Amado Granell en Pingüinos en París I

Uno de los personajes que aparecen por mérito propio en mi novela es Amado Granell, el primer “soldado norteamericano” que entró en París en agosto de 1944. Ayer, viernes 12 de mayo, fue el aniversario de su fallecimiento por accidente automovilístico ocurrido en Sueca el año 1972.

Este es la primera parte sobre su vida hasta la entrada en París de La Nueve. La próxima semana habrá la segunda entrega. Espero que os guste-

Amado Granell en Pingüinos en París. Fragmento de la novela.

Fue el teniente Amado Granell quien les comunicó que partían aquella mañana para Temara, una playa atlántica del Marruecos francés, cercana a Rabat, donde los americanos les entregarían los nuevos uniformes, los vehículos y las armas con que estaría dotada la división y que tan bien ya conocían. Frente a él estaban formados los ciento sesenta componentes de la compañía, en sus manos llevaba un puñado de pequeñas banderas republicanas.
– Os he traído para cada uno de los españoles una insignia republicana para que la cosáis en el nuevo uniforme. Así sabrán con quien se las van a ver.
– Olé tus “güevos” – contestó el gaditano Manuel Lozano. Los demás se echaron a reír y aplaudieron el gesto de su teniente.
Al día siguiente la Deuxième Division Blindée llegaba a Temara; la temperatura era muy alta, a pesar de que la brisa atlántica y los bosques al sur de la ciudad la atenuaban. Aquel martes 24 de agosto se tomaría como la fecha de la creación oficial de la división, no lo sabían pero era toda una premonición.
Los M4 Sherman bajaron majestuosamente por las rampas de las barcazas, mientras sus futuros servidores se hacían cargo de ellos con la ilusión de un niño a quien le acaban de regalar un juguete de treinta toneladas. Los semiorugas no defraudaron, las pruebas realizadas en el desierto habían demostrado a los batallones mecanizados la multifuncionalidad de los half – track. Los rápidos y versátiles jeeps, los potentes camiones GMC y las camionetas Dodge les parecieron una maravilla. La Nueve se hizo cargo de sus vehículos entre la alegría y las expresiones castizas. Se sentían ya una unidad de infantería motorizada dispuesta a todo. Ahora había que hacerse con el material, convertirse en centauros de la mecánica y de las orugas tractoras, en expertos apuntadores y artilleros, en parte del engranaje de las máquinas de guerra. La preparación debería ser larga y paciente, hasta establecer la perfecta simbiosis entre hombres e instrumentos. Los españoles se enfundaron en sus nuevos uniformes, iguales al de otras unidades de infantería norteamericana.
Muchos se cosieron en las cazadoras la bandera que les diera en Djidjelli, Amando Granell.

                                    Amado Granell

Amado Granell es uno de los personajes más carismáticos de los componentes de La Nueve y uno de los personajes de “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores) “. No era un aventurero aunque su vida, incluso su muerte, podría formar parte de una novela de aventuras.

Amado Granell Mesado, nació en Burriana (Castellón) el 5 de noviembre de 1898, año del Desastre. Era hijo de Juan Bautista Granell Sabater y de María Francisca Mesado Monzonís. Su padre era importador de madera.

Tras el desastre de Annual en Marruecos, que costó la vida a 13.000 españoles, Granell se alistó en el tercio español de la Legión, era 1921, y como preludio de lo que sería una vida azarosa. Se le destinó en la 18ª Compañía de la Quinta Bandera. Sin embargo,  a requerimiento de su padre y aduciendo que era menor de edad cuando se alistó, algo bastante extraño puesto que ya tenía 23 años, le obligó a dejar el tercio Duque de Alba, ya con los galones de sargento, y regresar a Burriana el 5 de julio de 1922.

