VÍDEOS RELACIONADOS

Pingüinos en París es una historia de seres humanos; interesados, partícipes e involucrados en unos momentos cruciales de la historia de Europa y del mundo. Estos vídeos son la prueba histórica de sucesos que se cuentan en la novela.

 

Capítulo: Barcelona, 1934

En aquel instante anunciaron en la radio una intervención del presidente Lluis Compays desde el balcón de la Generalitat. Eran las ocho y diez minutos de la tarde. La voz emocionada del President sonó clara y sincera al dirigirse a los oyentes, era muy consciente de la trascendencia del momento. Su emotivo discurso propugnaba un estado catalán dentro de una república federal española; era una ruptura con el gobierno central…

 

Capítulo: Barcelona, 1938

Se acercaron al hombre y adivinaron al poeta cuando este levantó los ojos. Se presentaron. La breve conversación se convirtió un regalo de vida para los dos jóvenes y un lapso de alivio para el trovador sevillano. Machado se interesó por sus lugares de origen. Él también era un viajero, haciendo un camino de imposible retorno.

 

 

Capítulo: La Toscana, 1931. David

El vetusto autobús atravesaba como una hormiga recolectora aquellos parajes, juntando caminos. Hugo Martínez miraba asombrado el inmenso jardín natural que se abría a su izquierda y derecha, a un lado amapolas rojas y al otro, violetas. Separadas por el ocre de la carretera le recordaba las últimas semanas vividas en Barcelona, con la proclamación de la ansiada República. Había previsto este viaje a la Toscana antes de que se precipitaran los acontecimientos. Sonrió al pensarlo. Inició el curso bajo el reinado de un Borbón putañero y bobalicón y lo había terminado con la bandera tricolor inhiesta sobre la Universidad.

 

Capítulo: Madrid, 1936  

Se alojaron en el hotel Florida, residencia habitual periodistas y fotógrafos extranjeros. El hotel, situado en Gran Vía esquina Plaza del Callao, era un batiburrillo de reporteros de todas las nacionalidades, en las mesas del salón de desayunos escribían las crónicas de la mañana para enviarlas a los periódicos de medio mundo. Prácticamente, el total de sus doscientas habitaciones estaba siempre ocupado; oficiales republicanos compartían algunas de ellas y se turnaban cuando no tenían servicio en la Ciudad Universitaria o de paso para los frentes.

 

 

Capítulo: París, 1936

Gerda encontró la belleza en las barcelonesas embutidas en su mono miliciano, dispuestas a maquillarse después de hacer instrucción en la playa, e irse de paseo por las plazas de Barcelona. Tenían el perfume de las rosas al abrirse, las espinas para defenderse y la conciencia de que son hermosas y libres.

 

 

Capítulo: Cerro Muriano, Córdoba, 1936

Fueron los primeros reporteros en instalarse. Los cerromurianenses se asombraron al ver aparecer a la pareja cargada con sus cámaras y hacer fotos a diestro y siniestro. La zona de lavaderos y fundiciones de la Córdoba Copper Company, la compañía inglesa que desde principios del XIX explotaba las minas, fueron el marco perfecto para las fotos de Gerda. Él buscaba a los milicianos anarquistas llegados de Alcoy y pertenecientes a la Juventudes Libertarias. Disfrutaron ambos haciendo docenas de fotografías de los soldados en plena siesta bajo la sombra protectora de unos árboles. Rostros relajados, posturas distendidas. Uno dormía acompañado de su perro; otros, abrazados a sus fusiles boca arriba, boca abajo o de costado. Uno de ellos hurgándose en la bragueta. Era la placidez de los que tienen la conciencia limpia y las manos encallecidas de trabajar en el campo o en las minas extrayendo calcopirita.

