Operación Husky. La invasión de Sicilia en Pingüinos en París.

 

Mañana se cumplirá el 74 aniversario, fue la noche del 9 al 10 de julio de 1943, en plena II Guerra Mundial; empezaba la campaña de Italia. La llamada Operación Husky era la invasión de Sicilia. En “Pingüinos en París” podréis vivir estos momentos a través de sus personajes. Robert Capa, los generales  Patton  y Ridgway; Vincenzo y Alfonso; Vittorio y todos los San Giovanni o el desgraciado comportamiento del capitán John Compton  serán protagonistas de aquella invasión.  En particular el atleta alemán  Luz Long, que perderá su vida en la defensa del aeropuerto de Ponto Olivo.

La invasión comenzó con el lanzamiento de paracaidistas al sur y suroeste de la isla y el desembarco de tropas norteamericanas e inglesas. En las playas de Licata y Gela por el Séptimo Ejército estadounidense al mando del general George Patton y el Octavo Ejército británico en las de Siracusa, al mando del general Bernard Montgomery. El final de la operación terminaría el 12 de agosto con el triunfo aliado y la total conquista de la isla. Sin embargo, los italianos y los alemanes pudieron reembarcar hacia la península más de 100.000 hombres y 100.000 vehículos, por lo que la victoria aliada no fue tan exitosa como esperaba el alto mando y Patton, general en jefe de la expedición, no fue asignado para el asalto continental que recayó en el general Mark Wayne Clark.

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Los generales Patton y Montgomery preparando el asalto.

 

Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa miró asombrado por la ventanilla, acababa de sa­lir de la oficina de Relaciones Públicas del general Eisenhower en Argel y se dirigía a un aeropuerto situado en un desierto tunecino. Hubiese jurado que aquel grupo de soldados norteamericanos con el que se había cruzado hablaban español. “No puede ser”, pensó. Cuando el jeep sobrepasaba los transportes que conducían a las tro­pas que le habían sorprendido, le pareció ver que algunos de ellos desplegaban una bandera de la República Española. Quiso saltar del vehículo, pero necesitaba llegar a un lugar llamado Kairuán lo antes posible. Por un cúmulo de casualidades, tenía la oportunidad de lanzarse en paracaídas con las primeras unidades que aquella misma madrugada saltarían sobre Sicilia dando comienzo a la inva­sión del sur de Europa.

El jeep se detuvo frente a la tienda del general Ridgway, jefe de la 82ª División Aerotransportada. El general era el típico militar de escuela graduado en West Point, educado y agradable como buen virginiano, y enérgico y decidido como buen luchador. Recibió a Robert con cordialidad y con extremada franqueza.

– Verás, hijo, mi división procede de la infantería, todos mis hombres han tenido que lograr sus alas de salto en pocos meses. Somos la infantería alada – dijo entre risas.

– Mi intención es lanzarme con ellos y hacer un reportaje sobre la invasión.

– ¿Te has lanzado alguna vez en paracaídas?

– Nunca, señor.

– Vaya. Tal vez no sea lo más… ortodoxo exponerle al salto. Volaremos sobre Sicilia seis horas antes de que el general Patton y sus tanques desembarquen. Tomaremos posiciones en la retaguar­dia enemiga, usted irá en el avión de cabeza. Hará todas las fotos que pueda de mis hombres preparándose para saltar y durante el lanzamiento sobre la isla. Luego regresa en el mismo vuelo con el avión y puede enviar sus fotos del primer estadounidense sobre Sicilia, un soldado de mi división…

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 Tropas aliadas en Túnez preparando la operación  Husky

Fragmento de Pingüinos en París:

Los aviones dormitaban brillantes y silenciosos en las pistas del improvisado aeródromo de Kairuán. Capa y los soldados descen­dieron del camión y se dirigieron al aparato principal que encabe­zaba la hilera. Parecían fantasmas envueltos por las sombras de la noche y emparedados entre los dos paracaídas, cubiertos hasta las cejas por sus cascos de acero y portando sus armas en bandolera. Robert también vestía de esa guisa únicamente que de su cuello colgaban las dos cámaras que iba a utilizar. Los dieciocho hombres entraron en el transporte y se sentaron unos frente a otros en las banquetas. Capa se situó en la parte delantera dejando franca la puerta para el momento del lanzamiento. Rugieron los motores y las hélices giraron a la velocidad y en el sentido del destino incier­to. El aparato hizo un giro de 90º y se situó en cabeza de pista. El despegue fue perfecto y las luces interiores se amortiguaron deján­dolos en semioscuridad. Se miraban unos a otros sin decir nada. Capa preparaba su Leica.

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Robert Capa

Fragmento de Pingüinos en París:

No hizo falta anunciarles que sobrevolaban sobre Sicilia. Las explosiones de las baterías italianas y alemanas producían deste­llos de verbena que iluminaban el interior del avión y recortaban el semblante de los soldados pintándoles contraluces en el rostro. Una explosión sacudió al aparato en forma de malavenida. El piloto giró los mandos al divisar la costa siciliana. Pese a las explosiones y a las sacudidas nadie comentaba nada. En el interior de la nave todo era silencio, tan solo roto por los flashes de la Leica de Capa. Algunos comenzaron a vomitar, un olor a agrio se extendió por el avión. Por delante de la flota de transporte, los bombardeos trata­ban de hacer añicos las defensas enemigas. No obstante, restaban piezas antiaéreas en número suficiente para hacerles pasar un mal momento, las balas trazadoras dibujaban resplandores de colores y como en un vals, los pilotos sorteaban los disparos rizando el vuelo hacia espacios menos violentos.

Se encendió la luz de salto. Primero la roja. Los hombres en­gancharon el seguro de las bandas metálicas del paracaídas para provocar la apertura automática. El oficial anunció lo que era ob­vio: “Preparados para saltar”. La luz verde iluminó la puerta de salto. Dieciocho almas volaron hacia la oscuridad. Capa captaba la instantánea de aquellos saltos. Las dieciocho bandas quedaron flo­tando hacia el exterior como serpentinas de una cabalgata. El avión, ya con solo un pasajero, hizo un giro de 180 grados para iniciar el regreso a tierras africanas. La llamada operación Husky estaba en marcha. En diversas zonas de la isla el cielo se llenó de hongos de seda cayendo mansamente sobre las llanuras y peligrosamente sobre los bosques. El viento y la oscuridad reinante no fueron los mejores aliados de los asaltantes, docenas de planeadores se estre­llaron, cayeron en manos del enemigo o se hundieron en el mar. A la 82ª Aerotransportada tampoco le fue fácil, la dispersión de los paracaidistas fue fatal para la reorganización de la división y cien­tos de ellos cayeron en manos de las patrullas italianas.

