Pingüinos en París en Monzón

El domingo día 10 estaré en la Feria del Libro de Monzón firmando ejemplares de la novela por la mañana y a las cinco de la tarde la presentaré en el recinto ferial. Los Pingüinos me acompañarán, la hora es de lo más torera, porque a uno de mis personajes y oficial de La Nueve, Martín Bernal (Garcés), antiguo novillero le hubiese encantado. Me alegra que la Asociación la Bolsa de Bielsa sea un colaborador activo de la presentación

 

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Dietrich von Choltitz en Pingüinos en París.

En la novela se relatan las difíciles  decisiones  que tuvo que tomar  Dietrich von Choltitz, general en jefe de la guarnición alemana en París, ante la llegada de los aliados. El día 9 de noviembre se cumplirán 123 años del nacimiento del militar prusiano en Laka Prudnika en la actual Polonia. El pasado 5 de noviembre se cumplieron 51 años de su muerte en Baden- Baden(Alemania). Von Choltitz sobrevivió muchos años a su posible muerte en un París incendiado y destruido (un nuevo Stalingrado) como pretendía Adolfo Hitler.

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En Pingüinos en París se cuentan sus últimos momentos de libertad antes de que La Nueve entrara en la capital parisina la tarde del 24 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París:

Dietrich von Choltitz, desde el hotel Maurice, ordena que aquella noche no se perpetren más ataques y que las fuerzas solo se limiten a defenderse, incluida la Gestapo y los partidarios de Vichy, pretende disfrutar de una velada en calma; ha decidido no dinamitar la ciudad. Sin embargo, conoce al estado mayor de Hitler y sabe que en cuanto sepan que la orden de incendiar París no se ha cumplido será destituido y arrestado, y le consta que su sustituto, si le dan tiempo, no tendrá ninguna contemplación ni con la ciudad ni con él. Pide que le sirvan una copa de Henri IV Dudognon Heritag en el salón, bajo la cúpula acristalada del Jardín de Invierno. Su ayudante trata de permanecer a su lado, pero con un gesto de su mano le indica que prefiere estar solo. Aspira profundamente el aroma del coñac con cien años de cautiverio en barrica, lo saborea lentamente y se felicita de que los aliados ya estén en la capital; aunque, con toda seguridad, esto represente su última noche en libertad, incluso su última velada; es consciente de que, cualquier otro retraso de los aliados, hubiera tenido consecuencias catastróficas para la capital. Pide otro coñac y sube a la habitación, desde su ventana contempla la Torre Eiffel entre las sombras nocturnas, erguida y a salvo; levanta su copa y brinda por París.

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Dietrich von Choltitz, fue arrestado por tres españoles.

Se trataba de un extremeño llamado Antonio Gutiérrez, el aragonés Antonio
Navarro y Francisco Sánchez, sevillano de pura cepa. Atravesaron
el lujoso hall y subieron al primer piso donde encontraron al general con su Estado Mayor. Los alemanes viéndose encañonados se rindieron al trío de españoles. Uno de los oficiales les dijo en francés algo sobre las leyes de la guerra. Gutiérrez no entendió del todo el discurso del alemán y respondió con el argumento que le pareció más persuasivo. “Somos españoles y si nos os rendís os pegamos cuatro tiros”, les dijo. Entonces intervino Von Choltitz y dirigiéndose al extremeño solicitó rendirse a un oficial francés de rango. Entraron Hugo y Pietro y sin dejar de encañonarles esperaron la llegada de comandante La Horie. A partir de aquel momento, el general alemán cursó la orden para el alto el fuego a la guarnición alemana de París. Desde las 12.30 ya ondeaba en la Torre Eiffel la bandera tricolor francesa.
Se encomendó a los tres españoles que le habían detenido, el traslado del gobernador militar a la prefectura en L’Ille de France. Antes de salir del Maurice, en aquellos salones que le habían hecho soñar, Von Choltitz, ya un tanto más reposado, se quitó el reloj de la muñeca y se lo entregó a Gutiérrez.

