Madame Sitrì

Uno de los personajes de novela es una livornesa, madame Sitrì, que dirige el burdel más famoso de Livorno. La historia de la bella madame y su burdel livornés, la podéis leer en este enlace de esta misma página.

Sitrì y su casino

Sin embargo hoy quiero comunicaros que la pasada semana adquirí uno de los grabados del famoso pintor Renato Natali (Livorno 1883-1979) y que representa a la dama en cuestión. Como podéis observar en el margen izquierdo es el 36 de 50 grabados del original de Natali, cuya firma aparece en el margen derecho.

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Incluso un cantautor iteliano, Bobo Rondelli compuso hace unos años una canción referida a Sitrì y la Bella Livorno:

Sogna l’anima in pena di inabissarsi
In fondo agli occhi della sirena
Verdi come l’assenzio
Che la notte brilla sul mare nei porti
Cantava quel marinaio che dalla mia terra
Non volle salpare

Viaggio d’andata senza ritorno
Bella Livorno, mi fermo qui
Dentro a un bordello come apparì

Soldati poveri cristi
Vanno al calvario col fucile in mano
Qualcuno dal paradiso
Volle passare senza ammazzare

Viaggio d’andata senza ritorno
Bella livorno, mi fermo qui
Verso l’inferno o al paradiso
Come al bordello madame Sitrì

Lo que en castellano viene a decir:

Sueño, el alma en riesgo de hundirse

en el fondo de los ojos de la sirena.

Verdes como la absenta.

Esta noche brilla, como el mar en el puerto…

Aquel marinero cantaba desde mi tierra,

no quería navegar.

Viaje de ida sin regreso

Bella Livorno me quedo aquí.

Dentro de un burdel como los de París.

Soldados… pobres cristos,

van al Calvario con fusil en mano

Alguno al Paraíso

quisiera ir sin matar.

Viaje de ida sin regreso

Bella Livorno me quedo aquí.

En el Infierno o en el Paraiso…

como en el burdel  madame Sitrì.

 

 Parte de la historia de madame Sitrì y la de su época, la podéis encontrar en Pingüinos en París,  no os lo deberíais perder.

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Operación Husky. La invasión de Sicilia en Pingüinos en París.

 

Mañana se cumplirá el 74 aniversario, fue la noche del 9 al 10 de julio de 1943, en plena II Guerra Mundial; empezaba la campaña de Italia. La llamada Operación Husky era la invasión de Sicilia. En “Pingüinos en París” podréis vivir estos momentos a través de sus personajes. Robert Capa, los generales  Patton  y Ridgway; Vincenzo y Alfonso; Vittorio y todos los San Giovanni o el desgraciado comportamiento del capitán John Compton  serán protagonistas de aquella invasión.  En particular el atleta alemán  Luz Long, que perderá su vida en la defensa del aeropuerto de Ponto Olivo.

La invasión comenzó con el lanzamiento de paracaidistas al sur y suroeste de la isla y el desembarco de tropas norteamericanas e inglesas. En las playas de Licata y Gela por el Séptimo Ejército estadounidense al mando del general George Patton y el Octavo Ejército británico en las de Siracusa, al mando del general Bernard Montgomery. El final de la operación terminaría el 12 de agosto con el triunfo aliado y la total conquista de la isla. Sin embargo, los italianos y los alemanes pudieron reembarcar hacia la península más de 100.000 hombres y 100.000 vehículos, por lo que la victoria aliada no fue tan exitosa como esperaba el alto mando y Patton, general en jefe de la expedición, no fue asignado para el asalto continental que recayó en el general Mark Wayne Clark.

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Los generales Patton y Montgomery preparando el asalto.

 

Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa miró asombrado por la ventanilla, acababa de sa­lir de la oficina de Relaciones Públicas del general Eisenhower en Argel y se dirigía a un aeropuerto situado en un desierto tunecino. Hubiese jurado que aquel grupo de soldados norteamericanos con el que se había cruzado hablaban español. “No puede ser”, pensó. Cuando el jeep sobrepasaba los transportes que conducían a las tro­pas que le habían sorprendido, le pareció ver que algunos de ellos desplegaban una bandera de la República Española. Quiso saltar del vehículo, pero necesitaba llegar a un lugar llamado Kairuán lo antes posible. Por un cúmulo de casualidades, tenía la oportunidad de lanzarse en paracaídas con las primeras unidades que aquella misma madrugada saltarían sobre Sicilia dando comienzo a la inva­sión del sur de Europa.

