Pingüinos en París en Monzón

El domingo día 10 estaré en la Feria del Libro de Monzón firmando ejemplares de la novela por la mañana y a las cinco de la tarde la presentaré en el recinto ferial. Los Pingüinos me acompañarán, la hora es de lo más torera, porque a uno de mis personajes y oficial de La Nueve, Martín Bernal (Garcés), antiguo novillero le hubiese encantado. Me alegra que la Asociación la Bolsa de Bielsa sea un colaborador activo de la presentación

 

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Batalla del Ebro en Pingüinos en París

Algunos de los personajes de  Pingüinos en París, vivirán la Batalla del Ebro durante la Guerra Civil Española. Fue la más larga de la guerra, 115 días de  duros combates desde el 25 de julio al 16 de noviembre. Hay dos entradas en la página que os hablan de ella.

Hoy se cumple el 79 aniversario del fin de la batalla y con él las esperanzas republicanas de ganar la guerra. Sin embargo, muchos de los hombres que allí combatieron siguieron luchando por la libertad. Entre las fuerzas de La Nueve que entraron las primeras en París el 24 de agosto de 1944, estaba el HT L’Ebre, en recuerdo de la batalla.

 

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Podéis seguir leyendo en las entradas siguientes:

Batalle del Ebro Parte Primera

 

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Reconquista de los pueblos de la margen nacionalista por los republicanos.

Seguir leyendo:

Batalla del Ebro Parte II

 

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Artillería nacionalista.

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Tropas republicanas.

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El Ebro en el desfile del día 26 de agosto de 1944 en París.

Dietrich von Choltitz en Pingüinos en París.

En la novela se relatan las difíciles  decisiones  que tuvo que tomar  Dietrich von Choltitz, general en jefe de la guarnición alemana en París, ante la llegada de los aliados. El día 9 de noviembre se cumplirán 123 años del nacimiento del militar prusiano en Laka Prudnika en la actual Polonia. El pasado 5 de noviembre se cumplieron 51 años de su muerte en Baden- Baden(Alemania). Von Choltitz sobrevivió muchos años a su posible muerte en un París incendiado y destruido (un nuevo Stalingrado) como pretendía Adolfo Hitler.

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En Pingüinos en París se cuentan sus últimos momentos de libertad antes de que La Nueve entrara en la capital parisina la tarde del 24 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París:

Dietrich von Choltitz, desde el hotel Maurice, ordena que aquella noche no se perpetren más ataques y que las fuerzas solo se limiten a defenderse, incluida la Gestapo y los partidarios de Vichy, pretende disfrutar de una velada en calma; ha decidido no dinamitar la ciudad. Sin embargo, conoce al estado mayor de Hitler y sabe que en cuanto sepan que la orden de incendiar París no se ha cumplido será destituido y arrestado, y le consta que su sustituto, si le dan tiempo, no tendrá ninguna contemplación ni con la ciudad ni con él. Pide que le sirvan una copa de Henri IV Dudognon Heritag en el salón, bajo la cúpula acristalada del Jardín de Invierno. Su ayudante trata de permanecer a su lado, pero con un gesto de su mano le indica que prefiere estar solo. Aspira profundamente el aroma del coñac con cien años de cautiverio en barrica, lo saborea lentamente y se felicita de que los aliados ya estén en la capital; aunque, con toda seguridad, esto represente su última noche en libertad, incluso su última velada; es consciente de que, cualquier otro retraso de los aliados, hubiera tenido consecuencias catastróficas para la capital. Pide otro coñac y sube a la habitación, desde su ventana contempla la Torre Eiffel entre las sombras nocturnas, erguida y a salvo; levanta su copa y brinda por París.

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Dietrich von Choltitz, fue arrestado por tres españoles.

