Luise Rainer una actriz en Pingüinos en París

                                            Luise Rainer.

Ayer se cumplieron 106 años del nacimiento de una gran actriz.

Luise Rainer es otro de los personajes de mi novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores). Nació un 12 de enero de 1910 en Düsseldorf, Alemania. Era de ascendencia judía y fue educada en Viena. Empezó en el  Dumont Theatre de Düsseldorf en 1928, trabajó en la compañía de Max Reinhardt y debutó en el cine alemán antes de firmar por la estadounidense  MGM en 1935.

Ya en los Estados Unidos, participó en Escapade con el actor William Powell y, seguidamente, en otras dos películas: El gran Ziegfeld y La buena tierra  ganando los Oscar a la mejor actriz por ambas películas de los años 1936 y 1937.

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ESCAPADE, su primera película en Hollywood con Wiliam Powell. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

Luise Rainer fue una gran defensora de la República Española, que en aquellos años luchaba para frenar el golpe de estado del general Franco. Recaudó fondos entre las gentes de Hollywood para rehabilitar un castillo en el sur de Francia para acoger a niños republicanos que escapaban de la guerra, también para la financiación del famoso documental sobre la contienda: Spanish Earth (Tierra de España), con Ernest Hemingway  como narrador y bajo la realización de Joris Ivens, y en la adquisición de vehículos para la Cruz Roja Republicana.

En mi novela Luise parece ya en el primer capítulo, dándose la circunstancia de que este se desarrolla en agosto de 2014, en el aniversario de la liberación de París por La Nueve y, mientras terminaba el texto, la actriz falleció en su casa de Londres el 30 de diciembre de aquel mismo año a los 104 años de edad.

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París 25 de agosto de 2014

Había transcurrido tanto tiempo que no sabía si tenía recuerdos o tan solo eran los recuerdos de los viejos recuerdos. Los acordes le llegaban desde el exterior, claros y diáfanos; la banda militar interpretaba el himno de Francia. Sus sones, semejantes a los más antiguos cantos por la libertad, ascendían hasta el balcón de la habitación de Nicoletta Cervi. En uno de los sillones reposaba una revista francesa; en su portada, junto con la penúltima noticia sobre los apaños del ex presidente Sarkozy, aparecía una foto de la reciente visita de los reyes de España. No pudo por menos que sonreír, la cara de los jóvenes monarcas no se mostraría tan halagüeña si pudiesen presenciar lo que en aquel momento sucedía en la plaza. Pese al estallido canoro y triunfal de la Marsellesa, abrió de par en par la cristalera. Una fina lluvia caía sobre la plaza, las gentes se arremolinaban frente al escenario y en los alrededores bajo un bosque de paraguas multicolores. Los focos pintaron en la noche sobre el edificio del ayuntamiento parisino los colores azul, blanco y rojo. Nicoletta cogió su móvil y marcó un número de Londres. La voz del otro lado del auricular, desde el 54 de Eaton Square, respondió con la alegría de una niña.

–        ¿Nicoletta?

–        Sí, Luise, soy yo. Ya comienza.

–        Puedo oírlo, qué emoción, querida amiga. Por favor, cuéntamelo todo. Dime cómo está nuestro París. ¿Qué sucede en plaza?

Nicoletta limpió el vaho del vidrio sobre el que resbalaban pequeñas perlas de agua formando sinuosos cauces y se perdían en los listones de los cristales superiores de la ventana de cuarterones para aparecer en los inferiores ya con un recorrido distinto. Algunas de las ramblas de gotas se encontraban en un punto para descender juntas hasta el final; le pareció una alegoría de la vida misma. Pegó entonces la nariz en el cristal para tener mejor visibilidad.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores).