El jeep se detuvo frente a la tienda del general Ridgway, jefe de la 82ª División Aerotransportada. El general era el típico militar de escuela graduado en West Point, educado y agradable como buen virginiano, y enérgico y decidido como buen luchador. Recibió a Robert con cordialidad y con extremada franqueza.

– Verás, hijo, mi división procede de la infantería, todos mis hombres han tenido que lograr sus alas de salto en pocos meses. Somos la infantería alada – dijo entre risas.

– Mi intención es lanzarme con ellos y hacer un reportaje sobre la invasión.

– ¿Te has lanzado alguna vez en paracaídas?

– Nunca, señor.

– Vaya. Tal vez no sea lo más… ortodoxo exponerle al salto. Volaremos sobre Sicilia seis horas antes de que el general Patton y sus tanques desembarquen. Tomaremos posiciones en la retaguar­dia enemiga, usted irá en el avión de cabeza. Hará todas las fotos que pueda de mis hombres preparándose para saltar y durante el lanzamiento sobre la isla. Luego regresa en el mismo vuelo con el avión y puede enviar sus fotos del primer estadounidense sobre Sicilia, un soldado de mi división…

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 Tropas aliadas en Túnez preparando la operación  Husky

Fragmento de Pingüinos en París:

Los aviones dormitaban brillantes y silenciosos en las pistas del improvisado aeródromo de Kairuán. Capa y los soldados descen­dieron del camión y se dirigieron al aparato principal que encabe­zaba la hilera. Parecían fantasmas envueltos por las sombras de la noche y emparedados entre los dos paracaídas, cubiertos hasta las cejas por sus cascos de acero y portando sus armas en bandolera. Robert también vestía de esa guisa únicamente que de su cuello colgaban las dos cámaras que iba a utilizar. Los dieciocho hombres entraron en el transporte y se sentaron unos frente a otros en las banquetas. Capa se situó en la parte delantera dejando franca la puerta para el momento del lanzamiento. Rugieron los motores y las hélices giraron a la velocidad y en el sentido del destino incier­to. El aparato hizo un giro de 90º y se situó en cabeza de pista. El despegue fue perfecto y las luces interiores se amortiguaron deján­dolos en semioscuridad. Se miraban unos a otros sin decir nada. Capa preparaba su Leica.

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Robert Capa

Fragmento de Pingüinos en París:

No hizo falta anunciarles que sobrevolaban sobre Sicilia. Las explosiones de las baterías italianas y alemanas producían deste­llos de verbena que iluminaban el interior del avión y recortaban el semblante de los soldados pintándoles contraluces en el rostro. Una explosión sacudió al aparato en forma de malavenida. El piloto giró los mandos al divisar la costa siciliana. Pese a las explosiones y a las sacudidas nadie comentaba nada. En el interior de la nave todo era silencio, tan solo roto por los flashes de la Leica de Capa. Algunos comenzaron a vomitar, un olor a agrio se extendió por el avión. Por delante de la flota de transporte, los bombardeos trata­ban de hacer añicos las defensas enemigas. No obstante, restaban piezas antiaéreas en número suficiente para hacerles pasar un mal momento, las balas trazadoras dibujaban resplandores de colores y como en un vals, los pilotos sorteaban los disparos rizando el vuelo hacia espacios menos violentos.

Se encendió la luz de salto. Primero la roja. Los hombres en­gancharon el seguro de las bandas metálicas del paracaídas para provocar la apertura automática. El oficial anunció lo que era ob­vio: “Preparados para saltar”. La luz verde iluminó la puerta de salto. Dieciocho almas volaron hacia la oscuridad. Capa captaba la instantánea de aquellos saltos. Las dieciocho bandas quedaron flo­tando hacia el exterior como serpentinas de una cabalgata. El avión, ya con solo un pasajero, hizo un giro de 180 grados para iniciar el regreso a tierras africanas. La llamada operación Husky estaba en marcha. En diversas zonas de la isla el cielo se llenó de hongos de seda cayendo mansamente sobre las llanuras y peligrosamente sobre los bosques. El viento y la oscuridad reinante no fueron los mejores aliados de los asaltantes, docenas de planeadores se estre­llaron, cayeron en manos del enemigo o se hundieron en el mar. A la 82ª Aerotransportada tampoco le fue fácil, la dispersión de los paracaidistas fue fatal para la reorganización de la división y cien­tos de ellos cayeron en manos de las patrullas italianas.

