14 de abril, aniversario de la República

Los protagonistas de Pingüinos en París tenían un ideal político por el que lucharon física e intelectualmente toda su vida. El tiempo que les tocó vivir estuvo marcado por el inicio de una esperanza, la República española, que luego los reaccionarios frustraron.

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Los componentes de La Nueve supieron preservar sus ideales más allá de la derrota y sostuvieron la bandera tricolor hasta derrotar al nazismo alemán y al fascismo italiano. Lucharon bajo dos tricolores republicanas: la española y la francesa.

 

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Hoy 88 años después de la proclamación de la Segunda República española es justo hacerles un merecido homenaje.

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Nuevas fotografías de half track y otros vehículos.

A las fotos  y detalles de los vehículos utilizados por la 2DB de Leclerc, y por tanto por La Nueve, que aparecen en el enlace que os adjunto:

Vehículos de La Nueve

 

añado nuevas fotos que espero os gusten.

 

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Nuevas fotos del jeep de Dronne “Mort Aux Cons 2” Fotos: Archivo AUTOR

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FOTO: GETTY

 

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EL “RESISTENCE” FOTO: FAMILIA BERNAL

Cap serrat nuevaCAP SERRAT: Foto: archivo autor.

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El Tatra de Granell y detrás el CAP SERRAT. Foto: archivo autor.

El Tunise 43 conCampos al mando

EL “Tunise 43” con Campos al mando. Foto: Archivo autor.

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El “Guernica”, en el momento de responde a los disparos durante el desfile del día 26 de agosto 1944. Foto: Archivo del autor.

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“Almiral Buiza”. Foto: Archivo autor.

Teruel en la plaza

El “Teruel” en la plaza del ayuntamiento. Archivo del autor.

SANTANDER DE VICENTE SANCHÍS

El “Santander” con Vicente Sanchís. Foto de la familia Sanchís.

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Esperando LA REVISTA DE DEGAULLE (No es la Nueve)

Los Cosacos y Don QUIJOTE

Esos sí son de La Nueve: “Les Cosaques” y “Don Quixotte”. Foto: archivo autor.

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No sólo los Half Track tenían nombres españoles, aquí vemos un camión DODGE con el nombre GUIPUZCOA. Con lo que se confirma la teoría de los BELCHITE o  EXTREMADURA. La foto es probablemente de Roger-Viollet.

 

Madame Sitrì

Uno de los personajes de novela es una livornesa, madame Sitrì, que dirige el burdel más famoso de Livorno. La historia de la bella madame y su burdel livornés, la podéis leer en este enlace de esta misma página.

Sitrì y su casino

Sin embargo hoy quiero comunicaros que la pasada semana adquirí uno de los grabados del famoso pintor Renato Natali (Livorno 1883-1979) y que representa a la dama en cuestión. Como podéis observar en el margen izquierdo es el 36 de 50 grabados del original de Natali, cuya firma aparece en el margen derecho.

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Incluso un cantautor iteliano, Bobo Rondelli compuso hace unos años una canción referida a Sitrì y la Bella Livorno:

Sogna l’anima in pena di inabissarsi
In fondo agli occhi della sirena
Verdi come l’assenzio
Che la notte brilla sul mare nei porti
Cantava quel marinaio che dalla mia terra
Non volle salpare

Viaggio d’andata senza ritorno
Bella Livorno, mi fermo qui
Dentro a un bordello come apparì

Soldati poveri cristi
Vanno al calvario col fucile in mano
Qualcuno dal paradiso
Volle passare senza ammazzare

Viaggio d’andata senza ritorno
Bella livorno, mi fermo qui
Verso l’inferno o al paradiso
Come al bordello madame Sitrì

Lo que en castellano viene a decir:

Sueño, el alma en riesgo de hundirse

en el fondo de los ojos de la sirena.

Verdes como la absenta.

Esta noche brilla, como el mar en el puerto…

Aquel marinero cantaba desde mi tierra,

no quería navegar.

Viaje de ida sin regreso

Bella Livorno me quedo aquí.

