14 de septiembre en la Cartuja Baja, Zaragoza.

Hoy 14 de septiembre es el aniversario de unas muertes dolorosas e inútiles ocurridas en el barrio de la Cartuja Baja de Zaragoza. En Pingüinos en París relato esta historia y quiero que sirva de homenaje a los que murieron y para que jamás vuelva a repetirse.

 La Cartuja, Zaragoza, 1936. La huida

Manuel Garcés, Martín y Paco prepararon lo imprescindible para escapar de la Zaragoza ocupada. Sabían que, apenas una docena de kilómetros al este, se encontrarían con las milicias anarquistas procedentes de Barcelona que pretendían reconquistar la capital maña. Así que decidieron tratar de llegar a Pina de Ebro en poder de la Columna Durruti. Hablaron con el alcalde socialista del barrio, Vicente Martínez.
– Deberíamos irnos todos, esta gente fusila a mansalva – le dijo Martín.
– No podemos abandonar a nuestras familias. Supongo que, después
de este agosto de pesadilla, se les habrá calmado la sed de sangre.
No hemos hecho nada, salvo tener ideas propias – respondió el alcalde.
– Ahí les duele. Cualquier idea que no sea fascista no la entienden.
– Hasta ahora no ha habido represalias en La Cartuja.
– Sí, aunque los falangistas de María de Huerva buscan acojonar a toda la periferia.
– Eso es cierto, aun así, nos quedamos. Solo puedo desearos que tengáis cuidado con las patrullas y mucha suerte.
– Lo intentaremos.

Martín lo tenía ya hablado hacía varias semanas con Carmen, ella y las niñas abandonarían La Cartuja y se trasladaría a la calle Triana de Zaragoza en el barrio de Torrero, donde vivían los padres de Martín. Besó a las niñas y prometió a Carmen que en cuanto terminara la guerra volverían a estar juntos en una República consolidada y libre de golpistas. Se reunió con Paco y Manuel y empezaron a andar hacia aquella frontera que separaba dos concepciones de vida; el barrio cartujano fue quedando escondido entre las primeras penumbras.
Tenían que recorrer unos cuarenta kilómetros, siempre paralelos a la carretera de Castellón, sin acercarse demasiado a las poblaciones. Seguirían la ribera del Ebro por la zona de los galachos y pasarían al otro lado por un frente de guerra que partía en dos todo Aragón. Era una primera línea de combate que dividía dos mundos radicalmente opuestos en una franja de apenas cinco o seis kilómetros.
En el oeste, los sublevados imponían el terror del régimen fascista de Burgos, devolviendo las tierras y los privilegios a gentes que nunca las habían amado, por lo menos no tanto como los agricultores.
Un mundo piramidal cuyo símbolo era la cruz y la espada,
dos dignos iconos que, en manos equivocadas, son el tripalium entendido como instrumento de explotación y tortura para obreros y campesinos, como en la antigua Roma lo fue para los esclavos. En el este, pueblos que abrazaban las ideas más avanzadas del comunismo libertario, colectivización, anulación de la propiedad y agnosticismo o ateísmo y cuyo símbolo era la bandera negra y roja del anarquismo y que entendían el tripalium como la etimología de la palabra trabajo.

En La Cartuja, Teodoro Moreno Ginés, jornalero y militante de la CNT, se hallaba de visita a sus hermanos para ayudarles en unas obras familiares. Vivía en Barcelona hacía ya unos cuantos años, y pasar un tiempo en su lugar de origen le pareció una excelente idea. La sublevación militar le pilló tomándose unos vinos en el Casino Republicano con los Clavería, amigos de infancia y de charanga. No podía regresar a Barcelona sin atravesar aquella frontera que separaba dos concepciones sociales radicalmente opuestas y decidió esperar acontecimientos.
El lunes 14 de septiembre amaneció tranquilo y despejado. El barrio zaragozano olía a pan recién hecho. Un hombre lo traía de Zaragoza para que su cuñado lo vendiera en la pequeña panadería del barrio. Era un tipo sencillo que todavía no tenía claro cuál era la situación que estaba viviendo la ciudad; él se limitaba a hacer su trabajo diario.
Sobre las diez de la mañana apareció una camioneta con varios hombres con monos de guardias civiles que traían una lista con nombres, a buen seguro fruto de una delación. Primero fueron a por el alcalde Vicente Martínez y le detuvieron. Luego, se dirigieron a la tienda que regentaba Florentín Clavería, en la que se vendía desde una aguja hasta un tonel, le pillaron entre tomates y verduras que ofrecía a unas clientas. Corrió la alarma por todo el barrio. Los supuestos componentes de la Benemérita encaminaron sus tristes pasos a la vivienda de los Moreno, conocidos cenetistas. La casa estaba al otro lado de la carretera entre dos graveras de cerca de cinco metros de profundidad y del tamaño de un campo de fútbol. Era una casa de campo de un solo piso, como las que representa cualquier niño en la escuela. Techo de tejas rojas de dos vertientes, una puerta central, una ventana superior en la fachada y una gran higuera al lado.

