Nos dieron una habitación magnífica y un mejor trato.


Gracias Raquel, gracias Manuel.
Pero no todo fue literatura, paseamos por la bella Andorra y la sugerente Alcorisa e hicimos una visita a un lugar extraordinario: La Cuevas de Cristal y el pueblo de Molinos. Todo muy recomendable.







Al final regresamos por Belchite que también tiene que ver mucho con la novela.

Fotos de Ana Elisa.
En resumen: ¡Queremos volver pronto!

Equipo completo: Ana Elisa, Adriana, el Jordi, José Michel y Ana… capicua.
Foto de: El Reino del Revés.

Amado Granell en Pingüinos en París. Fragmento de la novela.
Fue el teniente Amado Granell quien les comunicó que partían aquella mañana para Temara, una playa atlántica del Marruecos francés, cercana a Rabat, donde los americanos les entregarían los nuevos uniformes, los vehículos y las armas con que estaría dotada la división y que tan bien ya conocían. Frente a él estaban formados los ciento sesenta componentes de la compañía, en sus manos llevaba un puñado de pequeñas banderas republicanas.
– Os he traído para cada uno de los españoles una insignia republicana para que la cosáis en el nuevo uniforme. Así sabrán con quien se las van a ver.
– Olé tus “güevos” – contestó el gaditano Manuel Lozano. Los demás se echaron a reír y aplaudieron el gesto de su teniente.
Al día siguiente la Deuxième Division Blindée llegaba a Temara; la temperatura era muy alta, a pesar de que la brisa atlántica y los bosques al sur de la ciudad la atenuaban. Aquel martes 24 de agosto se tomaría como la fecha de la creación oficial de la división, no lo sabían pero era toda una premonición.
Los M4 Sherman bajaron majestuosamente por las rampas de las barcazas, mientras sus futuros servidores se hacían cargo de ellos con la ilusión de un niño a quien le acaban de regalar un juguete de treinta toneladas. Los semiorugas no defraudaron, las pruebas realizadas en el desierto habían demostrado a los batallones mecanizados la multifuncionalidad de los half – track. Los rápidos y versátiles jeeps, los potentes camiones GMC y las camionetas Dodge les parecieron una maravilla. La Nueve se hizo cargo de sus vehículos entre la alegría y las expresiones castizas. Se sentían ya una unidad de infantería motorizada dispuesta a todo. Ahora había que hacerse con el material, convertirse en centauros de la mecánica y de las orugas tractoras, en expertos apuntadores y artilleros, en parte del engranaje de las máquinas de guerra. La preparación debería ser larga y paciente, hasta establecer la perfecta simbiosis entre hombres e instrumentos. Los españoles se enfundaron en sus nuevos uniformes, iguales al de otras unidades de infantería norteamericana.
Muchos se cosieron en las cazadoras la bandera que les diera en Djidjelli, Amando Granell.






Los paisanos que han salido al encuentro de la cabeza de la compañía, advierten a Granell que parte de la avenida de Italia está ocupada por unidades del ejército alemán y muchas calles están batidas por el fuego enemigo; entonces decide desviarse por la rue Baudricourt. La columna atraviesa la place Nationale y giran por la calle del mismo nombre. Dronne ordena entonces dirigirse al ayuntamiento. Algunos miembros de la Resistencia les saludan alborozados, hace ya demasiados días que luchan solos para liberar la capital. Robert Millet, un abogado norteamericano residente en la ciudad, ve aparecer al Santander frente al portal de su casa en la plaza Pinel, reconoce los uniformes y les grita en inglés creyendo que son compatriotas. ¡Welcome boys! ¿Yankee? le preguntan, el americano sonríe y afirma con la cabeza. “Nosotros somos españoles”,
contesta Sanchís para sorpresa del abogado. A la altura de la rue Squirol las gentes les abrazan y empiezan a entonar la Marsellesa,
Hugo les acompaña en sus cantos revolucionarios, siente que sus recuerdos de infancia vuelven transportados por el tiempo y acunados por las palabras de su padre: Es la tierra de la Libertad…
El teniente Granell atraviesa el primero con su automóvil Tatra el puente de Austerlitz para asegurarse de que no está minado y llega a las cercanías del ayuntamiento parisino; informa que, al parecer, el edificio ha sido ya tomado por la Resistencia
y que no hay alemanes a la vista. Dronne y el resto van en su pos, desde una ventana arrojan flores sobre el jeep de mando, la alsaciana se asusta, podría haber sido una bomba. Siguiendo a Dikran atraviesan a su vez el puente de Austerlitz, cruzan el Sena, llegan al boulevard Henry IV y protegidos por los muelles fluviales desembocan
en la place de l’Hôtel de Ville. Se escuchan detonaciones lejanas. El peculiar ruido de las orugas parece acompasar los gritos de la población, es un run run que parece gritar algo así como: libertad, libertad. Se escucha el tableteo de una ametralladora, al final de la calle un par de confiados civiles caen heridos sobre el pavimento. Los “cosacos” responden al fuego haciendo enmudecer los fusiles alemanes. Están más que preparados, ansiosos de revancha,de ganar esta guerra para poder olvidar la que perdieron en su patria; han luchado en tantos frentes que ni siquiera recuerdan los nombres, pero sí cada rostro amigo o enemigo que han visto morir, o eso imaginan en sus pesadillas.
Las campanas empiezan a tocar, el gran Bourdon de Nuestra Señora responde a sus hermanas. Cantan a la liberación. ¡París libéré!, gritan las gentes, los componentes de la columna sienten el amparo del pueblo, algunos lloran emocionados. La avanzadilla llega a la plaza, el primero es el Guadalajara; una joven parisina de doradas trenzas se sube al half – track y besa en los labios a Juan Rico, él la corresponde entusiasmado. Los otros semiorugas que siguen al Guadalajara toman posiciones para evitar un ataque alemán. Las gentes les abrazan y vitorean. El reloj de la fachada marca una hora histórica las 21.22.