 

 

Capítulo: París y Teruel, 1938

Teruel era el paradigma de un frente de guerra total. Ambos bandos tenían que soportar los veinte grados bajo cero de aquel diciembre. Era la batalla del frío. Los republicanos habían conseguido tomarla al iniciarse el nuevo año, calle por calle, edificio por edificio y casa por casa, capturado más de tres mil prisioneros. La moral estaba alta. Hugo y su compañía, encuadrada dentro del llamado Ejército de Levante, vigilaban el posible intento de recuperar la ciudad por los numerosos refuerzos de los sublevados llegados a la zona. Para los golpistas no solo era una cuestión de prestigio reconquistar Teruel, aquel era el punto de partida para avanzar hasta Castellón y llegar al Mediterráneo. Franco estaba furioso, su pretendido asalto final a Madrid partiendo de una ofensiva por Guadalajara tendría que esperar, si no quería que se hundiese el frente de Aragón…

 

 

Capítulo: Barcelona, 1938

Sonaron los primeros disparos procedentes de las defensas fascistas. En tan solo diez minutos, merced a las improvisadas barcas, la brigada alcanzaba la otra orilla y establecía una cabeza de playa. Se adentraron en dirección a Flix, la enseña de la brigada internacional, con su estrella roja de tres puntas, ondeaba junto a la bandera republicana, la de todos. La resistencia enemiga se hundió y las tropas marroquíes se replegaron hacia el pueblo; eran parte del ejército de Marruecos, la 50 división del sedicioso general Yagüe, la élite del bando golpista. La compañía de Hugo y Pietro fue la primera en alcanzar las afueras de Flix. Algunas piezas de artillería de pequeño calibre bombardeaban los lugares de mayor resistencia y en poco menos de dos horas el pueblo ya estaba totalmente ocupado…

 

 

Llegó la noche y el lugar estaba ya totalmente ocupado y libre de enemigos. Los hombres se tumbaron agotados y en silencio, ya no podían distinguirse aquellos bisoños entusiasmados de los veteranos de Madrid y de Teruel. La muerte había conversado ya con todos ellos y se había llevado a demasiados amigos para establecer categorías, todos ya eran malditos. Hugo paseó entre los soldados y conversó con algunos de ellos, quería que se sintieran bien porque así se sentía bien él mismo. El jefe de la brigada llamó al radiotelegrafista. “Manda un mensaje al alto mando y comunícales que estamos en la cota 481”…

 

 

 

Capítulo: De Flix a Tarragona, 1938

… Cegados por un gran resplandor apenas pudieron apreciar cómo todo el armazón gemía al ceder la estructura metálica. Tramos y piezas caían con estrépito a las aguas del Ebro. Con aquel puente volaban también las últimas esperanzas. En el aire se escuchaban los acordes de una guitarra lejana para acompañar una canción popularizada en el Jarama con otra letra y que en su origen hablaba de un río rojo, como el Ebro, teñido con la sangre de los valientes…

 

Capítulo: Argelès-sur-Mer, 1939

Las noches eran húmedas, iluminadas por fogatas que trataban de paliar el aire gélido del mar hasta que la rosada matutina apagaba los últimos rescoldos de las brasas. Decían los prisioneros: “Por colchón la arena húmeda y por manta el cielo estrellado”. Los abusos por parte de los guardianes eran constantes y no únicamente por los vigilantes senegaleses, los suboficiales y oficiales franceses trataban de sacar todo el provecho posible de aquel estado de cosas. Las mujeres eran espiadas y asediadas y los hombres golpeados a la menor oportunidad. Los que se resistían o protestaban demasiado eran llevado a campos de castigo ¡como si no fuese suficiente condena estar allí!

 

…la condición de ciudadana suiza de Elisabeth la convertía en la cabeza visible de la petición de ayudas a las organizaciones internacionales, sobre todo la de la Cruz Roja. El edificio, bautizado ya como la maternidad de Elna, se iba transformando en un lugar capaz de atender a las parturientas, cuidar de los niños y albergar ilusiones. Se terminó la cristalera superior y se acondicionaron las habitaciones pintándolas de alegres colores, se instaló un paritorio entonado en blanco y simplemente equipado con la cama de partos, una mesa, un lavabo y un armario para utensilios.