Dentro de un burdel como los de París.

Soldados… pobres cristos,

van al Calvario con fusil en mano

Alguno al Paraíso

quisiera ir sin matar.

Viaje de ida sin regreso

Bella Livorno me quedo aquí.

En el Infierno o en el Paraiso…

como en el burdel  madame Sitrì.

 

 Parte de la historia de madame Sitrì y la de su época, la podéis encontrar en Pingüinos en París,  no os lo deberíais perder.

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Endre Ernő Friedmann o Robert Capa, en Pingüinos en París

Endre Ernő Friedmann o Robert Capa, nombre por el que todo el mundo le conocía, nació tal día como hoy, un 22 de octubre de 1913, en Budapest.

La capital húngara era por aquel entonces una de las capitales europeas con más prestigio y glamour. Había nacido con la unión de la antigua ciudad de Buda (Óbuda), capital del reino húngaro desde el siglo XIII, salvo el período de ocupación turca durante siglo y medio (1541 – 1686), y la ciudad de Pest, en la margen opuesta del río Danubio. Su reputación creció dentro del Imperio Austro-Húngaro. Cuando Endre Ernő Friedmann vino al mundo era conocida como La perla del Danubio. Sus palacios, plazas, calles, cafés, baños termales y parques y, sobre todo, su metro – el primero de la Europa continental -, inaugurado en mayo de 1896, le concedían un empaque comparable a París o Viena. Pero en la Primera Guerra Mundial con la derrota de los Imperios Centrales, inició su decadencia.

 

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Castillo de Buda a principios del siglo XX

 

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Estación Nyugati en Budapest

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Dos vistas del Puente de la Libertad en los años 20

 

Endre Ernő Friedmann nació bajo un Imperio, jugó de niño en la República Popular de Hungría, creció en la República Soviética Húngara y se hizo adolescente en el Reino de Hungría. Convertido en incipiente fotógrafo, emigró primero a Berlín y luego a París. El resto de su historia es de sobras conocido y aparece en cualquiera de sus extensas biografías.

Endre Ernő Friedmann o Robert Capa, como prefieran, es uno de los grandes personajes de Pingüinos en París y allí podrán leer su emocionante periplo por la Guerra Civil Española, por la Segunda Guerra Mundial y sus relación con otros personajes de la novela, sobre todo con la que sería su pareja sentimental y el gran amor de su vida, Gerda Taro.

Más información en estas entradas de la página:

La última foto de Capa

El apartamento de Gerda Taro y Robert Capa en París, fotos exclusivas

Historia de Robert Capa, parte primera

Historia de Robert Cpa, parte segunda

Historia de Gerda Taro

Fotos de Garda Taro y de Hans Gutmann

La última foto de Gerda Taro

La Nueve en la Sexta

Ayer la Sexta hizo un interesante programa de los españoles que lucharon en la II Guerra Mundial. Entre el relato general se hizo hincapié en la liberación de París por parte de La Nueve, hechos que aparecen relatados en  “Pingüinos en París”.

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https://www.lasexta.com/programas/sexta-columna/noticias/paris-fue-liberada-por-soldados-espanoles-la-parte-de-la-historia-que-francia-borro-durante-60-anos_201810195bca3a710cf2fd517384fc84.html

La Sexta

El programa contó con la aparición de mi amiga Evelyn Mesquida autora de La Nueve y prologuista de mi novela.

Fue un programa reivindicativo y muy entretenido con algunos errores de bulto, pero muy significativo después de tantos años de olvido. Uno de los gazapos de los guionistas de la Sexta fue insistir e insistir en llamar tanques a los carros de combate y a los half track que eran los que llevaban nombres españoles en sus carrocerías. Podéis verlos a todos en esta misma página en el siguiente enlace.