– Es mi regalo por saber respetar las reglas de guerra – le dijo.

Fragmento de Pingüinos en París

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Con el general Leclerc, comandante de La 2DB la División donde estaba integrada La Nueve.

Firmando la rendición.

Estreno de ¿Arde París?

DE PELÍCULA

El 26 de octubre de 1966 se estrenaba la película ¿Arde París? dirigida por René Clément, que cuenta los hechos acaecidos en la liberación de París, donde los españoles de La Nueve, es decir, los Pingüinos, tuvieron un gran protagonismo.

El guión del film se basó en el libro homónimo de Larry Collins y Dominique Lapierre. El guión estuvo a cargo del escritor Gore Vidal y por un joven  Francis Ford Coppola.

 

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Un gran número de actrices y actores proporcionaron un elenco difícil de igualar:

 

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Jean-Paul Belmondo, Charles Boyer, Leslie Caron, Jean-Pierre Cassel, George Chakiris, Bruno Cremer, Claude Dauphin, Alain Delon, Kirk Douglas, Pierre Dux, Glenn Ford, Gert Fröbe, Daniel Gélin, Georges Géret, Hannes Messemer, Harry Meyen, Yves Montand, Anthony Perkins, Michel Piccoli, Wolfgang Preiss, Claude Rich, Simone Signoret, Robert Stack, Jean-Louis Trintignant, Pierre Vaneck, Marie Versini, Skip Ward, Orson Welles, Michel Etcheverry, Billy Frick.

Aquí os incluyo algunos de los más importantes y, al final, una interesante investigación  de Jalyne Llorens B sobre la película con todas sus actrices y actores, incluso los que les doblaron en francés; una maravilla.

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Leslie Caron

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Charles Boyer

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Jean-Paul Belmondo

 

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Jean- Pierre Cassel

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George Chakiris

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Bruno Cremer

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Claude Dauphin

 

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Kirk Douglas

 

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Orson Welles

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Alain Delon

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Glenn Ford

 

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Anthony Perkins

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Gert Fröbe. En el papel de Dietrich Von Choltitz, el general, jefe militar de París, arrestado por tres españoles componentes de la División Leclerc.

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Claude Rich, interpretando al  General Leclerc , uno de los protagonistas de Pingüinos en París.

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Simone Signoret

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Georges Staquet. En el papel de Raymond Dronne, capitán de La Nueve y uno de los protagonistas de la novela.

 

 

Aquí tenéis la relación de las actrices y actores, con lo papeles interpretados, gracias a un vídeo de Jalyne Llorens B

 

 

La entrada en París de La Nueve.

 

Aquí en el minuto 3.35 se reconstruye el momento en que el general Leclerc ordena al capitán Dronne que entre en París “con lo que tenga” y con » no haga caso de las órdenes “estúpidas” de los americanos». En el minuto 5.23  en el jeep de mando el capitán Dronne se informa de cómo avanzar y el minuto 5.30 veréis pasar al Madrid – en aquellos momentos a 10 kilómetros de allí – y en el 5.34 al Teruel, que sí fue uno de los que entraron la noche del 24 de agosto y en el 6.02 se reconstruye la llegada del primer half-track (El Guadalajara) al ayuntamiento parisino.

Bien, los franceses y norteamericanos siguen haciendo «chauvinismos» y a pesar de que incluir parte de la película para que se viera el momento que describo, trataba de ser una forma de homenaje al film, esto ha sido censurado. No importa, la gesta de La Nueve empieza a conocerse en todas partes.

 

 

 

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Dibujo de Annie Dream en la novela.

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Miguel Hernández en Pingüinos en París

Miguel Hernández tiene un par de  apariciones en mi novela. Hoy día 30 de octubre se cumple el aniversario de su nacimiento en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Miguel fue uno de los poetas de aquella Guerra Incivil que separó a los españoles. En homenaje.