 

 

Abordaron su trabajo como posesas, primero necesitarían un lugar donde levantar unas mínimas infraestructuras. Un día, visitando el mercado para comprar alimentos en la cercana población de Elna, descubrieron un señorial palacete de tres pisos en las afueras del pueblo, en la carretera de Montescot. Su estado era bastante ruinoso, el techo derruido, las paredes arruinadas y agrietadas, el interior desnudo y despintado como un esqueleto; tampoco había agua ni luz. Sin rendirse, consiguieron que les alquilaran lo que el chauvinismo local había bautizado como Castillo de Bardou. La idea era edificar una maternidad para asegurar la vida de los recién nacidos de Argelès y otros campos cercanos.

 

 

Capítulo:París, 1938. Herschel

Aquella fue la “Noche de los cristales rotos” o Kristallnacht. Las calles de Berlín se cubrieron de una alfombra de vidrios rotos que chispeaban bajo la luz de las antorchas, y las sinagogas de varias ciudades ardieron con el fuego purificador de los intolerantes. El “mártir”, como ya llamaban los alemanes a Ernst vom Rath, había sido vengado. Europa consentía a Hitler sus atrocidades, muy pronto lo pagaría.

 

Capítulo: París, 1940

El día 14 la Wehrmacht ocupaba un París desierto e incrédulo. La geometría concéntrica y las doce calles convergentes de la place de L’etoile, contemplaron el paso de las botas alemanas, indiferentes a los tímidos abucheos de algunos obreros. Las lejanas explosiones de las fábricas voladas por los ocupantes eran la sonata que acompañaba a los portaestandartes y a los timbaleros desfilando por Les Champs-Élysée. Pietro y Hugo observaban a las tropas alemanas desfilando por el Arco del Triunfo. No se atrevieron a sacar ninguna foto para evitar que las fuerzas de ocupación les hicieran demasiadas preguntas. Les parecía imposible contemplar toda aquella parafernalia nazi en la capital de la libertad y la revolución. El armisticio les pilló de sorpresa, como a cientos de miles de franceses.

 

 

 

Capítulo: París, 1940

Todo ya estaba preparado para la visita de la Bestia. Pocos días después del inicio del armisticio, a las cinco y media de la madrugada aterrizó el avión que trasladaba a Hitler en el aeródromo de Le Bourget. Tres sedanes Mercedes de color negro le esperaban; el dictador alemán se sentó en uno de ellos junto al chofer. Los indeseables visitantes se acorazaron de una aparente dignidad durante su recorrido por la Ciudad de la Luz y se dispusieron a gozar de País como unos turistas más, aunque sintiéndose sus conquistadores. Fueron directamente a L’Opéra, que les fascinó. Luego recorrieron  la Madeleine, les Champs Élysée, el Trocadéro, y la Tour Eiffel, donde dispararon multitud de fotografías. En l’Arc de Triomf, se detuvieron en la tumba del soldado desconocido y luego visitaron les Invàlids; allí Hitler meditó frente a la tumba de Napoleón.

 

 

Capítulo: Londres, 1940. Ignacio Bowen

El primer ministro inglés sir Winston Churchill se levantó dificultosamente de su escaño de la Cámara de los Comunes del Reino Unido y dirigiéndose a los allí presentes dijo: La Batalla de Francia ha terminado, creo que la Batalla de Inglaterra está a punto de comenzar.  No se equivocaba.

Hugo y Pietro se habían ya instalado en Londres, las gentes del barrio de Battersea les recordaban en cierto modo a las del distrito XIV parisino: bohemios, poetas, pintores, comediantes y actores bisoños. Tenían la impresión de haber aterrizado en una ciudad preparada para un suceso especial y nada agradable. La abundancia de miembros de la defensa civil pululando por las calles, con su macuto cargado con la máscara antigás y el casco de infantería o subidos a los tejados equipados de prismáticos marcando el paso de las horas con sus guardias pendientes del cielo gris londinense, ofrecían la imagen del estafermo que mira el discurrir de un río o el vuelo de una nube.

