La liberación de Écouché en Pingüinos en París

La Nueve desembarcó en las playas de Normandía a primeros de agosto de 1944. Antes de su famosa liberación de París, intervino en varias acciones. La más sangrienta de las que precedieron a la llegada a la capital fue la conquista de la ciudad Écouché o Ecouché,  en la región de la Basse-Normandie, y su posterior y heroica defensa  de los contraataques alemanes. En estos combates  La Nueve tuvo varias bajas. Todos estos hechos, ocurridos a partir del 13 agosto de 1944, se cuentan en mi novela.

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La División Leclerc poco después del desembarco.

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La División Leclerc avanzando por tierras normandas.

Fragmento de Pingüinos en París

El bochorno anunciaba tormenta; presentían a los blindados alemanes
y a la artillería ligera camuflada entre las casas del pueblo. “No les vemos pero les olemos”, bromeaban los atacantes. Desde la zona boscosa de Écouves, podía apreciarse el campanario de la abadía de Écouché, los half – track se detuvieron para preparar el asalto a la ciudad, avanzaron hasta una granja rodeada por una protectora
arboleda, el ruido de las orugas alertó a los granjeros que se asomaron imprudentes, levantaron sus manos y empezaron a gritar vivas a la Francia Libre. La Nueve se convirtió en la punta de lanza del ataque, llegó la primera a los arrabales del sur de la población y ocupó la oficina de correos; aparecieron varios blindados alemanes, los hombres de la primera y segunda sección saltaron de sus vehículos y  se enfrentaron a los Panzer. Eran como dioses mitológicos y como Aquiles se sentían invulnerables. Los nombres de aquellas ya lejanas derrotas de Teruel, Madrid o el Ebro, lucían en sus semiorugas, pero ahora las fuerzas estaban equilibradas. Luchaban por el futuro y también por el pasado. Un grupo de las Waffen SS trató de escapar protegidos por un par de Panthers. La tercera sección de La Nueve fue tras ellos. Los blindados alemanes abrieron fuego en un intento de detener a los hombres de Hugo y de Campos, todo fue inútil para los nazis; hacía demasiado tiempo que los españoles esperaban esta batalla, frente a frente, con material parejo, aunque con empuje bien distinto: el que deja el recuerdo de una patria destruida.
Voló uno de los Panther como alcanzado por un rayo y eso había sido, un relámpago vengador. Al otro le reventaron las cadenas y chirrió como un animal agonizante, un bazooka le había alcanzado, el retroceso del arma tumbó al artillero, que pensó que valía la pena el culetazo por ver saltar por los aires al carro alemán. La población quedó franca y la división se enseñoreó de las calles y de las plazas. Había sido más rápido de lo que pensaban. Amado Granell había arrebatado a los alemanes un automóvil Tatra 57 K un vehículo militar preparado para transportar mandos de las SS. A partir de aquel momento lo convirtió en su “jeep” de mando, haciéndole trotar por los campos de batalla.
Los alemanes no se resignaron a perder Écouché y enviaron a la 2ª y 9ª Panzer División para reconquistar la ciudad a sangre yfuego. Durante cuatro largos días la división francesa resistió sin descanso los ataques alemanes por tierra y por aire. Una mañana percibieron el rugir de los motores de la aviación. Miraron al cielo, no para rezar, sino tratando de distinguir si eran amigos o enemigos.
Pronto comprobaron que eran estadounidenses, sin embargo no fue ninguna garantía. Los aviones empezaron a ametrallar a las tropas francesas, un par aparatos P-51 la tomaron con La Nueve. Martín Garcés advirtió del peligro:
– ¡A cubierto!
– Esos cabrones nos tratan de machacar – dijo Luis Royo.
– Voy a darles una lección – exclamó David – sorprendiendo a todos preparando su ametralladora –. Me importa un huevo que sean aliados.
– Alto David, déjame a mí – dijo Amado Granell.
Salió al centro del camino donde los Mustag P-51 iniciaban otra pasada y esgrimió una bandera francesa con el consiguiente riesgo de ser ametrallado. El piloto del primero de los aparatos vio la enseña francesa y el uniforme americano, levantó el pulgar de su disparador e inició el ascenso. Granell extendió un panel con el nombre de la división y se quedó allí de pie. El otro aparato remontó el vuelo en pos de su jefe de escuadrilla. Los hombres de la compañía irrumpieron en vivas.

Avranches

 

La columna Leclerc en Avranches, camino de Écouché

 