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Su compromiso político le llevó a luchar por la República hasta el último momento y a morir por sus ideas. Sus versos están cargados de este compromiso y de esta lucha. Joan Manuel Serrat puso música y sentimiento a muchos de sus poemas.

 

Dedicado a su esposa Josefina Manresa

 

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Para la Libertad

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

 

 

Hijo de la Luz y de la sombra

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Llegó con tres heridas.

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

 

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Fragmento de Pingüinos en París.

Al día siguiente partían los brigadistas. En algunos lugares lucharon
durante todo el día y muchos murieron en vísperas de su repatriación. Dieron su vida por sus ideales y por una tierra que siempre permanecería en la memoria de los que sobrevivieron. El comisario de cultura del Quinto Regimiento, un poeta alcoyano llamado Miguel Hernández, dedicó aquel día un poema a los brigadistas caídos:
«Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.»

 

Tu eres uno de aquellos: Serrat- Hernández

 

Fragmento de Pingüinos en París.

Toda la ciudad amaneció con pancartas y carteles alusivos al acto de despedida. Barcelona pretendía celebrar un gran homenaje a todos aquellos hombres, de más de cincuenta países, que habían luchado por la causa republicana. Sabía por una carta de Hugo, la última que había recibido y de eso hacía casi un mes, que Pietro no estaría con los repatriados. No era el único italiano que se quedaba. Los dos bandos seguían contando con compatriotas, el republicano por la imposibilidad de regresar y el nacionalista por los engaños practicados por el Gobierno de Burgos.
La Avenida 14 de abril resplandecía cubierta de banderas, pancartas,
flores, guirnaldas y coronas de laurel. Atados a los árboles, colgaban carteles con los nombres de todos los batallones. Sus pasos la condujeron a la Avenida de Pedralbes. La multitud se concentraba cerca de la tribuna presidencial a la que tenían que acudir las personalidades. La aviación republicana sobrevolaba la zona para evitar ataques de los aviones fascistas. Empezaron a lanzar octavillas lo que provocó más de un susto entre la muchedumbre. Los papelitos cayeron lentamente, sin silbidos asesinos, planeando hasta llegar a las manos de los espectadores. “¡Salud, hermanos de las Brigadas Internacionales!”, decían. Nicoletta cogió uno de ellos y en un gesto automático lo guardó en su chaquetón, después de leerlo.
Negrín y Companys precedieron al resto de autoridades que fueron
ocupando posiciones en la tribuna mientras eran vitoreadas por la población congregada, eran las cuatro y media de la tarde. El general Rojo y el doctor Negrín se dirigieron en coche al palacio Presidencial para recoger a Manuel Azaña, jefe de Estado. Se inició el desfile bajo un enorme entusiasmo popular. Nicoletta se alejó unos metros del bullicio, pensaba en Hugo ¿Seguiría vivo? ¿Qué peligros y calamidades estaría soportando? La aviación lanzó de nuevo octavillas, esta vez era un poema dedicado a los brigadistas, firmado por un tal Miguel Hernández. Era emotivo, hasta hermoso. Tal vez Hugo y Pietro lo habían leído antes que ella, el último verso decía:

A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.

 

 

 

Operación Husky. La invasión de Sicilia en Pingüinos en París.

 

Mañana se cumplirá el 74 aniversario, fue la noche del 9 al 10 de julio de 1943, en plena II Guerra Mundial; empezaba la campaña de Italia. La llamada Operación Husky era la invasión de Sicilia. En “Pingüinos en París” podréis vivir estos momentos a través de sus personajes. Robert Capa, los generales  Patton  y Ridgway; Vincenzo y Alfonso; Vittorio y todos los San Giovanni o el desgraciado comportamiento del capitán John Compton  serán protagonistas de aquella invasión.  En particular el atleta alemán  Luz Long, que perderá su vida en la defensa del aeropuerto de Ponto Olivo.