Para los dos amigos había terminado la posibilidad de seguir escribiendo para los periódicos franceses, por eso se alegraron tanto del envío de fondos por parte de los padres de Hugo desde Cuba. Después de la entrada en la guerra de Italia sería muy complicado recibirlos del de Pietro; no quiso pedirle ni una lira cuando se instalaron en París y ahora ya resultaba imposible. Algunas tardes y antes del toque de queda tomaban unas pintas en alguno de los pub cercanos. The Spaniard’s Inn les pillaba un poco lejos, aunque les gustaba el ambiente. Pero era The Old Bell Tavern, en Fleet street, donde pasaban unas horas después de escuchar las noticias en español de la BBC.

Aquel día de agosto los miembros de la defensa civil mudaron la discreción de sus rostros bobalicones al notar que estaba ocurriendo algo distinto. Pegaron los prismáticos cuanto pudieron a sus ojos y observaron en el horizonte las figuras de las aves rapaces de la Luftwaffe. Aullaron las sirenas y las campanas de Saint Paul tocaron arrebato y pronto se unieron las de otros campanarios. Desde distintos emplazamientos las baterías antiaéreas retumbaron cubriendo el cielo de explosiones. Durante las semanas anteriores las defensas costeras orientales de la isla, los aeródromos, instalaciones militares y los barcos del canal de la Mancha habían soportado las continuas visitas de los bombardeos de Göring, pero hasta aquel momento respetando los centros urbanos. Esta vez, la ofensiva aérea buscaba otros objetivos.

 

 

Capítulo: París, 1942

Francia, la patria de las Luces y de los Derechos del hombre, tierra de acogida y de asilo, llevó a cabo durante esas jornadas de la rafle du Vélodrome d’Hiver, lo irreparable.

 

Como en su día hicieron los hombres, al acabar sus turnos tomaban unas pintas en los pubs cercanos. La película El Puente de Waterloo con Vivien Leigh y Robert Taylor, de moda en los cines londinenses, daba alas a la imaginación de las inglesas, poblando sus ilusiones con la presencia de aquellos muchachos del otro lado del Atlántico, que iban llegando para preparar el asalto al continente.

 

Capítulo: De Kairuán a Ponte Olivo, 1943

Mientras, centenares de lanchas con tropas americanas, británicas y canadienses navegaban hacia las costas del sur y este de Sicilia. Eolo, aliándose con los latinos, lanzaba su soplo, los llamados vientos de Mussolini, contra la flota invasora y Neptuno, para no ser menos, mandaba a sus olas del Mare Nostrum chocar contra las embarcaciones. La dificultad para descender por las redes de los transportes a las barcazas de desembarco era colosal.

 

 

 

Capítulo: San Giovanni de Ragusa, 1944

San Pietro apareció entre el monte Lungo y el monte Samuccro, en el valle de Liri. Un escenario pedregoso y en el que todavía podían escucharse por las noches los gritos de combate y los ayes de dolor. Además de acompañarles, Fiorella pudo realizar las labores de intérprete con los lugareños supervivientes, que todavía reflejaban en sus rostros el drama vivido y que Huston pretendía utilizar como extras en su documental. Todos aceptaron de buen grado. Los mayores porque recibieron un salario mientras duró el rodaje y los niños por la ilusión que suponía para ellos salir en el cine, aunque muchos de aquellos mozalbetes nunca habían visto una película.

 

 