Fragmento de Pingüinos en París

El día 15 La Nueve fue cañoneada por los alemanes y por los propios americanos, la falta de puntería de los artilleros de uno y otro bando les salvó. Sin embargo, los torpes cañonazos alcanzaron a varios soldados franceses, una sombra vestida de sacerdote apareció entre las ruinas y cargó con uno de los heridos. El cura del pueblo, el abad Verget, un joven capellán de extraordinario valor, se jugaba la vida desde el mismo día de la llegada de los divisionarios a Écouché, retirando los heridos y llevándolos a la sacristía para que fueran atendidos. Durante las noches enterraba cristianamente a los muertos. Los soldados le veían atravesar una calle batida por el fuego enemigo para rescatar a un herido y cargárselo al hombro hasta la iglesia. Los ataques de aquella jornada llevaron a varios miembros de la compañía a refugiarse en el templo. El joven cura no dejaba de salir de los muros protectores de la abadía para seguir con su encomiable labor de ayuda. Su actitud levantó la admiración de la compañía, incluso de aquellos libertarios de reconocido ateísmo.
– Ojalá hubiésemos tenido curas como ese en España. Me cae bien ese tío – dijo el “Mejicano”.
– Los teníamos, pero no les dejamos demostrarlo – contestó Belmonte,
el asturiano de Ibas.
Hubo risas generales, no obstante todos sabían que Belmonte tenía algo de razón. Aquella noche, después de pelear todo el día, quisieron celebrar el estar vivos. Habían llegado hacía ya dos semanas y seguían completos y muy satisfechos de sus acciones. Los rostros cansados no podían ocultar la satisfacción. El “Ay Carmela” sonó fuerte y claro por el cielo de Écouché. Era un homenaje a ellos mismos, a otra batalla en otro río distinto al Sarthe.
A la mañana siguiente, los alemanes penetraron por algunos puntos de la ciudad. La situación se tornó complicada; la división estaba rodeada. Dronne sabía que su compañía no podría aguantar nuevos ataques al sector. Se reunió con Granell, Hugo, Elías, Montoya y Campos. Entre todos consideraron que lo mejor sería contraatacar y tratar de sorprender al enemigo. El capitán decidió hacer el asalto a pie, protegidos por fuego de morteros. Granell y Hugo expusieron sus dudas, preferían rodear a los alemanes y someterlos al fuego cruzado. Al final se impuso la opinión de Dronne. El capitán trataba de ponerse a la altura del golpe de mano al castillo o a la actitud heroica de Granell. Él mismo dirigiría el ataque frontal. Hombres de las tres secciones se prepararon para el asalto en grupos de dos o tres con ametralladoras y las suficientes bombas de mano para organizar una buena fiesta. Avanzaron con precaución, los hermanos Pujol iban juntos. Constantino Pujol lanzó un par de granadas sobre la infantería alemana, Fermín hizo lo propio. De la nada surgió un Tiger alemán y ametralló a los dos hombres, las ráfagas barrieron el camino y alcanzaron a ambos en la cabeza. Constantino cayó rodando por la vaguada y Fermín quedó en posición fetal sobre el terreno. Sus compañeros lanzaron granadas y dispararon furiosos sus ametralladoras para cubrirles. Los alemanes respondieron al ataque. Luis del Águila y Poreski fueron abatidos y varios más heridos. Granell y Hugo al mando de media docena de half – track se abrieron a derecha e izquierda, su furioso ataque acabó con siete blindados enemigos. Vinagre y Belmonte cargados con un bazooka hicieron saltar las cadenas de otro de los tanques, sus servidores salieron por la torreta y recibieron una lluvia de balas que los barrió. Cariño López, el mejor artillero de toda la división, no paró de disparar su cañón antitanque y otros cinco carros de combate alemanes fueron destruidos por el gallego. El audaz y eficaz ataque permitió a la compañía retirarse de nuevo al pueblo. Los alemanes recibieron un grave castigo, sin embargo, Écouché seguía rodeado. Media docena de españoles perecieron durante los asaltos y nueve fueron gravemente heridos. Eran las primeras bajas de La Nueve.

Un par de días después persistían los duros combates. La artillería
enemiga no cesaba de enviar regalos envenenados. Llegó un momento de tregua, el enemigo parecía detener sus ataques. Los hombres de la compañía se tumbaron mirando al cielo, agotados por el esfuerzo. Luis Royo aprovechó el respiro para dictarle a Fábregas una carta para su amiga inglesa de Hull, Jenny Farrow. Sentados
sobre una piedra de un prado de Écouché, Fábregas escribía en el idioma de Shakespeare lo que Luis le dictaba en catalán. Todo permanecía tranquilo. Los demás se dispusieron a abrir algunas latas y en aquel momento ¡oh milagro!, apareció una campesina francesa con una gran olla de guiso. Los vapores del estofado elevaron su aroma culinario que llegó dulzón hasta las pituitarias del grupo.
La maravilla se confirmó cuando la mujer les dijo que era para ellos. Armados con sus cucharas degustaron el guiso de patatas y cordero con sabor a comida casera recién hecha y dejaron de lado parte de sus raciones K. Se relamían de gusto, recordando otros estofados de sus hogares. Llegó el teniente Elías. “Habéis dejado un par de ametralladoras por ahí tiradas”, dijo, mientras llenaba su escudilla. Manuel Fernández, Belmonte, se levantó, entre las risas de sus compañeros y, sin soltar la cuchara, anduvo los pocos metros que le separan del armamento, el lugar olía a manzanas como los bosques asturianos… y a estofado. De repente sonó un estallido y un proyectil enemigo lo derribó de un golpe seco. Lo trasladaron al mismo hospital donde estaban los heridos del combate del día anterior, alguien guardó su cuchara.

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Granell – con  prismáticos – en la toma de Écouché.

con el coronel Langlade

Raymond Dronne, junto al coronel Lecglade, preparando un ataque.

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Tanque Sherman en las afueras de Écouché.

Fragmento de Pingüinos en París

De regreso al campamento sus compañeros tuvieron una gran sorpresa. La compañía había decidido ir a misa al día siguiente.
– ¿A misa? – preguntó Manuel Lozano, cenetista e hijo de un barbero anarquista de Cádiz.
– Pues sí, invitación personal del abad. Celebra un funeral por todos
nuestros caídos en Écouché. No podemos decirle que no – dijo Luis Royo, también hijo de un anarquista, pero que había estudiado en los salesianos de Barcelona.
Nadie pudo ni quiso rebatir los argumentos a favor que esgrimió Martín Garcés, libertario y agnóstico hasta la médula, pero muy respetuoso con los gestos de valor y con la Virgen del Pilar, como buen aragonés. Sabían de la heroicidad de Verget y poco importaba si llevaba sotana o uniforme. Se hizo la misa en memoria de los compañeros muertos y a la que asistió toda la compañía, salvo los que estaban de guardia. Fue conmovedor: olía a incienso, a cenizas y a madera de pino de los ataúdes. Al terminar Verget se lamentó de que la imagen del Sagrado Corazón que presidía el altar había sido hecha añicos por las bombas alemanas. Alguien tuvo la idea de recoger dinero para que el valiente cura tuviese de nuevo el icono. Uno tras otro entregaron su contribución a los colectores. Luego, le dieron el peculio recogido a Dronne, quien se lo entregó al sacerdote.
Écouché tendría de nuevo su Sagrado Corazón gracias a unos republicanos españoles, algunos de demostrado ideario anarquista y socialista. El valor y la nobleza, como la amistad, residen en muchos corazones y están por encima de ideas y creencias. Los españoles fueron enterrados en el cementerio de la abadía con la bandera republicana por la que tanto habían luchado y bendecidos por el abad de aquel lugar por el que habían dado su vida.

 

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Las tumbas de los caídos en Écouché. Foto de un artículo de Eduardo Pons Prades.

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El SAGRADO CORAZÓN “ANARQUISTA” DE ÉCOUCHÉ. A la derecha los nombres de los caídos en la liberación de la ciudad, con los seis componentes de La Nueve. Foto de Joan Ramón http://excursionsdeljoanramon.blogspot.com.es/2015/09/normandia-6-ecouche.html. Gracias.

Ecouche

Resistentes franceses celebrando la liberación de Écouché.

Tropas británicas llegan a la ciudad.  Foto Alamy.Resultado de imagen de ecouche 1944

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Prisioneros alemanes de Écouché.

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El general Leclerc en Écouché.