Advertidos por algunos vecinos los Moreno se escondieron en las ramas protectoras de la higuera. El suboficial al mando llamó al portón con brusquedad. Abrió una mujer con aspecto asustado.
– ¿Eusebio Gómez y Manuel Moreno? – dijo, sin tan siquiera identificarse.
– Están regando los campos… En el Pedregal o en Peñas Abantos.
El cabecilla de grupo la miró con incredulidad. Toda la escena era contemplada desde la higuera por Eusebio y Manuel que apenas respiraban. El suboficial hizo una señal para que dos de sus hombres entraran en la casa. Al cabo de unos minutos aparecieron de nuevo.
– No hay nadie – dijeron, encogiendo los hombros.
– Bien, en cuanto aparezcan que se presenten en la plaza. Si no, volveremos a por ellos – amenazó el sargento a las asustadas esposas.
Salió el grupo, un tanto frustrado por lo infructuoso de la búsqueda,
y como una burla del destino se toparon con Teodoro que iba a advertir a sus hermanos.
Una camioneta de puertas amarillas, custodiada por dos números de la benemérita, esperaba en la plaza. Obligaron a subir al alcalde y a los otros dos arrestados. Apareció otro piquete con el presidente y el secretario del Casino Republicano y el panadero zaragozano que, por un error de identidad y pese a su insistencia de que estaba allí solo de paso, había sido también apresado, “Yo soy Eduardo”, repetía atemorizado. Por último, cumplimentaron su ingrato cometido con la detención del practicante del barrio Manuel Gutiérrez, que era miembro del PCE. Se les dijo que iban a ser interrogados en Zaragoza. Mientras tanto, Manuel Moreno y Eusebio Gómez
bajaron del árbol, cogieron cuatro cosas y escaparon a Torrecillas para intentar llegar a la zona republicana.
La camioneta con los presos tomó dirección a la capital, hacia el barrio de Torrero. Los prisioneros sintieron una incontenible angustia al ver la silueta de cárcel. Sin embargo, la comitiva prosiguió su marcha por la carretera de Valencia. Atravesaron varias localidades hasta llegar a María de Huerva, entonces se desviaron dejando atrás los arrabales del pueblo. El camión se detuvo en el lado izquierdo del llamado Barranco Salado en un punto de la intersección de la vía del ferrocarril. Los pretendidos guardias civiles descendieron del vehículo, abrieron el portón para que bajasen los detenidos y sin mediar palabra fusilaron a todos los prisioneros.
En aquel mismo momento Manuel Garcés, Martín y Paco Bernal
llegaban a un meandro de escasa profundidad, pese a la crecida
que había tenido lugar aquella primavera. Una vez en la orilla republicana, entre Osera y Pina, esperaron los primeros destellos del amanecer; hubiese sido muy arriesgado tratar de encontrar a las milicias por la noche. Así que, al aparecer las primeras luces, enarbolaron una bandera blanca y otra cenetista y caminaron unos cientos metros hasta que una patrulla de la columna Durruti les dio el alto. “Salud, camaradas, tierra y libertad”, gritó Martín. Apenas dos horas después ya eran miembros de las fuerzas anarcosindicalistas de Aragón.
Por su parte, Manuel Moreno y Eusebio Gómez tuvieron menos suerte. Se despertaron al amanecer para proseguir su camino. Habían dormido al raso y estaban entumecidos. Cargaron el macuto y prosiguieron en dirección este; desconocían el fatal final de sus parientes y vecinos. Les pareció ver una nube de polvo que se acercaba por el camino y se escondieron en un desnivel cercano.
La polvareda tomó la forma de un vehículo. Detuvieron el latir de sus corazones con la esperanza de que, quien fuese, pasara de largo y pudieran proseguir su huida. Por fatalidad uno de los ocupantes de la camioneta les vio. Trataron de correr campo a través, pero otro grupo de guardias civiles uniformados les cerró el paso. Cabizbajos,
subieron a la camioneta que ronroneó sobre la tierra seca mientras daba la vuelta en dirección Zaragoza. Esta vez el destino fue la cárcel de Torrero, donde les esperaría una parodia de juicio y la pena de muerte. Años después, podrían contar a sus hijos sus estancias carcelarias, la sorprendente conmutación de la máxima pena y la angustia de aquel terrible día. El destino les permitió ser la voz de los otros seis, injustamente ejecutados.
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Hitler en París

En Pingüinos en París se cuenta la visita que hizo Adolfo Hitler a París, después de la toma de la ciudad por los alemanes.