Capítulo: De Weymouth a Omaha Beach, 1944

Bajo la sombra de Nothe Fort en Weymouth, docenas de buques esperaban una orden que ya se retrasaba veinticuatro horas. El cielo permanecía todavía cerrado y las luces de Selene se reflejaban prudentes sobre los cientos de globos que protegían el puerto. En la cubierta de los buques de transporte, miles de hombres eran informados una y otra vez sobre su misión. El U.S.S. Chase no era una excepción. Sobre maquetas de plástico los suboficiales explicaban a las tropas el paisaje que se encontrarían al poner el pie en Omaha Beach, un nombre en clave para designar un par de playas en la costa de Normandía. En el interior del buque se podía ver pintados en una pared los nombres de los buques, el de los ocho sectores de desembarco en Omaha y los   asignados a cada unidad militar con nombres tan peculiares como Dog Green, Dog White, Easy Green o Esasy Red. La zona de desembarco que correspondía al 16ª regimiento de infantería al mando del coronel Taylor estaba bien delimitada por acantilados en ambos lados y sobre la línea de mareas poseía un banco de dos metros de altura con una anchura que alcanzaba los catorce en algún punto. Una ratonera de roca normanda bajo la apariencia de  una playa de inocentes arenas.

 

 

 

Las ametralladoras aparecieron entre las hendiduras de los búnker, fijando su puntería con toda la antelación del tiempo que tarda un hombre cargado de armas y pertrechos, con el agua hasta la cintura, avanzar cincuenta o cien metros esquivando obstáculos hasta llegar a la playa. Omaha estaba sembrada de “puertas belgas”, un obstáculo semisumergido cuya finalidad era impedir el desembarco de tropas y vehículos, y a los que se habían adosado minas terrestres y minas antitanques. También de rampas con explosivos para hacer estallar las embarcaciones que se acercaran a la playa y una última línea en el mar de erizos checos, artilugios de hierro clavado en el fondo arenoso para entorpecer el avance de vehículos. Ya en la costa, los widerstandsnester, casamatas de resistencia intercomunicadas por túneles, esperaban plagadas de alemanes, de alambres de espino, de zonas minadas, de artillería pesada, de nidos de ametralladora. También artillería ligera y un millar de soldados de la 352, que los servicios de información situaban en el interior en Saint-Lô, pero que Rommel había enviado a reforzar la zona costera.

 

 

 

 

Capítulo: Cercanías de París, 24 de agosto 1944

La mañana del jueves todavía llovía, el día despertaba con el silencio de los vastos cementerios que Hitler había plantado por toda Europa. Leclerc había decidido saltarse a la torera, como diría Garcés, los itinerarios y las precauciones de los mandos norteamericanos. La punta de lanza de su división era La Nueve que en Longjumeau, Antony y Fresnes, en la periferia parisina, ya había sufrido refriegas con los alemanes, salvando los obuses del 88, oliendo a sudor a miedo y mascando pólvora, destruyendo todo lo que les salía al paso y eliminando cualquier resistencia. En uno de los combates, concretamente en Antony, caía Ernest Louis Hernozian, un joven soldado que hacia tan solo seis días que había sido incorporado a la compañía; también había sido herido Montoya, el jefe de la primera sección, que se negaba ir a retaguardia y a que le relevaran del mando. “Quiero llegar a París”, repetía.

La Nueve proseguía su avance sin detenerse, la cercanía de la capital les obsesionaba; ya se veía la estructura metálica de la Torre Eiffel pidiendo ser salvada, como Andrómeda esperando a Perseo. Las gentes salían al paso de la columna cuando todavía resonaban los últimos disparos con los alemanes y a más de uno le costó un susto; subían a los carros y se abrazaban a los soldados con la sonrisa en el rostro, sonrisas de niños y de ancianos, de mujeres sin marido, de soldados tullidos, de jovencitas con calcetines, de campesinos de manos callosas.

 

 

 

París, 24 de agosto de 1944

El cartel indicador que señala la distancia que queda por recorrer aparece caído sobre el asfalto como un aviso de los infiernos. Las letras de caracteres góticos pintadas en negro anuncian en alemán y en francés la cifra de un solo dígito capaz de representar un millón de sentimientos. “¡Al fin París!”, piensa Hugo sin poder evitar evocar algunos recuerdos. La ciudad parece estar esperándoles suspendida en su propio deseo. Los arrabales parisinos quedan ya atrás, L’Haÿ- les- Roses, Cachan, Arcueil y Kremlin-Bicêtre… Sus habitantes, al comprobar que se trata de una columna aliada, han  despejado los caminos y las calles obstruidas por árboles caídos y barricadas. De la misma forma que levantaron barreras al enemigo, limpian ahora la ruta hacia la liberación. La plaza de la Porte d’Italie, por donde penetran los blindados, parece volver a adquirir todo su sentido medieval como puerta de entrada a la capital. Son las 20.45, hora alemana y todavía hay claridad en el cielo estival. Un gato se asoma curioso desde un almacén en ruinas. El Belchite va en vanguardia, las cadenas de sus orugas semejan un carrusel de dientes mordiendo el empedrado parisino.