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La ficha donde se le licencia por menor el 5 de julio. Foto de: aulamilitar.com/agranell.hts

Se casó con su primera mujer, Aurora, y juntos montaron una tienda de bicicletas en Orihuela. Sus inquietudes políticas le llevaron a afiliarse a la U.G.T. y a ser concejal por Izquierda Republicana. Al estallido de la Guerra Civil en julio del 36 se inscribió en el Comité de Enlace Antifascista. Como hombre de acción el 16 septiembre ya se había alistado al recién creado Ejército Voluntario y destinado al batallón Levante en Valencia,  y más tarde, al Batallón de Hierro hasta el 10 de diciembre, alcanzando el grado de alférez. En el mes octubre la unidad de Granell pasó a llamarse Batallón Motorizado de Ametralladoras. Amado ya es capitán desde noviembre y en diciembre el batallón será la  base para la formación de la Brigada Motorizada de Ametralladoras, que el 22 de abril de 1937 se convertiría en el Regimiento Motorizado de Ametralladoras. La unidad, en su evolución, había pasado de los 136 miembros iniciales a 1.200 al mando de Granell. Combatieron en Toledo y en la defensa de Madrid. El regimiento fijó su cuartel general en un convento de la capital. Allí prosiguieron con la edición de la revista  Hierro, órgano del regimiento, y que dirigía el pintor José Vela Zanetti.

 

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En diciembre de 1938,  y con el grado de comandante, es el jefe de la 49 Brigada Mixta, formada por los batallones 193, 194, 195 y 196, que combaten a los golpistas para evitar la ocupación de la provincia de Castellón.

Consumada la derrota republicana fue uno de los últimos en huir del avance de las fuerzas franquistas. En vísperas de la derrota republicana se encontraba atracado en Alicante, a la espera de cargar una partida de naranjas, un barco carbonero británico de nombre Stanbrook; su capitán, un galés llamado Archibald Dickson, viendo el peligro que se cernía sobre los miles de republicanos esperando medio de transporte, decidió socorrer a los refugiados. Dickson zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939 con 2.638 personas a bordo y sorteando los proyectiles lanzados por el crucero Canarias que bloqueaba el puerto. Como anécdota, Amado tenía dos plazas en el buque con los números 2.073 y 1.928. A pesar de ir el barco cargado hasta los topes, más de 15.000 republicanos quedaron en el puerto de Alicante sin poder embarcar. Después de 22 horas de travesía el Stanbrook llegaba a Orán.

 

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El Stanbrook en el puerto de Alicante.

Al llegar a Orán, Granell fue internado, junto con otros combatientes republicanos, en un campo de concentración francés. Por fortuna, fue reclamado por su hermano Vicente que había llegado un par de meses antes y vivía ya en el barrio español de Babel-Oued. Allí permaneció hasta diciembre de 1942. El 8 de noviembre se había iniciado la operación Torch y los norteamericanos habían desembarcado en el norte de África.

Granell se alistó en Argel en los “Corps Francs d´Afrique”, al mando del general De Monsanbert de las Fuerzas Francesas Libres (FFL), y que acompañan al ejército británico en el avance a Bizerta y en la Batalla de Túnez contra las fuerzas del Afrika Korps de Romel, en alguno de los numeroso combates que vivió fue herido en la cabeza e ingresado en un hospital argelino. En la batalla de Túnez consiguió el grado de teniente y coincidió con varios de los futuros compañeros de La Nueve.

 

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En la Nueve.

Terminada la campaña de Túnez, los Cuerpos Francos tenían que incorporarse al nuevo cuerpo de ejército comandado por el general Henri Giraud. El general francés antiguo combatiente en Marruecos y en la Primera Guerra Mundial, había sido hecho prisionero en  Wassigny por tropas alemanas en mayo de 1940, pero logró huir en 1942 y tras numerosas vicisitudes llegar a Argelia, donde mantuvo una ambigua posición con los generales fieles a Vichy y con los aliados. Muchos de los integrantes de los Cuerpos Francos y de la Legión Extranjera, sobre todos los españoles, desertaron de las tropas al mando de Giraud para enrolarse en la nueva División Blindada que estaba formando el general Leclerc. Uno de ellos fue Amado Granell quien, además, animó a numerosos compatriotas a alistarse en la que sería la llamada División Leclerc.