 

 

Vídeo del Ejército de los Estados Unidos  de la toma Écouché por la 2DB Blindada – La División Leclerc -. Podréis ver a Amado Granell (minuto 4) y a los de La Nueve.

Publication date 1944-08-15

La 501 en Écouché

 

El desembarco de Normandía en Pingüinos en París.

Hoy, 6 de junio, es el aniversario del desembarco militar más impresionante que vieron los siglos. Fue el famoso Día D.

 

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Photographer’s Mate (CPHoM) Robert F. Sargent. Desembarco de la Compañía E en Omaha Beach.

En “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)” se relata este batalla que cambiaría el curso de la guerra.

 

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Plan de asalto del día 5 de junio.

Paracaidistas británicos de la 6.ª División Aerotransportada recibiendo instrucciones en vísperas de la invasión. Foto de: Malindine, E G (Capt), War Office.

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El general  Eisenhower departiendo con los paracaidistas de la  Compañía E, 502D. que van a lanzarse sobre el continente.

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Subiendo a los planeadores

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Soldados norteamericanos preparándose para embarcar en WEYMOUTH, Reino Unido Foto: Robert Cappa.

 Bajo la sombra de Nothe Fort en Weymouth, docenas de buques esperaban una orden que ya se retrasaba veinticuatro horas. El cielo permanecía todavía cerrado y las luces de Selene se reflejaban prudentes sobre los cientos de globos que protegían el puerto. En la cubierta de los buques de transporte, miles de hombres eran informados una y otra vez sobre su misión. El U.S.S. Chase no era una excepción. Sobre maquetas de plástico los suboficiales explicaban a las tropas el paisaje que se encontrarían al poner el pie en Omaha Beach, un nombre en clave para designar un par de playas en la costa de Normandía. En el interior del buque se podía ver pintados en una pared los nombres de los buques, el de los ocho sectores de desembarco en Omaha y los asignados a cada unidad militar con nombres tan peculiares como Dog Green, Dog White, Easy Green o Easy Red. La zona de desembarco que correspondía al 16ª regimiento de infantería al mando del coronel Taylor estaba bien delimitada por acantilados en ambos lados y sobre la línea de mareas poseía un banco de dos metros de altura con una anchura que alcanzaba los catorce en algún punto. Una ratonera de roca normanda bajo la apariencia de una playa de inocentes arenas. El Chase era uno de los buques nodriza de la flota. Iba cargado hasta los topes de barcazas de desembarco para ser lanzadas, repletas de soldados, a diez millas náuticas de la costa. Capa era uno de los componentes de la compañía “E” del segundo regimiento, una de las primeras elegidas para pisar tierra francesa. “Todo un privilegio”, pensaba el fotógrafo. Los mandos aseguraban sin pudor que, primero las baterías de los destructores y luego la aviación, dejarían la playa sin apenas defensas, aunque tal vez quedaría resistencia en los empinados acantilados que se elevaban entre 30 y 50 metros y que dominaban toda la playa. No obstante, las tropas se habían preparado para la conquista rápida de esas alturas, o eso creyeron. Cuando se dio el aviso de partida, los embarcados no fueron conscientes de que empezaba el día “D”, hasta que vieron empequeñecerse la costa inglesa. No era ningún simulacro.

Fragmento de Pingüinos en París.

Las defensas de las playas en Normandía. Bundesarchiv, Bild 101I-719-0240-05 / Jesse / CC-BY-SA 3.0

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National Archives USA

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historiayguerra.net/2014/05/23/la-batalla-de-normandia-1944 Plano del desembarco.

 

Map of the Normandy invasion with allied forces. Image: Originally published in Time Magazine.

Bombardeos previos al desembarco.

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Soldado paracaidista  de la 101 contemplando a la aviación aliada.

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La 101ª aereotrasportada en acción

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Cientos de planeadores y miles de paracaidistas en la retaguardia alemana.

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Los alemanes observando el despliegue aéreo aliado.

Los hombres comenzaron a escribir cartas a sus familias, hasta entonces existía la esperanza de un nuevo retraso o un cambio de estrategia; ahora tenían la certeza de que pronto hoyarían aquellas playas, maquetadas en plástico, de verdad. Algunos empezaron a rezar, otros quedaron en silencio meditando su destino; muchos sacaron
los naipes y empezaron una partida de olvidos y quitamiedos.
Sobre las dos de la madrugada les anunciaron la cercanía de la costa. Los rostros se tornaron adustos y nadie quiso continuar con la partida. El barco comenzó a oler a refrito, a tortitas y a café. Los comedores se llenaron de soldados y los platos quedaron casi sin tocar, los huevos revueltos fueron más revueltos todavía, aunque no degustados. ¿Quién desayunaba tranquilamente sabiendo la inminencia
del asalto? A las cuatro fueron concentrados en la cubierta superior, dos mil hombres se aprestaron para subir a las barcazas de desembarco. Capa apareció con un Burberrys doblado sobre el brazo. Sabía que tendría que saltar al agua y pensaba no mojarse demasiado protegiendo las cámaras bajo el elegante impermeable. El silencio era impresionante, solamente se escuchaba el chirriar de las grúas a la espera de bajar las lanchas. Todavía estaba oscuro y la negrura de imposibles sombras apagaba todavía más los rostros camuflados bajo los cascos de acero. El miedo barría toda la cubierta mientras, a los pocos que habían desayunado, su esófago les devolvía el regusto de los alimentos.
Desde las seis menos cuarto de la mañana los buques de la Armada, y posteriormente la aviación norteamericanas, bombardearon las defensas costeras alemanas con ahínco. Sin embargo, los puestos de combate alemanes recibieron escaso castigo. Frente a la playa de Easy Red, los hombres de los nidos de resistencia WN esperaban dentro de los búnkeres, casamatas y fortines, dispuestos a repeler a los infantes norteamericanos en cuanto desembarcasen. El WN62 era solo uno de los quince puntos de defensa a lo largo de Omaha Beach, estaba situado en Coleville-sur-Mer a tan solo veinticinco metros de la arena con una amplia visión de toda la laya, rodeado por alambre de púas y una fosa antitanque. La línea de fuego del WN62 era tan extensa como lo brazos de la Parca. Los treinta hombres que defendían la posición atenazaron sus índices sobre los gatillos de sus armas, los servidores de las dos ametralladoras MG 42 se prepararon y los artilleros cargaron los dos cañones de 75mm., los morteros de 50mm. y el cañón antitanque. El teniente  Frerking se dirigió a sus hombres y les pidió valor y tranquilidad y a que el enemigo estuviese con el agua hasta las rodillas y con poca maniobra para defenderse, antes de empezar a disparar. Durante unos minutos se hizo una tensa calma.