 

 

 

 

 

 

La versión francesa de la actuación de la 2DB.

 

 

VERSIÓN INGLESA

 

 

LA VERSIÓN NORTEAMERICANA

 

 

Los excesos:

Capítulo: París 25 de agosto de 1944

Mientras tanto, una veintena de hombres al mando de Hugo se dirigieron en un par de semiorugas al hotel Maurice por la rue de Rivoli. Se cruzaron con civiles y miembros de las FFI que conducían grupos de colaboracionistas – collabos – a la prefectura. A los del Belchite les causaba indignación el rapado y marcado de las parisinas que habían mantenido relaciones con los alemanes y que la multitud acosaba, golpeaba y humillaba. A la altura de la rue de Marengo, cercanos ya al museo del Louvre, vieron a unos cuantos civiles que increpaban a un par de mujeres muy asustadas que eran escoltadas por dos gendarmes, las gentes las insultaban e incluso agredían. Uno de los increpantes sacó una navaja y tiró fuertemente de la cabellera de una de aquellas desgraciadas, los dos gendarmes la sujetaban y el corrillo de ciudadanos se burlaba, las escupían y golpeaban. El hombre de la navaja empezó a cortarle un mechón hiriéndola en el cuero cabelludo. Un hilillo de sangre resbaló por su cara, el individuo cogió una segunda greña con la intención de continuar con el rapado. Pietro desde el semioruga les llamó la atención.

  • ¿Qué es lo que estáis haciendo?

El hombre soltó el mechón y el sargento trató de darles una explicación.

  • Son unas putas, han estado acostándose con el enemigo y la traición se paga.

David miró a los gendarmes y un destello de recuerdos iluminó su cerebro. Aquellos dos tipos eran los del Velódromo de Invierno, aquel sargento y aquel cabo tan celosos de su cometido durante le rafle. Cogió la ametralladora del half – track y les encañonó.

  • Seréis cabrones. ¿Os acordáis de mí? Estuve varios días en el velódromo y vi vuestro concepto de la justicia. ¿Recordáis a los Rapaport? Os voy a coser a balazos.

Hugo detuvo la furia vengativa de David desviando el cañón del arma.

  • Tranquilo muchacho, tranquilo.
  • Son el sargento Duval y el cabo Junot, dos perros guardianes de los alemanes en julio del 43. Voy a matarles – repetía David.

Los paisanos miraron a los gendarmes de arriba abajo y retrocedieron al ver la actitud de los “cosacos”. El hombre de la navaja soltó a su presa y las dos prisioneras se abrazaron asustadas.

La calma de Hugo contrastaba con la rabia contenida de su amigo.

  • Vais a soltar a esas mujeres y acompañarlas, sin que sufran ningún tipo de exceso, a la prefectura. Si os pillo de nuevo consintiendo estas atrocidades, dejaré que David os meta un cargador en el cuerpo. ¡Ortega! ¿Llevas la maquinilla?
  • Sí mi teniente. Siempre la llevo.
  • Pues me pelas a estos tres.

Ortega, alias Germán Arrúe y el “Mejicano”, cogió su maquinilla y en pocos minutos peló al rape a los dos gendarmes y al tipo de la navaja. El grupo de disolvió rápidamente y los gendarmes, bien cubiertos con sus quepis, se alejaron escoltando a las dos mujeres sin osar tocarlas. Los pingüinos prosiguieron su camino desternillándose de risa.

 

Un resumen desde Normandía a  la Liberación de París