En verano de 1943 se formó en Tripolitania la División, consta como fecha de su fundación el 24 de agosto. De los 16.000 hombres que la formaban, 2000 eran españoles, a quienes todos llamaban “los Pingüinos”. Amado quedó asignado a la novena compañía del Tercer Batallón del Regimiento de Marcha del Chad como teniente. La compañía estaba formada casi exclusivamente por soldados españoles (144), su idioma oficial era el castellano y el nombre por el que la conocían todos: La Nueve. El mando se le asignó al capitán francés Raymond Dronne.  Después de su formación en tierras africanas fueron enviados, junto el resto de las tropas de Leclerc  a Inglaterra, concretamente a Pocklington  en Yorkshire a 39 Km. de York.

La División permaneció en Inglaterra hasta su desembarco en Normandía el 3 de agosto de 1944. Antes, Dronne, había nombrado al teniente Amado Granell su segundo en el mando por su valor y su carácter flexible y conciliador entre una tropa muy veterana y un tanto indisciplinada. Los Cosacos, como llamaban a los componentes de La Nueve, también fue el nombre del half-track de mando, que comandaba el propio Granell. La campaña a través de Normandía fue extremadamente dura y Granell destacó por su temeridad y arrojo en todas las batallas, significándose como uno de los mejores oficiales de la División.

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Granell en Écouché

París

De Gaulle tenía la intención de que las Fuerzas Libres Francesas fuesen las que liberaran la capital. Ante la incertidumbre de los aliados que preferían seguir avanzando y dejar a París embolsado en retaguardia, De Gaulle ordenó al general Leclerc que avanzara con su División. La tarde del 24 de agosto de 1944, el general Leclerc se encontraba a 10Km. de París sabiendo que una guarnición de 20.000 alemanes les esperaba. Ordenó a Dronne que se adelantara con su compañía hacia la capital. La Nueve entró por la antigua Puerta de Italia y ante los vítores de la población llegaron los a las 21.20 al Ayuntamiento parisino. Allí les esperaban los jefes de la Resistencia. El primero en llegar a la alcaldía fue Amado Granell.

Fragmento de Pingüinos en París

Los paisanos que han salido al encuentro de la cabeza de la compañía, advierten a Granell que parte de la avenida de Italia está ocupada por unidades del ejército alemán y muchas calles están batidas por el fuego enemigo; entonces decide desviarse por la rue Baudricourt. La columna atraviesa la place Nationale y giran por la calle del mismo nombre. Dronne ordena entonces dirigirse al ayuntamiento. Algunos miembros de la Resistencia les saludan alborozados, hace ya demasiados días que luchan solos para liberar la capital. Robert Millet, un abogado norteamericano residente en la ciudad, ve aparecer al Santander frente al portal de su casa en la plaza Pinel, reconoce los uniformes y les grita en inglés creyendo que son compatriotas. ¡Welcome boys! ¿Yankee? le preguntan, el americano sonríe y afirma con la cabeza. “Nosotros somos españoles”,
contesta Sanchís para sorpresa del abogado. A la altura de la rue Squirol las gentes les abrazan y empiezan a entonar la Marsellesa,
Hugo les acompaña en sus cantos revolucionarios, siente que sus recuerdos de infancia vuelven transportados por el tiempo y acunados por las palabras de su padre: Es la tierra de la Libertad…

