Pingüinos en Madrid
El próximo día 20 de abril presentaré la novela en Madrid. Estáis todas y todos invitados.


El 14 de marzo de 1944, Roma fue declarada ciudad abierta. Los continuos bombardeos aliados ponían en peligro la monumental capital y las autoridades alemanas decidieron que Roma, al igual que París en 1940, merecía ser salvada. Roma había sufrido la ocupación alemana como si se tratara de una ciudad enemiga.

Ocupación de Roma por los alemanes el 10 de septiembre del 43. Foto: http://www.16ottobre1943.it/it/loccupazione-nazista-di-roma.aspx
Roma había sufrido desde septiembre del 43 hasta su liberación la ocupación alemana. Los alemanes habían llegado como conquistadores y no como aliados. Durante la primera semana de ocupación requisaban a punta de pistola los vehículos en mitad de la calle, aquello podía entenderse como una necesidad militar para controlar la ciudad. No obstante, siguieron el mismo procedimiento para conseguir joyas y dinero de los transeúntes y así como en París habían procurado mantener un orden policial, en Roma se convertían en vulgares atracadores. Se prohibieron los taxis y circular en bicicleta con la excusa de evitar atentados por parte de los partisanos. A menudo, con el pretexto de restricciones energéticas, cortaba la corriente de los transportes públicos con lo que los trolebuses y tranvías dejaban de funcionar durante horas. Solamente había gas durante hora y media al mediodía y 30 minutos por la noche. Tampoco los hogares podían disponer de teléfono bajo la sospecha de espionaje. El invierno del 43-44 había sido frío y mucho más por el corte del gasóleo; los palacetes romanos de techos altos y pisos de mármol se quedaron tan fríos como las chabolas del extrarradio. El toque de queda fue muy estricto y más de un romano perdió la vida desafiándolo. El ya habitual racionamiento se endureció y el mercado negro hizo su agosto en pleno invierno y las requisas practicadas en las redadas de las SS eran de nuevo revendidas a los estraperlistas por oficiales corruptos.
Extracto de Pingüinos en París.

Foto: Mundo Militaria
Sin embargo, Roma no caería en poder de los aliados hasta el 4 de junio. En el ínterin entre marzo y junio, las tropas de ocupación alemanas todavía practicaron sus métodos represivos sobre la población civil. Así es el caso de la masacre Fosas Ardeantinas ocurrido el 24 de marzo en repuesta a un atentado del grupo partisano GAP (Gruppi d’Azione Patriottica) el día 23 de marzo y en el que murieron 28 policías (tres más morirían en días posteriores) y dos civiles italianos. Hitler ordenó a Herbert Kappler, comandante de la Gestapo en Roma que ejecutara a 10 civiles por cada policía muerto. Un total de 335 civiles italianos, redondeando la cifra exigida por el dictador alemán, fueron conducidos a unas minas abandonadas en el extrarradio de Roma y ejecutados.

Memorial de las Fosas. Foto: Universitat Politècinca de Catalunya

Foto e historia de Happler: https://it.wikipedia.org/wiki/Herbert_Kappler
Pese a todo, el mayor temor de los romanos durante la ocupación fue el reclutamiento forzado de hombres de todas las edades a los que deportaban a Alemania o ponían a trabajar en las defensas de la ciudad. Luego estaba la sempiterna persecución a los judíos romanos. En octubre más de mil de ellos fueron deportados a Auschwitz. Los actos de sabotaje eran duramente castigados con detenciones y fusilamientos. En el mes de marzo uno de estos ataques fue salvajemente escarmentado. Hitler ordenó fusilar a diez italianos por cada víctima del atentado. Herbert Kappler, comandante de la Gestapo en Roma, envió al paredón a 335 civiles internos en las cárceles romanas por motivos diversos redondeando la cifra exigida por el perturbado de Berlín. El lugar de tal atrocidad fueron las Fosas Ardeatinas en el extrarradio romano. El Papa, pese a saberlo con anterioridad, calló pávidamente. La ocupación había sido abusiva, ratera, dura y asesina. El resultado fue un feroz aborrecimiento hacia los alemanes por parte de la población urbana. No hubo, como en París, una mínima confraternización; los godos fueron odiados por casi todos los romanos.
Extracto de Pingüinos en París.
En enero de 1945, Roberto Rossellini realiza un película sobre la ocupación alemana y basada en hechos reales, llamada: Roma città aperta. El film tuvo varios premios:
Nominada al Oscar: Mejor guión
En varios momentos de mi novela aparece la figura de un decadente Alfonso XIII, huido de España al proclamarse la República y exiliado en Roma donde entra en contacto – muy directo – con una de las protagonistas del libro.
Precisamente hoy, 28 de febrero se cumple el aniversario de su muerte en su exilio romano. Fue el 28 de febrero de 1941.

Cuando la bandera republicana ondeó al viento el 14 de abril de 1931, Alfonso XIII comprendió que su vida iba a cambiar, pero no de una forma radical porque al exilio se llevó su fama y maneras de sátiro, su adicciones y una fortuna que al cambio representarían 48 millones de Euros. Había sido rey desde su nacimiento, aunque hasta su mayoría de edad y coronación, el 17 de mayo de 1902, su madre Cristina de Hasburgo asumió la regencia.