 

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 Defensas italianas

Fragmento de Pingüinos en París:

A las 2.45 horas de la madrugada las primeras oleadas aliadas pisaban el sábulo siciliano. Los infantes saltaron de las embarca­ciones y fueron recibidos por fuego de ametralladora y morteros. Algunas lanchas habían quedado encalladas entre las rocas y los hombres trataban de ganar a nado la playa. El amanecer coincidió con la llegada de los stuka alemanes y los gavilanes italianos, los Savoia-Marchetti S.M.79, que bombardearon a las flotas de desem­barco. Destructores, dragaminas y transportes aliados recibieron la visita de los pájaros del Eje. Desde Licata en el sur, hasta Augusta en el este, todo era confusión y combate. La 82ª División aero­transportada ya se batía el cobre frente a la 4ª División de Montaña italiana, la “Livorno”.

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Desembarco  en Gela

Fragmento de Pingüinos en París:

La radio de San Giovanni no paraba de trasmitir. Comunicaron a los aliados que una compañía alemana, apoyada por dos Panzer, avanzaba desde Ragusa camino del aeropuerto de Ponte Olivo en Biscari para pillar a la 82ª por retaguardia. Se les ordenó salir a su encuentro y detenerles el máximo de tiempo posible hasta que pu­diesen enviar un par de escuadrillas de ataque. Vincenzo habló con los carabinieri y les entregó de nuevo el control del pueblo.

– Los aliados ya están aquí, no hagáis ninguna tontería, necesi­tamos a todos los hombres. Mantened a mi hermano a Luigi a buen recaudo y a los otros arrestados. Volveremos en cuanto podamos – le dijo Alfonso al cabo.

– Vete tranquilo Alfonso, cuidaremos de todos. También de tus padres.

Alfonso asintió con la cabeza y sonrió. Sabía que sus padres no necesitaban protección, se bastaban por sí mismos. Decidieron es­perar a los alemanes en las afueras de Comiso. Se apostaron entre las ruinas de una granja destruida por la aviación americana. Al cabo de un par de horas, media docena de hombres armados y con indumentaria civil se acercaron. Los partisanos prepararon sus ar­mas. Desde una prudente distancia uno de los que se aproximaban gritó precavido. ¡Alfonso, soy Mario de Ragusa! El pequeño San Giovanni reconoció al hombre que le llamaba, era un vecino de la capital con fama de ser un barón de la mafia. Aquello bastaba para saber que en absoluto tenían nada que ver con los fascistas y así se lo dijo a Vincenzo y al resto de la partida…

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Desembarco de material en las playas de Sicilia. 

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 Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa había pasado toda la noche colgando de aquel árbol en un bosque de no sabía dónde. Le dolían los hombros de soportar su propio peso sujeto a las correas del paracaídas. Se decía a sí mis­mo que no estaba asustado y que alguno de sus compañeros de salto vendría a por él; se escuchaban cañonazos y disparos lejanos y eso le tranquilizaba porque era una clara señal de que no combatían en las inmediaciones. A pesar de todo, no se atrevía a pedir ayuda por si era escuchado por el enemigo o mal interpretado por los amigos ya que su inglés no era demasiado bueno y su acento demasiado oriental. Permanecía en silencio pensando en las circunstancias que le habían llevado a imitar a aquellos muchachos que fotografiara el día anterior. El general Ridgway le advirtió sobre las dificultades de convertir un soldado de infantería en paracaidista en poco tiempo y también de que los problemas se multiplican al tratar de transfor­mar un periodista en un fotógrafo volador de la noche a la mañana. Cavilando en estas cosas vio llegar el amanecer. Alguien le llamó a través del follaje.

– ¡Eh fotógrafo!, ¿no puedes bajar? – dijo una voz en inglés con acento norteamericano.

– No es eso, me estoy columpiando – respondió Capa, aliviado.

El soldado apareció sonriente entre las ramas superiores, por donde estaban enganchados los correajes y empezó a cortarlos con su cuchillo.

– Sujétese a la rama de abajo, voy a cortar el otro tirante.

Capa pensó que era un consejo obvio y práctico a la vez, por lo que lo siguió sin vacilar. Sintió un gran alivio al pisar tierra firme. Sus rescatadores eran tres de los paracaidistas que habían saltado con él.

– ¿Y el resto? – preguntó, mientras recomponía su atuendo.

– Dispersos. Tenemos que alcanzar el punto de encuentro o en­contrar alguna compañía amiga.

Llegaron a una granja donde fueron recibidos como liberadores. Sacaron un mapa de la región y el dedo arrugado del abuelo sicilia­no marcó un punto en el plano.

– ¡Sperlinga! – dijo, satisfecho de poder ayudarles.

– No estamos lejos de la vanguardia de la división – dijo el res­catador de Capa.

Los habitantes de la granja ofrecieron algo de comida y vino para los libertadores. Trataban de hacerles ver la simpatía que sentían por los norteamericanos. Muchos de sus paisanos habían emigrado en América y luchado entre las tropas aliadas, según les contaban. Los paracaidistas guardaron las viandas en sus macutos. Robert Capa observó los dedos moteados y arrugados del anciano señalando sobre el mapa el camino a seguir y el encuadre fotográ­fico de su cara arrugada, llena de pliegues y viejas sonrisas. Su Leica inmortalizó aquel rostro y aquella vestimenta campesina de pantalón holgado y cordel al cinto. El pequeño grupo reanudó su marcha camino de una colina rocosa que guardaba la carretera que conducía a Gangi.

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 Soldados británicos en Catania.

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Los norteamericanos entrando en Palermo.