Los vehículos de La Nueve

Almiral Buiza, Manuel Morillas

 

Otro de los gazapos de la Sexta fue el de hablar de “olvidos injustos” cuando mencionaron a Armando Granell, segundo de La Nueve, mostrando una foto con el capitán Dronne preparando el asalto a la Telefónica de París  y “olvidaron” que otro de los oficiales que aparecen en la misma foto era Martín Bernal, apodado Garcés, un zaragozano que recibió varias cruces de guerra, una de ellas por el asalto que estaban planeando y que, posteriormente, fue nombrado caballero de la Legión de Honor por sus heroicidades en la Segunda División Blindada de Leclerc y concretamente  en La Nueve. 

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El jeep de Dronne, con gorra de oficial, a su derecha, apoyado en el vehículo, Martín Bernal; a su izquierda, de pie, Amado Granell y el soldado Perlian. (foto archivo autor)

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Amado Granell encabezó el desfile del día 26 a bordo de su Tatra, seguido del Santander. Algo más atrás estaba Martín, a bordo del half- track Teruel.

Para conocer la historia de Martín Bernal

 

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Treinta años del fallecimiento de Joan Pujol

El pasado día diez de octubre se cumplieron treinta años del fallecimiento de Joan Pujol, personaje de “Pingüinos en París” y uno de los grandes espías del siglo XX.

 

Para leer su historia

 

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Foto familiar de antes de la Guerra Civil Española.

 

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En el centro, con dos amigos antes de la Guerra Civil. Foto del Diario Vasco

Joan Pujol García, con uniforme del 7° regimiento de artillería liviana español, durante su servicio militar en 1931, antes del estallido de la guerra civil.

Durante su servicio militar en 1931.

 

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Pujol y su primera esposa Araceli, ambos personajes de la novela.

 

 

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Con su esposa Araceli.

 

 

 

Identificación de Araceli González, hecha pública este miércoles por el Archivo Nacional Británico.

 

Las fichas consulares  tapaderas de Araceli y Joan Pujol.

 

Joan Pujol “Garbo”, cuando trabajaba para el MI5 con el nombre en clave “Garbo”

Como “Garbo” el nombre clave que le dio el MI5

 

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Con Araceli en Venezuela donde emigraron de incógnito terminada la Guerra Mundial en 1945.

 

 

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Su pasaporte en el exilio venezolano.

 

 

 

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Condecorado por los ingleses a su vuelta a Europa. Palacio de Buckingham 1984

 

 

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A su regreso a Europa después del largo exilio. Embajada alemana. Año 1984

 

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Joan Pujol García en 1984, durante su entrevista en TV3

 

Joan Pujol García, alias "Garbo". Doble agente español al servicio de los británicos en la segunda guerra mundial. Caracas, 23-06-1986 (PEDRO GARRIDO / ARCHIVO EL NACIONAL)

ARCHIVO EL NACIONAL. Caracas 1986

 

14 de septiembre en la Cartuja Baja, Zaragoza.

Hoy 14 de septiembre es el aniversario de unas muertes dolorosas e inútiles ocurridas en el barrio de la Cartuja Baja de Zaragoza. En Pingüinos en París relato esta historia y quiero que sirva de homenaje a los que murieron y para que jamás vuelva a repetirse.

 La Cartuja, Zaragoza, 1936. La huida

Manuel Garcés, Martín y Paco prepararon lo imprescindible para escapar de la Zaragoza ocupada. Sabían que, apenas una docena de kilómetros al este, se encontrarían con las milicias anarquistas procedentes de Barcelona que pretendían reconquistar la capital maña. Así que decidieron tratar de llegar a Pina de Ebro en poder de la Columna Durruti. Hablaron con el alcalde socialista del barrio, Vicente Martínez.
– Deberíamos irnos todos, esta gente fusila a mansalva – le dijo Martín.
– No podemos abandonar a nuestras familias. Supongo que, después
de este agosto de pesadilla, se les habrá calmado la sed de sangre.
No hemos hecho nada, salvo tener ideas propias – respondió el alcalde.
– Ahí les duele. Cualquier idea que no sea fascista no la entienden.
– Hasta ahora no ha habido represalias en La Cartuja.
– Sí, aunque los falangistas de María de Huerva buscan acojonar a toda la periferia.
– Eso es cierto, aun así, nos quedamos. Solo puedo desearos que tengáis cuidado con las patrullas y mucha suerte.
– Lo intentaremos.