El teniente Granell atraviesa el primero con su automóvil Tatra el puente de Austerlitz para asegurarse de que no está minado y llega a las cercanías del ayuntamiento parisino; informa que, al parecer, el edificio ha sido ya tomado por la Resistencia
y que no hay alemanes a la vista. Dronne y el resto van en su pos, desde una ventana arrojan flores sobre el jeep de mando, la alsaciana se asusta, podría haber sido una bomba. Siguiendo a Dikran atraviesan a su vez el puente de Austerlitz, cruzan el Sena, llegan al boulevard Henry IV y protegidos por los muelles fluviales desembocan
en la place de l’Hôtel de Ville. Se escuchan detonaciones lejanas. El peculiar ruido de las orugas parece acompasar los gritos de la población, es un run run que parece gritar algo así como: libertad, libertad. Se escucha el tableteo de una ametralladora, al final de la calle un par de confiados civiles caen heridos sobre el pavimento. Los “cosacos” responden al fuego haciendo enmudecer los fusiles alemanes. Están más que preparados, ansiosos de revancha,de ganar esta guerra para poder olvidar la que perdieron en su patria; han luchado en tantos frentes que ni siquiera recuerdan los nombres, pero sí cada rostro amigo o enemigo que han visto morir, o eso imaginan en sus pesadillas.
Las campanas empiezan a tocar, el gran Bourdon de Nuestra Señora responde a sus hermanas. Cantan a la liberación. ¡París libéré!, gritan las gentes, los componentes de la columna sienten el amparo del pueblo, algunos lloran emocionados. La avanzadilla llega a la plaza, el primero es el Guadalajara; una joven parisina de doradas trenzas se sube al half – track y besa en los labios a Juan Rico, él la corresponde entusiasmado. Los otros semiorugas que siguen al Guadalajara toman posiciones para evitar un ataque alemán. Las gentes les abrazan y vitorean. El reloj de la fachada marca una hora histórica las 21.22.

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Al día siguiente  el periódico Liberation, publicaba en su portada la llegada de las tropas aliadas y la foto del primer “americano” en llegar a París. Era Amado Granell, de Burriana.

Foto histórica para publicar

París 25 de agosto de 1944. El capitán Dronne, el teniente Amado Granell, a su derecha, y el subteniente Martín Bernal, a la izquierda y el soldado Pirlian, al fondo, preparan el asalto a la telefónica.

Fragmento de Pingüinos en París

En aquel mismo momento y en la plaza del ayuntamiento, Dronne distribuía a sus hombres. El periódico Libération publicaba en su portada un titular con la leyenda de Ils sont arrivés, acompañada de una foto de Granell con Bidault y el prefecto de París, y en cuyo pie rezaba: “El prefecto de la ciudad felicitando a un oficial de la División Leclerc” y se destacaba a Granell como “le premier soldat américain”; difícil encontrar una ciudad norteamericana llamada Burriana.
Pasado un cuarto de hora de las nueve de la mañana, la prefectura parisina pidió a Dronne que liberara la central telefónica de la rue des Archives, situada a menos de cien metros de la plaza. Trazaron un plan. El capitán ordenó a Granell permanecer en el ayuntamiento y en principio dispuso que Hugo asaltara el edificio de la telefónica desde la rue du Temple, mientras Michard con Garcés lo harían por la rue des Archives; pero cambió de opinión y envió a Elías a la telefónica, ordenando a Hugo que tratara de capturar al Estado Mayor alemán en el Maurice.

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Amado Granell a bordo de su Tatra 57 encabezando el desfile de celebración de la liberación de París el día 26 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París

Amado Granell con su sufrido Tatra 57 K encabezaría al resto de los semiorugas de la compañía capitaneados por Hugo. Todo un honor para La Nueve. Detrás, un grupo de jeeps conduciría a los periodistas y fotógrafos.
La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros
de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo. Las futuras generaciones tendrían que cantarlo algún día, al igual que las contemporáneas lo festejaban hoy. París era libre, gracias a muchos y al arrojo de unos cuantos.

Continuará…

Luise Rainer una actriz en Pingüinos en París

                                            Luise Rainer.

Ayer se cumplieron 106 años del nacimiento de una gran actriz.