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Luise recibiendo su primer Oscar por  El gran Ziegfeld (1936)

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El Gran Ziegfeld. Foto:  Movies from the 20’s – 60’s

Los Ángeles, California, 1937. Luise Rainer

La ceremonia de los Premios de la Academia estaba a punto de dar comienzo. Las estatuillas para los premiados aguardaban como un ejército de espadachines desnudos; Oscar, el apodo de aquel calvito brillante y deseado corría de boca en boca embromando a la organización. Corrían un par de versiones sobre la procedencia del nombre con el que habían bautizado cariñosamente al trofeo. Fuese idea de unos o de otros, todos coincidían con que el modelo dorado de la estatua era un tipo feo. Pese a ello, era el más codiciado. El prestigio que suponía llevárselo a casa se consideraba un impulso notable para la carrera de cualquier actriz o de cualquier actor.

Aquel año habían sido nominadas para mejor actriz una pléyade de estrellas hollywoodienses que eclipsaban a las celestiales, entre ellas Carole Lombard por su interpretación en la película Al servicio de las damas. Algunos medios de comunicación pronosticaban su triunfo; iba a conseguir su primer trofeo de la Academia. En el salón del Biltmore Hotel de Los Ángeles todos los invitados estaban pendientes de la actriz. Su papel en el film merecía muchos menos elogios que su imagen encantadora y radiante que había conseguido cautivar al mismísimo Clark Gable, desde que habían coincidido en el rodaje de Casada por azar.   

En su casa, Luise Rainer, observaba a lo lejos las luces del Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del río Porciúncula, como la bautizaron sus fundadores españoles, y a la que ahora todo el mundo conocía como Los Ángeles. Imaginaba la Grand Avenue repleta de un público enfervorizado y a los invitados al acto impacientes por conocer a los ganadores. Su jefe Louis B. Mayer había insistido hasta la saciedad para que asistiera a la entrega de premios, no en balde ella también estaba nominada a la mejor actriz por El Gran Ziegfeld. Sin embargo, convencida de que el premio recaería en Carole, prefería disfrutar de una velada tranquila con su esposo Clifford. Sus certidumbres tenían una base sólida, pese a estar muy satisfecha con su papel. Era, tan solo, su segunda película, el primer musical, y la Lombard una rutilante estrella con docena y media de exitosas películas en su haber y convertida en protagonista de La reina de Nueva York.  Sabía que Hollywood era un mundo difícil y ella apenas hacía dos años que había aterrizado en los Estados Unidos. Por otra parte, era conocida por su apoyo a la causa republicana española y el mundo del cine desconfiaba de su ascendencia alemana. Un coctel demasiado explosivo para ser saboreado sin atragantarse por el público americano, complaciente con divorcios, infidelidades y escándalos, pero poco indulgente con los temas políticos y las ideas progresistas.      

 En una de las mesas del Biltmore Hotel, Louis B. Mayer todavía confiaba en que la Metro se llevaría alguna de las estatuillas. Hubiera querido que Luise estuviese allí, no consideraría ninguna vergüenza que su pupila fuese derrotada por la Lombard, además confiaba en que El Gran Ziegfeld obtuviera el premio a la mejor película. Comentaba nerviosamente con su esposa Margaret Shenberg y con el jefe de publicidad de la MGM, Howard Strickling, los pormenores de la velada. Desde el improvisado escenario, el maestro de ceremonias George Jessel iba anunciando los premios. Al llegar al de mejor actriz pidió a Bette Davis, vencedora el año anterior, que hiciera la entrega de la estatuilla a la nueva ganadora. El nombre de Luise Rainer sonó fuerte y potente en toda la sala. Mayer pegó un brinco y ordenó a Howard que saliera pitando para traerse a Luise a la ceremonia, mientras rogaba a Jessel que continuara con el resto de los premiados hasta que llegara su actriz.