Se trataba de un extremeño llamado Antonio Gutiérrez, el aragonés Antonio
Navarro y Francisco Sánchez, sevillano de pura cepa. Atravesaron
el lujoso hall y subieron al primer piso donde encontraron al general con su Estado Mayor. Los alemanes viéndose encañonados se rindieron al trío de españoles. Uno de los oficiales les dijo en francés algo sobre las leyes de la guerra. Gutiérrez no entendió del todo el discurso del alemán y respondió con el argumento que le pareció más persuasivo. “Somos españoles y si nos os rendís os pegamos cuatro tiros”, les dijo. Entonces intervino Von Choltitz y dirigiéndose al extremeño solicitó rendirse a un oficial francés de rango. Entraron Hugo y Pietro y sin dejar de encañonarles esperaron la llegada de comandante La Horie. A partir de aquel momento, el general alemán cursó la orden para el alto el fuego a la guarnición alemana de París. Desde las 12.30 ya ondeaba en la Torre Eiffel la bandera tricolor francesa.
Se encomendó a los tres españoles que le habían detenido, el traslado del gobernador militar a la prefectura en L’Ille de France. Antes de salir del Maurice, en aquellos salones que le habían hecho soñar, Von Choltitz, ya un tanto más reposado, se quitó el reloj de la muñeca y se lo entregó a Gutiérrez.

– Es mi regalo por saber respetar las reglas de guerra – le dijo.

Fragmento de Pingüinos en París

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Con el general Leclerc, comandante de La 2DB la División donde estaba integrada La Nueve.

Firmando la rendición.

Estreno de ¿Arde París?

DE PELÍCULA

El 26 de octubre de 1966 se estrenaba la película ¿Arde París? dirigida por René Clément, que cuenta los hechos acaecidos en la liberación de París, donde los españoles de La Nueve, es decir, los Pingüinos, tuvieron un gran protagonismo.

El guión del film se basó en el libro homónimo de Larry Collins y Dominique Lapierre. El guión estuvo a cargo del escritor Gore Vidal y por un joven  Francis Ford Coppola.

 

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Un gran número de actrices y actores proporcionaron un elenco difícil de igualar:

 

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Jean-Paul Belmondo, Charles Boyer, Leslie Caron, Jean-Pierre Cassel, George Chakiris, Bruno Cremer, Claude Dauphin, Alain Delon, Kirk Douglas, Pierre Dux, Glenn Ford, Gert Fröbe, Daniel Gélin, Georges Géret, Hannes Messemer, Harry Meyen, Yves Montand, Anthony Perkins, Michel Piccoli, Wolfgang Preiss, Claude Rich, Simone Signoret, Robert Stack, Jean-Louis Trintignant, Pierre Vaneck, Marie Versini, Skip Ward, Orson Welles, Michel Etcheverry, Billy Frick.

Aquí os incluyo algunos de los más importantes y, al final, una interesante investigación  de Jalyne Llorens B sobre la película con todas sus actrices y actores, incluso los que les doblaron en francés; una maravilla.

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Leslie Caron

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Charles Boyer

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Jean-Paul Belmondo

 

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Jean- Pierre Cassel

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George Chakiris

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Bruno Cremer

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Claude Dauphin

 

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Kirk Douglas

 

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Orson Welles

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Alain Delon

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Glenn Ford

 

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Anthony Perkins

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Gert Fröbe. En el papel de Dietrich Von Choltitz, el general, jefe militar de París, arrestado por tres españoles componentes de la División Leclerc.

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Claude Rich, interpretando al  General Leclerc , uno de los protagonistas de Pingüinos en París.

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Simone Signoret

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Georges Staquet. En el papel de Raymond Dronne, capitán de La Nueve y uno de los protagonistas de la novela.

 

 

Aquí tenéis la relación de las actrices y actores, con lo papeles interpretados, gracias a un vídeo de Jalyne Llorens B

 

 

La entrada en París de La Nueve.

 

Aquí en el minuto 3.35 se reconstruye el momento en que el general Leclerc ordena al capitán Dronne que entre en París “con lo que tenga” y con ” no haga caso de las órdenes “estúpidas” de los americanos”. En el minuto 5.23  en el jeep de mando el capitán Dronne se informa de cómo avanzar y el minuto 5.30 veréis pasar al Madrid – en aquellos momentos a 10 kilómetros de allí – y en el 5.34 al Teruel, que sí fue uno de los que entraron la noche del 24 de agosto y en el 6.02 se reconstruye la llegada del primer half-track (El Guadalajara) al ayuntamiento parisino

 

 

 

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Dibujo de Annie Dream en la novela.

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Miguel Hernández en Pingüinos en París

Miguel Hernández tiene un par de  apariciones en mi novela. Hoy día 30 de octubre se cumple el aniversario de su nacimiento en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Miguel fue uno de los poetas de aquella Guerra Incivil que separó a los españoles. En homenaje.