 

El 180 Regimiento de la 45 ª División de Infantería norteamericana recibió la orden de tomar el aeropuerto de San Pedro. En el camino, una tonelada de proyectiles cayó sobre ellos. La sorpresa fue total porque el ataque provenía de su propia retaguardia. Los buques de la marina los machacaban lanzando su ciego fuego más allá de las defensas costeras. Los radiotelegrafistas pudieron enviar su mensaje aclaratorio pero dos docenas de infantes yacían despedazados por el fuego amigo. La indignación de la tropa fue inmensa.
El capitán John Compton les arengó con la rabia reflejada en el rostro. “No es culpa de la marina, los verdaderos culpables, los que de verdad han matado a nuestros compañeros están allí enfrente y mañana recibirán su merecido”, les dijo. Enterraron a sus muertos pensando únicamente en la venganza.
A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía.
“Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”
Avanzaron hacia una colina protegida por un búnker. Ya en sus cercanías tabletearon las ametralladoras de los defensores, sin demasiado éxito. Los asaltantes se pegaron al suelo y comunicaron la posición del recinto defensivo a su aviación. A los pocos minutos varios aparatos lanzaban sus bombas sobre el reducto y al atardecer sus defensores, entre ellos Luigi, abandonaban el búnker, eran cerca de cuarenta italianos y cuatro alemanes con los brazos en alto y enarbolando un pañuelo blanco. Compton y sus hombres les apresaron de inmediato. Les hicieron quitarse los zapatos y algunos soldados americanos les birlaron los pocos objetos de valor que llevaban. Compton ordenó que se alinearan. Mientras, un par de ametralladoras eran fijadas sobre la tierra con la frialdad de una práctica de tiro. Los prisioneros se miraban unos a otros incrédulos y atemorizados. Los disparos les pillaron casi de sorpresa. A la primera andanada Luigi y dos hombres huyeron colina abajo; el capitán sacó su pistola y disparó dos veces contra Luigi que cayó como un saco, los otros dos escaparon por el arroyo de Ficuzza. Los demás, caídos sobre la tierra en posturas de horror y de pasmo, permanecían inmóviles sobre el terreno con sus camisas negras empapadas de sangre. Compton remató a los que todavía vivían con la frialdad y eficacia de un asesino. Entre el túmulo de los ejecutados alguien parecía respirar todavía, era uno de los alemanes. Compton se acercó al agonizante de pelo rubio, rostro simétrico y cuadrado perceptible a pesar de la sangre que resbalaba sobre él; las balas del revólver del norteamericano se habían acabado, pidió a uno de sus hombres un fusil y le disparó al herido en la cabeza. La venganza había sido consumada. Compton se quedó un momento extasiado mirando el cadáver. Los canallas tienen tanto de imbéciles como de crueles.
Después de doce agotadoras jornadas desde el inicio de la invasión, los norteamericanos entraban en Palermo y Capa con ellos, fotografiando por doquier el entusiasmo de la población. Parecía una capital liberada del enemigo cuando en realidad su ejército había sido derrotado por aquellos sonrientes jóvenes que, a bordo de sus carros de combate y de sus jeeps, eran abrazados por los sicilianos que les daban la bienvenida.

 

 

 

 

 

 

Pingüinos en París, presentación en Barcelona.

 

El pasado día 21 de junio presenté en Barcelona mi nueva novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Quiero dar las gracias a todos los que estuvisteis y a mis lectores en general. Fue una gran tarde.

En la Casa del Llibre de Barcelona

Disfruté de con la presentación de José Manuel Aguirre

Con la familia

Con los lectores

Los amigos

Amigos de adolescencia…

Los amigos de adolescencia… y sus hijos.

Los compañeros de Olivetti

 

Los de la mili… y sus hijos

Otros escritores como Julia Villarés

Amigos editores

…hasta la hija de uno de los personajes de la novela.

Más familia

El público

Los más pequeños

Los Brotons

Con una cervecita.

¡Gracias a todos!

El desembarco de Normandía en Pingüinos en París.

Hoy, 6 de junio, es el aniversario del desembarco militar más impresionante que vieron los siglos. Fue el famoso Día D.

 

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Photographer’s Mate (CPHoM) Robert F. Sargent. Desembarco de la Compañía E en Omaha Beach.

En “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)” se relata este batalla que cambiaría el curso de la guerra.

 

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Plan de asalto del día 5 de junio.

Paracaidistas británicos de la 6.ª División Aerotransportada recibiendo instrucciones en vísperas de la invasión. Foto de: Malindine, E G (Capt), War Office.

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El general  Eisenhower departiendo con los paracaidistas de la  Compañía E, 502D. que van a lanzarse sobre el continente.

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Subiendo a los planeadores

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Soldados norteamericanos preparándose para embarcar en WEYMOUTH, Reino Unido Foto: Robert Cappa.

 Bajo la sombra de Nothe Fort en Weymouth, docenas de buques esperaban una orden que ya se retrasaba veinticuatro horas. El cielo permanecía todavía cerrado y las luces de Selene se reflejaban prudentes sobre los cientos de globos que protegían el puerto. En la cubierta de los buques de transporte, miles de hombres eran informados una y otra vez sobre su misión. El U.S.S. Chase no era una excepción. Sobre maquetas de plástico los suboficiales explicaban a las tropas el paisaje que se encontrarían al poner el pie en Omaha Beach, un nombre en clave para designar un par de playas en la costa de Normandía. En el interior del buque se podía ver pintados en una pared los nombres de los buques, el de los ocho sectores de desembarco en Omaha y los asignados a cada unidad militar con nombres tan peculiares como Dog Green, Dog White, Easy Green o Easy Red. La zona de desembarco que correspondía al 16ª regimiento de infantería al mando del coronel Taylor estaba bien delimitada por acantilados en ambos lados y sobre la línea de mareas poseía un banco de dos metros de altura con una anchura que alcanzaba los catorce en algún punto. Una ratonera de roca normanda bajo la apariencia de una playa de inocentes arenas. El Chase era uno de los buques nodriza de la flota. Iba cargado hasta los topes de barcazas de desembarco para ser lanzadas, repletas de soldados, a diez millas náuticas de la costa. Capa era uno de los componentes de la compañía “E” del segundo regimiento, una de las primeras elegidas para pisar tierra francesa. “Todo un privilegio”, pensaba el fotógrafo. Los mandos aseguraban sin pudor que, primero las baterías de los destructores y luego la aviación, dejarían la playa sin apenas defensas, aunque tal vez quedaría resistencia en los empinados acantilados que se elevaban entre 30 y 50 metros y que dominaban toda la playa. No obstante, las tropas se habían preparado para la conquista rápida de esas alturas, o eso creyeron. Cuando se dio el aviso de partida, los embarcados no fueron conscientes de que empezaba el día “D”, hasta que vieron empequeñecerse la costa inglesa. No era ningún simulacro.

Fragmento de Pingüinos en París.

Las defensas de las playas en Normandía. Bundesarchiv, Bild 101I-719-0240-05 / Jesse / CC-BY-SA 3.0

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National Archives USA

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historiayguerra.net/2014/05/23/la-batalla-de-normandia-1944 Plano del desembarco.