Días después de su marcha salía de España la ya ex reina Victoria Eugenia de Battenberg, hartísima esposa de Alfonso XIII. La República española tuvo la galantería de devolverle a Victoria las llamadas «joyas de pasar de las reinas españolas» que habían quedado en España.

Lo que más recordaría el Pueblo español de la real pareja fue el bombazo de Mateo Morral el día de sus desposorios.

El monarca sólo tuvo dos gestos sobresalientes en su reinado que interesaran al Pueblo, su visita a las Urdes…
y cuando convirtió algunas dependencias del Palacio Real en una oficina de la esperanza para quienes tenían gentes desaparecidas durante la Gran Guerra. La oficina tramitó, junto con la Cruz Roja, los paraderos y la repatriación de cuantos prisioneros, de uno y otro bando, recibían noticias.
Pero si en algo destacó el Borbón fue en la persecución de cuantas mujeres hermosas se le ponían a tiro.

Tanto le gustaban que no dudó en ser guionista y productor de películas pornográficas para su uso y consumo y que los hermanos Baños filmaron para él. “El confesor”, “Consultorio de señoras” y “El ministro” permanecieron ocultas más de setenta años, hasta que aparecieron de forma misteriosa en un convento valenciano. Fueron restauradas por la Generalitat valenciana y se conservan en la Filmoteca de Valencia.
Volviendo a Don Alfonso, el jueves 16 de abril de 1944 se reunió en el hotel Meurice de París con su familia, donde se alojó en una confortable y carísima suite. Alfonso, nada más llegar, encargó a Quiñones que le comprara media docena de camisas de seda . Días después adquirió un veloz Bugatti y se dedicó a conceder entrevistas y a conocer la noche parisina. Harta de todo, la reina Victoria se fue a Inglaterra abandonando marido e hijos. Tuvo que reclamar su dote y los intereses de los años compartidos con Alfonso, además de una pensión alimenticia.
El ex monarca se marchó a Roma y se alojó de continuo en una suite del Gran Hotel, concretamente la número 35, donde vivió los diez años que le quedaban, mientras no se encontraba en uno de sus numerosos safarís o persiguiendo amantes y juegos por París o Montecarlo.
El rey, según sus cronistas, falleció el en la suite 35 del Gran Hotel a causa de una afección cardíaca. Sin embargo, el motivo de este fallo coronario fue debido a las numerosa infecciones dentarias, como su dentista Florestán Aguilar, – ya fallecido en aquellas fechas – le había advertido en multitud de ocasiones. Fue enterrado en la iglesia de iglesia de Santa María de Montserrat de los Españole en Roma hasta la repatriación de sus restos a España el 19 de enero de 1980. A su muerte sólo le restaban 18 millones de euros; en diez años había gastado más de 30.



Esculturas de Antonio Machad en Baeza y Leonor Izquierdo en Soria

Tiempos felices. Foto de La Vanguardia

Entierro en Colliure.Foto de La Vanguardia de Barcelona

MARTÍN BERNAL PERSONAJE DE PINGÜINOS EN PARÍS (BAJO DOS TRICOLORES) En la foto es el primero por la izquierda de la primera fila.
El día 30 de este mes se cumple el aniversario del nacimiento de un gran héroe de La Nueve.

En su libro Carnets de Route, concretamente en la página 259 de Editions France-Empir de 1984, Raymond Dronne, capitán de La Nueve, describe así a Martín Bernal:
El sargento-jefe y futuro alférez Garcés, cuyo verdadero nombre es Martín Bernal, es un aragonés de Zaragoza. Este coloso- Bernal medía más de un metro ochenta -, de ritmo tranquilo y señorial había comenzado una carrera de torero; su nombre de matador era Larita II. Fue hecho prisionero por los franquistas al final de la guerra civil, pero pudo evadirse. Atravesó gran parte de España a pie, escondiéndose de día y caminando de noche para evitar ser visto. Según él mismo me contó, guiándose por la estrella polar, pudo llegar al Pirineo y entrar en Francia en septiembre de 1939. Arrestado por los gendarmes, las autoridades francesas le proponen ingresar en el ejército francés o ser devuelto a la frontera española. En aquella época, Garcés, no hablaba francés. La palabra francesa “armée” – ejército – le sonaba como si le propusieran ingresar en la armada francesa. “Yo no puedo ingresar en la armada, repuso Bernal, jamás he subido a un barco (…)” Por su clase, por su valor y tranquilidad, además de su buen humor y simpatía, Bernal se ganó rápidamente a sus camaradas. Después de la guerra, aprovechó sus conocimientos de zapatero para instalar con su hermano, liberado de Mauthausen, un prospero negocio de zapatería en las afueras de París.
Estas son las palabras con las que Raymond Dronne define a uno de sus mejores hombres: el zaragozano Martín Bernal, conocido por sus compañeros de La Nueve como “Garcés” o como “el Maño”.
Martín Bernal Lavilla nació en Garrapinillos (Zaragoza) el 30 de enero de 1912, un reportaje del Heraldo de Aragón de Zaragoza, publicado el 22 de agosto de 2004 con motivo del 60 aniversario de la liberación de París, sitúa erróneamente su nacimiento en La Cartuja de la Inmaculada, un barrio zaragozano cercano a la capital y donde, al parecer, trabajaron durante algún tiempo Martín y su hermano Paco y donde se afiliaron a la CNT a instancias de un viejo cenetista llamado Pedro Blasco.
La verdadera pasión de Martín en aquellos tiempos era el toreo. Su admiración por Larita le hizo bautizarse profesionalmente como Larita II; su apoderado era Miguel Grimal. Vivía en el barrio zaragozano de Torrero en el 13 de la calle Triana, en la misma calle donde todavía viven sus sobrinos y a los que visitó en varias ocasiones a partir de los años 70. Durante su época de novillero, que truncaría la guerra civil, se hizo amigo de otro novillero llamado Manuel Garcés Navarro, nacido en Fuentes de Ebro el 3-5-1910 – y que con el tiempo se convertiría en su cuñado, ya que Martín formó pareja – fue el amor de su vida – con Carmen Garcés, hermana de Manuel, con la que tuvo dos hijas llamadas Carmen y María y posteriormente ya en París un hijo: Andrés –Dedé – terminada la II Guerra Mundial.
En el año 1938, Martín, su hermano Paco y su cuñado Manuel escaparon de Zaragoza, donde había triunfado el golpe militar, y se incorporaron a las columnas cenetistas que pretendían liberar la capital maña. Combatieron más tarde en la Batalla de Teruel. Al final de la guerra, Martín, fue apresado por el ejército franquista en una población manchega. De allí fue conducido a un campo de concentración en un antiguo monasterio cartujo llamado Porta Coeli cercano a Liria (Valencia). Se las apañó para escapar del campo y huir a Francia cruzando por un valle pirenaico: para entonces había perdido el contacto con su hermano, que acabó en Mathausen, y con su cuñado Manuel que terminó con sus huesos en Carabanchel.