Martín lo tenía ya hablado hacía varias semanas con Carmen, ella y las niñas abandonarían La Cartuja y se trasladaría a la calle Triana de Zaragoza en el barrio de Torrero, donde vivían los padres de Martín. Besó a las niñas y prometió a Carmen que en cuanto terminara la guerra volverían a estar juntos en una República consolidada y libre de golpistas. Se reunió con Paco y Manuel y empezaron a andar hacia aquella frontera que separaba dos concepciones de vida; el barrio cartujano fue quedando escondido entre las primeras penumbras.
Tenían que recorrer unos cuarenta kilómetros, siempre paralelos a la carretera de Castellón, sin acercarse demasiado a las poblaciones. Seguirían la ribera del Ebro por la zona de los galachos y pasarían al otro lado por un frente de guerra que partía en dos todo Aragón. Era una primera línea de combate que dividía dos mundos radicalmente opuestos en una franja de apenas cinco o seis kilómetros.
En el oeste, los sublevados imponían el terror del régimen fascista de Burgos, devolviendo las tierras y los privilegios a gentes que nunca las habían amado, por lo menos no tanto como los agricultores.
Un mundo piramidal cuyo símbolo era la cruz y la espada,
dos dignos iconos que, en manos equivocadas, son el tripalium entendido como instrumento de explotación y tortura para obreros y campesinos, como en la antigua Roma lo fue para los esclavos. En el este, pueblos que abrazaban las ideas más avanzadas del comunismo libertario, colectivización, anulación de la propiedad y agnosticismo o ateísmo y cuyo símbolo era la bandera negra y roja del anarquismo y que entendían el tripalium como la etimología de la palabra trabajo.

En La Cartuja, Teodoro Moreno Ginés, jornalero y militante de la CNT, se hallaba de visita a sus hermanos para ayudarles en unas obras familiares. Vivía en Barcelona hacía ya unos cuantos años, y pasar un tiempo en su lugar de origen le pareció una excelente idea. La sublevación militar le pilló tomándose unos vinos en el Casino Republicano con los Clavería, amigos de infancia y de charanga. No podía regresar a Barcelona sin atravesar aquella frontera que separaba dos concepciones sociales radicalmente opuestas y decidió esperar acontecimientos.
El lunes 14 de septiembre amaneció tranquilo y despejado. El barrio zaragozano olía a pan recién hecho. Un hombre lo traía de Zaragoza para que su cuñado lo vendiera en la pequeña panadería del barrio. Era un tipo sencillo que todavía no tenía claro cuál era la situación que estaba viviendo la ciudad; él se limitaba a hacer su trabajo diario.
Sobre las diez de la mañana apareció una camioneta con varios hombres con monos de guardias civiles que traían una lista con nombres, a buen seguro fruto de una delación. Primero fueron a por el alcalde Vicente Martínez y le detuvieron. Luego, se dirigieron a la tienda que regentaba Florentín Clavería, en la que se vendía desde una aguja hasta un tonel, le pillaron entre tomates y verduras que ofrecía a unas clientas. Corrió la alarma por todo el barrio. Los supuestos componentes de la Benemérita encaminaron sus tristes pasos a la vivienda de los Moreno, conocidos cenetistas. La casa estaba al otro lado de la carretera entre dos graveras de cerca de cinco metros de profundidad y del tamaño de un campo de fútbol. Era una casa de campo de un solo piso, como las que representa cualquier niño en la escuela. Techo de tejas rojas de dos vertientes, una puerta central, una ventana superior en la fachada y una gran higuera al lado.