 

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 Defensas italianas

Fragmento de Pingüinos en París:

A las 2.45 horas de la madrugada las primeras oleadas aliadas pisaban el sábulo siciliano. Los infantes saltaron de las embarca­ciones y fueron recibidos por fuego de ametralladora y morteros. Algunas lanchas habían quedado encalladas entre las rocas y los hombres trataban de ganar a nado la playa. El amanecer coincidió con la llegada de los stuka alemanes y los gavilanes italianos, los Savoia-Marchetti S.M.79, que bombardearon a las flotas de desem­barco. Destructores, dragaminas y transportes aliados recibieron la visita de los pájaros del Eje. Desde Licata en el sur, hasta Augusta en el este, todo era confusión y combate. La 82ª División aero­transportada ya se batía el cobre frente a la 4ª División de Montaña italiana, la “Livorno”.

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Desembarco  en Gela

Fragmento de Pingüinos en París:

La radio de San Giovanni no paraba de trasmitir. Comunicaron a los aliados que una compañía alemana, apoyada por dos Panzer, avanzaba desde Ragusa camino del aeropuerto de Ponte Olivo en Biscari para pillar a la 82ª por retaguardia. Se les ordenó salir a su encuentro y detenerles el máximo de tiempo posible hasta que pu­diesen enviar un par de escuadrillas de ataque. Vincenzo habló con los carabinieri y les entregó de nuevo el control del pueblo.

– Los aliados ya están aquí, no hagáis ninguna tontería, necesi­tamos a todos los hombres. Mantened a mi hermano a Luigi a buen recaudo y a los otros arrestados. Volveremos en cuanto podamos – le dijo Alfonso al cabo.

– Vete tranquilo Alfonso, cuidaremos de todos. También de tus padres.

Alfonso asintió con la cabeza y sonrió. Sabía que sus padres no necesitaban protección, se bastaban por sí mismos. Decidieron es­perar a los alemanes en las afueras de Comiso. Se apostaron entre las ruinas de una granja destruida por la aviación americana. Al cabo de un par de horas, media docena de hombres armados y con indumentaria civil se acercaron. Los partisanos prepararon sus ar­mas. Desde una prudente distancia uno de los que se aproximaban gritó precavido. ¡Alfonso, soy Mario de Ragusa! El pequeño San Giovanni reconoció al hombre que le llamaba, era un vecino de la capital con fama de ser un barón de la mafia. Aquello bastaba para saber que en absoluto tenían nada que ver con los fascistas y así se lo dijo a Vincenzo y al resto de la partida…

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Desembarco de material en las playas de Sicilia. 

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 Fragmento de Pingüinos en París:

Robert Capa había pasado toda la noche colgando de aquel árbol en un bosque de no sabía dónde. Le dolían los hombros de soportar su propio peso sujeto a las correas del paracaídas. Se decía a sí mis­mo que no estaba asustado y que alguno de sus compañeros de salto vendría a por él; se escuchaban cañonazos y disparos lejanos y eso le tranquilizaba porque era una clara señal de que no combatían en las inmediaciones. A pesar de todo, no se atrevía a pedir ayuda por si era escuchado por el enemigo o mal interpretado por los amigos ya que su inglés no era demasiado bueno y su acento demasiado oriental. Permanecía en silencio pensando en las circunstancias que le habían llevado a imitar a aquellos muchachos que fotografiara el día anterior. El general Ridgway le advirtió sobre las dificultades de convertir un soldado de infantería en paracaidista en poco tiempo y también de que los problemas se multiplican al tratar de transfor­mar un periodista en un fotógrafo volador de la noche a la mañana. Cavilando en estas cosas vio llegar el amanecer. Alguien le llamó a través del follaje.

– ¡Eh fotógrafo!, ¿no puedes bajar? – dijo una voz en inglés con acento norteamericano.

– No es eso, me estoy columpiando – respondió Capa, aliviado.

El soldado apareció sonriente entre las ramas superiores, por donde estaban enganchados los correajes y empezó a cortarlos con su cuchillo.