La invasión comenzó con el lanzamiento de paracaidistas al sur y suroeste de la isla y el desembarco de tropas norteamericanas e inglesas. En las playas de Licata y Gela por el Séptimo Ejército estadounidense al mando del general George Patton y el Octavo Ejército británico en las de Siracusa, al mando del general Bernard Montgomery. El final de la operación terminaría el 12 de agosto con el triunfo aliado y la total conquista de la isla. Sin embargo, los italianos y los alemanes pudieron reembarcar hacia la península más de 100.000 hombres y 100.000 vehículos, por lo que la victoria aliada no fue tan exitosa como esperaba el alto mando y Patton, general en jefe de la expedición, no fue asignado para el asalto continental que recayó en el general Mark Wayne Clark.

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Los generales Patton y Montgomery preparando el asalto.

 

Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa miró asombrado por la ventanilla, acababa de sa­lir de la oficina de Relaciones Públicas del general Eisenhower en Argel y se dirigía a un aeropuerto situado en un desierto tunecino. Hubiese jurado que aquel grupo de soldados norteamericanos con el que se había cruzado hablaban español. “No puede ser”, pensó. Cuando el jeep sobrepasaba los transportes que conducían a las tro­pas que le habían sorprendido, le pareció ver que algunos de ellos desplegaban una bandera de la República Española. Quiso saltar del vehículo, pero necesitaba llegar a un lugar llamado Kairuán lo antes posible. Por un cúmulo de casualidades, tenía la oportunidad de lanzarse en paracaídas con las primeras unidades que aquella misma madrugada saltarían sobre Sicilia dando comienzo a la inva­sión del sur de Europa.

El jeep se detuvo frente a la tienda del general Ridgway, jefe de la 82ª División Aerotransportada. El general era el típico militar de escuela graduado en West Point, educado y agradable como buen virginiano, y enérgico y decidido como buen luchador. Recibió a Robert con cordialidad y con extremada franqueza.

– Verás, hijo, mi división procede de la infantería, todos mis hombres han tenido que lograr sus alas de salto en pocos meses. Somos la infantería alada – dijo entre risas.

– Mi intención es lanzarme con ellos y hacer un reportaje sobre la invasión.

– ¿Te has lanzado alguna vez en paracaídas?

– Nunca, señor.

– Vaya. Tal vez no sea lo más… ortodoxo exponerle al salto. Volaremos sobre Sicilia seis horas antes de que el general Patton y sus tanques desembarquen. Tomaremos posiciones en la retaguar­dia enemiga, usted irá en el avión de cabeza. Hará todas las fotos que pueda de mis hombres preparándose para saltar y durante el lanzamiento sobre la isla. Luego regresa en el mismo vuelo con el avión y puede enviar sus fotos del primer estadounidense sobre Sicilia, un soldado de mi división…

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 Tropas aliadas en Túnez preparando la operación  Husky

Fragmento de Pingüinos en París:

Los aviones dormitaban brillantes y silenciosos en las pistas del improvisado aeródromo de Kairuán. Capa y los soldados descen­dieron del camión y se dirigieron al aparato principal que encabe­zaba la hilera. Parecían fantasmas envueltos por las sombras de la noche y emparedados entre los dos paracaídas, cubiertos hasta las cejas por sus cascos de acero y portando sus armas en bandolera. Robert también vestía de esa guisa únicamente que de su cuello colgaban las dos cámaras que iba a utilizar. Los dieciocho hombres entraron en el transporte y se sentaron unos frente a otros en las banquetas. Capa se situó en la parte delantera dejando franca la puerta para el momento del lanzamiento. Rugieron los motores y las hélices giraron a la velocidad y en el sentido del destino incier­to. El aparato hizo un giro de 90º y se situó en cabeza de pista. El despegue fue perfecto y las luces interiores se amortiguaron deján­dolos en semioscuridad. Se miraban unos a otros sin decir nada. Capa preparaba su Leica.