Advertidos por algunos vecinos los Moreno se escondieron en las ramas protectoras de la higuera. El suboficial al mando llamó al portón con brusquedad. Abrió una mujer con aspecto asustado.
– ¿Eusebio Gómez y Manuel Moreno? – dijo, sin tan siquiera identificarse.
– Están regando los campos… En el Pedregal o en Peñas Abantos.
El cabecilla de grupo la miró con incredulidad. Toda la escena era contemplada desde la higuera por Eusebio y Manuel que apenas respiraban. El suboficial hizo una señal para que dos de sus hombres entraran en la casa. Al cabo de unos minutos aparecieron de nuevo.
– No hay nadie – dijeron, encogiendo los hombros.
– Bien, en cuanto aparezcan que se presenten en la plaza. Si no, volveremos a por ellos – amenazó el sargento a las asustadas esposas.
Salió el grupo, un tanto frustrado por lo infructuoso de la búsqueda,
y como una burla del destino se toparon con Teodoro que iba a advertir a sus hermanos.
Una camioneta de puertas amarillas, custodiada por dos números de la benemérita, esperaba en la plaza. Obligaron a subir al alcalde y a los otros dos arrestados. Apareció otro piquete con el presidente y el secretario del Casino Republicano y el panadero zaragozano que, por un error de identidad y pese a su insistencia de que estaba allí solo de paso, había sido también apresado, “Yo soy Eduardo”, repetía atemorizado. Por último, cumplimentaron su ingrato cometido con la detención del practicante del barrio Manuel Gutiérrez, que era miembro del PCE. Se les dijo que iban a ser interrogados en Zaragoza. Mientras tanto, Manuel Moreno y Eusebio Gómez
bajaron del árbol, cogieron cuatro cosas y escaparon a Torrecillas para intentar llegar a la zona republicana.
La camioneta con los presos tomó dirección a la capital, hacia el barrio de Torrero. Los prisioneros sintieron una incontenible angustia al ver la silueta de cárcel. Sin embargo, la comitiva prosiguió su marcha por la carretera de Valencia. Atravesaron varias localidades hasta llegar a María de Huerva, entonces se desviaron dejando atrás los arrabales del pueblo. El camión se detuvo en el lado izquierdo del llamado Barranco Salado en un punto de la intersección de la vía del ferrocarril. Los pretendidos guardias civiles descendieron del vehículo, abrieron el portón para que bajasen los detenidos y sin mediar palabra fusilaron a todos los prisioneros.
En aquel mismo momento Manuel Garcés, Martín y Paco Bernal
llegaban a un meandro de escasa profundidad, pese a la crecida
que había tenido lugar aquella primavera. Una vez en la orilla republicana, entre Osera y Pina, esperaron los primeros destellos del amanecer; hubiese sido muy arriesgado tratar de encontrar a las milicias por la noche. Así que, al aparecer las primeras luces, enarbolaron una bandera blanca y otra cenetista y caminaron unos cientos metros hasta que una patrulla de la columna Durruti les dio el alto. “Salud, camaradas, tierra y libertad”, gritó Martín. Apenas dos horas después ya eran miembros de las fuerzas anarcosindicalistas de Aragón.
Por su parte, Manuel Moreno y Eusebio Gómez tuvieron menos suerte. Se despertaron al amanecer para proseguir su camino. Habían dormido al raso y estaban entumecidos. Cargaron el macuto y prosiguieron en dirección este; desconocían el fatal final de sus parientes y vecinos. Les pareció ver una nube de polvo que se acercaba por el camino y se escondieron en un desnivel cercano.
La polvareda tomó la forma de un vehículo. Detuvieron el latir de sus corazones con la esperanza de que, quien fuese, pasara de largo y pudieran proseguir su huida. Por fatalidad uno de los ocupantes de la camioneta les vio. Trataron de correr campo a través, pero otro grupo de guardias civiles uniformados les cerró el paso. Cabizbajos,
subieron a la camioneta que ronroneó sobre la tierra seca mientras daba la vuelta en dirección Zaragoza. Esta vez el destino fue la cárcel de Torrero, donde les esperaría una parodia de juicio y la pena de muerte. Años después, podrían contar a sus hijos sus estancias carcelarias, la sorprendente conmutación de la máxima pena y la angustia de aquel terrible día. El destino les permitió ser la voz de los otros seis, injustamente ejecutados.
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