Ya en Francia, las autoridades francesas le “invitaron” a incorporarse a la Legión Extranjera y embarcó rumbo al África central. Combatió en el Senegal y en 1942 en la campaña del Norte de áfrica y en la Batalla de Túnez en el 43 contra el Afrika Korps de Rommel y en la que fue herido por primera vez – lo sería en otras dos ocasiones -. Por su comportamiento en los combates recibió la Medalla Colonial de la República Francesa, una de las distinciones militares más preciadas.

Enterado de que el general Leclerc, pretendía organizar una división acorazada de la Francia Libre, no lo dudó ni un solo momento y se alistó, junto con muchos otros españoles, en la que más tarde sería la famosa División Leclerc. Muchos de los que se incorporaron a la nueva división cambiaron sus nombres para poder “desertar” de otras unidades francesas, así, Martín se registró como Garcés – el apellido de Carmen – en la nueva unidad.
La flamante división fue equipada por el ejército norteamericano y conducida a Inglaterra para su preparación ante el inminente asalto a la Europa continental. Martín fue incorporado a la novena compañía del III Regimiento de Marcha del Chat de la División Leclerc. Su compañía fue pronto conocida por todos los divisionarios como La Nueve, así en español, ya que la mayoría de sus hombres (146) eran españoles. En el censo de la división había más de un millar y medio de españoles, conocidos como los Pingüinos. Su lugar de entrenamiento en Inglaterra fue en la ciudad de Pocklington.

Sentado sobre el capó de su half-track Teruel
La división desembarcó en Utah beach a principios de agosto y participó en la liberación de Écouché y en gran número de combates como la toma del puente sobre el Sarthe y la de Alençon o en la reducción de la bolsa de Falaise; hasta llegar a las cercanías de París. En todos ellos se distinguió Bernal. La tarde del 24 Leclerc ordenó al capitán Dronne que avanzará con su compañía hacia París, defendida por más de 20.000 alemanes. La Nueve entró la primera en la ciudad, con sus half tracks de nombres de evocación española, por la Puerta de Italia. Martín al mando del HT Teruel y comandando una de las secciones fue uno de los libertadores que primero llegaría al ayuntamiento parisino, eran la 21.22 de la tarde del 24 de agosto de 1944.


Al día siguiente entraba el resto de la División y Martín se batía en las calles reduciendo los focos de resistencia alemanes, siendo citado en la orden del día por su valor:
“Suboficial de una alta valía militar y moral. Posee tanto valor bajo el fuego como sentido de la responsabilidad en la retaguardia. Ha sido citado varias veces. Actuando como subjefe de sección, el 25 de agosto, en París, se hizo cargo de la misma cuando su jefe fue gravemente herido; mandándola con notable autoridad»

Continuó con la compañía ascendiendo a alférez, luchando en los Vosgos y en territorio alemán hasta llegar al Nido del Águila, el Kehlsteinhaus, en los Alpes Bávaros, para entonces sólo 16 españoles de La Nueve seguían en la compañía; más de cincuenta yacían enterrados en los campos de Europa y el resto se recuperaba en una docena de hospitales aliados. Martín había recibido La Croix de Guerre avec palme y había sido herido en otras dos ocasiones. También había recibido la Medalla militar. Al llegar a la que fuera la casa predilecta de Hitler, Martín se desbebió en el sillón del dictador alemán.