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Su compromiso político le llevó a luchar por la República hasta el último momento y a morir por sus ideas. Sus versos están cargados de este compromiso y de esta lucha. Joan Manuel Serrat puso música y sentimiento a muchos de sus poemas.

Dedicado a su esposa Josefina Manresa

 

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Para la Libertad

Hijo de la Luz y de la sombra

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Llegó con tres heridas.

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Fragmento de Pingüinos en París.

Al día siguiente partían los brigadistas. En algunos lugares lucharon
durante todo el día y muchos murieron en vísperas de su repatriación. Dieron su vida por sus ideales y por una tierra que siempre permanecería en la memoria de los que sobrevivieron. El comisario de cultura del Quinto Regimiento, un poeta alcoyano llamado Miguel Hernández, dedicó aquel día un poema a los brigadistas caídos:
“Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.”

 

Tu eres uno de aquellos: Serrat- Hernández

 

Fragmento de Pingüinos en París.

Toda la ciudad amaneció con pancartas y carteles alusivos al acto de despedida. Barcelona pretendía celebrar un gran homenaje a todos aquellos hombres, de más de cincuenta países, que habían luchado por la causa republicana. Sabía por una carta de Hugo, la última que había recibido y de eso hacía casi un mes, que Pietro no estaría con los repatriados. No era el único italiano que se quedaba. Los dos bandos seguían contando con compatriotas, el republicano por la imposibilidad de regresar y el nacionalista por los engaños practicados por el Gobierno de Burgos.
La Avenida 14 de abril resplandecía cubierta de banderas, pancartas,
flores, guirnaldas y coronas de laurel. Atados a los árboles, colgaban carteles con los nombres de todos los batallones. Sus pasos la condujeron a la Avenida de Pedralbes. La multitud se concentraba cerca de la tribuna presidencial a la que tenían que acudir las personalidades. La aviación republicana sobrevolaba la zona para evitar ataques de los aviones fascistas. Empezaron a lanzar octavillas lo que provocó más de un susto entre la muchedumbre. Los papelitos cayeron lentamente, sin silbidos asesinos, planeando hasta llegar a las manos de los espectadores. “¡Salud, hermanos de las Brigadas Internacionales!”, decían. Nicoletta cogió uno de ellos y en un gesto automático lo guardó en su chaquetón, después de leerlo.
Negrín y Companys precedieron al resto de autoridades que fueron
ocupando posiciones en la tribuna mientras eran vitoreadas por la población congregada, eran las cuatro y media de la tarde. El general Rojo y el doctor Negrín se dirigieron en coche al palacio Presidencial para recoger a Manuel Azaña, jefe de Estado. Se inició el desfile bajo un enorme entusiasmo popular. Nicoletta se alejó unos metros del bullicio, pensaba en Hugo ¿Seguiría vivo? ¿Qué peligros y calamidades estaría soportando? La aviación lanzó de nuevo octavillas, esta vez era un poema dedicado a los brigadistas, firmado por un tal Miguel Hernández. Era emotivo, hasta hermoso. Tal vez Hugo y Pietro lo habían leído antes que ella, el último verso decía:

A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.

 

 

 

La última foto de Robert Capa

Capa es uno de los personajes principales de mi novela Pingüinos en París. Su relación con Gerda y con la fotografía – sus dos grandes amores – son instantes de que aparecen entre las páginas del libro, como surgen las mágicas instantáneas de su cámara.

El 22 de octubre de 1913 nacía en Budapest y un 25 de mayo de 1954 moría en Thái Bình, entonces Indochina francesa y hoy República de Vietnam. Su última foto la hizo aquel mismo día antes de pisar la mina asesina.

 

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Son conocidas y admiradas muchas de sus fotografías. En otras entradas de esta misma página aparecen unas cuantas.

Primera parte: Fotos primeras y Guerra Civil Española

Segunda parte: Fotos Segunda Guerra Mundial

Tuve ocasión de visitar en París el apartamento de Gerda y Robert. Podéis ver las fotos de Ana Elisa Martínez

El apartamento de Gerda y Robert Capa

 

Algunas de sus últimas fotos:

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Robert Capa por Henri Cartier Bresson (1953)

 

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En el baño, leyendo a Simenon. Foto Magnum

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Con Steinbeck. Autorretrato.