Luise Rainer apareció en el Biltmore Hotel apenas una hora después con un bonito vestido blanco, para entonces El Gran Ziegfeld ya había recibido la estatuilla a la mejor película y a la mejor coreografía. Se dirigió al escenario con paso firme y decidido. George Jessel cogió la estatuilla y sin llamar a Bette Davis de nuevo, se la entregó a la vencedora. Luise en su breve parlamento dio las gracias a sus compañeros de reparto y habló a los asistentes de un país que desde hacía varios meses luchaba por sus libertades. Todos se dieron cuenta de que la nueva estrella de Hollywood, además de ser una buena intérprete, se interesaba por más cosas que no fueran el celuloide y el glamur.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Autógrafo de la actriz

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Su segundo Oscar  consecutivo por  La buena tierra  (1937)

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La Buena tierra. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

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Foto de Luise Rainer en París por Robert Capa

La actriz estaba de gira por Londres con la obra Behold the Bridge en el Shaftesbury Theatre y había querido viajar a París, “mientras pueda hacerlo”, había dicho. Robert le hizo unas magníficas fotos frente al edificio de l’Opéra Garnier. Luego comieron los cuatro en un restaurante cercano. Durante la sobremesa, Luise se interesó por los últimos momentos de la República y el éxodo de los vencidos. Cuando le hablaron de los campos de internamiento y de la maternidad de Elna, prometió recaudar fondos entre sus amigos de Hollywood para los niños españoles. “Tal vez tarde mucho tiempo en regresar a París”, comentó y al despedirse les dijo: “Ojalá viva suficientes años para ver reinstaurada la República en España”. Ellos sonrieron encandilados.

Al regresar al 37 de rue Froidevaux, Capa se mostraba intranquilo por las palabras de Luise.

–      Creo que tenéis razón y que la amenaza de guerra es muy real. Yo soy un judío escapado del “paraíso” nazi. Deberíamos largarnos a los Estados Unidos, mi madre vive allí con mis tías desde que se separó de mi padre. Podríamos pedir a la embajada norteamericana el visado correspondiente, tú eres italiano Pietro y tú, Hugo, puedes demostrar que tus padres viven en La Habana y que vas a visitarles vía Nueva York…

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Uno de los vehículos de la Cruz Roja para la República Española financiados por las actrices  actores y escritores de Hollywood. En la parte trasera, solo, en el centro, podemos ver el nombre de Luise Rainer.

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Fue esposa del escritor Clifford Odets y más tarde el publicista Robert Knittel. En la foto con este último.

El final de año se acercaba y Hugo quiso llevar a Nicoletta al teatro. Al placer de ver la obra de Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de autor, se añadía la de tener la oportunidad de volver a saludar a la primera actriz de la obra. Luise Rainer encabezaba el cartel en el Shaftesbury Theatre y al final de la representación saludó con efusividad a la pareja. Decidieron ir a cenar al hotel Waldorf donde se hospedaba Luise y celebrar el encuentro. Iniciaron la conversación rememorando aquella sesión fotográfica con Capa, recordando el París alegre y bullicioso que ahora sufría la ocupación nazi.  Luise matizaba el adjetivo nazi con mucho énfasis, tratando diferenciar a los alemanes de aquellos fanáticos de ideas totalitarias.

–        Una nación que no cree en sus intelectuales, en la cultura de sus pueblos y que incluso la ridiculiza, está llamada a fracasar y es ahí donde quiere llevarnos Hitler.

La conversación fue fluida y amena, Nicoletta no podía ocultar su admiración por Luise, si su actuación en el escenario le había parecido maravillosa, su naturaleza era arrolladora. Tampoco a Luise le paso desapercibida la conversación y la personalidad de Nicoletta.

–        Así que eres siciliana, ¿no es cierto? Como Pirandello.

–       Efectivamente, él era de una pequeña población cercana a Agrigento, apenas a 120 kilómetros de San Giovanni. Gracias a su Nobel, muchos sicilianos supieron lo que eran los premios del inventor sueco, incluso algunos empezaron a leer.

Luise estalló en una franca carcajada.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Se sintieron cómodos, era el regalo de aquella noche londinense en vísperas de finiquitar un año en el que medio mundo había combatido contra el otro medio, cuando las diferencias entre los seres humanos son tan pocas que ni siquiera las ideologías ni las religiones son capaces de definirlas si no es con las armas, el odio, el dinero o la represión. Dos horas bastaron para que naciera entre las dos mujeres un sentimiento de amistad y confidencia, tanto que Luise se sintió reconfortada por contarle a Nicoletta su reciente separación del dramaturgo Clifford Odets.