Fragmento de Pingüinos en París.

Lancha aproximándose a Omaha.Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

Los de la primera oleada abordaron sus barcazas que la grúa había posicionado lentamente sobre el mar. Un primer rayo de sol se estrelló contra ellas dándoles un aura rojizo de advertencia. Las olas de un mar altanero y violento se proyectaron contra los botes empapando a los infantes que se acomodaron fijando la vista en la rampa delantera. Aquel era su puente a los infiernos. Una tras otra, las barcazas fueron depositadas sobre el agua como barquitos de papel sobre una torrentera. Algunos hombres sacaron las bolsas preparadas para el caso y vomitaron dentro de ellas el resto del desayuno o la bilis de la nada. Un primer zambombazo anunció que estaban cerca. Los alemanes hacia ya horas que les esperaban. Todo el horizonte visible estaba cubierto de cientos de navíos de guerra y transporte de los que surgían miles de embarcaciones camino de la playa. Las defensas se mantenían prácticamente enteras y los de la Wehrmacht habían tenido tiempo de prepararse. Las ametralladoras aparecieron entre las hendiduras de los búnker, fijando su puntería con toda la antelación del tiempo que tarda un hombre cargado de armas y pertrechos, con el agua hasta la cintura, avanzar cincuenta o cien metros esquivando obstáculos hasta llegar a la playa. Omaha estaba sembrada de “puertas belgas”, un obstáculo semisumergido cuya finalidad era impedir el desembarco de tropas y vehículos, y a los que se habían adosado minas terrestres y minas antitanques. También de rampas con explosivos para hacer estallar las embarcaciones que se acercaran a la playa y una última línea en el mar de erizos checos, artilugios de hierro clavado en el fondo arenoso para entorpecer el avance de vehículos. Ya en la costa, los widerstandsnester, casamatas de resistencia intercomunicadas por túneles, esperaban plagadas de alemanes, de alambres de espino, de zonas minadas, de artillería pesada, de nidos de ametralladora. También artillería ligera y un millar de soldados de la 352, que los servicios de información situaban en el interior en Saint-Lô, pero que Rommel había enviado a reforzar la zona costera.

Fragmento de Pingüinos en París.

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Foto de Robert Capa

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Foto de Robert Capa   Apartamento de Capa en París

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Lancha norteamerican en llamas. Foto (AP)

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Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

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Conseil Régional de Basse-Normandie / National Archives USAhttp://www.archivesnormandie39-45.org/specificPhoto.php?ref=p012547

Cuando los primeros que desembarcaron en la playa de Easy Red estuvieron a ciento cincuenta metros de alcanzar la orilla, el teniente alemán dio la orden de fuego. El primero en hacerlo fue el cabo Heinrich Severloh  de la 352ª División, su MG 42 alcanzó a un atacante norteamericano que estaba llegando a la arena, su casco voló hacia atrás, mientras el proyectil le alcanzaba en la frente y se desplomaba sobre el sábulo. El terrible fuego de los defensores del WN62 barrió a los soldados que trataban de alcanzar una posición resguardada. Pasaban algunos minutos de la seis y media de la mañana.

Fragmento de Pingüinos en París.

Nido alemán en Normandía

Ametralladora alemana defendiendo Normandía.

Robert Capa y parte de la compañía “E” se aproximaban a la playa cuando se cruzaron con una barcaza que regresaba al Chase, el piloto les hizo un inconfundible aspaviento de que aquello no era un paseo y luego, como gesto de ánimo, levantó los dedos en
señal de victoria. La lancha con sus treinta y dos pasajeros amerizó cerca de las siete de la mañana en el fondo arenoso y la compuerta descendió con un golpe sordo sobre el agua cuyo efecto salpicó a todos. La playa de Easy Red, nombre clave de aquel sector de Omaha, no tenía nada de fácil y sí mucho de rojo. Las ametralladoras alemanas tabletearon furiosas contra los de la “E”. Capa se detuvo sobre la plancha de acero de la rampa y empezó a fotografiar. El piloto, deseoso de salir de aquel infierno de humo y fuego, le espetó: “Vienes o te quedas”. Robert Capa vaciló como nunca lo había hecho, entonces el marino se acercó y le propinó una patada en el trasero. Notó el impacto caliente de la bota y el contacto frío del agua. La orilla quedaba a unos cien metros, las balas golpeaban el agua y se hundían en busca de blanco formando siluetas sinuosas al atravesar las olas. Aquello le llevó al paroxismo. Se cobijó detrás de uno de los erizos checos. Superó su miedo e hizo más fotos a pesar de la poca luz y de las columnas de humo. Todo era un caos, los infantes permanecían aplastados contra el sábulo, algunos muertos o heridos; otros, atemorizados. Terminó el primer rollo de la Contax,
estaba entumecido, las manos le temblaban, la ropa mojada le helaba las piernas; recordó que había abandonado su flamante Burberrys en la barcaza. Cambió de refugio y se parapetó detrás de un vehículo anfibio al que las llamas habían consumido y puso nueva película.
En las playas muchas compañías habían sido mermadas y otras permanecían desperdigadas sin saber qué hacer. Los carros de combate desembarcados también sufrían fuertes pérdidas. Las barcazas hundidas parecían bañeras metálicas pudriéndose al sol. Los cuerpos sin vida flotaban en la mar con la cara vuelta hacia el fondo marino por el peso de los equipos y los supervivientes se amontonaban al abrigo de los acantilados a la espera de un milagro. Los zapadores trataban de hacer volar los obstáculos aun a costa de ser ellos los abatidos. Capa bebió un trago de la petaca que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón y le ofreció a un compañero de parapeto adivinado sus palabras de agradecimiento apagadas por las explosiones; unos metros más allá los médicos atendían a las víctimas y un cura católico daba la extremaunción a los muertos, desafiando todos los peligros como si tuviese un pacto con el Todopoderoso;
la Contax del fotógrafo seguía disparando y también los alemanes. El cabo Heinrich Severloh, desde el Widerstandnest 62 dejaba que se enfriara el cañón de su ametralladora sin dejar de disparar con un fusil Mauser.  

Fragmento de Pingüinos en París.

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Impresionante secuencia de fotos de Robert Capa. Salvo la última que es un fotograma de “Salvar al soldado Ryan”, pero que sirve como homenaje àra aquellos hombres del Día D.