Luise Rainer es otro de los personajes de mi novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores). Nació un 12 de enero de 1910 en Düsseldorf, Alemania. Era de ascendencia judía y fue educada en Viena. Empezó en el  Dumont Theatre de Düsseldorf en 1928, trabajó en la compañía de Max Reinhardt y debutó en el cine alemán antes de firmar por la estadounidense  MGM en 1935.

Ya en los Estados Unidos, participó en Escapade con el actor William Powell y, seguidamente, en otras dos películas: El gran Ziegfeld y La buena tierra  ganando los Oscar a la mejor actriz por ambas películas de los años 1936 y 1937.

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ESCAPADE, su primera película en Hollywood con Wiliam Powell. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

Luise Rainer fue una gran defensora de la República Española, que en aquellos años luchaba para frenar el golpe de estado del general Franco. Recaudó fondos entre las gentes de Hollywood para rehabilitar un castillo en el sur de Francia para acoger a niños republicanos que escapaban de la guerra, también para la financiación del famoso documental sobre la contienda: Spanish Earth (Tierra de España), con Ernest Hemingway  como narrador y bajo la realización de Joris Ivens, y en la adquisición de vehículos para la Cruz Roja Republicana.

En mi novela Luise parece ya en el primer capítulo, dándose la circunstancia de que este se desarrolla en agosto de 2014, en el aniversario de la liberación de París por La Nueve y, mientras terminaba el texto, la actriz falleció en su casa de Londres el 30 de diciembre de aquel mismo año a los 104 años de edad.

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París 25 de agosto de 2014

Había transcurrido tanto tiempo que no sabía si tenía recuerdos o tan solo eran los recuerdos de los viejos recuerdos. Los acordes le llegaban desde el exterior, claros y diáfanos; la banda militar interpretaba el himno de Francia. Sus sones, semejantes a los más antiguos cantos por la libertad, ascendían hasta el balcón de la habitación de Nicoletta Cervi. En uno de los sillones reposaba una revista francesa; en su portada, junto con la penúltima noticia sobre los apaños del ex presidente Sarkozy, aparecía una foto de la reciente visita de los reyes de España. No pudo por menos que sonreír, la cara de los jóvenes monarcas no se mostraría tan halagüeña si pudiesen presenciar lo que en aquel momento sucedía en la plaza. Pese al estallido canoro y triunfal de la Marsellesa, abrió de par en par la cristalera. Una fina lluvia caía sobre la plaza, las gentes se arremolinaban frente al escenario y en los alrededores bajo un bosque de paraguas multicolores. Los focos pintaron en la noche sobre el edificio del ayuntamiento parisino los colores azul, blanco y rojo. Nicoletta cogió su móvil y marcó un número de Londres. La voz del otro lado del auricular, desde el 54 de Eaton Square, respondió con la alegría de una niña.

–        ¿Nicoletta?

–        Sí, Luise, soy yo. Ya comienza.

–        Puedo oírlo, qué emoción, querida amiga. Por favor, cuéntamelo todo. Dime cómo está nuestro París. ¿Qué sucede en plaza?

Nicoletta limpió el vaho del vidrio sobre el que resbalaban pequeñas perlas de agua formando sinuosos cauces y se perdían en los listones de los cristales superiores de la ventana de cuarterones para aparecer en los inferiores ya con un recorrido distinto. Algunas de las ramblas de gotas se encontraban en un punto para descender juntas hasta el final; le pareció una alegoría de la vida misma. Pegó entonces la nariz en el cristal para tener mejor visibilidad.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores).

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Luise recibiendo su primer Oscar por  El gran Ziegfeld (1936)

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El Gran Ziegfeld. Foto:  Movies from the 20’s – 60’s

Los Ángeles, California, 1937. Luise Rainer

La ceremonia de los Premios de la Academia estaba a punto de dar comienzo. Las estatuillas para los premiados aguardaban como un ejército de espadachines desnudos; Oscar, el apodo de aquel calvito brillante y deseado corría de boca en boca embromando a la organización. Corrían un par de versiones sobre la procedencia del nombre con el que habían bautizado cariñosamente al trofeo. Fuese idea de unos o de otros, todos coincidían con que el modelo dorado de la estatua era un tipo feo. Pese a ello, era el más codiciado. El prestigio que suponía llevárselo a casa se consideraba un impulso notable para la carrera de cualquier actriz o de cualquier actor.