– Sujétese a la rama de abajo, voy a cortar el otro tirante.

Capa pensó que era un consejo obvio y práctico a la vez, por lo que lo siguió sin vacilar. Sintió un gran alivio al pisar tierra firme. Sus rescatadores eran tres de los paracaidistas que habían saltado con él.

– ¿Y el resto? – preguntó, mientras recomponía su atuendo.

– Dispersos. Tenemos que alcanzar el punto de encuentro o en­contrar alguna compañía amiga.

Llegaron a una granja donde fueron recibidos como liberadores. Sacaron un mapa de la región y el dedo arrugado del abuelo sicilia­no marcó un punto en el plano.

– ¡Sperlinga! – dijo, satisfecho de poder ayudarles.

– No estamos lejos de la vanguardia de la división – dijo el res­catador de Capa.

Los habitantes de la granja ofrecieron algo de comida y vino para los libertadores. Trataban de hacerles ver la simpatía que sentían por los norteamericanos. Muchos de sus paisanos habían emigrado en América y luchado entre las tropas aliadas, según les contaban. Los paracaidistas guardaron las viandas en sus macutos. Robert Capa observó los dedos moteados y arrugados del anciano señalando sobre el mapa el camino a seguir y el encuadre fotográ­fico de su cara arrugada, llena de pliegues y viejas sonrisas. Su Leica inmortalizó aquel rostro y aquella vestimenta campesina de pantalón holgado y cordel al cinto. El pequeño grupo reanudó su marcha camino de una colina rocosa que guardaba la carretera que conducía a Gangi.

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 Soldados británicos en Catania.

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Los norteamericanos entrando en Palermo.

 

El 180 Regimiento de la 45 ª División de Infantería norteamericana recibió la orden de tomar el aeropuerto de San Pedro. En el camino, una tonelada de proyectiles cayó sobre ellos. La sorpresa fue total porque el ataque provenía de su propia retaguardia. Los buques de la marina los machacaban lanzando su ciego fuego más allá de las defensas costeras. Los radiotelegrafistas pudieron enviar su mensaje aclaratorio pero dos docenas de infantes yacían despedazados por el fuego amigo. La indignación de la tropa fue inmensa.
El capitán John Compton les arengó con la rabia reflejada en el rostro. “No es culpa de la marina, los verdaderos culpables, los que de verdad han matado a nuestros compañeros están allí enfrente y mañana recibirán su merecido”, les dijo. Enterraron a sus muertos pensando únicamente en la venganza.
A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía.
“Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”
Avanzaron hacia una colina protegida por un búnker. Ya en sus cercanías tabletearon las ametralladoras de los defensores, sin demasiado éxito. Los asaltantes se pegaron al suelo y comunicaron la posición del recinto defensivo a su aviación. A los pocos minutos varios aparatos lanzaban sus bombas sobre el reducto y al atardecer sus defensores, entre ellos Luigi, abandonaban el búnker, eran cerca de cuarenta italianos y cuatro alemanes con los brazos en alto y enarbolando un pañuelo blanco. Compton y sus hombres les apresaron de inmediato. Les hicieron quitarse los zapatos y algunos soldados americanos les birlaron los pocos objetos de valor que llevaban. Compton ordenó que se alinearan. Mientras, un par de ametralladoras eran fijadas sobre la tierra con la frialdad de una práctica de tiro. Los prisioneros se miraban unos a otros incrédulos y atemorizados. Los disparos les pillaron casi de sorpresa. A la primera andanada Luigi y dos hombres huyeron colina abajo; el capitán sacó su pistola y disparó dos veces contra Luigi que cayó como un saco, los otros dos escaparon por el arroyo de Ficuzza. Los demás, caídos sobre la tierra en posturas de horror y de pasmo, permanecían inmóviles sobre el terreno con sus camisas negras empapadas de sangre. Compton remató a los que todavía vivían con la frialdad y eficacia de un asesino. Entre el túmulo de los ejecutados alguien parecía respirar todavía, era uno de los alemanes. Compton se acercó al agonizante de pelo rubio, rostro simétrico y cuadrado perceptible a pesar de la sangre que resbalaba sobre él; las balas del revólver del norteamericano se habían acabado, pidió a uno de sus hombres un fusil y le disparó al herido en la cabeza. La venganza había sido consumada. Compton se quedó un momento extasiado mirando el cadáver. Los canallas tienen tanto de imbéciles como de crueles.
Después de doce agotadoras jornadas desde el inicio de la invasión, los norteamericanos entraban en Palermo y Capa con ellos, fotografiando por doquier el entusiasmo de la población. Parecía una capital liberada del enemigo cuando en realidad su ejército había sido derrotado por aquellos sonrientes jóvenes que, a bordo de sus carros de combate y de sus jeeps, eran abrazados por los sicilianos que les daban la bienvenida.