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Defensores alemanes en Pont-du-Hoc

La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas, árbol y exterior

Defensas alemanas en la zona interior de Omaha

Canadienses desembarcando.Image: PO Dennis Sullivan / Canadian Department of National Defense / Library and Archives Canada / PA-132790.

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Plasma en la arena. Foto: Imperial War Museums

Arribó a la playa una embarcación de los servicios médicos, de ella bajaron nuevos sanitarios y enfermeros que empezaron a llevarse heridos al barco. Una explosión cayó cerca de la nave, una gran columna de agua se levantó para volver a incorporarse al flujo marino formando círculos concéntricos. Robert sintió un miedo insuperable y corrió hacia la barcaza que iniciaba su derrota hacia el buque nodriza, tomó la última foto de aquel día desde la cubierta de la nave salvadora. La silueta del Chase se recortó en el horizonte. Hacía tan solo seis horas que partiera del buque y un mundo de sensaciones habían transcurrido en el espacio de tiempo que dura una excursión campestre. Al llegar a la nave se cruzó con la última oleada de infantería de la 16 que embarcaba en ese momento; la cubierta del buque estaba ya llena de heridos, barrida de lamentos, de sollozos y de bolsas blancas con los restos de lo que apenas horas antes habían sido jóvenes cargados de vida y de esperanza. Del bolsillo de uno de ellos que estaba siendo embolsado asomaba un juego de naipes. El muchacho había perdido su partida más importante.

Fragmento de Pingüinos en París.

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Médicos

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El consuelo del cielo. Foto: Robert Capa

Primeras posiciones en la playa de Utah.rmy Signal Corps. Post-work: User:W.wolnyUS Navy Photo #: SC 190062

Foto del Signal Corps. El segundo batallón de Rangers conquista la playa de Pon- du- Hoc.

 

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, cielo y exterior

La cabeza de playa de Omaha

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior

La cabeza de playa británica de Sword Beach

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Las cabezas de playa fueron consolidándose.

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Fotos Signal Corps

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Con un terrible costo en vidas humanas. Robert Capa, fumando, observa los cadáveres. Foto de Robert Sargent

Prisioneros alemanes. Foto Robert Capa.

La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie y exterior

Prisioneros alemanes conducidos por soldados británicos en Sword Beach

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Las baterías y las defensas alemanas destruidas. Los Rangers en Pont-du-Hoc

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Prisioneros alemanes heridos.

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Robert Capa

Para saber más: Apartamento de Capa en París- fotos de: Ana Elisa Martínez

Capa en Pingüinos en París I  Capa en Pingüinos en París II

Personajes de la novela

 

Un gran reportaje de la batalla.

La batalla en el Canal Historia.

 

El desembarco en el cine:  Salvar al soldado Rayan.

 

Normandía 70 años después

 

La canción del Día más largo

 

El día más largo por los cadetes de West Point. Muy curioso de verlo y precioso de oírlo, gran coro,

 

Versión de Paul Anka

 

Por Dalila

 

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Amado Granell en Pingüinos en París I

Uno de los personajes que aparecen por mérito propio en mi novela es Amado Granell, el primer “soldado norteamericano” que entró en París en agosto de 1944. Ayer, viernes 12 de mayo, fue el aniversario de su fallecimiento por accidente automovilístico ocurrido en Sueca el año 1972.

Este es la primera parte sobre su vida hasta la entrada en París de La Nueve. La próxima semana habrá la segunda entrega. Espero que os guste-

Amado Granell en Pingüinos en París. Fragmento de la novela.

Fue el teniente Amado Granell quien les comunicó que partían aquella mañana para Temara, una playa atlántica del Marruecos francés, cercana a Rabat, donde los americanos les entregarían los nuevos uniformes, los vehículos y las armas con que estaría dotada la división y que tan bien ya conocían. Frente a él estaban formados los ciento sesenta componentes de la compañía, en sus manos llevaba un puñado de pequeñas banderas republicanas.
– Os he traído para cada uno de los españoles una insignia republicana para que la cosáis en el nuevo uniforme. Así sabrán con quien se las van a ver.
– Olé tus “güevos” – contestó el gaditano Manuel Lozano. Los demás se echaron a reír y aplaudieron el gesto de su teniente.
Al día siguiente la Deuxième Division Blindée llegaba a Temara; la temperatura era muy alta, a pesar de que la brisa atlántica y los bosques al sur de la ciudad la atenuaban. Aquel martes 24 de agosto se tomaría como la fecha de la creación oficial de la división, no lo sabían pero era toda una premonición.
Los M4 Sherman bajaron majestuosamente por las rampas de las barcazas, mientras sus futuros servidores se hacían cargo de ellos con la ilusión de un niño a quien le acaban de regalar un juguete de treinta toneladas. Los semiorugas no defraudaron, las pruebas realizadas en el desierto habían demostrado a los batallones mecanizados la multifuncionalidad de los half – track. Los rápidos y versátiles jeeps, los potentes camiones GMC y las camionetas Dodge les parecieron una maravilla. La Nueve se hizo cargo de sus vehículos entre la alegría y las expresiones castizas. Se sentían ya una unidad de infantería motorizada dispuesta a todo. Ahora había que hacerse con el material, convertirse en centauros de la mecánica y de las orugas tractoras, en expertos apuntadores y artilleros, en parte del engranaje de las máquinas de guerra. La preparación debería ser larga y paciente, hasta establecer la perfecta simbiosis entre hombres e instrumentos. Los españoles se enfundaron en sus nuevos uniformes, iguales al de otras unidades de infantería norteamericana.
Muchos se cosieron en las cazadoras la bandera que les diera en Djidjelli, Amando Granell.

                                    Amado Granell

Amado Granell es uno de los personajes más carismáticos de los componentes de La Nueve y uno de los personajes de “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores) “. No era un aventurero aunque su vida, incluso su muerte, podría formar parte de una novela de aventuras.

Amado Granell Mesado, nació en Burriana (Castellón) el 5 de noviembre de 1898, año del Desastre. Era hijo de Juan Bautista Granell Sabater y de María Francisca Mesado Monzonís. Su padre era importador de madera.

Tras el desastre de Annual en Marruecos, que costó la vida a 13.000 españoles, Granell se alistó en el tercio español de la Legión, era 1921, y como preludio de lo que sería una vida azarosa. Se le destinó en la 18ª Compañía de la Quinta Bandera. Sin embargo,  a requerimiento de su padre y aduciendo que era menor de edad cuando se alistó, algo bastante extraño puesto que ya tenía 23 años, le obligó a dejar el tercio Duque de Alba, ya con los galones de sargento, y regresar a Burriana el 5 de julio de 1922.