Terminada la II Guerra Mundial, Martín instaló con su hermano Paco – liberado de Mathausen – una zapatería en Choisy-le-Roi, a 18 km de París, donde tenía su residencia, concretamente en el número 3 de la calle Pablo Ruiz Picasso. El domingo 18 de octubre de 1987 se le nombró Caballero de la Legión de Honor. Falleció el 29 de julio de 1991 y está enterrado en el cementerio de Choisy-le-Roi (Val – de – Marne). Por aquel entonces la hazaña de La Nueve todavía permanecía “convenientemente” olvidada.

Frente a su zapatería en Choisy-le-Roi

Con su esposa Carmen Garcés.

Recibiendo la Legión de Honor.

Ayer se cumplieron 106 años del nacimiento de una gran actriz.
Luise Rainer es otro de los personajes de mi novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores). Nació un 12 de enero de 1910 en Düsseldorf, Alemania. Era de ascendencia judía y fue educada en Viena. Empezó en el Dumont Theatre de Düsseldorf en 1928, trabajó en la compañía de Max Reinhardt y debutó en el cine alemán antes de firmar por la estadounidense MGM en 1935.
Ya en los Estados Unidos, participó en Escapade con el actor William Powell y, seguidamente, en otras dos películas: El gran Ziegfeld y La buena tierra ganando los Oscar a la mejor actriz por ambas películas de los años 1936 y 1937.

ESCAPADE, su primera película en Hollywood con Wiliam Powell. Foto: Movies from the 20’s – 60’s
Luise Rainer fue una gran defensora de la República Española, que en aquellos años luchaba para frenar el golpe de estado del general Franco. Recaudó fondos entre las gentes de Hollywood para rehabilitar un castillo en el sur de Francia para acoger a niños republicanos que escapaban de la guerra, también para la financiación del famoso documental sobre la contienda: Spanish Earth (Tierra de España), con Ernest Hemingway como narrador y bajo la realización de Joris Ivens, y en la adquisición de vehículos para la Cruz Roja Republicana.
En mi novela Luise parece ya en el primer capítulo, dándose la circunstancia de que este se desarrolla en agosto de 2014, en el aniversario de la liberación de París por La Nueve y, mientras terminaba el texto, la actriz falleció en su casa de Londres el 30 de diciembre de aquel mismo año a los 104 años de edad.

París 25 de agosto de 2014
Había transcurrido tanto tiempo que no sabía si tenía recuerdos o tan solo eran los recuerdos de los viejos recuerdos. Los acordes le llegaban desde el exterior, claros y diáfanos; la banda militar interpretaba el himno de Francia. Sus sones, semejantes a los más antiguos cantos por la libertad, ascendían hasta el balcón de la habitación de Nicoletta Cervi. En uno de los sillones reposaba una revista francesa; en su portada, junto con la penúltima noticia sobre los apaños del ex presidente Sarkozy, aparecía una foto de la reciente visita de los reyes de España. No pudo por menos que sonreír, la cara de los jóvenes monarcas no se mostraría tan halagüeña si pudiesen presenciar lo que en aquel momento sucedía en la plaza. Pese al estallido canoro y triunfal de la Marsellesa, abrió de par en par la cristalera. Una fina lluvia caía sobre la plaza, las gentes se arremolinaban frente al escenario y en los alrededores bajo un bosque de paraguas multicolores. Los focos pintaron en la noche sobre el edificio del ayuntamiento parisino los colores azul, blanco y rojo. Nicoletta cogió su móvil y marcó un número de Londres. La voz del otro lado del auricular, desde el 54 de Eaton Square, respondió con la alegría de una niña.
– ¿Nicoletta?
– Sí, Luise, soy yo. Ya comienza.
– Puedo oírlo, qué emoción, querida amiga. Por favor, cuéntamelo todo. Dime cómo está nuestro París. ¿Qué sucede en plaza?
Nicoletta limpió el vaho del vidrio sobre el que resbalaban pequeñas perlas de agua formando sinuosos cauces y se perdían en los listones de los cristales superiores de la ventana de cuarterones para aparecer en los inferiores ya con un recorrido distinto. Algunas de las ramblas de gotas se encontraban en un punto para descender juntas hasta el final; le pareció una alegoría de la vida misma. Pegó entonces la nariz en el cristal para tener mejor visibilidad.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores).