 

 

 

 

 

 

PINGÜNOS EN PARÍS. VÍDEOS RELACIONADOS CON LA NOVELA

Para comprender mejor a los personajes de mi novela  y al momento histórico que vivían, he añadido en la página una serie de vídeos que explican los momentos, las sensaciones  y las vicisitudes que les envolvieron. Todos somos nosotros mismos y las circunstancias, las nuestras y las de nuestro entorno. Ver para comprender es un ejercicio que podéis practicar con estas imágenes que van desde la Proclamación de la República Española, hasta la liberación de París, pasando por la Guerra Civil, la II Guerra Mundial y muchos de los hechos que marcaron un tiempo y un momento fascinante y terrible a la par.

Los vídeos de Pingüinos en París

Espero que os gusten.

Portada 2º edición

Roma, ciudad abierta.

El 14 de marzo de 1944, Roma fue declarada ciudad abierta. Los continuos bombardeos aliados ponían en peligro la monumental capital y las autoridades alemanas decidieron que Roma, al igual que París en 1940, merecía ser salvada. Roma había sufrido la ocupación alemana como si se tratara de una ciudad enemiga.

Ocupación de Roma por los alemanes el 10 de septiembre del 43. Foto:  http://www.16ottobre1943.it/it/loccupazione-nazista-di-roma.aspx

Roma había sufrido desde septiembre del 43 hasta su liberación la ocupación alemana. Los alemanes habían llegado como conquistadores y no como aliados. Durante la primera semana de ocupación requisaban a punta de pistola los vehículos en mitad de la calle, aquello podía entenderse como una necesidad militar para controlar la ciudad. No obstante, siguieron el mismo procedimiento para conseguir joyas y dinero de los transeúntes y así como en París habían procurado mantener un orden policial, en Roma se convertían en vulgares atracadores. Se prohibieron los taxis y circular en bicicleta con la excusa de evitar atentados por parte de los partisanos. A menudo, con el pretexto de restricciones energéticas, cortaba la corriente de los transportes públicos con lo que los trolebuses y tranvías dejaban de funcionar durante horas. Solamente había gas durante hora y media al mediodía y 30 minutos por la noche. Tampoco los hogares podían disponer de teléfono bajo la sospecha de espionaje. El invierno del 43-44 había sido frío y mucho más por el corte del gasóleo; los palacetes romanos de techos altos y pisos de mármol se quedaron tan fríos como las chabolas del extrarradio. El toque de queda fue muy estricto y más de un romano perdió la vida desafiándolo. El ya habitual racionamiento se endureció y el mercado negro hizo su agosto en pleno invierno y las requisas practicadas en las redadas de las SS eran de nuevo revendidas a los estraperlistas por oficiales corruptos.

Extracto de Pingüinos en París.

 

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Foto: Mundo Militaria

Sin embargo, Roma no caería en poder de los aliados hasta el 4 de junio. En el ínterin entre marzo y junio, las tropas de ocupación alemanas todavía practicaron sus métodos represivos sobre la población civil. Así es el caso de la masacre Fosas Ardeantinas ocurrido el 24 de marzo en repuesta a un atentado   del grupo partisano GAP (Gruppi d’Azione Patriottica) el día 23 de marzo y en el que murieron 28 policías (tres más morirían en días posteriores) y dos civiles italianos. Hitler ordenó  a Herbert Kappler, comandante de la Gestapo en Roma  que ejecutara a 10 civiles por cada policía muerto. Un total de 335 civiles italianos, redondeando la cifra exigida por el dictador alemán, fueron conducidos a  unas minas abandonadas en el extrarradio de Roma y ejecutados.