–     Fue un error, no le quería, pero me sentía tan sola y desplazada en Hollywood… Allí, por lo general, el amor forma parte de los contratos artísticos y la pasión dura lo que el rodaje de una película.

–      Lo siento mucho – dijo Nicoletta, tratando de consolarla.

–      No te preocupes querida, la verdad no es mala solo es inexorable y pronto me consolaré; el mes que viene regresó a América para actuar en un musical: A Kiss for Cinderella, que se estrenaráen el “Music Box Theatre de Nueva York”, ojalá pudierais asistir.

–     Me temo que hasta que no acabe esta guerra no nos será posible – respondió Hugo con una sonrisa.

Mientras duró la estancia de Luise en Londres, Nicoletta compartió varias tardes con su nueva amiga. Entre otras cosas, le habló sin parar de Fiorella, que Luise conocía por aquellas referencias de París que la habían convertido en el ángel recaudador de la maternidad de Elna. Aquellas reseñas de la bella enfermera siciliana tendrían unas consecuencias insospechadas.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Con Charles Champlin

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Con Albert Einsten 

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Con Fellini y los actores de La Dolce Vita

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Con otros autores y actrices de Hollywood. Luise-Rainer-Clark-Gable-Jean-Harlow-Norma-Shearer Foto:classic-movies-29852725-475-372

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Autógrafo de la actriz. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

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La impaciente voz de Luise Rainer sacó a Nicoletta de sus pensamientos, sin darse cuenta se estaba acariciando el vientre como setenta años antes en Roma.

  • Nicoletta, Nicoletta, ¿estás ahí?
  • Sí, Luise sigo aquí – respondió regresando del lejano pretérito.
  • ¿Y qué ocurre? – moduló la intranquila voz de la amiga.
  • Sigue lloviendo, pero parece que a nadie le molesta. Ahora toma la palabra el presidente Hollande: “Hace 70 años aquí se anunciaba que Francia había vuelto a su casa. La liberación de Parísfue una esperanza para el mundo entero…” Se escuchó a través de los altavoces resonar en toda la plaza.
  • ¿Qué más dice, Nicoletta? – exclamó Luise en tono impaciente.
  • Ahora recuerda a los españoles de La Nueve. La gente vitorea las palabras de su presidente. Tal vez estén presentes Rafael Gómez o Luis Royo, los últimos supervivientes de La Nueve. Las campanas siguen redoblando.
  • Ya las oigo Nicoletta. Ahora falta que se cumpla nuestro deseo.
  • Sí Luise, sí. ¡La República! – dijo echando una mirada de reojo a la revista que se deslizaba desde el butacón al suelo, cayendo por el lado de la contraportada –. Ya sabes que no podemos morir sin verla de nuevo – bromeó.
  • No, Nicoletta, nuestro deber es tratar de ser testigos. Ya no están ni Fiorella, ni Elisabeth, ni Hugo, ni Pietro, ni Robert, ni Martín, ni tantos que lucharon por ella. Pero quedan sus hijos y sus nietos; tus hijos.
  • Sí Luise, el espejo del futuro tiene una franja morada; ya sabes, París, Berlín, Barcelona… Madrid. La Nueve no morirá.

Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Foto: Luisa Rainer web.

Su página de Twitter:  https://twitter.com/LuiseRainer

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El general Patton en Pingüinos en París

El general Patton es uno de los personajes que aparecen en mi novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores). El carismático personaje vivirá en el libro sus triunfos africanos, el desembarco de Sicilia y su ostracismo en la isla por orden de su amigo y jefe Dwight D. Eisenhower.  Mientras tanto el general… dirigía la invasión aliada de la Italia continental.

No obstante, Patton tuvo de nuevo su oportunidad en el asalto a Europa, pese a no intervenir en el desembarco de Normandía.  Dirigió a sus tropas hasta llegar al mismo corazón de Babiera y Checoslovaquia llegando hasta Pilsen con intención de llegar a Praga antes que los rusos. Sin embargo,  recibió la orden directa de Eisenhower de detenerse.  Sus soflamas anticomunistas y su deseo de continuar la guerra contra los aliados de la U.R.S.S., le convirtieron en un militar incómodo y políticamente incorrecto.