 

Map of the Normandy invasion with allied forces. Image: Originally published in Time Magazine.

Bombardeos previos al desembarco.

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Soldado paracaidista  de la 101 contemplando a la aviación aliada.

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La 101ª aereotrasportada en acción

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Cientos de planeadores y miles de paracaidistas en la retaguardia alemana.

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Los alemanes observando el despliegue aéreo aliado.

Los hombres comenzaron a escribir cartas a sus familias, hasta entonces existía la esperanza de un nuevo retraso o un cambio de estrategia; ahora tenían la certeza de que pronto hoyarían aquellas playas, maquetadas en plástico, de verdad. Algunos empezaron a rezar, otros quedaron en silencio meditando su destino; muchos sacaron
los naipes y empezaron una partida de olvidos y quitamiedos.
Sobre las dos de la madrugada les anunciaron la cercanía de la costa. Los rostros se tornaron adustos y nadie quiso continuar con la partida. El barco comenzó a oler a refrito, a tortitas y a café. Los comedores se llenaron de soldados y los platos quedaron casi sin tocar, los huevos revueltos fueron más revueltos todavía, aunque no degustados. ¿Quién desayunaba tranquilamente sabiendo la inminencia
del asalto? A las cuatro fueron concentrados en la cubierta superior, dos mil hombres se aprestaron para subir a las barcazas de desembarco. Capa apareció con un Burberrys doblado sobre el brazo. Sabía que tendría que saltar al agua y pensaba no mojarse demasiado protegiendo las cámaras bajo el elegante impermeable. El silencio era impresionante, solamente se escuchaba el chirriar de las grúas a la espera de bajar las lanchas. Todavía estaba oscuro y la negrura de imposibles sombras apagaba todavía más los rostros camuflados bajo los cascos de acero. El miedo barría toda la cubierta mientras, a los pocos que habían desayunado, su esófago les devolvía el regusto de los alimentos.
Desde las seis menos cuarto de la mañana los buques de la Armada, y posteriormente la aviación norteamericanas, bombardearon las defensas costeras alemanas con ahínco. Sin embargo, los puestos de combate alemanes recibieron escaso castigo. Frente a la playa de Easy Red, los hombres de los nidos de resistencia WN esperaban dentro de los búnkeres, casamatas y fortines, dispuestos a repeler a los infantes norteamericanos en cuanto desembarcasen. El WN62 era solo uno de los quince puntos de defensa a lo largo de Omaha Beach, estaba situado en Coleville-sur-Mer a tan solo veinticinco metros de la arena con una amplia visión de toda la laya, rodeado por alambre de púas y una fosa antitanque. La línea de fuego del WN62 era tan extensa como lo brazos de la Parca. Los treinta hombres que defendían la posición atenazaron sus índices sobre los gatillos de sus armas, los servidores de las dos ametralladoras MG 42 se prepararon y los artilleros cargaron los dos cañones de 75mm., los morteros de 50mm. y el cañón antitanque. El teniente  Frerking se dirigió a sus hombres y les pidió valor y tranquilidad y a que el enemigo estuviese con el agua hasta las rodillas y con poca maniobra para defenderse, antes de empezar a disparar. Durante unos minutos se hizo una tensa calma.

Fragmento de Pingüinos en París.

Lancha aproximándose a Omaha.Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

Los de la primera oleada abordaron sus barcazas que la grúa había posicionado lentamente sobre el mar. Un primer rayo de sol se estrelló contra ellas dándoles un aura rojizo de advertencia. Las olas de un mar altanero y violento se proyectaron contra los botes empapando a los infantes que se acomodaron fijando la vista en la rampa delantera. Aquel era su puente a los infiernos. Una tras otra, las barcazas fueron depositadas sobre el agua como barquitos de papel sobre una torrentera. Algunos hombres sacaron las bolsas preparadas para el caso y vomitaron dentro de ellas el resto del desayuno o la bilis de la nada. Un primer zambombazo anunció que estaban cerca. Los alemanes hacia ya horas que les esperaban. Todo el horizonte visible estaba cubierto de cientos de navíos de guerra y transporte de los que surgían miles de embarcaciones camino de la playa. Las defensas se mantenían prácticamente enteras y los de la Wehrmacht habían tenido tiempo de prepararse. Las ametralladoras aparecieron entre las hendiduras de los búnker, fijando su puntería con toda la antelación del tiempo que tarda un hombre cargado de armas y pertrechos, con el agua hasta la cintura, avanzar cincuenta o cien metros esquivando obstáculos hasta llegar a la playa. Omaha estaba sembrada de “puertas belgas”, un obstáculo semisumergido cuya finalidad era impedir el desembarco de tropas y vehículos, y a los que se habían adosado minas terrestres y minas antitanques. También de rampas con explosivos para hacer estallar las embarcaciones que se acercaran a la playa y una última línea en el mar de erizos checos, artilugios de hierro clavado en el fondo arenoso para entorpecer el avance de vehículos. Ya en la costa, los widerstandsnester, casamatas de resistencia intercomunicadas por túneles, esperaban plagadas de alemanes, de alambres de espino, de zonas minadas, de artillería pesada, de nidos de ametralladora. También artillería ligera y un millar de soldados de la 352, que los servicios de información situaban en el interior en Saint-Lô, pero que Rommel había enviado a reforzar la zona costera.

Fragmento de Pingüinos en París.

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Foto de Robert Capa

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Foto de Robert Capa   Apartamento de Capa en París

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Lancha norteamerican en llamas. Foto (AP)

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Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

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Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

Cuando los primeros que desembarcaron en la playa de Easy Red estuvieron a ciento cincuenta metros de alcanzar la orilla, el teniente alemán dio la orden de fuego. El primero en hacerlo fue el cabo Heinrich Severloh  de la 352ª División, su MG 42 alcanzó a un atacante norteamericano que estaba llegando a la arena, su casco voló hacia atrás, mientras el proyectil le alcanzaba en la frente y se desplomaba sobre el sábulo. El terrible fuego de los defensores del WN62 barrió a los soldados que trataban de alcanzar una posición resguardada. Pasaban algunos minutos de la seis y media de la mañana.

Fragmento de Pingüinos en París.

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Ametralladora alemana defendiendo Normandía.