Fragmento de Pingüinos en París
En aquel mismo momento y en la plaza del ayuntamiento, Dronne distribuía a sus hombres. El periódico Libération publicaba en su portada un titular con la leyenda de Ils sont arrivés, acompañada de una foto de Granell con Bidault y el prefecto de París, y en cuyo pie rezaba: “El prefecto de la ciudad felicitando a un oficial de la División Leclerc” y se destacaba a Granell como “le premier soldat américain”; difícil encontrar una ciudad norteamericana llamada Burriana.
Pasado un cuarto de hora de las nueve de la mañana, la prefectura parisina pidió a Dronne que liberara la central telefónica de la rue des Archives, situada a menos de cien metros de la plaza. Trazaron un plan. El capitán ordenó a Granell permanecer en el ayuntamiento y en principio dispuso que Hugo asaltara el edificio de la telefónica desde la rue du Temple, mientras Michard con Garcés lo harían por la rue des Archives; pero cambió de opinión y envió a Elías a la telefónica, ordenando a Hugo que tratara de capturar al Estado Mayor alemán en el Maurice.

Fragmento de Pingüinos en París
Amado Granell con su sufrido Tatra 57 K encabezaría al resto de los semiorugas de la compañía capitaneados por Hugo. Todo un honor para La Nueve. Detrás, un grupo de jeeps conduciría a los periodistas y fotógrafos.
La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros
de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo. Las futuras generaciones tendrían que cantarlo algún día, al igual que las contemporáneas lo festejaban hoy. París era libre, gracias a muchos y al arrojo de unos cuantos.
Continuará…
Mi amigo y gran fotógrafo, José Manuel Serrano Esparza, realizó un magnífico reportaje fotográfico sobre la inauguración de los Jardines de La Nueve en Madrid. Lo acompaña de un artículo muy completo sobre la jornada y la historia de La Nueve.
Podéis verlo y leerlo en su página: Reportaje completo

Una de la fotografía del reportaje de José Manuel donde podemos ver al último superviviente de La Nueve, Rafael Gómez Nieto.
El Día del Libro en Zaragoza se desarrolló en una primaveral jornada en la que niños y grandes pudieron ver la magia de los libros impresos y descubrir la belleza, el misterio y las razones de las palabras que ocultan entre sus páginas. Un día de comunión entre editores, libreros, escritores y lectores, bajo la figura de un caballero de la Capadocia de lanza en ristre y caballo blanco, protector de princesas y domador de dragones porque nunca mató a ninguno.
En este día grande de la literatura, dejé que los Pingüinos pasearan por el Paseo de Independencia y se fueran a los hogares de muchas lectoras y lectores para contarles bellas historias de amor y de vida de aquellos republicanos que liberaron París.

Por la mañana en la arcada de Editorial Comuniter tocado con el «calot» de los combatientes de La Nueve.

Por la tarde en el puesto de la Librería Albareda. Una foto con ambas Maytes sin las cuales no hubiese sido tan fácil vender todos los Pingüinos que teníamos.


Con Manuel Lavilla de Librería Albareda, intercambiando el calot de La Nueve



Muchos amigos vinisteis para acompañarme este día. Gracias a todos.

Ana Elisa, siempre a mi lado.

Carmen y José Luis, cuyo pueblo manchego aparece en la novela.

Isabel, sobrina-nieta del mítico Martín Bernal, oficial y héroe de La Nueve, caballero de la Legión de Honor.

Con Ángela y Tomás.

Gracias a tanta lectora y lector que adoptaron a los Pingüinos.