Murió el 21 de diciembre de 1945 víctima de un extraño accidente de circulación a los pocos meses de acabar la guerra. Según algunas versiones, su Cadillac fue embestido por un camión que se dio a la fuga – cosa muy improbable porque está comprobado que fue un camión militar de las tropas de ocupación – y que la ambulancia en la que trasladaban a Patton fue a su vez embestida por otro vehículo. Otras versiones aseguran que después del aparatoso accidente los ocupantes del vehículo  y el general apenas sufrieron rasguños.  y que fue un francotirador quien hirió a Patton en el cuello – herida que no aparece en su informe médico  y sí la de la cabeza-, pero que durante su recuperación murió en el hospital. Algunos autores, como el historiador y escritor Robert Wilcox, confiesan haber hablado con Douglas Bazata el francotirador en cuestión, quien aseguraba haber obrado por orden de la OSS antecesora de la CIA, pero otros lo desmienten. También existe la teoría de un atentado de los soviéticos.

Ante tantas teorías conspirativas, la respuesta puede ser la más sencilla: un accidente automovilístico con un camión conducido por el sargento Thomson. El ingreso en el hospital Heildelberg Center con una herida en la cabeza y la muerte del general por complicaciones hospitalarias.

 

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George Smith Patton, Jr.  Nació en San Gabriel, California el 11 de noviembre de  1885 y falleció en Heidelberg, Alemania el 21 de diciembre de 1945. General norteamericano famoso por su fuerte carácter y por considerar los carros de combate el arma más importante de las tropas de asalto. Mandó unidades blindadas en los combates de África del Norte; durante la invasión de Sicilia ; y en el frente europeo. Entre el Cuerpo de Ejército bajo su mando se encontraba la División Leclrec y por ende La Nueve.

A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía. “Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”

Patton había ganado la carrera de Mesina, la 3ª División de Infantería americana entró en la ciudad cuando de su puerto partían las últimas embarcaciones de hombres y material para la Italia continental. Fue una victoria completa, aunque pírrica.  Más de 100.000 hombres y 10.000 vehículos de las tropas del Eje habían pasado el estrecho. Eisenhower no quedó demasiado satisfecho con la actuación del general George Smith Patton en la campaña, sobre todo cuando llegaron a sus oídos ciertos abusos del viejo “sangre y agallas” a sus propios hombres y la masacre cometida en Biscari por del capitán Compton a la que se unía otra escabechina realizada en el mismo lugar por el sargento Horace West. Ambas, promovidas por las arengas y la soberbia de Patton. “Dadles en el hígado. Nos reconocerán como matadores, y los matadores son inmortales”, repetía a sus hombres.

 Así que el general en jefe de las fuerzas aliadas, Eisenhower, a pesar de ser su amigo, decidió bajarle un poco los humos y dejar a su exaltado general en Sicilia y relevarle del mando del VII Ejército en las vísperas de la invasión del continente por las tropas angloamericanas. Patton recibió la noticia en uno de sus períodos de inestabilidad emocional y pidió a su estado mayor que localizara un lugar donde aislarse mientras le retenían en Sicilia. Uno de sus coroneles le sugirió el nombre de un pueblecito de la Ragusa donde había sido muy bien acogido. 

Extractos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Patton en GELA (Sicilia) julio 1943

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Patton se incorporó para brindar, estaba un tanto chispeado por el vino y deseoso de impresionar a su anfitriona. Ella lo contemplaba sobrecogida, era consciente de que a sus cincuenta y tres años ya no era una jovencita y, a pesar de ello, todavía sabía sacar provecho a su belleza y elegancia. Se dijo a sí misma que aquel hombretón con pinta de vaquero de película de Hollywood, de cabeza cónica, mirada penetrante y aspecto de ricachón californiano podía ser un buen compañero de juegos.

– Por la conquista de Europa – brindó Patton alzando su copa.

-Y por la libertad – añadió Alfonso en inglés.