Luise recibiendo su primer Oscar por El gran Ziegfeld (1936)
El gran
El Gran Ziegfeld. Foto: Movies from the 20’s – 60’s
Los Ángeles, California, 1937. Luise Rainer
La ceremonia de los Premios de la Academia estaba a punto de dar comienzo. Las estatuillas para los premiados aguardaban como un ejército de espadachines desnudos; Oscar, el apodo de aquel calvito brillante y deseado corría de boca en boca embromando a la organización. Corrían un par de versiones sobre la procedencia del nombre con el que habían bautizado cariñosamente al trofeo. Fuese idea de unos o de otros, todos coincidían con que el modelo dorado de la estatua era un tipo feo. Pese a ello, era el más codiciado. El prestigio que suponía llevárselo a casa se consideraba un impulso notable para la carrera de cualquier actriz o de cualquier actor.
Aquel año habían sido nominadas para mejor actriz una pléyade de estrellas hollywoodienses que eclipsaban a las celestiales, entre ellas Carole Lombard por su interpretación en la película Al servicio de las damas. Algunos medios de comunicación pronosticaban su triunfo; iba a conseguir su primer trofeo de la Academia. En el salón del Biltmore Hotel de Los Ángeles todos los invitados estaban pendientes de la actriz. Su papel en el film merecía muchos menos elogios que su imagen encantadora y radiante que había conseguido cautivar al mismísimo Clark Gable, desde que habían coincidido en el rodaje de Casada por azar.
En su casa, Luise Rainer, observaba a lo lejos las luces del Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del río Porciúncula, como la bautizaron sus fundadores españoles, y a la que ahora todo el mundo conocía como Los Ángeles. Imaginaba la Grand Avenue repleta de un público enfervorizado y a los invitados al acto impacientes por conocer a los ganadores. Su jefe Louis B. Mayer había insistido hasta la saciedad para que asistiera a la entrega de premios, no en balde ella también estaba nominada a la mejor actriz por El Gran Ziegfeld. Sin embargo, convencida de que el premio recaería en Carole, prefería disfrutar de una velada tranquila con su esposo Clifford. Sus certidumbres tenían una base sólida, pese a estar muy satisfecha con su papel. Era, tan solo, su segunda película, el primer musical, y la Lombard una rutilante estrella con docena y media de exitosas películas en su haber y convertida en protagonista de La reina de Nueva York. Sabía que Hollywood era un mundo difícil y ella apenas hacía dos años que había aterrizado en los Estados Unidos. Por otra parte, era conocida por su apoyo a la causa republicana española y el mundo del cine desconfiaba de su ascendencia alemana. Un coctel demasiado explosivo para ser saboreado sin atragantarse por el público americano, complaciente con divorcios, infidelidades y escándalos, pero poco indulgente con los temas políticos y las ideas progresistas.
En una de las mesas del Biltmore Hotel, Louis B. Mayer todavía confiaba en que la Metro se llevaría alguna de las estatuillas. Hubiera querido que Luise estuviese allí, no consideraría ninguna vergüenza que su pupila fuese derrotada por la Lombard, además confiaba en que El Gran Ziegfeld obtuviera el premio a la mejor película. Comentaba nerviosamente con su esposa Margaret Shenberg y con el jefe de publicidad de la MGM, Howard Strickling, los pormenores de la velada. Desde el improvisado escenario, el maestro de ceremonias George Jessel iba anunciando los premios. Al llegar al de mejor actriz pidió a Bette Davis, vencedora el año anterior, que hiciera la entrega de la estatuilla a la nueva ganadora. El nombre de Luise Rainer sonó fuerte y potente en toda la sala. Mayer pegó un brinco y ordenó a Howard que saliera pitando para traerse a Luise a la ceremonia, mientras rogaba a Jessel que continuara con el resto de los premiados hasta que llegara su actriz.
Luise Rainer apareció en el Biltmore Hotel apenas una hora después con un bonito vestido blanco, para entonces El Gran Ziegfeld ya había recibido la estatuilla a la mejor película y a la mejor coreografía. Se dirigió al escenario con paso firme y decidido. George Jessel cogió la estatuilla y sin llamar a Bette Davis de nuevo, se la entregó a la vencedora. Luise en su breve parlamento dio las gracias a sus compañeros de reparto y habló a los asistentes de un país que desde hacía varios meses luchaba por sus libertades. Todos se dieron cuenta de que la nueva estrella de Hollywood, además de ser una buena intérprete, se interesaba por más cosas que no fueran el celuloide y el glamur.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Autógrafo de la actriz

Su segundo Oscar consecutivo por La buena tierra (1937)

La Buena tierra. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

Foto de Luise Rainer en París por Robert Capa
La actriz estaba de gira por Londres con la obra Behold the Bridge en el Shaftesbury Theatre y había querido viajar a París, “mientras pueda hacerlo”, había dicho. Robert le hizo unas magníficas fotos frente al edificio de l’Opéra Garnier. Luego comieron los cuatro en un restaurante cercano. Durante la sobremesa, Luise se interesó por los últimos momentos de la República y el éxodo de los vencidos. Cuando le hablaron de los campos de internamiento y de la maternidad de Elna, prometió recaudar fondos entre sus amigos de Hollywood para los niños españoles. “Tal vez tarde mucho tiempo en regresar a París”, comentó y al despedirse les dijo: “Ojalá viva suficientes años para ver reinstaurada la República en España”. Ellos sonrieron encandilados.
Al regresar al 37 de rue Froidevaux, Capa se mostraba intranquilo por las palabras de Luise.
– Creo que tenéis razón y que la amenaza de guerra es muy real. Yo soy un judío escapado del “paraíso” nazi. Deberíamos largarnos a los Estados Unidos, mi madre vive allí con mis tías desde que se separó de mi padre. Podríamos pedir a la embajada norteamericana el visado correspondiente, tú eres italiano Pietro y tú, Hugo, puedes demostrar que tus padres viven en La Habana y que vas a visitarles vía Nueva York…
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Uno de los vehículos de la Cruz Roja para la República Española financiados por las actrices actores y escritores de Hollywood. En la parte trasera, solo, en el centro, podemos ver el nombre de Luise Rainer.