Aquel año habían sido nominadas para mejor actriz una pléyade de estrellas hollywoodienses que eclipsaban a las celestiales, entre ellas Carole Lombard por su interpretación en la película Al servicio de las damas. Algunos medios de comunicación pronosticaban su triunfo; iba a conseguir su primer trofeo de la Academia. En el salón del Biltmore Hotel de Los Ángeles todos los invitados estaban pendientes de la actriz. Su papel en el film merecía muchos menos elogios que su imagen encantadora y radiante que había conseguido cautivar al mismísimo Clark Gable, desde que habían coincidido en el rodaje de Casada por azar.   

En su casa, Luise Rainer, observaba a lo lejos las luces del Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del río Porciúncula, como la bautizaron sus fundadores españoles, y a la que ahora todo el mundo conocía como Los Ángeles. Imaginaba la Grand Avenue repleta de un público enfervorizado y a los invitados al acto impacientes por conocer a los ganadores. Su jefe Louis B. Mayer había insistido hasta la saciedad para que asistiera a la entrega de premios, no en balde ella también estaba nominada a la mejor actriz por El Gran Ziegfeld. Sin embargo, convencida de que el premio recaería en Carole, prefería disfrutar de una velada tranquila con su esposo Clifford. Sus certidumbres tenían una base sólida, pese a estar muy satisfecha con su papel. Era, tan solo, su segunda película, el primer musical, y la Lombard una rutilante estrella con docena y media de exitosas películas en su haber y convertida en protagonista de La reina de Nueva York.  Sabía que Hollywood era un mundo difícil y ella apenas hacía dos años que había aterrizado en los Estados Unidos. Por otra parte, era conocida por su apoyo a la causa republicana española y el mundo del cine desconfiaba de su ascendencia alemana. Un coctel demasiado explosivo para ser saboreado sin atragantarse por el público americano, complaciente con divorcios, infidelidades y escándalos, pero poco indulgente con los temas políticos y las ideas progresistas.      

 En una de las mesas del Biltmore Hotel, Louis B. Mayer todavía confiaba en que la Metro se llevaría alguna de las estatuillas. Hubiera querido que Luise estuviese allí, no consideraría ninguna vergüenza que su pupila fuese derrotada por la Lombard, además confiaba en que El Gran Ziegfeld obtuviera el premio a la mejor película. Comentaba nerviosamente con su esposa Margaret Shenberg y con el jefe de publicidad de la MGM, Howard Strickling, los pormenores de la velada. Desde el improvisado escenario, el maestro de ceremonias George Jessel iba anunciando los premios. Al llegar al de mejor actriz pidió a Bette Davis, vencedora el año anterior, que hiciera la entrega de la estatuilla a la nueva ganadora. El nombre de Luise Rainer sonó fuerte y potente en toda la sala. Mayer pegó un brinco y ordenó a Howard que saliera pitando para traerse a Luise a la ceremonia, mientras rogaba a Jessel que continuara con el resto de los premiados hasta que llegara su actriz.