Robert Capa y parte de la compañía “E” se aproximaban a la playa cuando se cruzaron con una barcaza que regresaba al Chase, el piloto les hizo un inconfundible aspaviento de que aquello no era un paseo y luego, como gesto de ánimo, levantó los dedos en
señal de victoria. La lancha con sus treinta y dos pasajeros amerizó cerca de las siete de la mañana en el fondo arenoso y la compuerta descendió con un golpe sordo sobre el agua cuyo efecto salpicó a todos. La playa de Easy Red, nombre clave de aquel sector de Omaha, no tenía nada de fácil y sí mucho de rojo. Las ametralladoras alemanas tabletearon furiosas contra los de la “E”. Capa se detuvo sobre la plancha de acero de la rampa y empezó a fotografiar. El piloto, deseoso de salir de aquel infierno de humo y fuego, le espetó: “Vienes o te quedas”. Robert Capa vaciló como nunca lo había hecho, entonces el marino se acercó y le propinó una patada en el trasero. Notó el impacto caliente de la bota y el contacto frío del agua. La orilla quedaba a unos cien metros, las balas golpeaban el agua y se hundían en busca de blanco formando siluetas sinuosas al atravesar las olas. Aquello le llevó al paroxismo. Se cobijó detrás de uno de los erizos checos. Superó su miedo e hizo más fotos a pesar de la poca luz y de las columnas de humo. Todo era un caos, los infantes permanecían aplastados contra el sábulo, algunos muertos o heridos; otros, atemorizados. Terminó el primer rollo de la Contax,
estaba entumecido, las manos le temblaban, la ropa mojada le helaba las piernas; recordó que había abandonado su flamante Burberrys en la barcaza. Cambió de refugio y se parapetó detrás de un vehículo anfibio al que las llamas habían consumido y puso nueva película.
En las playas muchas compañías habían sido mermadas y otras permanecían desperdigadas sin saber qué hacer. Los carros de combate desembarcados también sufrían fuertes pérdidas. Las barcazas hundidas parecían bañeras metálicas pudriéndose al sol. Los cuerpos sin vida flotaban en la mar con la cara vuelta hacia el fondo marino por el peso de los equipos y los supervivientes se amontonaban al abrigo de los acantilados a la espera de un milagro. Los zapadores trataban de hacer volar los obstáculos aun a costa de ser ellos los abatidos. Capa bebió un trago de la petaca que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón y le ofreció a un compañero de parapeto adivinado sus palabras de agradecimiento apagadas por las explosiones; unos metros más allá los médicos atendían a las víctimas y un cura católico daba la extremaunción a los muertos, desafiando todos los peligros como si tuviese un pacto con el Todopoderoso;
la Contax del fotógrafo seguía disparando y también los alemanes. El cabo Heinrich Severloh, desde el Widerstandnest 62 dejaba que se enfriara el cañón de su ametralladora sin dejar de disparar con un fusil Mauser.  

Fragmento de Pingüinos en París.

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Impresionante secuencia de fotos de Robert Capa. Salvo la última que es un fotograma de “Salvar al soldado Ryan”, pero que sirve como homenaje àra aquellos hombres del Día D.

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Defensores alemanes en Pont-du-Hoc

La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas, árbol y exterior

Defensas alemanas en la zona interior de Omaha

Canadienses desembarcando.Image: PO Dennis Sullivan / Canadian Department of National Defense / Library and Archives Canada / PA-132790.

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Plasma en la arena. Foto: Imperial War Museums

Arribó a la playa una embarcación de los servicios médicos, de ella bajaron nuevos sanitarios y enfermeros que empezaron a llevarse heridos al barco. Una explosión cayó cerca de la nave, una gran columna de agua se levantó para volver a incorporarse al flujo marino formando círculos concéntricos. Robert sintió un miedo insuperable y corrió hacia la barcaza que iniciaba su derrota hacia el buque nodriza, tomó la última foto de aquel día desde la cubierta de la nave salvadora. La silueta del Chase se recortó en el horizonte. Hacía tan solo seis horas que partiera del buque y un mundo de sensaciones habían transcurrido en el espacio de tiempo que dura una excursión campestre. Al llegar a la nave se cruzó con la última oleada de infantería de la 16 que embarcaba en ese momento; la cubierta del buque estaba ya llena de heridos, barrida de lamentos, de sollozos y de bolsas blancas con los restos de lo que apenas horas antes habían sido jóvenes cargados de vida y de esperanza. Del bolsillo de uno de ellos que estaba siendo embolsado asomaba un juego de naipes. El muchacho había perdido su partida más importante.

Fragmento de Pingüinos en París.

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Médicos

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El consuelo del cielo. Foto: Robert Capa

Primeras posiciones en la playa de Utah.rmy Signal Corps. Post-work: User:W.wolnyUS Navy Photo #: SC 190062

Foto del Signal Corps. El segundo batallón de Rangers conquista la playa de Pon- du- Hoc.

 

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, cielo y exterior

La cabeza de playa de Omaha

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior

La cabeza de playa británica de Sword Beach

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Las cabezas de playa fueron consolidándose.

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Fotos Signal Corps

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Con un terrible costo en vidas humanas. Robert Capa, fumando, observa los cadáveres. Foto de Robert Sargent

Prisioneros alemanes. Foto Robert Capa.

La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie y exterior

Prisioneros alemanes conducidos por soldados británicos en Sword Beach

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Las baterías y las defensas alemanas destruidas. Los Rangers en Pont-du-Hoc

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Prisioneros alemanes heridos.

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Robert Capa

Para saber más: Apartamento de Capa en París- fotos de: Ana Elisa Martínez

Capa en Pingüinos en París I  Capa en Pingüinos en París II

Personajes de la novela

 

Un gran reportaje de la batalla.

La batalla en el Canal Historia.

 

El desembarco en el cine:  Salvar al soldado Rayan.

 

Normandía 70 años después

 

La canción del Día más largo

 

El día más largo por los cadetes de West Point. Muy curioso de verlo y precioso de oírlo, gran coro,

 

Versión de Paul Anka

 

Por Dalila

 

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Feria del Libro de Zaragoza 2017 y presentación en el Ayuntamiento de Pingüinos en París.

Ayer terminaba La Feria del Libro de Zaragoza 2017 en la que “Pingüinos en París” no solo estuvo presente sino que triunfó por todo lo alto. Y todo gracias a los apasionados lectoras y lectores.

Ana Elisa en la caseta de la Editorial Comuniter.

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Con el Bonete de la División Leclrec en la caseta de Editorial Comuniter

Firmándole la novela al presidente de la Comunidad Aragonesa, Javier Lambán.