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La ficha donde se le licencia por menor el 5 de julio. Foto de: aulamilitar.com/agranell.hts

Se casó con su primera mujer, Aurora, y juntos montaron una tienda de bicicletas en Orihuela. Sus inquietudes políticas le llevaron a afiliarse a la U.G.T. y a ser concejal por Izquierda Republicana. Al estallido de la Guerra Civil en julio del 36 se inscribió en el Comité de Enlace Antifascista. Como hombre de acción el 16 septiembre ya se había alistado al recién creado Ejército Voluntario y destinado al batallón Levante en Valencia,  y más tarde, al Batallón de Hierro hasta el 10 de diciembre, alcanzando el grado de alférez. En el mes octubre la unidad de Granell pasó a llamarse Batallón Motorizado de Ametralladoras. Amado ya es capitán desde noviembre y en diciembre el batallón será la  base para la formación de la Brigada Motorizada de Ametralladoras, que el 22 de abril de 1937 se convertiría en el Regimiento Motorizado de Ametralladoras. La unidad, en su evolución, había pasado de los 136 miembros iniciales a 1.200 al mando de Granell. Combatieron en Toledo y en la defensa de Madrid. El regimiento fijó su cuartel general en un convento de la capital. Allí prosiguieron con la edición de la revista  Hierro, órgano del regimiento, y que dirigía el pintor José Vela Zanetti.

 

EJERCITO POPULAR REPUBLICANO 3 MOTORIZADA

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En diciembre de 1938,  y con el grado de comandante, es el jefe de la 49 Brigada Mixta, formada por los batallones 193, 194, 195 y 196, que combaten a los golpistas para evitar la ocupación de la provincia de Castellón.

Consumada la derrota republicana fue uno de los últimos en huir del avance de las fuerzas franquistas. En vísperas de la derrota republicana se encontraba atracado en Alicante, a la espera de cargar una partida de naranjas, un barco carbonero británico de nombre Stanbrook; su capitán, un galés llamado Archibald Dickson, viendo el peligro que se cernía sobre los miles de republicanos esperando medio de transporte, decidió socorrer a los refugiados. Dickson zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939 con 2.638 personas a bordo y sorteando los proyectiles lanzados por el crucero Canarias que bloqueaba el puerto. Como anécdota, Amado tenía dos plazas en el buque con los números 2.073 y 1.928. A pesar de ir el barco cargado hasta los topes, más de 15.000 republicanos quedaron en el puerto de Alicante sin poder embarcar. Después de 22 horas de travesía el Stanbrook llegaba a Orán.

 

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El Stanbrook en el puerto de Alicante.

Al llegar a Orán, Granell fue internado, junto con otros combatientes republicanos, en un campo de concentración francés. Por fortuna, fue reclamado por su hermano Vicente que había llegado un par de meses antes y vivía ya en el barrio español de Babel-Oued. Allí permaneció hasta diciembre de 1942. El 8 de noviembre se había iniciado la operación Torch y los norteamericanos habían desembarcado en el norte de África.

Granell se alistó en Argel en los “Corps Francs d´Afrique”, al mando del general De Monsanbert de las Fuerzas Francesas Libres (FFL), y que acompañan al ejército británico en el avance a Bizerta y en la Batalla de Túnez contra las fuerzas del Afrika Korps de Romel, en alguno de los numeroso combates que vivió fue herido en la cabeza e ingresado en un hospital argelino. En la batalla de Túnez consiguió el grado de teniente y coincidió con varios de los futuros compañeros de La Nueve.

 

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En la Nueve.

Terminada la campaña de Túnez, los Cuerpos Francos tenían que incorporarse al nuevo cuerpo de ejército comandado por el general Henri Giraud. El general francés antiguo combatiente en Marruecos y en la Primera Guerra Mundial, había sido hecho prisionero en  Wassigny por tropas alemanas en mayo de 1940, pero logró huir en 1942 y tras numerosas vicisitudes llegar a Argelia, donde mantuvo una ambigua posición con los generales fieles a Vichy y con los aliados. Muchos de los integrantes de los Cuerpos Francos y de la Legión Extranjera, sobre todos los españoles, desertaron de las tropas al mando de Giraud para enrolarse en la nueva División Blindada que estaba formando el general Leclerc. Uno de ellos fue Amado Granell quien, además, animó a numerosos compatriotas a alistarse en la que sería la llamada División Leclerc.

En verano de 1943 se formó en Tripolitania la División, consta como fecha de su fundación el 24 de agosto. De los 16.000 hombres que la formaban, 2000 eran españoles, a quienes todos llamaban “los Pingüinos”. Amado quedó asignado a la novena compañía del Tercer Batallón del Regimiento de Marcha del Chad como teniente. La compañía estaba formada casi exclusivamente por soldados españoles (144), su idioma oficial era el castellano y el nombre por el que la conocían todos: La Nueve. El mando se le asignó al capitán francés Raymond Dronne.  Después de su formación en tierras africanas fueron enviados, junto el resto de las tropas de Leclerc  a Inglaterra, concretamente a Pocklington  en Yorkshire a 39 Km. de York.

La División permaneció en Inglaterra hasta su desembarco en Normandía el 3 de agosto de 1944. Antes, Dronne, había nombrado al teniente Amado Granell su segundo en el mando por su valor y su carácter flexible y conciliador entre una tropa muy veterana y un tanto indisciplinada. Los Cosacos, como llamaban a los componentes de La Nueve, también fue el nombre del half-track de mando, que comandaba el propio Granell. La campaña a través de Normandía fue extremadamente dura y Granell destacó por su temeridad y arrojo en todas las batallas, significándose como uno de los mejores oficiales de la División.

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Granell en Écouché

París

De Gaulle tenía la intención de que las Fuerzas Libres Francesas fuesen las que liberaran la capital. Ante la incertidumbre de los aliados que preferían seguir avanzando y dejar a París embolsado en retaguardia, De Gaulle ordenó al general Leclerc que avanzara con su División. La tarde del 24 de agosto de 1944, el general Leclerc se encontraba a 10Km. de París sabiendo que una guarnición de 20.000 alemanes les esperaba. Ordenó a Dronne que se adelantara con su compañía hacia la capital. La Nueve entró por la antigua Puerta de Italia y ante los vítores de la población llegaron los a las 21.20 al Ayuntamiento parisino. Allí les esperaban los jefes de la Resistencia. El primero en llegar a la alcaldía fue Amado Granell.