Luise Rainer apareció en el Biltmore Hotel apenas una hora después con un bonito vestido blanco, para entonces El Gran Ziegfeld ya había recibido la estatuilla a la mejor película y a la mejor coreografía. Se dirigió al escenario con paso firme y decidido. George Jessel cogió la estatuilla y sin llamar a Bette Davis de nuevo, se la entregó a la vencedora. Luise en su breve parlamento dio las gracias a sus compañeros de reparto y habló a los asistentes de un país que desde hacía varios meses luchaba por sus libertades. Todos se dieron cuenta de que la nueva estrella de Hollywood, además de ser una buena intérprete, se interesaba por más cosas que no fueran el celuloide y el glamur.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Autógrafo de la actriz

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Su segundo Oscar  consecutivo por  La buena tierra  (1937)

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La Buena tierra. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

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Foto de Luise Rainer en París por Robert Capa

La actriz estaba de gira por Londres con la obra Behold the Bridge en el Shaftesbury Theatre y había querido viajar a París, “mientras pueda hacerlo”, había dicho. Robert le hizo unas magníficas fotos frente al edificio de l’Opéra Garnier. Luego comieron los cuatro en un restaurante cercano. Durante la sobremesa, Luise se interesó por los últimos momentos de la República y el éxodo de los vencidos. Cuando le hablaron de los campos de internamiento y de la maternidad de Elna, prometió recaudar fondos entre sus amigos de Hollywood para los niños españoles. “Tal vez tarde mucho tiempo en regresar a París”, comentó y al despedirse les dijo: “Ojalá viva suficientes años para ver reinstaurada la República en España”. Ellos sonrieron encandilados.

Al regresar al 37 de rue Froidevaux, Capa se mostraba intranquilo por las palabras de Luise.

–      Creo que tenéis razón y que la amenaza de guerra es muy real. Yo soy un judío escapado del “paraíso” nazi. Deberíamos largarnos a los Estados Unidos, mi madre vive allí con mis tías desde que se separó de mi padre. Podríamos pedir a la embajada norteamericana el visado correspondiente, tú eres italiano Pietro y tú, Hugo, puedes demostrar que tus padres viven en La Habana y que vas a visitarles vía Nueva York…

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Uno de los vehículos de la Cruz Roja para la República Española financiados por las actrices  actores y escritores de Hollywood. En la parte trasera, solo, en el centro, podemos ver el nombre de Luise Rainer.

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Fue esposa del escritor Clifford Odets y más tarde el publicista Robert Knittel. En la foto con este último.

El final de año se acercaba y Hugo quiso llevar a Nicoletta al teatro. Al placer de ver la obra de Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de autor, se añadía la de tener la oportunidad de volver a saludar a la primera actriz de la obra. Luise Rainer encabezaba el cartel en el Shaftesbury Theatre y al final de la representación saludó con efusividad a la pareja. Decidieron ir a cenar al hotel Waldorf donde se hospedaba Luise y celebrar el encuentro. Iniciaron la conversación rememorando aquella sesión fotográfica con Capa, recordando el París alegre y bullicioso que ahora sufría la ocupación nazi.  Luise matizaba el adjetivo nazi con mucho énfasis, tratando diferenciar a los alemanes de aquellos fanáticos de ideas totalitarias.

–        Una nación que no cree en sus intelectuales, en la cultura de sus pueblos y que incluso la ridiculiza, está llamada a fracasar y es ahí donde quiere llevarnos Hitler.

La conversación fue fluida y amena, Nicoletta no podía ocultar su admiración por Luise, si su actuación en el escenario le había parecido maravillosa, su naturaleza era arrolladora. Tampoco a Luise le paso desapercibida la conversación y la personalidad de Nicoletta.

–        Así que eres siciliana, ¿no es cierto? Como Pirandello.

–       Efectivamente, él era de una pequeña población cercana a Agrigento, apenas a 120 kilómetros de San Giovanni. Gracias a su Nobel, muchos sicilianos supieron lo que eran los premios del inventor sueco, incluso algunos empezaron a leer.

Luise estalló en una franca carcajada.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Se sintieron cómodos, era el regalo de aquella noche londinense en vísperas de finiquitar un año en el que medio mundo había combatido contra el otro medio, cuando las diferencias entre los seres humanos son tan pocas que ni siquiera las ideologías ni las religiones son capaces de definirlas si no es con las armas, el odio, el dinero o la represión. Dos horas bastaron para que naciera entre las dos mujeres un sentimiento de amistad y confidencia, tanto que Luise se sintió reconfortada por contarle a Nicoletta su reciente separación del dramaturgo Clifford Odets.