Acompañando y aconsejando a mi presidente y amigo.


En la presentación de la novela en el Salón de Recepciones del Ayuntamiento de Zaragoza, flanqueado por mi editor Manuel Baile – a la derecha de la imagen – y por Juan Soro, compañero editorial. En primera línea el casco de acero de la infantería americana – original – que mi amigo Jaime nos prestó.

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Con mi compañero y luchador incansable de la editorial, Paco Nevado. Gracias por todo lo que te incordio, amigo.

Tuve le honor de presentar a la gran escritora Luz Gabás y a su nueva novela: “Como fuego en el hielo”

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También al poeta, ensayista y repentista cubano Alexís Pimienta, al que presenté en La Cartuja. Un gran tipo y mejor amigo.

Dos aspectos de lo que fue la Feria. Gran afluencia de público cuando el tiempo y una nostálgica desolación cuando la lluvia acudió para socorrer al sediento Ebro.

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18835595_1892899884069067_8849365463528865979_n Explicando a los niños las heroicidades de La Nueve.

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Leer ayuda a crecer.

Con otros compañeros en la caseta.

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Ana Elisa, defendiendo la posición.

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Hasta el año que viene. ¡Viva La Nueve!

Hoy empieza la Feria del Libro de Zaragoza… y allí estarán los Pingüinos.

A las 19h., se inaugurará oficialmente la Feria del Libro de Zaragoza con el pregón a cargo de la escritora  zaragozana Ana Alcolea Serrano.

Desde esta tarde hasta el domingo día 4,  “Pingüinos en París” estará presente el la feria, para culminar con la presentación del libro en el Salón de recepciones  del Ayuntamiento a las 13h. del domingo 4 de junio. Estáis todas y todos invitados.

 

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Presentación de Pingüinos en París en la Feria del Libro de Zaragoza.

Los Pingüinos también estará en la Feria de Libro de Zaragoza. Este año se celebra en la Plaza del Pilar.

Me encontraréis desde el día 31 de mayo al 4 de junio por las casetas de la Editorial Comuniter (la número 4) o la de la Librería Albereda (la 45 y 46)

Además el día 4 de junio, domingo, a las 13h. presento la novela en el salón de Recepciones del Ayuntamiento. Os espero… que tenemos que hablar de muchas cosas.

Pingüinos en Andorra (Teruel)

Este pasado fin de semana tuve el honor de presentar la novela en el IES de Andorra (Teruel). Allí me esperaba la sorpresa de que amenizara el inicio del acto la Agrupación Laudística de Andorra.

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Después de la magnífica presentación de María José Tejedor, profesora de literatura y amiga, pude contar algunos secretillos de la novela y responder a las numerosas preguntas del público asistente, vestirme de paracaidista norteamericano y posar con los tres alumnos que leyeron – de forma genial – párrafos de la novela. Además, la televisión local me hizo una entrevista. Fue una delicia.

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Con María José.

 

Al día siguiente, firmé ejemplares de  Pingüinos en París y otras de mis novelas, en la Feria del Libro de Andorra, en la caseta de la librería el “Reino del Revés”, un delicioso lugar donde el buen libro y la simpatía son los protagonistas.

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Ana Elisa encantada entre tanto libro.

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Con Adriana reina del reino.

Fue todo especial incluido el hotel donde nos alojamos en Alcorisa y que os recomiendo: la Casa de La Fuente. Nos dieron una habitación magnífica y un mejor trato.

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Gracias Raquel, gracias Manuel.

Pero no todo fue literatura, paseamos por la bella Andorra y la sugerente Alcorisa e hicimos una visita a un lugar extraordinario: La Cuevas de Cristal y el pueblo de Molinos. Todo muy recomendable.

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Al final regresamos por Belchite que también tiene que ver mucho con la novela.

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Fotos de Ana Elisa.

En resumen: ¡Queremos volver pronto!

El reino del revés

Equipo completo: Ana Elisa, Adriana, el Jordi, José Michel y Ana… capicua.

Foto de: El Reino del Revés.

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Amado Granell en Pingüinos en París I

Uno de los personajes que aparecen por mérito propio en mi novela es Amado Granell, el primer “soldado norteamericano” que entró en París en agosto de 1944. Ayer, viernes 12 de mayo, fue el aniversario de su fallecimiento por accidente automovilístico ocurrido en Sueca el año 1972.

Este es la primera parte sobre su vida hasta la entrada en París de La Nueve. La próxima semana habrá la segunda entrega. Espero que os guste-

Amado Granell en Pingüinos en París. Fragmento de la novela.

Fue el teniente Amado Granell quien les comunicó que partían aquella mañana para Temara, una playa atlántica del Marruecos francés, cercana a Rabat, donde los americanos les entregarían los nuevos uniformes, los vehículos y las armas con que estaría dotada la división y que tan bien ya conocían. Frente a él estaban formados los ciento sesenta componentes de la compañía, en sus manos llevaba un puñado de pequeñas banderas republicanas.
– Os he traído para cada uno de los españoles una insignia republicana para que la cosáis en el nuevo uniforme. Así sabrán con quien se las van a ver.
– Olé tus “güevos” – contestó el gaditano Manuel Lozano. Los demás se echaron a reír y aplaudieron el gesto de su teniente.
Al día siguiente la Deuxième Division Blindée llegaba a Temara; la temperatura era muy alta, a pesar de que la brisa atlántica y los bosques al sur de la ciudad la atenuaban. Aquel martes 24 de agosto se tomaría como la fecha de la creación oficial de la división, no lo sabían pero era toda una premonición.
Los M4 Sherman bajaron majestuosamente por las rampas de las barcazas, mientras sus futuros servidores se hacían cargo de ellos con la ilusión de un niño a quien le acaban de regalar un juguete de treinta toneladas. Los semiorugas no defraudaron, las pruebas realizadas en el desierto habían demostrado a los batallones mecanizados la multifuncionalidad de los half – track. Los rápidos y versátiles jeeps, los potentes camiones GMC y las camionetas Dodge les parecieron una maravilla. La Nueve se hizo cargo de sus vehículos entre la alegría y las expresiones castizas. Se sentían ya una unidad de infantería motorizada dispuesta a todo. Ahora había que hacerse con el material, convertirse en centauros de la mecánica y de las orugas tractoras, en expertos apuntadores y artilleros, en parte del engranaje de las máquinas de guerra. La preparación debería ser larga y paciente, hasta establecer la perfecta simbiosis entre hombres e instrumentos. Los españoles se enfundaron en sus nuevos uniformes, iguales al de otras unidades de infantería norteamericana.
Muchos se cosieron en las cazadoras la bandera que les diera en Djidjelli, Amando Granell.