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Robert Capa

Fragmento de Pingüinos en París:

No hizo falta anunciarles que sobrevolaban sobre Sicilia. Las explosiones de las baterías italianas y alemanas producían deste­llos de verbena que iluminaban el interior del avión y recortaban el semblante de los soldados pintándoles contraluces en el rostro. Una explosión sacudió al aparato en forma de malavenida. El piloto giró los mandos al divisar la costa siciliana. Pese a las explosiones y a las sacudidas nadie comentaba nada. En el interior de la nave todo era silencio, tan solo roto por los flashes de la Leica de Capa. Algunos comenzaron a vomitar, un olor a agrio se extendió por el avión. Por delante de la flota de transporte, los bombardeos trata­ban de hacer añicos las defensas enemigas. No obstante, restaban piezas antiaéreas en número suficiente para hacerles pasar un mal momento, las balas trazadoras dibujaban resplandores de colores y como en un vals, los pilotos sorteaban los disparos rizando el vuelo hacia espacios menos violentos.

Se encendió la luz de salto. Primero la roja. Los hombres en­gancharon el seguro de las bandas metálicas del paracaídas para provocar la apertura automática. El oficial anunció lo que era ob­vio: “Preparados para saltar”. La luz verde iluminó la puerta de salto. Dieciocho almas volaron hacia la oscuridad. Capa captaba la instantánea de aquellos saltos. Las dieciocho bandas quedaron flo­tando hacia el exterior como serpentinas de una cabalgata. El avión, ya con solo un pasajero, hizo un giro de 180 grados para iniciar el regreso a tierras africanas. La llamada operación Husky estaba en marcha. En diversas zonas de la isla el cielo se llenó de hongos de seda cayendo mansamente sobre las llanuras y peligrosamente sobre los bosques. El viento y la oscuridad reinante no fueron los mejores aliados de los asaltantes, docenas de planeadores se estre­llaron, cayeron en manos del enemigo o se hundieron en el mar. A la 82ª Aerotransportada tampoco le fue fácil, la dispersión de los paracaidistas fue fatal para la reorganización de la división y cien­tos de ellos cayeron en manos de las patrullas italianas.

 

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 Defensas italianas

Fragmento de Pingüinos en París:

A las 2.45 horas de la madrugada las primeras oleadas aliadas pisaban el sábulo siciliano. Los infantes saltaron de las embarca­ciones y fueron recibidos por fuego de ametralladora y morteros. Algunas lanchas habían quedado encalladas entre las rocas y los hombres trataban de ganar a nado la playa. El amanecer coincidió con la llegada de los stuka alemanes y los gavilanes italianos, los Savoia-Marchetti S.M.79, que bombardearon a las flotas de desem­barco. Destructores, dragaminas y transportes aliados recibieron la visita de los pájaros del Eje. Desde Licata en el sur, hasta Augusta en el este, todo era confusión y combate. La 82ª División aero­transportada ya se batía el cobre frente a la 4ª División de Montaña italiana, la “Livorno”.

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Desembarco  en Gela

Fragmento de Pingüinos en París:

La radio de San Giovanni no paraba de trasmitir. Comunicaron a los aliados que una compañía alemana, apoyada por dos Panzer, avanzaba desde Ragusa camino del aeropuerto de Ponte Olivo en Biscari para pillar a la 82ª por retaguardia. Se les ordenó salir a su encuentro y detenerles el máximo de tiempo posible hasta que pu­diesen enviar un par de escuadrillas de ataque. Vincenzo habló con los carabinieri y les entregó de nuevo el control del pueblo.

– Los aliados ya están aquí, no hagáis ninguna tontería, necesi­tamos a todos los hombres. Mantened a mi hermano a Luigi a buen recaudo y a los otros arrestados. Volveremos en cuanto podamos – le dijo Alfonso al cabo.

– Vete tranquilo Alfonso, cuidaremos de todos. También de tus padres.