El dictador alemán visito la capital francesa un 28 de junio de 1940, por lo que el próximo jueves se cumplirán 78 años de la indeseada visita. Algunos historiadores nominan este día como: El día de la bestia.

 

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En París ondeaban las banderas de la esvástica.

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En la novela se detalla esta visita y la impresión que causo a franceses, residentes en la capital y ocupantes.

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París, totalmente vigilado.

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Un sueño hitleriano.

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Sin embargo, su primera parado fue la Opera Garnier

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Visitando la tumba de Napoleón I

Un reportaje francés cuenta esta visita.

 

 

La visita contada por los alemanes:

Ocupación alemana de París

Tal día como mañana, 14 de junio, en 1940 el Gobierno francés declaró París ciudad abierta. Los alemanes iniciaban así una larga ocupación de más de cuatro años que se relata en varios momentos de Pingüinos en París.

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Lo imposible ha sucedido: París ocupado.

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Las fanfarrias alemanas resuenan en la capital francesa.

 

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Los parisinos lloran el momento.

 

La bandera nazi ondea en París y los periódicos alemanes presumen de ello.

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“Recuerdo cada detalle. Los alemanes vestían de gris. Tú vestías de azul” (Casablanca)

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Cuartel general nazi en el hotel Maurice en la rue de Rivoli.

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Tardarían cuatro años en marcharse, no voluntariamente. La Nueve, la novena compañía de la 2DB, la división Leclerc, liberaría París el 24 de agosto de 1944.

 

Una larga ocupación que se convertiría en uno de los destinos preferidos de los soldados alemanes.

 

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Mirando souvenirs…

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Haciendo turismo…

La situación de los judíos en el París ocupado por los nazis

 

Disfrutando de las terrazas…Paris, deutsche Soldaten vor dem Moulin Rouge

Confraternizando…

Amor y sexo durante la ocupación Documental

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Divirtiéndose…

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Persiguiendo…

y en eso llegó La Nueve y se acabó la diversión.

Almiral Buiza, Manuel Morillas

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Ocupación alemana de París según un reportaje alemán de:

 

 

Justicia y reconocimiento para Luz Long

Hoy he cursado al Comité Olímpico Internacional la siguiente petición:

 

Estimados señores:

En una de mis novelas, Pingüinos en París, aparece como personaje el atleta alemán Luz Long, concretamente se describe su muerte en le frente de Sicilia en julio de 1943, para denunciar la injusticia de las guerras.

La novela tiene un página:   https://pinguinosenparis.com/, en la que aparecen noticias relacionadas con la novela y sus personajes. En una de las entradas escribí sobre Luz Long relatando su espíritu olímpico y su comportamiento durante la Olimpiada de 1936: https://pinguinosenparis.com/2017/04/27/luz-long-en-pinguinos-en-paris/. Añadí que el atleta, según consta en sus archivos y en distintas páginas de Internet, había sido galardonado, a título póstumo, con la primera medalla Pierre de Coubertin en el año 1964.

Mi sorpresa fue cuando recibí notificación por parte de la nuera y el hijo de Luz Long, autores del libro: Luz Long- eine Sportlerkarriere in Drietten Reich, comunicándome que nunca habían recibido ni la medalla, ni ninguna comunicación ni invitación a tal acto:    https://pinguinosenparis.com/2018/02/05/sobre-luz-long/, pese a las reclamaciones hechas por la familia al Sr. Bach Presidente entonces del Deutscher Sport Bund, y hoy presidente del COI, nunca han recibido respuesta.

Solicito sea revisada en el historial olímpico y en el de la medalla Pierre Coubertin, la concesión de esta distinción a Luz Long y coincidiendo en julio con el aniversario de su muerte  se comunique oficialmente a su familia y a los medios de comunicación olímpicos y sociales en reconocimiento al espíritu olímpico del atleta alemán. Les ruego, en virtud de los valores del olimpismo y de la justicia, una respuesta positiva a mi escrito. Atentamente:

Jordi Martínez Brotons

(Jordi Siracusa)

“Lo mejor que tienen los sueños es que se pueden hacer realidad”

Barón Pierre de Coubertain (1863 – 1937). Padre de los Juegos Olímpicos modernos.

… lo malo de la burocracia es que no sabe soñar.

Jordi Siracusa.

Sommerolympiade, Siegerehrung Weitsprung

Olympische Spiele 1936 in Berlin, Siegerehrung im Weitsprung: Mitte Owens (USA) 1., links: Tajima (Japan) 3., rechts Long (Deutschland) 2., Zentralbild/Hoffmann

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Tumba de Luz Long.