Fue esposa del escritor Clifford Odets y más tarde el publicista Robert Knittel. En la foto con este último.
El final de año se acercaba y Hugo quiso llevar a Nicoletta al teatro. Al placer de ver la obra de Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de autor, se añadía la de tener la oportunidad de volver a saludar a la primera actriz de la obra. Luise Rainer encabezaba el cartel en el Shaftesbury Theatre y al final de la representación saludó con efusividad a la pareja. Decidieron ir a cenar al hotel Waldorf donde se hospedaba Luise y celebrar el encuentro. Iniciaron la conversación rememorando aquella sesión fotográfica con Capa, recordando el París alegre y bullicioso que ahora sufría la ocupación nazi. Luise matizaba el adjetivo nazi con mucho énfasis, tratando diferenciar a los alemanes de aquellos fanáticos de ideas totalitarias.
– Una nación que no cree en sus intelectuales, en la cultura de sus pueblos y que incluso la ridiculiza, está llamada a fracasar y es ahí donde quiere llevarnos Hitler.
La conversación fue fluida y amena, Nicoletta no podía ocultar su admiración por Luise, si su actuación en el escenario le había parecido maravillosa, su naturaleza era arrolladora. Tampoco a Luise le paso desapercibida la conversación y la personalidad de Nicoletta.
– Así que eres siciliana, ¿no es cierto? Como Pirandello.
– Efectivamente, él era de una pequeña población cercana a Agrigento, apenas a 120 kilómetros de San Giovanni. Gracias a su Nobel, muchos sicilianos supieron lo que eran los premios del inventor sueco, incluso algunos empezaron a leer.
Luise estalló en una franca carcajada.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Se sintieron cómodos, era el regalo de aquella noche londinense en vísperas de finiquitar un año en el que medio mundo había combatido contra el otro medio, cuando las diferencias entre los seres humanos son tan pocas que ni siquiera las ideologías ni las religiones son capaces de definirlas si no es con las armas, el odio, el dinero o la represión. Dos horas bastaron para que naciera entre las dos mujeres un sentimiento de amistad y confidencia, tanto que Luise se sintió reconfortada por contarle a Nicoletta su reciente separación del dramaturgo Clifford Odets.
– Fue un error, no le quería, pero me sentía tan sola y desplazada en Hollywood… Allí, por lo general, el amor forma parte de los contratos artísticos y la pasión dura lo que el rodaje de una película.
– Lo siento mucho – dijo Nicoletta, tratando de consolarla.
– No te preocupes querida, la verdad no es mala solo es inexorable y pronto me consolaré; el mes que viene regresó a América para actuar en un musical: A Kiss for Cinderella, que se estrenaráen el “Music Box Theatre de Nueva York”, ojalá pudierais asistir.
– Me temo que hasta que no acabe esta guerra no nos será posible – respondió Hugo con una sonrisa.
Mientras duró la estancia de Luise en Londres, Nicoletta compartió varias tardes con su nueva amiga. Entre otras cosas, le habló sin parar de Fiorella, que Luise conocía por aquellas referencias de París que la habían convertido en el ángel recaudador de la maternidad de Elna. Aquellas reseñas de la bella enfermera siciliana tendrían unas consecuencias insospechadas.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Con Charles Champlin

Con Albert Einsten

Con Fellini y los actores de La Dolce Vita

Con otros autores y actrices de Hollywood. Luise-Rainer-Clark-Gable-Jean-Harlow-Norma-Shearer Foto:classic-movies-29852725-475-372

Autógrafo de la actriz. Foto: Movies from the 20’s – 60’s

La impaciente voz de Luise Rainer sacó a Nicoletta de sus pensamientos, sin darse cuenta se estaba acariciando el vientre como setenta años antes en Roma.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)


Foto: Luisa Rainer web.
Su página de Twitter: https://twitter.com/LuiseRainer

Presentación en Utebo. Tuve una excelente presentadora: Rosa Magallón y una no menos excelente organizadora: Mará Luisa García.

Presentación en el barrio de Torrero de Zaragoza con la actuación del Coro Libertario de la República independiente de Torrero. Genial


Y ayer tuvo lugar la presentación de la novela en La Cartuja (Zaragoza), en su precioso Refectorio. El acto fue magnífico y emocionante con la presencia de Felix Moreno en la mesa y las actuaciones del Trío Sonors, que interpretó la «Vie en rose» y «Arde París», la de Jesús Escartín Otín que recitó maravillosamente el poema «Soldado» de Goytisolo y la del grupo Adebán, que, entre otras, cantó: «Rosa la dinamitera». Posteriormente disfrutamos de la formidable actuación del grupo Capitán Mundo. Todo un espectáculo. Mi agradecimiento a la AAVV Jeronima Zaparta de La Cartuja y a su ayuntamiento, a Yolanda que vendió casi todos los ejemplares de la novela y a todos los participantes y asistentes. Y por supuesto a Ana, autora de todas las fotografías.
Bajo dos tricolores.

El Trío Sonors








LA BATALLA DE TERUEL EN PINGÜINOS EN PARÍS (BAJO DOS TRICOLORES)
Tal día como hoy, un 15 de diciembre de 1937 se iniciaba la Batalla de Teruel. Un combate en el que, además del enemigo, ambos bandos tuvieron que enfrentarse a un enemigo común: el frío. La ofensiva republicana, tenía por objeto evitar que los franquistas continuaran su avance hacia el Mediterráneo y cortaran en dos la zona republicana. El ataque se inició a las 15h., bajo una intensa nevada y sin preparación artillera para no alertar a la guarnición. El día 22 entraban los gubernamentales en la ciudad, se luchó calle por calle, y casa por casa. Para Navidad había cesado toda defensa golpista y la bandera republicana ondeaba en la capital turolense.
La Batalla de Teruel es recreada, contada y sentida en las páginas de mi novela.