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De bailoteo en Hollywood. Magnum fotos.

 

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Con “Chim” Seymour. Foto de Henri Cartier Bresson.

Algunas de los momentos de la liberación de París que aparecen en la novela:

Sobre la Maternidad de Elna

La película de la TV 3 de Catalunya con participación TVE: La luz de Elna, ha traído el recuerdo de la Maternidad de Elisabeth Eidenbenz  en la ciudad francesa de Elna. En mi novela se describen los momentos en que la joven suiza instala su maternidad-refugio, sus experiencias y las de las madres y niños que por allí pasaron. Sirva este post como homenaje a tan brava luchadora.

 

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En el drama del exilio surgió un lugar donde las embarazadas y los lactantes procedentes de los campos de internamiento franceses tendrían la oportunidad de vivir.

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Maternidad de Elna (castillo de Bardou)

Fragmento de Pingüinos en París

Cuando aparecieron por el campo Fiorella Colonna y Elisabeth Eindenbenz, cayó una bendición para los niños refugiados y las madres parturientas. Quedaron tan sobrecogidas con lo que vieron que pronto se pusieron manos a la obra, y nunca mejor dicho.
– ¿Por dónde empezamos, Hugo?
– Hay un par de campos cercanos donde llevan a las parturientas y a los recién nacidos. Tendríais que haceros cargo de ellos con urgencia.
Abordaron su trabajo como posesas, primero necesitarían un lugar donde levantar unas mínimas infraestructuras. Un día, visitando el mercado para comprar alimentos en la cercana población de Elna, descubrieron un señorial palacete de tres pisos en las afueras del pueblo, en la carretera de Montescot. Su estado era bastante ruinoso, el techo derruido, las paredes arruinadas y agrietadas, el interior desnudo y despintado como un esqueleto; tampoco había agua ni luz. Sin rendirse, consiguieron que les alquilaran lo que el chauvinismo local había bautizado como Castillo de Bardou. La idea era edificar una maternidad para asegurar la vida de los recién nacidos de Argelès y otros campos cercanos. Sobre todo, atender a las parturientas. Fiorella pidió la ayuda a Hugo, él habló con los otros oficiales del campo y, con autorización de sus carceleros, les enviaron algunos concentrados que pudieran ayudar a reparar la casa. El lugar iba alzándose, la instalación eléctrica y el agua corriente volvieron a funcionar y los colores amanecieron como prestados por el Arco Iris. 

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Elisabeth a la derecha y María García Torrecillas a la izquierda en 1942 (público.es)

Fragmento de Pingüinos en París
Era el carácter indomable de Fiorella el cuerpo físico de los avances de la construcción y Elisabeth el alma. Sin embargo, la condición de ciudadana suiza de Elisabeth la convertía en la cabeza visible de la petición de ayudas a las organizaciones internacionales, sobre todo la de la Cruz Roja. El edificio, bautizado ya como la maternidad de Elna, se iba transformando en un lugar capaz de atender a las parturientas, cuidar de los niños y albergar ilusiones. Se terminó la cristalera superior y se acondicionaron las habitaciones pintándolas de alegres colores, se instaló un paritorio entonado en blanco y simplemente equipado con la cama de partos, una mesa, un lavabo y un armario para utensilios. A Elisabeth le daba mucho respeto entrar. “Yo cuidaré de los niños y tú, Fiorella, encárgate de los partos”. Fiorella se reía, sabía que su amiga era una mujer extraordinaria, a quien le encantaban los niños, aunque no podía ver la sangre ni aceptar el dolor. En cambio a ella le satisfacía más la parte clínica y no tanto la atención maternal hacia los bebés. La simbiosis entre ambas funcionaba a la perfección.