Fragmento de Pingüinos en París

Los paisanos que han salido al encuentro de la cabeza de la compañía, advierten a Granell que parte de la avenida de Italia está ocupada por unidades del ejército alemán y muchas calles están batidas por el fuego enemigo; entonces decide desviarse por la rue Baudricourt. La columna atraviesa la place Nationale y giran por la calle del mismo nombre. Dronne ordena entonces dirigirse al ayuntamiento. Algunos miembros de la Resistencia les saludan alborozados, hace ya demasiados días que luchan solos para liberar la capital. Robert Millet, un abogado norteamericano residente en la ciudad, ve aparecer al Santander frente al portal de su casa en la plaza Pinel, reconoce los uniformes y les grita en inglés creyendo que son compatriotas. ¡Welcome boys! ¿Yankee? le preguntan, el americano sonríe y afirma con la cabeza. “Nosotros somos españoles”,
contesta Sanchís para sorpresa del abogado. A la altura de la rue Squirol las gentes les abrazan y empiezan a entonar la Marsellesa,
Hugo les acompaña en sus cantos revolucionarios, siente que sus recuerdos de infancia vuelven transportados por el tiempo y acunados por las palabras de su padre: Es la tierra de la Libertad…

El teniente Granell atraviesa el primero con su automóvil Tatra el puente de Austerlitz para asegurarse de que no está minado y llega a las cercanías del ayuntamiento parisino; informa que, al parecer, el edificio ha sido ya tomado por la Resistencia
y que no hay alemanes a la vista. Dronne y el resto van en su pos, desde una ventana arrojan flores sobre el jeep de mando, la alsaciana se asusta, podría haber sido una bomba. Siguiendo a Dikran atraviesan a su vez el puente de Austerlitz, cruzan el Sena, llegan al boulevard Henry IV y protegidos por los muelles fluviales desembocan
en la place de l’Hôtel de Ville. Se escuchan detonaciones lejanas. El peculiar ruido de las orugas parece acompasar los gritos de la población, es un run run que parece gritar algo así como: libertad, libertad. Se escucha el tableteo de una ametralladora, al final de la calle un par de confiados civiles caen heridos sobre el pavimento. Los “cosacos” responden al fuego haciendo enmudecer los fusiles alemanes. Están más que preparados, ansiosos de revancha,de ganar esta guerra para poder olvidar la que perdieron en su patria; han luchado en tantos frentes que ni siquiera recuerdan los nombres, pero sí cada rostro amigo o enemigo que han visto morir, o eso imaginan en sus pesadillas.
Las campanas empiezan a tocar, el gran Bourdon de Nuestra Señora responde a sus hermanas. Cantan a la liberación. ¡París libéré!, gritan las gentes, los componentes de la columna sienten el amparo del pueblo, algunos lloran emocionados. La avanzadilla llega a la plaza, el primero es el Guadalajara; una joven parisina de doradas trenzas se sube al half – track y besa en los labios a Juan Rico, él la corresponde entusiasmado. Los otros semiorugas que siguen al Guadalajara toman posiciones para evitar un ataque alemán. Las gentes les abrazan y vitorean. El reloj de la fachada marca una hora histórica las 21.22.

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Al día siguiente  el periódico Liberation, publicaba en su portada la llegada de las tropas aliadas y la foto del primer “americano” en llegar a París. Era Amado Granell, de Burriana.

Foto histórica para publicar

París 25 de agosto de 1944. El capitán Dronne, el teniente Amado Granell, a su derecha, y el subteniente Martín Bernal, a la izquierda y el soldado Pirlian, al fondo, preparan el asalto a la telefónica.

Fragmento de Pingüinos en París

En aquel mismo momento y en la plaza del ayuntamiento, Dronne distribuía a sus hombres. El periódico Libération publicaba en su portada un titular con la leyenda de Ils sont arrivés, acompañada de una foto de Granell con Bidault y el prefecto de París, y en cuyo pie rezaba: “El prefecto de la ciudad felicitando a un oficial de la División Leclerc” y se destacaba a Granell como “le premier soldat américain”; difícil encontrar una ciudad norteamericana llamada Burriana.
Pasado un cuarto de hora de las nueve de la mañana, la prefectura parisina pidió a Dronne que liberara la central telefónica de la rue des Archives, situada a menos de cien metros de la plaza. Trazaron un plan. El capitán ordenó a Granell permanecer en el ayuntamiento y en principio dispuso que Hugo asaltara el edificio de la telefónica desde la rue du Temple, mientras Michard con Garcés lo harían por la rue des Archives; pero cambió de opinión y envió a Elías a la telefónica, ordenando a Hugo que tratara de capturar al Estado Mayor alemán en el Maurice.

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Amado Granell a bordo de su Tatra 57 encabezando el desfile de celebración de la liberación de París el día 26 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París

Amado Granell con su sufrido Tatra 57 K encabezaría al resto de los semiorugas de la compañía capitaneados por Hugo. Todo un honor para La Nueve. Detrás, un grupo de jeeps conduciría a los periodistas y fotógrafos.
La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros
de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo. Las futuras generaciones tendrían que cantarlo algún día, al igual que las contemporáneas lo festejaban hoy. París era libre, gracias a muchos y al arrojo de unos cuantos.

Continuará…

Robert Capa en Pingüinos en París (Bajo dos tricolores) II

En esta segunda parte están las fotos de Capa en la Segunda Guerra Mundial de momentos que parecen en la novela.

Hoy, 22 de octubre, se cumplen 103 años del nacimiento de  Robert Capa, un genio fotográfico y uno de los mejores fotoreporteros  de la historia. Él es uno de los personajes de mi novela “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)”. Os dejo algunas de sus apariciones en el libro y  las fotos de referencia.