Tropas republicanas entrando en Teruel. Foto: Alfonso Sánchez
La ciudad de Teruel era el paradigma de un frente de guerra total. Ambos bandos tenían que soportar los veinte grados bajo cero de aquel diciembre. Era la batalla del frío. Los republicanos habían conseguido tomarla al iniciarse el nuevo año, calle por calle, edificio por edificio y casa por casa, capturado más de tres mil prisioneros. La moral estaba alta. Hugo y su compañía, encuadrada dentro del llamado Ejército de Levante, vigilaban el posible intento de recuperar la ciudad por los numerosos refuerzos de los sublevados llegados a la zona. Para los golpistas no solo era una cuestión de prestigio reconquistar Teruel, aquel era el punto de partida para avanzar hasta Castellón y llegar al Mediterráneo. Franco estaba furioso, su pretendido asalto final a Madrid partiendo de una ofensiva por Guadalajara tendría que esperar, si no quería que se hundiese el frente de Aragón.
Los soldados se cubrían con largos capotes, gorros de lana, incluso con mantas. El frío era un enemigo para todos; congelaba los miembros y arrugaba el alma. Desde el interior de los destruidos edificios se veía el viaducto y al fondo la ciudad. Su conquista había dejado a Teruel convertida en escombros. En sus bellas torres mudéjares, el efecto de las granadas y los obuses semejaban mordiscos de un ser monstruoso.
Párrafos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

El frío, el peor enemigo. Foto del blog: El club de los poetas muertos.
Magnífico reportaje sobre la batalla: http://poetasmuertosjinetes.blogspot.com.es/2013/02/batalla-de-teruel-la-caballeria.html

Ernest Hemingway en Teruel. Foto de Alfonso Casas.

Carros T-26 en Teruel. El César delirante: La batalla de Teruel.
Artículo muy interesante sobre la batalla:
http://www.librosywargames.com/index.php?page=la-batalla-de-teruel-1937-1938

Teruel, el Acueducto. Foto: Robert Capa
Unas casas derruidas, que protegían estratégicamente el viaducto que daba acceso a Teruel desde el barrio del ensanche, eran el cuartel general de la compañía de Hugo y el resguardo para que los cañones y la aviación fascista no les hicieran añicos. Pietro entró en el puesto de mando, lucía los galones de sargento por su valor y liderazgo durante el asalto a la ciudad. El lugar era una sala, otrora el espacioso comedor de una de las casas bombardeadas, que todavía seguía en un estado aceptable. Una mesa de despacho con cierta documentación, la de comedor con planos extendidos de la ciudad y alrededores, y algunas sillas, eran todo el mobiliario.
Endre entró en la estancia, con sus cámaras al cuello, su sonrisa franca y un chaquetón tres cuartos de oficial republicano, sin ningún tipo de emblema, a buen seguro comprado en el mercado negro. Se saludaron efusivamente pese a ser la primera vez que se veían. Hablaron largo rato de Madrid, del frío y de Gerda.
Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)
Cine Anarquista español. Dos interesante reportajes sobre la caída de Teruel. Uno en la misma ciudad y el otro desde Catalunya con presencia del presidente Companys.

Philippe Leclerc de Hautecloque fue designado comandante de las Fuerzas Francesas de Liberaciónen del Chad, en enero de 1941 y poco después, el 1 de marzo de 1944 tomaba Koufra a los fascistas italianos. Al día siguiente Leclerc hizo jurar a sus hombres, en su mayoría por tropas indígenas, que tomarían Estrasburgo.
…Juramos no abandonar las armas hasta que nuestros colores, nuestros bellos colores, ondeen sobre la Catedral de Estrasburgo. Dijo Leclerc

Foto: El Litoralcom.ar
La decisión de dar el mando a Leclerc de la Segunda División Blindada no tuvo opositores. Aquel joven militar, capaz de sacar lo mejor de sus tropas, debía de aglutinar fuerzas para dotar a su división de los mejores hombres. En esta ocasión, no podía contar con sus soldados del Chad que le habían acompañado en todas las campañas desde Gatroun a Kufra y dónde les hizo jurar que no abandonarían las armas hasta que la bandera francesa ondeara en Estrasburgo. Curiosa situación la de aquellos hombres de color, de etnias y de religiones distintas, jurando recuperar una ciudad de la que ni siquiera conocían su emplazamiento, entusiasmados por la arenga de un joven oficial que apenas contaba cuarenta años, de aspecto frágil, ademanes enérgicos y ascendencia aristocrática. Ahora, aquellos soldados que habían combatido ferozmente a su lado eran enviados a sus casas y a sus aldeas. Pero antes fueron obligados a devolver sus armas y sus nuevos uniformes, con lo que tuvieron que regresar con los viejos, desgarrados y mendicantes.
Párrafo de Pingüinos en París