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Fragmento de Pingüinos en París

Había que bautizar las diferentes salas de la maternidad. A la sala de partos la llamarían “Marruecos”, tal vez por el miedo que sentían las republicanas frente a los moros de Franco… o frente al trance de parir. La de los recién nacidos Madrid y la de los lactantes, Barcelona. Otras salas llevarían nombres tan españoles como Bilbao, Santander, Sevilla o Zaragoza. Quedaba todo listo para recibir las primeras incorporaciones. Las mujeres de más treinta semanas de gestación y los niños de menos de cuatro meses de los campos más cercanos serían los inaugurales habitantes de la maternidad. Los primeros suministros de leche condensada, queso, conservas, azúcar y arroz, sin olvidar el chocolate, llegarían a punto, procedentes de Suiza y de las colectas de ayuda humanitaria. Los biberones y algunas medicinas ya estaban colocados en los estantes. La escuela de enfermería de la Cruz Roja suiza enviaría dos o tres voluntarias cada seis meses, que se añadirían a las que formaba Fiorella como ayudantes. Una mañana recibieron la visita de Hugo y Pietro.
– Amigas, venimos a despedirnos, tenemos que irnos.
– ¡Oh! Esperábamos teneros aquí el día de la inauguración – dijo Elisabeth.
– Nos hubiera gustado mucho estar presentes, pero Robert Capa nos ha reclamado como si fuésemos periodistas. La revista Vu nos ha avalado. De otro modo teníamos que incorporarnos a una compañía de trabajo.
– O a la Legión Extranjera – añadió Pietro.
– Sentimos perderos, sin embargo creemos que es lo mejor para vosotros.
– Ciertamente. Quiero traerme a Nicoletta a Francia. Tal vez si me instalo en París…
– Sería maravilloso que pudieseis estar de nuevo juntos.
– Sí, maravilloso…
Partieron Hugo y Pietro hacia la capital francesa con aquellos salvoconductos que los identificaban como periodistas, escapando de la posibilidad de terminar en una compañía de trabajo del ejército francés, en la legión extranjera, o devueltos a España donde les esperaban un consejo de guerra y el paredón. Marcharon con la doble amargura de tener que dejar a tantos amigos en aquella cárcel de sábulo y con la sensación de haber sido traicionados por Francia, patria de hombres e ideas sublimes y también de histriones y temerosos.

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Cristalera de la puerta de entrada de la Maternidad de Elna

Fragmento de Pingüinos en París

La maternidad seguía adelante. Las ayudas enviadas por los actores americanos, gracias a la gestión de Luise Rainer, permitieron terminar todas las obras pendientes. La pequeña Pepita cumplía dos meses, ella fue el primer nacido en el reformado palacete de Elna. Había llegado al mundo el día siete de diciembre y a ella le habían seguido, en apenas sesenta días, treinta niños más. Estaban ya terminadas media docena de nuevas habitaciones, esta vez los nombres eran más internacionales, como Polonia, París o Suiza. El ambiente era muy especial, eufórico. Las ayudas del exterior y la imaginación de enfermeras y colaboradoras hacían milagros. Las canastas de verduras servían de cunas, las camas de los niños mayores se fabricaban con maderas de embalar frutas y todas las madres colaboraban en las cocinas y en el mantenimiento. Aunque no daban abasto, Elisabeth y Fiorella se sentían tremendamente felices por tener la oportunidad de cambiar el destino de aquellos niños. En los jardines de la villa los más mayorcitos jugaban bajo el sol mediterráneo y sus madres olvidaban los cruentos momentos pasados en los campos de internamiento.
En aquellos primeros meses de 1940 apenas quedaban unos pocos millares de refugiados en Argelès, algunos en Gurs y unos tres mil en el Campo de castigo de Vernet, donde iban a parar los amotinados y rebeldes según el criterio de las autoridades francesas.

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Elna. Fotos del llib

Fragmento de Pingüinos en París

Muchos de los 400.000 refugiados del éxodo republicano se encontraban
desperdigados por toda Francia y casi todos los hombres, de una manera u otra, la estaban defendiendo del inminente peligro de invasión. El jefe de gobierno Édouard Daladier, que había tildado a los refugiados de extranjeros indeseables, solicitaba ahora que dieran su esfuerzo y su vida para defender a la democracia, la suya.
Para la maternidad de Elna los temas políticos quedaban un tanto lejanos, allí era más importante la sonrisa de un niño que las estupideces de Daladier, hijo del panadero de Carpentras y que, a pesar de ser profesor de historia metido a político, no había aprendido nada de ella. Pronto Elisabeth y Fiorella acogían a nuevos niños además de los refugiados españoles, a los judíos franceses. Francia no hacía nada por defenderlos, pese a que cientos de miles de ellos, como soldados y oficiales del ejército francés, esperaban en aquel momento y en todas las fronteras el inminente ataque alemán…