Patton le miró condescendiente y se limitó a gustar de nuevo el vino Nero d,Avola de la cercana Siracusa.

-Tengo entendido que es usted… socialista.

-Sí mi general.

-¿Tienen mucho que ver con los comunistas?

-Son de la misma cepa. Aunque de aromas distintos.

-Ya – dijo Patton dando un trago y tomando asiento…

Extractos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Fotografía de Patton con el general Bradley  de William Alexander Scott III. Ohrdruf, [Thuringia] Alemania,  12 abril de 1945

 

Aquella noche descubrieron afinidades políticas entre el general y don Cornelio y ciertas inclinaciones emotivas entre doña Desiderata y su invitado. No había transcurrido una semana cuando el general de la moderna caballería blindada pudo cabalgar sobre el todavía lozano cuerpo de su anfitriona y contarle sus aventuras, desde sus correrías por Méjico, en las que había matado a Julio Cárdenas, un general de Villa, a su quinto puesto en el pentatlón moderno de las Olimpiadas de Estocolmo.

En realidad gané yo. Aquellos jueces no vieron que no había fallado mi segundo tiro, sino que la bala se había colado por el mismo agujero que la primera – repetía con orgullo.

-Querido, a mí no me importa nada que dispares dos veces al mismo agujero – le decía Desiderata.

Extracto de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Patton contra Mas Latrie de Francia en los juegos Olímpicos de 1912 Photo: IOC

 

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Entierro de Patton

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Con su famoso Colt al cinto.

Presentaciones de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Presentación en Utebo. Tuve una excelente presentadora: Rosa Magallón y una no menos excelente organizadora: Mará Luisa García.

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Presentación en el barrio de Torrero de Zaragoza con la actuación del Coro Libertario de la República independiente de Torrero. Genial

 

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Y ayer tuvo lugar la presentación de la novela en La Cartuja (Zaragoza), en su precioso Refectorio. El acto fue magnífico y emocionante con la presencia de Felix Moreno en la mesa y las actuaciones del Trío Sonors, que interpretó la «Vie en rose» y «Arde París», la de Jesús Escartín Otín que recitó maravillosamente el poema «Soldado» de Goytisolo y la del grupo Adebán, que, entre otras, cantó: «Rosa la dinamitera». Posteriormente disfrutamos de la formidable actuación del grupo Capitán Mundo. Todo un espectáculo. Mi agradecimiento a la AAVV Jeronima Zaparta de La Cartuja y a su ayuntamiento, a Yolanda que vendió casi todos los ejemplares de la novela y a todos los participantes y asistentes. Y por supuesto a Ana, autora de todas las fotografías.

Bajo dos tricolores.

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El Trío Sonors

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 Felix Moreno me presentó en el acto.
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 El escenario del Refectorio de la antigua Cartuja de la Concepción. Magnífico auditorio actualmente.
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El público de La Cartuja. Gracias.
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Las dos tricolores y el banderín de La Nueve.
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Respondiendo a las preguntas del público.
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Jesús Escartín recitando a Goytisolo.
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El gupo Adebán interpretó a Lorca: «Rosa la dinamitera»
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Yolanda vendió casi todos los libros.

LA BATALLA DE TERUEL

LA BATALLA DE TERUEL EN PINGÜINOS EN PARÍS (BAJO DOS TRICOLORES)

Tal día como hoy, un 15 de diciembre de 1937 se iniciaba la Batalla de Teruel. Un combate en el que, además del enemigo, ambos bandos tuvieron que enfrentarse a un enemigo común: el frío. La ofensiva republicana, tenía por objeto evitar que los franquistas continuaran  su avance hacia el Mediterráneo y cortaran en dos la zona republicana. El ataque se inició a las 15h., bajo una intensa nevada  y sin preparación artillera para no alertar a la guarnición. El día 22 entraban los gubernamentales en la ciudad, se luchó calle por calle, y casa por casa. Para Navidad había cesado toda defensa golpista y la bandera republicana ondeaba en la capital turolense.

La Batalla de Teruel es recreada, contada y  sentida en las páginas de mi novela.