–     Fue un error, no le quería, pero me sentía tan sola y desplazada en Hollywood… Allí, por lo general, el amor forma parte de los contratos artísticos y la pasión dura lo que el rodaje de una película.

–      Lo siento mucho – dijo Nicoletta, tratando de consolarla.

–      No te preocupes querida, la verdad no es mala solo es inexorable y pronto me consolaré; el mes que viene regresó a América para actuar en un musical: A Kiss for Cinderella, que se estrenaráen el “Music Box Theatre de Nueva York”, ojalá pudierais asistir.

–     Me temo que hasta que no acabe esta guerra no nos será posible – respondió Hugo con una sonrisa.

Mientras duró la estancia de Luise en Londres, Nicoletta compartió varias tardes con su nueva amiga. Entre otras cosas, le habló sin parar de Fiorella, que Luise conocía por aquellas referencias de París que la habían convertido en el ángel recaudador de la maternidad de Elna. Aquellas reseñas de la bella enfermera siciliana tendrían unas consecuencias insospechadas.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Con Charles Champlin

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Con Albert Einsten 

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Con Fellini y los actores de La Dolce Vita

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Con otros autores y actrices de Hollywood. Luise-Rainer-Clark-Gable-Jean-Harlow-Norma-Shearer Foto:classic-movies-29852725-475-372

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Autógrafo de la actriz. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

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La impaciente voz de Luise Rainer sacó a Nicoletta de sus pensamientos, sin darse cuenta se estaba acariciando el vientre como setenta años antes en Roma.

  • Nicoletta, Nicoletta, ¿estás ahí?
  • Sí, Luise sigo aquí – respondió regresando del lejano pretérito.
  • ¿Y qué ocurre? – moduló la intranquila voz de la amiga.
  • Sigue lloviendo, pero parece que a nadie le molesta. Ahora toma la palabra el presidente Hollande: “Hace 70 años aquí se anunciaba que Francia había vuelto a su casa. La liberación de Parísfue una esperanza para el mundo entero…” Se escuchó a través de los altavoces resonar en toda la plaza.
  • ¿Qué más dice, Nicoletta? – exclamó Luise en tono impaciente.
  • Ahora recuerda a los españoles de La Nueve. La gente vitorea las palabras de su presidente. Tal vez estén presentes Rafael Gómez o Luis Royo, los últimos supervivientes de La Nueve. Las campanas siguen redoblando.
  • Ya las oigo Nicoletta. Ahora falta que se cumpla nuestro deseo.
  • Sí Luise, sí. ¡La República! – dijo echando una mirada de reojo a la revista que se deslizaba desde el butacón al suelo, cayendo por el lado de la contraportada –. Ya sabes que no podemos morir sin verla de nuevo – bromeó.
  • No, Nicoletta, nuestro deber es tratar de ser testigos. Ya no están ni Fiorella, ni Elisabeth, ni Hugo, ni Pietro, ni Robert, ni Martín, ni tantos que lucharon por ella. Pero quedan sus hijos y sus nietos; tus hijos.
  • Sí Luise, el espejo del futuro tiene una franja morada; ya sabes, París, Berlín, Barcelona… Madrid. La Nueve no morirá.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Foto: Luisa Rainer web.

Su página de Twitter:  https://twitter.com/LuiseRainer

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LA NUEVE EN EL CINE

A pesar del olvido de tantos años y las reivindicaciones de estos últimos, existen multitud de pruebas de la llegada de La Nueve al París ocupado la tarde del 24 de agosto de 1944.

En la página de esta web LA NUEVE en el cine podéis encontrar unos cuantos reportajes cinematográficos en el que aparecen los vehículos de La Nueve. Como algunos de los vídeos son largos, he puesto el minuto y segundo en el que aparecen. Disfrutad.

 

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