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Fragmento de Pingüinos en París

… Esas leyes llegaron a todas partes de la Francia de Vichy y también al pequeño pueblo de Elna. La verdad era que las autoridades policiales y la administración no se tomaban la ordenanza muy a pecho, aparentemente la vida seguía igual. No obstante, a partir de mayo, todo tomó un giro dramático. La gendarmería y las autoridades colaboracionistas empezaron a practicar arrestos en masa y a entregar a miles de judíos a los alemanes. Más de 80 campos de internamiento cubrieron lo que había sido el territorio de una gran nación. Hombres, mujeres y niños fueron internados sin piedad.
En Elna, Fiorella y Elisabeth vivían la situación horrorizadas. La gendarmería arrestaba por doquier. Una mañana apareció una mujer con un pequeño de apenas dos meses en el brazo y un niño de cinco en la mano. Una de las enfermeras avisó a Fiorella.
Hay una mujer que pide ayuda, lleva dos niños.
– Bien, hazla pasar.
– Verás, viene de Perpignan… dicen que es judía.
– ¿Y qué inconveniente hay?
– Las autoridades…
– ¿Qué autoridades?, ya sabes que en la maternidad no distinguimos de razas o confesiones, aquí todos son niños.
La madre y los dos pequeños se quedaron en la casa. Al día siguiente apareció una parturienta y aquella misma mañana dos madres con lactantes. Elisabeth y Fiorella no tardaron en percatarse de lo que se les venía encima.
– Si corre la voz de que aquí les damos refugio, va a ser un continuo
desfile – dijo Elisabeth.
– Antes de que los deporten o les internen, mejor que se queden aquí.
– Puede haber complicaciones… de las que nos gustan.
A partir de entonces la maternidad de Elna acogió a las prófugas entre sus muros. Y como era de prever pronto aparecieron un par de oficiales de la Gendarmerie para averiguar lo qué estaba sucediendo en el palacete. Les recibió el bullicio de una treintena de niños jugando en el jardín y el tornasol de los uniformes blancos de las enfermeras que entraban y salían de Marruecos, Barcelona o Madrid. Los agentes sintieron vergüenza de su delatora misión. Elisabeth, un tanto asustada, le pidió a Fiorella que les recibiera. La siciliana les hizo esperar más de veinte minutos, al cabo de los cuales salió de Marruecos para entrar en el recibidor donde esperaban los dos hombres. Su aspecto, con el pelo revuelto, el delantal manchado de sangre y la camisa arremangada hasta los codos no podía ocultar su belleza… 

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Foto de madres de Elna, la segunda por la izquierda es Conxita Vila (foto de El País)

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Foto de Sergio Barba en brazos de una enfermera en una de las ventanas de la Maternidad de Elna. (Foto de S.Barba)

 