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Tropas republicanas entrando en Teruel. Foto: Alfonso Sánchez

 La ciudad de Teruel era el paradigma de un frente de guerra total. Ambos bandos tenían que soportar los veinte grados bajo cero de aquel diciembre. Era la batalla del frío. Los republicanos habían conseguido tomarla al iniciarse el nuevo año, calle por calle, edificio por edificio y casa por casa, capturado más de tres mil prisioneros. La moral estaba alta. Hugo y su compañía, encuadrada dentro del llamado Ejército de Levante, vigilaban el posible intento de recuperar la ciudad por los numerosos refuerzos de los sublevados llegados a la zona. Para los golpistas no solo era una cuestión de prestigio reconquistar Teruel, aquel era el punto de partida para avanzar hasta Castellón y llegar al Mediterráneo. Franco estaba furioso, su pretendido asalto final a Madrid partiendo de una ofensiva por Guadalajara tendría que esperar, si no quería que se hundiese el frente de Aragón.

Los soldados se cubrían con largos capotes, gorros de lana, incluso con mantas. El frío era un enemigo para todos; congelaba los miembros y arrugaba el alma. Desde el interior de los destruidos edificios se veía el viaducto y al fondo la ciudad.  Su conquista había dejado a Teruel convertida en escombros. En sus bellas torres mudéjares, el efecto de las granadas y los obuses semejaban mordiscos de un ser monstruoso.

Párrafos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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El frío, el peor enemigo. Foto del blog: El club de los poetas muertos.

Magnífico reportaje sobre la batalla:  http://poetasmuertosjinetes.blogspot.com.es/2013/02/batalla-de-teruel-la-caballeria.html

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Ernest Hemingway en Teruel. Foto de Alfonso Casas.

 

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Carros T-26 en Teruel. El César delirante: La batalla de Teruel.

Artículo muy interesante sobre la batalla:

http://www.librosywargames.com/index.php?page=la-batalla-de-teruel-1937-1938

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Teruel, el Acueducto. Foto: Robert Capa

Unas casas derruidas, que protegían estratégicamente el viaducto que daba acceso a Teruel desde el barrio del ensanche, eran el cuartel general de la compañía de Hugo y el resguardo para que los cañones y la aviación fascista no les hicieran añicos. Pietro entró en el puesto de mando, lucía los galones de sargento por su valor y liderazgo durante el asalto a la ciudad. El lugar era una sala, otrora el espacioso comedor de una de las casas bombardeadas, que todavía seguía en un estado aceptable. Una mesa de despacho con cierta documentación, la de comedor con planos extendidos de la ciudad y alrededores, y algunas sillas, eran todo el mobiliario. 

  • ¿No querías combatir, Pietro?– dijo Hugo.
  • A eso he venido. ¿Qué hubierais hecho sin mí?
  • Nada Pietro, al menos nos puedes traducir lo que dicen por radio los italianos.
  • Tienes una visita. Es un fotógrafo americano, un tal Capa.
  • ¿Capa? – De inmediato recordó a Gerda.
  • Dile que pase, es un viejo amigo.

  Endre entró en la estancia, con sus cámaras al cuello, su sonrisa franca y un chaquetón tres cuartos de oficial republicano, sin ningún tipo de emblema, a buen seguro comprado en el mercado negro. Se saludaron efusivamente pese a ser la primera vez que se veían.  Hablaron largo rato de Madrid, del frío y de Gerda.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

 

Cine Anarquista español. Dos interesante reportajes sobre la caída de Teruel. Uno en la misma ciudad y el otro desde Catalunya con presencia del presidente Companys.

 

 

LA NUEVE EN EL CINE

A pesar del olvido de tantos años y las reivindicaciones de estos últimos, existen multitud de pruebas de la llegada de La Nueve al París ocupado la tarde del 24 de agosto de 1944.

En la página de esta web LA NUEVE en el cine podéis encontrar unos cuantos reportajes cinematográficos en el que aparecen los vehículos de La Nueve. Como algunos de los vídeos son largos, he puesto el minuto y segundo en el que aparecen. Disfrutad.

 

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