Memorial de las Fosas. Foto: Universitat Politècinca de Catalunya

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Foto  e historia de Happler: https://it.wikipedia.org/wiki/Herbert_Kappler

Pese a todo, el mayor temor de los romanos durante la ocupación fue el reclutamiento forzado de hombres de todas las edades a los que deportaban a Alemania o ponían a trabajar en las defensas de la ciudad. Luego estaba la sempiterna persecución a los judíos romanos. En octubre más de mil de ellos fueron deportados a Auschwitz. Los actos de sabotaje eran duramente castigados con detenciones y fusilamientos. En el mes de marzo uno de estos ataques fue salvajemente escarmentado. Hitler ordenó fusilar a diez italianos por cada víctima del atentado. Herbert Kappler, comandante de la Gestapo en Roma, envió al paredón a 335 civiles internos en las cárceles romanas por motivos diversos redondeando la cifra exigida por el perturbado de Berlín. El lugar de tal atrocidad fueron las Fosas Ardeatinas en el extrarradio romano. El Papa, pese a saberlo con anterioridad, calló pávidamente. La ocupación había sido abusiva, ratera, dura y asesina. El resultado fue un feroz aborrecimiento hacia los alemanes por parte de la población urbana. No hubo, como en París, una mínima confraternización; los godos fueron odiados por casi todos los romanos.

Extracto de Pingüinos en París.

La película.

En enero de 1945, Roberto Rossellini realiza un película sobre la ocupación alemana y  basada en hechos reales, llamada: Roma città aperta. El film tuvo varios premios:

Resultado de imagen de ROMA CIUDAD ABIERTA Nominada al Oscar: Mejor guión
 Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
 Festival de Cannes: Gran Premio del Festival (Ex-aequo)
Y contó con un reparto excepcional: 
Aldo Fabrizi, Anna Magnani, Marcello Pagliero, Maria Michi, Harry Feist,Vito Annichiarico, Francesco Grandjacquet, Giovanna Galletti, Carla Rovere

 

 

El general Patton en Pingüinos en París

El general Patton es uno de los personajes que aparecen en mi novela Pingüinos en París (Bajo dos tricolores). El carismático personaje vivirá en el libro sus triunfos africanos, el desembarco de Sicilia y su ostracismo en la isla por orden de su amigo y jefe Dwight D. Eisenhower.  Mientras tanto el general… dirigía la invasión aliada de la Italia continental.

No obstante, Patton tuvo de nuevo su oportunidad en el asalto a Europa, pese a no intervenir en el desembarco de Normandía.  Dirigió a sus tropas hasta llegar al mismo corazón de Babiera y Checoslovaquia llegando hasta Pilsen con intención de llegar a Praga antes que los rusos. Sin embargo,  recibió la orden directa de Eisenhower de detenerse.  Sus soflamas anticomunistas y su deseo de continuar la guerra contra los aliados de la U.R.S.S., le convirtieron en un militar incómodo y políticamente incorrecto.

Murió el 21 de diciembre de 1945 víctima de un extraño accidente de circulación a los pocos meses de acabar la guerra. Según algunas versiones, su Cadillac fue embestido por un camión que se dio a la fuga – cosa muy improbable porque está comprobado que fue un camión militar de las tropas de ocupación – y que la ambulancia en la que trasladaban a Patton fue a su vez embestida por otro vehículo. Otras versiones aseguran que después del aparatoso accidente los ocupantes del vehículo  y el general apenas sufrieron rasguños.  y que fue un francotirador quien hirió a Patton en el cuello – herida que no aparece en su informe médico  y sí la de la cabeza-, pero que durante su recuperación murió en el hospital. Algunos autores, como el historiador y escritor Robert Wilcox, confiesan haber hablado con Douglas Bazata el francotirador en cuestión, quien aseguraba haber obrado por orden de la OSS antecesora de la CIA, pero otros lo desmienten. También existe la teoría de un atentado de los soviéticos.

Ante tantas teorías conspirativas, la respuesta puede ser la más sencilla: un accidente automovilístico con un camión conducido por el sargento Thomson. El ingreso en el hospital Heildelberg Center con una herida en la cabeza y la muerte del general por complicaciones hospitalarias.