Fragmento de Pingüinos en París

En la Maternidad de Elna, Elisabeth y Fiorella continuaban con su labor. Para ambas mujeres lo primordial era salvar las vidas de los niños y de sus madres, sin importarles ni la procedencia, ni la nacionalidad, ni la raza de las gestantes. Hasta entonces, y gracias a la determinación de Fiorella, las autoridades se habían mantenido
bastante alejadas del palacete. No obstante, la visita de aquella mañana sería distinta. Los funcionarios franceses llegaron acompañados de un par de oficiales de las SS y de varios soldados. Permanecieron de pie en el amplio e iluminado recibidor hasta que aparecieron la maestra suiza y la matrona italiana.
– Señoras – dijo el capitán al mando en un perfecto francés. Nos consta que en esta maternidad se acogen enemigos de las autoridades de ocupación.
Elisabeth Eidenbenz mudó el color y quedó callada. Fiorella intentó permanecer tranquila, sabía que aquellos tipos, como sus perros, olían el miedo. El oficial prosiguió.
– Deben entregarnos a todas las madres y niños sionistas para su deportación a lugares de reeducación.
Se hizo un profundo silencio. Habían esperado aquel momento jugando con la buena suerte y con cierta permisividad de las autoridades locales. Ahora tenían frente a ellas a individuos convencidos de su “misión” y de poco servían subterfugios. Durante aquellos casi cuatro años Fiorella se había convertido en la portavoz de la maternidad en los momentos difíciles y fue ella la que tomó la palabra.
– Capitán, no quiero ocultarle que, en contadas ocasiones y únicamente
por motivos humanitarios, hemos albergado algunas madres judías. Siempre el menor tiempo posible – mintió Fiorella, con tal convencimiento y tranquilidad que parecía preparado para aquel momento. No obstante – prosiguió con el mismo aplomo–, después de las decisiones de las autoridades el pasado julio, nos deshicimos de todas esas personas.
– ¿Podríamos comprobar su registros, madame?
– Por supuesto, capitán. Fiorella hizo un gesto para que una de las enfermeras le trajera un libro con la lista de residentes.
– Aquí están los niños nacidos en este último año.
– ¿Todos?
– Todos. Anotada la fecha de nacimiento y el nombre de pila.
– ¿Y los apellidos, la nacionalidad, el tipo de culto?
– ¿Para qué conocerlos? La miseria no tiene patria ni religión. Esto no es un registro burocrático ni estadístico, es una maternidad. Una vez cumplen un tiempo de estancia abandonan la casa – dijo Fiorella, asombrada de su propia serenidad.
El oficial alemán la miró desafiante. Fiorella mantuvo su mirada y pudo verse reflejada en la retina de su interlocutor, se sentía poseedora de una fuerza interior que la protegía de la intimidación de los SS. Ninguno de los dos tenía intención de arrugarse y por un instante, el nazi sintió algo parecido a la admiración cuando comprobó que ni su uniforme ni su feroz pose intimidaban a la joven. Ojeó la documentación que le habían entregado.
– Pepe, Anselmo, Antonio…, Carmen, Macarena. ¿Qué nombres son estos?
– Nombres españoles… y franceses – contestó Fiorella para aumentar
la confusión de los alemanes. Elisabeth permanecía callada en la tensa espera de un estallido verbal por parte de los SS. Algunas madres y enfermeras se asomaban disimuladamente al amplio recibidor tratando de adivinar en las expresiones de “la señora Isabel”, como llamaban a su benefactora suiza, el resultado de aquel combate verbal.
– A partir de hoy, cualquier nuevo ingreso deberá ser comunicado a las autoridades con el nombre, apellido y procedencia de los padres.
– Así lo haremos, capitán.
– Cualquier irregularidad conllevará al cierre del establecimiento.
¿Está claro?
– Muy claro.

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Madres conversando en Elna.

 

Fragmento de Pingüinos en París

… En aquel momento regresaron los niños que estaban jugando en el jardín. Frases infantiles en francés, español y también en alemán resonaron en el espacio casi circular del amplio vestíbulo. Algunas madres les llamaban amorosamente al orden,reprendiendo a Pedrito comiéndose la erre o a llamando a Macarena imprimiendo una k tan fonética que cualquier andaluz se hubiese partido de risa. Allí estaban todos, sanos y libres, bajo el manto protector de la maternidad que fundara Elisabeth, traídos a este mundo y defendidos con uñas y dientes por Fiorella, cada vez más feliz con su cometido.
– Se acerca la Navidad – dijo Fiorella, tratando de eliminar todo vestigio del dramatismo vivido.
– Cierto. ¿Recuerdas aquella Navidad en España?
– Cómo voy a olvidarla, el caso es que esta será mejor, podemos compartirla con nuestros niños. ¿Tienes todavía la grabación de Pau Casals?
– Claro, querida, la conservaré toda mi vida.
Un par de enfermeras llevaron a los críos al comedor y las madres se disponían a ayudarles durante su comida. Los coches nazis habían ya desaparecido por la carretera que conducía a Elna. Una de las mujeres se puso de parto difícil.
– Preparadlo todo – dijo Fiorella –. Hoy toca milagro.