                                    Amado Granell

Amado Granell es uno de los personajes más carismáticos de los componentes de La Nueve y uno de los personajes de “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores) “. No era un aventurero aunque su vida, incluso su muerte, podría formar parte de una novela de aventuras.

Amado Granell Mesado, nació en Burriana (Castellón) el 5 de noviembre de 1898, año del Desastre. Era hijo de Juan Bautista Granell Sabater y de María Francisca Mesado Monzonís. Su padre era importador de madera.

Tras el desastre de Annual en Marruecos, que costó la vida a 13.000 españoles, Granell se alistó en el tercio español de la Legión, era 1921, y como preludio de lo que sería una vida azarosa. Se le destinó en la 18ª Compañía de la Quinta Bandera. Sin embargo,  a requerimiento de su padre y aduciendo que era menor de edad cuando se alistó, algo bastante extraño puesto que ya tenía 23 años, le obligó a dejar el tercio Duque de Alba, ya con los galones de sargento, y regresar a Burriana el 5 de julio de 1922.

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La ficha donde se le licencia por menor el 5 de julio. Foto de: aulamilitar.com/agranell.hts

Se casó con su primera mujer, Aurora, y juntos montaron una tienda de bicicletas en Orihuela. Sus inquietudes políticas le llevaron a afiliarse a la U.G.T. y a ser concejal por Izquierda Republicana. Al estallido de la Guerra Civil en julio del 36 se inscribió en el Comité de Enlace Antifascista. Como hombre de acción el 16 septiembre ya se había alistado al recién creado Ejército Voluntario y destinado al batallón Levante en Valencia,  y más tarde, al Batallón de Hierro hasta el 10 de diciembre, alcanzando el grado de alférez. En el mes octubre la unidad de Granell pasó a llamarse Batallón Motorizado de Ametralladoras. Amado ya es capitán desde noviembre y en diciembre el batallón será la  base para la formación de la Brigada Motorizada de Ametralladoras, que el 22 de abril de 1937 se convertiría en el Regimiento Motorizado de Ametralladoras. La unidad, en su evolución, había pasado de los 136 miembros iniciales a 1.200 al mando de Granell. Combatieron en Toledo y en la defensa de Madrid. El regimiento fijó su cuartel general en un convento de la capital. Allí prosiguieron con la edición de la revista  Hierro, órgano del regimiento, y que dirigía el pintor José Vela Zanetti.

 

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En diciembre de 1938,  y con el grado de comandante, es el jefe de la 49 Brigada Mixta, formada por los batallones 193, 194, 195 y 196, que combaten a los golpistas para evitar la ocupación de la provincia de Castellón.

Consumada la derrota republicana fue uno de los últimos en huir del avance de las fuerzas franquistas. En vísperas de la derrota republicana se encontraba atracado en Alicante, a la espera de cargar una partida de naranjas, un barco carbonero británico de nombre Stanbrook; su capitán, un galés llamado Archibald Dickson, viendo el peligro que se cernía sobre los miles de republicanos esperando medio de transporte, decidió socorrer a los refugiados. Dickson zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939 con 2.638 personas a bordo y sorteando los proyectiles lanzados por el crucero Canarias que bloqueaba el puerto. Como anécdota, Amado tenía dos plazas en el buque con los números 2.073 y 1.928. A pesar de ir el barco cargado hasta los topes, más de 15.000 republicanos quedaron en el puerto de Alicante sin poder embarcar. Después de 22 horas de travesía el Stanbrook llegaba a Orán.

 

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El Stanbrook en el puerto de Alicante.

Al llegar a Orán, Granell fue internado, junto con otros combatientes republicanos, en un campo de concentración francés. Por fortuna, fue reclamado por su hermano Vicente que había llegado un par de meses antes y vivía ya en el barrio español de Babel-Oued. Allí permaneció hasta diciembre de 1942. El 8 de noviembre se había iniciado la operación Torch y los norteamericanos habían desembarcado en el norte de África.

Granell se alistó en Argel en los “Corps Francs d´Afrique”, al mando del general De Monsanbert de las Fuerzas Francesas Libres (FFL), y que acompañan al ejército británico en el avance a Bizerta y en la Batalla de Túnez contra las fuerzas del Afrika Korps de Romel, en alguno de los numeroso combates que vivió fue herido en la cabeza e ingresado en un hospital argelino. En la batalla de Túnez consiguió el grado de teniente y coincidió con varios de los futuros compañeros de La Nueve.

 

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En la Nueve.

Terminada la campaña de Túnez, los Cuerpos Francos tenían que incorporarse al nuevo cuerpo de ejército comandado por el general Henri Giraud. El general francés antiguo combatiente en Marruecos y en la Primera Guerra Mundial, había sido hecho prisionero en  Wassigny por tropas alemanas en mayo de 1940, pero logró huir en 1942 y tras numerosas vicisitudes llegar a Argelia, donde mantuvo una ambigua posición con los generales fieles a Vichy y con los aliados. Muchos de los integrantes de los Cuerpos Francos y de la Legión Extranjera, sobre todos los españoles, desertaron de las tropas al mando de Giraud para enrolarse en la nueva División Blindada que estaba formando el general Leclerc. Uno de ellos fue Amado Granell quien, además, animó a numerosos compatriotas a alistarse en la que sería la llamada División Leclerc.

En verano de 1943 se formó en Tripolitania la División, consta como fecha de su fundación el 24 de agosto. De los 16.000 hombres que la formaban, 2000 eran españoles, a quienes todos llamaban “los Pingüinos”. Amado quedó asignado a la novena compañía del Tercer Batallón del Regimiento de Marcha del Chad como teniente. La compañía estaba formada casi exclusivamente por soldados españoles (144), su idioma oficial era el castellano y el nombre por el que la conocían todos: La Nueve. El mando se le asignó al capitán francés Raymond Dronne.  Después de su formación en tierras africanas fueron enviados, junto el resto de las tropas de Leclerc  a Inglaterra, concretamente a Pocklington  en Yorkshire a 39 Km. de York.