Leclerc recurrió a los valientes republicanos españoles para que fueran la base de su división. La primera incorporación había sido la del francés Joseph Putz, un héroe de la Primera Guerra Mundial y combatiente en la Guerra Civil española, donde había comandado fuerzas de las Brigadas Internacionales y que conocía muy bien el valor de los españoles. El sistema de reclutamiento empleado por Putz tuvo poco de ortodoxo: fue convenciendo a los españoles de los Cuerpos Francos y de la Legión Extranjera para que se incorporaran a la nueva división, en concreto a su batallón adscrito al III Regimiento de Marcha del Chat. Para promover este enganche contaba con uno de los capitanes más prestigiosos de la Legión Extranjera, Miguel Buiza. Así que fueron captando a cuantos españoles pudieron. Muchos combatientes republicanos desertaron de sus otros destinos para ser incluidos en la 2ªDB, incluso cambiaron de nombre y falsificaron su documentación. Otro de los colaboradores de Putz en las tareas de reclutamiento fue Miguel Campos, un canario de rostro ovalado y frente despejada, carácter introvertido, valiente y audaz; su brillante dialéctica era capaz de convencer a cualquiera y su mayor obsesión consistía en regresar a España para proseguir la guerra contra Franco. Miguel se dedicó a visitar a sus compatriotas de otros batallones para incorporarlos al de Putz. Convenció a cientos de ellos. Pronto el batallón fue conocido como el “Batallón Hispano o el de los Pingüinos”.
Extracto de Pingüinos en París

El Brunete en Alsalcia

Sherman de la División Leclerc en Badonviller, Wikipedia
En octubre de 1944, la 2DB atraviesa el Mosela, El “sous-groupement” del teniente coronel La Horie se instala en Xaffevillers, dentro del regimiento, La Nueve, será una de las compañías más combativas. En estos ataques La Nueve tendrá las bajas siguientes.
Una pieza clave de la línea defensiva alemana es Baccarat, en la Lorena, y a menos de cien kilómetros de Estrasburgo. Leclerc envía a La Horie y asus hombres a tomar Badonviller, por el norte. La Nueve, mandada por Amado Granell – Dronne está ausente – será la infantería mecanizada que romperá las primeras resistencia alemanas. La toma del pueblo de Badonviller tiene que hacerse casa por casa. Durante estos combates perderán la vida los siguientes componentes de La Nueve:
También falleció en el ataque el comandante de la unidad el teniente coronel La Horie, entre otros muchos.

Memorial de La Horie en Badonviller, wikipedia:
El 20 de noviembre Putz visita a La Nueve y felicita a sus hombres por su coraje en Badonviller. Granell está extenuado. El día 22 abandona definitivamente La Nueve.
Estrasburo es liberado el 23 de noviembre de 1944

Foto de AP PHOTO. Half -track de la 2DB en la ciudad de Estrasburgo.


La compañía permaneció en su puesto, su deber era proteger la retirada de los restos de la brigada. En la cercana Flix, aprovechando las sombras nocturnas, la XI y la XV cruzaron por la pasarela tendida en Ribaroja y por el puente de hierro. Los blindados y la brigada 31 se retiraron por la pasarela tendida al sur del pueblo, mientras la 33 lo hacía por la pasarela del norte de Ascó. Los jefazos, es decir, el general Tagüeña, el comisario Fusimaña y Soroka el consejero soviético, pasaron con la XI brigada al otro lado del Ebro.
A las once de la noche dieron a la XIII la orden de replegarse sobre Flix. Aprovechando las sombras nocturnas se apostaron entre las ruinas del pueblo a la espera de un ataque inmediato. Sin embargo, el enemigo avanzó por el lado opuesto para tomar Ascó, oyeron los cañonazos desde sus posiciones y luego un silencio sepulcral. Flix, embolsada sobre el meandro del río, era la última posición republicana al oeste del Ebro.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Al Al día siguiente recibieron la orden de replegarse y atravesaron el puente que les devolvería a las posiciones de donde habían partido casi cuatro meses antes. La XIII fue la última en pasar. En la batalla, la República había dejado miles de sus mejores combatientes muertos o prisioneros. Se replegaron en orden, aprovechando una extraña calma en el frente, parecía como si los franquistas les permitieran huir. Tal vez pensaban que no había prisa y que aquel puñado de hombres caería tarde o temprano. La suerte, lo sabían todos, estaba echada.
A las cuatro y media de la madrugada del 17 de noviembre, los pontoneros de la 35 división del Ejército Popular prepararon la voladura del puente de Flix. Hugo y sus hombres pasaron al otro lado, retrocediendo de espaldas para que no les sorprendiera el enemigo. Hugo y Pietro cruzaron los últimos. Cinco minutos después, un estampido les forzó a volver el rostro hacia el puente. Cegados por un gran resplandor apenas pudieron apreciar cómo todo el armazón gemía al ceder la estructura metálica. Tramos y piezas caían con estrépito a las aguas del Ebro. Con aquel puente volaban también las últimas esperanzas. En el aire se escuchaban los acordes de una guitarra lejana para acompañar una canción popularizada en el Jarama con otra letra y que en su origen hablaba de un río rojo, como el Ebro, teñido con la sangre de los valientes: Mira el río y el valle que has dejado, y a este corazón que ahora guarda, la pena tan amarga de tu despedida. La República había perdido la guerra.
Fragmento de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)