 

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George Smith Patton, Jr.  Nació en San Gabriel, California el 11 de noviembre de  1885 y falleció en Heidelberg, Alemania el 21 de diciembre de 1945. General norteamericano famoso por su fuerte carácter y por considerar los carros de combate el arma más importante de las tropas de asalto. Mandó unidades blindadas en los combates de África del Norte; durante la invasión de Sicilia ; y en el frente europeo. Entre el Cuerpo de Ejército bajo su mando se encontraba la División Leclrec y por ende La Nueve.

A la mañana siguiente, los soldados del 180 estaban deseosos de entrar en combate. Compton se dirigió de nuevo a su compañía. “Recordad las palabras del general” – dijo refiriéndose a lo predicado por George Patton antes del comienzo de la invasión: “Cuando un fascista o un nazi se rindan apuntad entre la cuarta y quinta costilla y disparad.”

Patton había ganado la carrera de Mesina, la 3ª División de Infantería americana entró en la ciudad cuando de su puerto partían las últimas embarcaciones de hombres y material para la Italia continental. Fue una victoria completa, aunque pírrica.  Más de 100.000 hombres y 10.000 vehículos de las tropas del Eje habían pasado el estrecho. Eisenhower no quedó demasiado satisfecho con la actuación del general George Smith Patton en la campaña, sobre todo cuando llegaron a sus oídos ciertos abusos del viejo “sangre y agallas” a sus propios hombres y la masacre cometida en Biscari por del capitán Compton a la que se unía otra escabechina realizada en el mismo lugar por el sargento Horace West. Ambas, promovidas por las arengas y la soberbia de Patton. “Dadles en el hígado. Nos reconocerán como matadores, y los matadores son inmortales”, repetía a sus hombres.

 Así que el general en jefe de las fuerzas aliadas, Eisenhower, a pesar de ser su amigo, decidió bajarle un poco los humos y dejar a su exaltado general en Sicilia y relevarle del mando del VII Ejército en las vísperas de la invasión del continente por las tropas angloamericanas. Patton recibió la noticia en uno de sus períodos de inestabilidad emocional y pidió a su estado mayor que localizara un lugar donde aislarse mientras le retenían en Sicilia. Uno de sus coroneles le sugirió el nombre de un pueblecito de la Ragusa donde había sido muy bien acogido. 

Extractos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Patton en GELA (Sicilia) julio 1943

Patton

Patton se incorporó para brindar, estaba un tanto chispeado por el vino y deseoso de impresionar a su anfitriona. Ella lo contemplaba sobrecogida, era consciente de que a sus cincuenta y tres años ya no era una jovencita y, a pesar de ello, todavía sabía sacar provecho a su belleza y elegancia. Se dijo a sí misma que aquel hombretón con pinta de vaquero de película de Hollywood, de cabeza cónica, mirada penetrante y aspecto de ricachón californiano podía ser un buen compañero de juegos.

– Por la conquista de Europa – brindó Patton alzando su copa.

-Y por la libertad – añadió Alfonso en inglés.

Patton le miró condescendiente y se limitó a gustar de nuevo el vino Nero d,Avola de la cercana Siracusa.

-Tengo entendido que es usted… socialista.

-Sí mi general.

-¿Tienen mucho que ver con los comunistas?

-Son de la misma cepa. Aunque de aromas distintos.

-Ya – dijo Patton dando un trago y tomando asiento…

Extractos de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Fotografía de Patton con el general Bradley  de William Alexander Scott III. Ohrdruf, [Thuringia] Alemania,  12 abril de 1945

 

Aquella noche descubrieron afinidades políticas entre el general y don Cornelio y ciertas inclinaciones emotivas entre doña Desiderata y su invitado. No había transcurrido una semana cuando el general de la moderna caballería blindada pudo cabalgar sobre el todavía lozano cuerpo de su anfitriona y contarle sus aventuras, desde sus correrías por Méjico, en las que había matado a Julio Cárdenas, un general de Villa, a su quinto puesto en el pentatlón moderno de las Olimpiadas de Estocolmo.

En realidad gané yo. Aquellos jueces no vieron que no había fallado mi segundo tiro, sino que la bala se había colado por el mismo agujero que la primera – repetía con orgullo.

-Querido, a mí no me importa nada que dispares dos veces al mismo agujero – le decía Desiderata.

Extracto de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Patton contra Mas Latrie de Francia en los juegos Olímpicos de 1912 Photo: IOC

 

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Entierro de Patton

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Con su famoso Colt al cinto.