La División permaneció en Inglaterra hasta su desembarco en Normandía el 3 de agosto de 1944. Antes, Dronne, había nombrado al teniente Amado Granell su segundo en el mando por su valor y su carácter flexible y conciliador entre una tropa muy veterana y un tanto indisciplinada. Los Cosacos, como llamaban a los componentes de La Nueve, también fue el nombre del half-track de mando, que comandaba el propio Granell. La campaña a través de Normandía fue extremadamente dura y Granell destacó por su temeridad y arrojo en todas las batallas, significándose como uno de los mejores oficiales de la División.

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Granell en Écouché

París

De Gaulle tenía la intención de que las Fuerzas Libres Francesas fuesen las que liberaran la capital. Ante la incertidumbre de los aliados que preferían seguir avanzando y dejar a París embolsado en retaguardia, De Gaulle ordenó al general Leclerc que avanzara con su División. La tarde del 24 de agosto de 1944, el general Leclerc se encontraba a 10Km. de París sabiendo que una guarnición de 20.000 alemanes les esperaba. Ordenó a Dronne que se adelantara con su compañía hacia la capital. La Nueve entró por la antigua Puerta de Italia y ante los vítores de la población llegaron los a las 21.20 al Ayuntamiento parisino. Allí les esperaban los jefes de la Resistencia. El primero en llegar a la alcaldía fue Amado Granell.

Fragmento de Pingüinos en París

Los paisanos que han salido al encuentro de la cabeza de la compañía, advierten a Granell que parte de la avenida de Italia está ocupada por unidades del ejército alemán y muchas calles están batidas por el fuego enemigo; entonces decide desviarse por la rue Baudricourt. La columna atraviesa la place Nationale y giran por la calle del mismo nombre. Dronne ordena entonces dirigirse al ayuntamiento. Algunos miembros de la Resistencia les saludan alborozados, hace ya demasiados días que luchan solos para liberar la capital. Robert Millet, un abogado norteamericano residente en la ciudad, ve aparecer al Santander frente al portal de su casa en la plaza Pinel, reconoce los uniformes y les grita en inglés creyendo que son compatriotas. ¡Welcome boys! ¿Yankee? le preguntan, el americano sonríe y afirma con la cabeza. “Nosotros somos españoles”,
contesta Sanchís para sorpresa del abogado. A la altura de la rue Squirol las gentes les abrazan y empiezan a entonar la Marsellesa,
Hugo les acompaña en sus cantos revolucionarios, siente que sus recuerdos de infancia vuelven transportados por el tiempo y acunados por las palabras de su padre: Es la tierra de la Libertad…

El teniente Granell atraviesa el primero con su automóvil Tatra el puente de Austerlitz para asegurarse de que no está minado y llega a las cercanías del ayuntamiento parisino; informa que, al parecer, el edificio ha sido ya tomado por la Resistencia
y que no hay alemanes a la vista. Dronne y el resto van en su pos, desde una ventana arrojan flores sobre el jeep de mando, la alsaciana se asusta, podría haber sido una bomba. Siguiendo a Dikran atraviesan a su vez el puente de Austerlitz, cruzan el Sena, llegan al boulevard Henry IV y protegidos por los muelles fluviales desembocan
en la place de l’Hôtel de Ville. Se escuchan detonaciones lejanas. El peculiar ruido de las orugas parece acompasar los gritos de la población, es un run run que parece gritar algo así como: libertad, libertad. Se escucha el tableteo de una ametralladora, al final de la calle un par de confiados civiles caen heridos sobre el pavimento. Los “cosacos” responden al fuego haciendo enmudecer los fusiles alemanes. Están más que preparados, ansiosos de revancha,de ganar esta guerra para poder olvidar la que perdieron en su patria; han luchado en tantos frentes que ni siquiera recuerdan los nombres, pero sí cada rostro amigo o enemigo que han visto morir, o eso imaginan en sus pesadillas.
Las campanas empiezan a tocar, el gran Bourdon de Nuestra Señora responde a sus hermanas. Cantan a la liberación. ¡París libéré!, gritan las gentes, los componentes de la columna sienten el amparo del pueblo, algunos lloran emocionados. La avanzadilla llega a la plaza, el primero es el Guadalajara; una joven parisina de doradas trenzas se sube al half – track y besa en los labios a Juan Rico, él la corresponde entusiasmado. Los otros semiorugas que siguen al Guadalajara toman posiciones para evitar un ataque alemán. Las gentes les abrazan y vitorean. El reloj de la fachada marca una hora histórica las 21.22.

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Al día siguiente  el periódico Liberation, publicaba en su portada la llegada de las tropas aliadas y la foto del primer “americano” en llegar a París. Era Amado Granell, de Burriana.

Foto histórica para publicar

París 25 de agosto de 1944. El capitán Dronne, el teniente Amado Granell, a su derecha, y el subteniente Martín Bernal, a la izquierda y el soldado Pirlian, al fondo, preparan el asalto a la telefónica.

Fragmento de Pingüinos en París

En aquel mismo momento y en la plaza del ayuntamiento, Dronne distribuía a sus hombres. El periódico Libération publicaba en su portada un titular con la leyenda de Ils sont arrivés, acompañada de una foto de Granell con Bidault y el prefecto de París, y en cuyo pie rezaba: “El prefecto de la ciudad felicitando a un oficial de la División Leclerc” y se destacaba a Granell como “le premier soldat américain”; difícil encontrar una ciudad norteamericana llamada Burriana.
Pasado un cuarto de hora de las nueve de la mañana, la prefectura parisina pidió a Dronne que liberara la central telefónica de la rue des Archives, situada a menos de cien metros de la plaza. Trazaron un plan. El capitán ordenó a Granell permanecer en el ayuntamiento y en principio dispuso que Hugo asaltara el edificio de la telefónica desde la rue du Temple, mientras Michard con Garcés lo harían por la rue des Archives; pero cambió de opinión y envió a Elías a la telefónica, ordenando a Hugo que tratara de capturar al Estado Mayor alemán en el Maurice.

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Amado Granell a bordo de su Tatra 57 encabezando el desfile de celebración de la liberación de París el día 26 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París

Amado Granell con su sufrido Tatra 57 K encabezaría al resto de los semiorugas de la compañía capitaneados por Hugo. Todo un honor para La Nueve. Detrás, un grupo de jeeps conduciría a los periodistas y fotógrafos.
La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros
de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo. Las futuras generaciones tendrían que cantarlo algún día, al igual que las contemporáneas lo festejaban hoy. París era libre, gracias a muchos y al arrojo de unos cuantos.

Continuará…