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Fragmento de Pingüinos en París

Un par de horas antes de que el sol despuntara, apareció uno de los gendarmes montado en bicicleta. Iba de paisano y parecía tener mucha prisa; derrapó en las piedrecitas del jardín y dejó la bicicleta tirada en el suelo sin molestarse a levantarla. Se dirigió corriendo a la puerta del caserón y, sin utilizar el timbre, golpeó con precaución en el portalón. Como siempre ocurría en estos casos de visita policial fue Fiorella quien bajó a recibirle.
– Por Dios, Pierre… qué horas son estas, dijo abriendo el portón y sujetándose la bata a la altura del pecho con la mano izquierda.
– Fiorella, dentro de un par de horas vendrán los de las SS, no se trata de una visita de cortesía, esta vez vienen a clausurar la maternidad y a llevarse a todos los judíos. Créeme, hoy no servirán de nada tus argucias, tienen órdenes de arriba.
Fiorella agradeció al gendarme su aviso y corrió a contárselo a Elisabeth.
– Tienes que marcharte con las mujeres y los niños judíos. Yo me quedaré con las francesas para recibirlos y tratar de que no cierren el establecimiento.
– No, Fiorella, tú tienes más coraje que yo, debes ser tú quién saque a esta gente. Yo, como responsable, esperaré a los alemanes. Ahora mismo llamaré a la embajada Suiza para ponerlos al corriente.
Reunieron a las madres y a los niños. Todas las que podían ser identificadas como judías, que era la mayoría, se prepararon para un nuevo éxodo antes de que llegaran los alemanes. Cogieron lo indispensable y salieron al camino que conducía a Elna. Por fortuna todavía no había amanecido. Era un grupo de más de cuarenta personas entre madres e infantes, demasiados para pasar desapercibidos.
Decidieron alejarse por caminos distintos. Quedaban media docena de pequeños huérfanos o de padres desaparecidos. Fiorella cogió algo de comida, dinero y el viejo Renault que utilizaban en la maternidad; subió a los niños, se despidió de la enfermeras y, después de besar a Elisabeth con mucha ternura, tomó la carretera rumbo a la costa.
Apenas media hora después llegaron cuatro vehículos militares con la cruz gamada y desplegaron dos docenas de SS alrededor de la casa. El capitán alemán preguntó por Fiorella.
– Hace dos días que se fue, tenía asuntos que resolver – respondió Elisabeth.
– Bien, debo comunicarle que este lugar queda clausurado por orden de las fuerzas de ocupación alemanas y todos los judíos deberán ser conducidos a un campo de trabajo.
– No tenemos hebreos en Elna. Ya se lo dijo Fiorella en su última visita, solo refugiados franceses.
– Eso lo veremos – exclamó altanero el capitán, mientras su expresión se tornaba dura y su rictus acre.
Congregaron en el recibidor al resto de madres con los niños y el personal de la maternidad. Mostraron sus documentos de identidad avalados por los cuños del gobierno de Vichy. Uno a uno fueron revisados y algunas madres separadas del grupo y conducidas con sus hijos a uno de los vehículos alemanes. La frustración de los SS era evidente, aquel reducido grupo no era toda la población habitual de Elna. Se sentían burlados. Por fortuna sonó el teléfono, era el aviso de la conferencia con la embajada suiza en París solicitada por Elisabeth. Cogió el teléfono y expuso a su embajador  lo que estaba sucediendo, lo hizo en alemán para que el oficial entendiera de lo que estaban hablando. Al finalizar pasó el aparato al capitán. “El embajador quiere hablar con usted”, dijo.
El oficial cogió el teléfono con rabia y escuchó cómo desde el otro lado del auricular el diplomático suizo le hablaba de neutralidad, de la Cruz Roja suiza y de la intervención de Jacob Burckhardt, un directivo suizo de la Cruz Roja y persona muy influyente en los círculos gubernamentales del Reich. El capitán atendió durante algunos minutos las explicaciones del canciller.
– No se preocupe herr Albert, su compatriota será tratada con todo respeto – colgó el teléfono, giró sobre sus talones.
– Tienen ustedes veinticuatro horas para abandonar la maternidad.
Mañana será cerrada y clausurada indefinidamente. Le extenderemos un salvoconducto para que pueda regresar a Suiza – dijo.
– ¿Y las demás? – dijo Elisabeth.
– Podrán desplazarse libremente y serán responsabilidad de las autoridades del lugar a donde se trasladen. En cuanto a sus enfermeras y personal, quedarán a disposición de la Gendarmerie de Elna. Abandonaron el edificio de la maternidad advirtiendo que regresarían al día siguiente para clausurar los accesos y detendrían a cualquiera que continuase en la residencia. Elisabeth preparó su maleta mientras las lágrimas resbalaban por su rostro. Miró aquellas paredes entre las que tantos niños habían venido al mundo y guardó entre sus cosas el disco de Pau Casals…

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