Alfonso asintió con la cabeza y sonrió. Sabía que sus padres no necesitaban protección, se bastaban por sí mismos. Decidieron es­perar a los alemanes en las afueras de Comiso. Se apostaron entre las ruinas de una granja destruida por la aviación americana. Al cabo de un par de horas, media docena de hombres armados y con indumentaria civil se acercaron. Los partisanos prepararon sus ar­mas. Desde una prudente distancia uno de los que se aproximaban gritó precavido. ¡Alfonso, soy Mario de Ragusa! El pequeño San Giovanni reconoció al hombre que le llamaba, era un vecino de la capital con fama de ser un barón de la mafia. Aquello bastaba para saber que en absoluto tenían nada que ver con los fascistas y así se lo dijo a Vincenzo y al resto de la partida…

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Desembarco de material en las playas de Sicilia. 

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 Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa había pasado toda la noche colgando de aquel árbol en un bosque de no sabía dónde. Le dolían los hombros de soportar su propio peso sujeto a las correas del paracaídas. Se decía a sí mis­mo que no estaba asustado y que alguno de sus compañeros de salto vendría a por él; se escuchaban cañonazos y disparos lejanos y eso le tranquilizaba porque era una clara señal de que no combatían en las inmediaciones. A pesar de todo, no se atrevía a pedir ayuda por si era escuchado por el enemigo o mal interpretado por los amigos ya que su inglés no era demasiado bueno y su acento demasiado oriental. Permanecía en silencio pensando en las circunstancias que le habían llevado a imitar a aquellos muchachos que fotografiara el día anterior. El general Ridgway le advirtió sobre las dificultades de convertir un soldado de infantería en paracaidista en poco tiempo y también de que los problemas se multiplican al tratar de transfor­mar un periodista en un fotógrafo volador de la noche a la mañana. Cavilando en estas cosas vio llegar el amanecer. Alguien le llamó a través del follaje.

– ¡Eh fotógrafo!, ¿no puedes bajar? – dijo una voz en inglés con acento norteamericano.

– No es eso, me estoy columpiando – respondió Capa, aliviado.

El soldado apareció sonriente entre las ramas superiores, por donde estaban enganchados los correajes y empezó a cortarlos con su cuchillo.

– Sujétese a la rama de abajo, voy a cortar el otro tirante.

Capa pensó que era un consejo obvio y práctico a la vez, por lo que lo siguió sin vacilar. Sintió un gran alivio al pisar tierra firme. Sus rescatadores eran tres de los paracaidistas que habían saltado con él.

– ¿Y el resto? – preguntó, mientras recomponía su atuendo.

– Dispersos. Tenemos que alcanzar el punto de encuentro o en­contrar alguna compañía amiga.

Llegaron a una granja donde fueron recibidos como liberadores. Sacaron un mapa de la región y el dedo arrugado del abuelo sicilia­no marcó un punto en el plano.

– ¡Sperlinga! – dijo, satisfecho de poder ayudarles.

– No estamos lejos de la vanguardia de la división – dijo el res­catador de Capa.

Los habitantes de la granja ofrecieron algo de comida y vino para los libertadores. Trataban de hacerles ver la simpatía que sentían por los norteamericanos. Muchos de sus paisanos habían emigrado en América y luchado entre las tropas aliadas, según les contaban. Los paracaidistas guardaron las viandas en sus macutos. Robert Capa observó los dedos moteados y arrugados del anciano señalando sobre el mapa el camino a seguir y el encuadre fotográ­fico de su cara arrugada, llena de pliegues y viejas sonrisas. Su Leica inmortalizó aquel rostro y aquella vestimenta campesina de pantalón holgado y cordel al cinto. El pequeño grupo reanudó su marcha camino de una colina rocosa que guardaba la carretera que conducía a Gangi.

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 Soldados británicos en Catania.

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Los norteamericanos entrando en Palermo.

 

El 180 Regimiento de la 45 ª División de Infantería norteamericana recibió la orden de tomar el aeropuerto de San Pedro. En el camino, una tonelada de proyectiles cayó sobre ellos. La sorpresa fue total porque el ataque provenía de su propia retaguardia. Los buques de la marina los machacaban lanzando su ciego fuego más allá de las defensas costeras. Los radiotelegrafistas pudieron enviar su mensaje aclaratorio pero dos docenas de infantes yacían despedazados por el fuego amigo. La indignación de la tropa fue inmensa.
El capitán John Compton les arengó con la rabia reflejada en el rostro. “No es culpa de la marina, los verdaderos culpables, los que de verdad han matado a nuestros compañeros están allí enfrente y mañana recibirán su merecido”, les dijo. Enterraron a sus muertos pensando únicamente en la venganza.
A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía.
“Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”
Avanzaron hacia una colina protegida por un búnker. Ya en sus cercanías tabletearon las ametralladoras de los defensores, sin demasiado éxito. Los asaltantes se pegaron al suelo y comunicaron la posición del recinto defensivo a su aviación. A los pocos minutos varios aparatos lanzaban sus bombas sobre el reducto y al atardecer sus defensores, entre ellos Luigi, abandonaban el búnker, eran cerca de cuarenta italianos y cuatro alemanes con los brazos en alto y enarbolando un pañuelo blanco. Compton y sus hombres les apresaron de inmediato. Les hicieron quitarse los zapatos y algunos soldados americanos les birlaron los pocos objetos de valor que llevaban. Compton ordenó que se alinearan. Mientras, un par de ametralladoras eran fijadas sobre la tierra con la frialdad de una práctica de tiro. Los prisioneros se miraban unos a otros incrédulos y atemorizados. Los disparos les pillaron casi de sorpresa. A la primera andanada Luigi y dos hombres huyeron colina abajo; el capitán sacó su pistola y disparó dos veces contra Luigi que cayó como un saco, los otros dos escaparon por el arroyo de Ficuzza. Los demás, caídos sobre la tierra en posturas de horror y de pasmo, permanecían inmóviles sobre el terreno con sus camisas negras empapadas de sangre. Compton remató a los que todavía vivían con la frialdad y eficacia de un asesino. Entre el túmulo de los ejecutados alguien parecía respirar todavía, era uno de los alemanes. Compton se acercó al agonizante de pelo rubio, rostro simétrico y cuadrado perceptible a pesar de la sangre que resbalaba sobre él; las balas del revólver del norteamericano se habían acabado, pidió a uno de sus hombres un fusil y le disparó al herido en la cabeza. La venganza había sido consumada. Compton se quedó un momento extasiado mirando el cadáver. Los canallas tienen tanto de imbéciles como de crueles.
Después de doce agotadoras jornadas desde el inicio de la invasión, los norteamericanos entraban en Palermo y Capa con ellos, fotografiando por doquier el entusiasmo de la población. Parecía una capital liberada del enemigo cuando en realidad su ejército había sido derrotado por aquellos sonrientes jóvenes que, a bordo de sus carros de combate y de sus jeeps, eran abrazados por los sicilianos que les daban la bienvenida.

 

 

 

 

 

 

Pingüinos en París, presentación en Barcelona.

 

El pasado día 21 de junio presenté en Barcelona mi nueva novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Quiero dar las gracias a todos los que estuvisteis y a mis lectores en general. Fue una gran tarde.

En la Casa del Llibre de Barcelona

Disfruté de con la presentación de José Manuel Aguirre

Con la familia

Con los lectores

Los amigos

Amigos de adolescencia…

Los amigos de adolescencia… y sus hijos.

Los compañeros de Olivetti

 

Los de la mili… y sus hijos

Otros escritores como Julia Villarés

Amigos editores

…hasta la hija de uno de los personajes de la novela.

Más familia

El público

Los más pequeños

Los Brotons

Con una cervecita.

¡Gracias a todos!