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Capa viajando a Liverpool. Foto Magnum

Su buque arribó al puerto de Halifax, en Nueva Escocia, donde permanecieron atracados hasta el día siguiente para formar parte del convoy protegido de veinticuatro buques de distintas nacionalidades con destino a Europa. Aquella noche de espera fue aprovechada por Capa para recorrer una docena de barcos y catar  los licores de cada nacionalidad. La travesía fue pródiga en fotos, cada detalle, cada estela de mar abierta por el convoy y cada atardecer reflejado en barcos y en hombres fue atrapado para narrar su regreso a Europa. También pasaron sustos y miedos durante el trayecto, los submarinos alemanes, como tiburones hambrientos, les acosaron durante el peligroso y largo viaje a Liverpool, aunque sin llegar a atacarles.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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No hizo falta anunciarles que sobrevolaban sobre Sicilia. Las explosiones de las baterías italianas y alemanas producían destellos de verbena que iluminaban el interior del avión y recortaban el semblante de los soldados pintándoles contraluces en el rostro. Una explosión sacudió al aparato en forma de malavenida. El piloto giró los mandos al divisar la costa siciliana. Pese a las explosiones y a las sacudidas nadie comentaba nada. En el interior de la nave todo era silencio, tan solo roto por los flashes de la Leica de Capa. Algunos comenzaron a vomitar, un olor a agrio se extendió por el avión…

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Foto Robert Capa

Robert Capa había pasado toda la noche colgando de aquel árbol en un bosque de no sabía dónde. Le dolían los hombros de soportar su propio peso sujeto a las correas del paracaídas. Se decía a sí mismo que no estaba asustado y que alguno de sus compañeros de salto vendría a por él; se escuchaban cañonazos y disparos lejanos y eso le tranquilizaba porque era una clara señal de que no combatían en las inmediaciones. A pesar de todo, no se atrevía a pedir ayuda por si era escuchado por el enemigo o mal interpretado por los amigos ya que su inglés no era demasiado bueno y su acento demasiado oriental.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Foto de Capa (Sperlinga, Sicilia)

Robert Capa observó los dedos moteados y arrugados del anciano señalando sobre el mapa el camino a seguir y el encuadre fotográfico de su cara arrugada, llena de pliegues y viejas sonrisas. Su Leica inmortalizó aquel rostro y aquella vestimenta campesina de pantalón holgado y cordel al cinto. El pequeño grupo reanudó su marcha camino de una colina rocosa que guardaba la carretera que conducía a Gangi.

 Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Robert sintió un miedo insuperable y corrió hacia la barcaza que iniciaba su derrota hacia el buque nodriza, tomó la última foto de aquel día desde la cubierta de la nave salvadora. La silueta del Chase se recortó en el horizonte. Hacía tan solo seis horas que partiera del buque y un mundo de sensaciones habían transcurrido en el espacio de tiempo que dura una excursión campestre. Al llegar a la nave se cruzó con la última oleada de infantería de la 16 que embarcaba en ese momento; la cubierta del buque estaba ya llena de heridos, barrida de lamentos, de sollozos y de bolsas blancas con los restos de lo que apenas horas antes habían sido jóvenes cargados de vida y de esperanza. Del bolsillo de uno de ellos que estaba siendo embolsado asomaba un juego de naipes. El muchacho había perdido su partida más importante.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Fotos de Robert Capa del día D, excepto la última en la que aparece con cigarrillo en la boca. Todas de MAGNUM PHOTOS- Collection Capa

Superó su miedo e hizo más fotos a pesar de la poca luz y de las columnas de humo. Todo era un caos, los infantes permanecían aplastados contra el sábulo, algunos muertos o heridos; otros, atemorizados. Terminó el primer rollo de la Contax, estaba entumecido, las manos le temblaban, la ropa mojada le helaba las piernas; recordó que había abandonado su flamante Burberrys en la barcaza. Cambió de refugio y se parapetó detrás de un vehículo anfibio al que las llamas habían consumido y puso nueva película.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Foto de Jack Lieb, julio1944

 Tomaron fotos con la famosa abadía al fondo, incluso rodaron un cortometraje. Allí coincidieron con un grupo de amigos de Ernest, como Bill Walton o Maurice Chevalier y su esposa. Maurice trataba de recuperar su prestigio, un tanto marchito a causa de sus actuaciones para los ocupantes alemanes, y que el público francés perdonaría pronto a su chansonnier favorito. Decidieron comer todos juntos en el restaurante del hotel de Mere Poularde, en pleno centro de Mont Saint-Michel, probar sus exquisitas tortillas y disfrutar de aquellas mini vacaciones. A pesar del penoso accidente en Inglaterra, Hemingway se sentía contento. Francia empezaba a ser una fiesta.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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La rapada de Chartreuse de Robert Capa

El padre la esperaba con un hatillo de ropa. Simone empezó a caminar, sujetando muy fuerte a su bebé. La gente se fue arremolinando a su alrededor, al llegar a la calle del Cheval Blanc la rodeaban y la seguían más de un centenar de personas. Encabezaba la comitiva su padre George Touseau, cabizbajo, con el hatillo en la mano izquierda y el rostro adusto; un pobre ignorante votante de extrema derecha y filonazi. La muchedumbre iba cercando a la desgraciada riendo e increpándola; los pequeños, imitando a sus mayores, se burlaban de ella. A Simone solamente le preocupaba su bebé que dormía el sueño de los inocentes en brazos de su madre. Capa se adelantó unos metros y esperó en el centro de la rue du Cheval Blanc la llegada de aquella iconoclasta procesión…

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Ya en su habitación, Capa hizo una recapitulación de lo acontecido. Trató de recordar los nombres de los blindados que habían entrado los primeros en París como le habían contado sus amigos. Solo pudo acordarse de un nombre: el Teruel. ¡Y qué diablos es el Teruel!, pensó. Imaginó uno de los Sherman y su enorme ilusión transformó los hechos para siempre. Él había entrado de los primeros en París a bordo de un Sherman de la Segunda División Blindada de nombre Teruel… y se durmió pensando en Gerda.

 Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Fotos de Capa para Life y otras revistas

La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo.

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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De repente sonaron unos disparos, la multitud se lanzó al suelo atemorizada. Capa hizo unas cuantas fotografías del instante, rostros de sorpresa y de temor. De Gaulle se mostraba impasible, le había costado mucho llegar allí para que unos francotiradores le aguaran  la fiesta. Varios miembros de las FFI se lanzaron a la búsqueda de los emboscados. Algunas familias con niños se refugiaron detrás de los jeeps o al amparo de los blindados, hubo unos instantes de confusión que concluyeron a los pocos minutos. Desde los half – track respondieron al fuego y los disparos cesaron…

Párrafo de Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Si la foto no es lo suficientemente buena, es que no te has acercado lo suficiente.

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Robert Capa en Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

Hoy, 22 de octubre, se cumplen 103 años del nacimiento de  Robert Capa, un genio fotográfico y uno de los mejores fotoreporteros  de la historia. Él es uno de los personajes de mi novela “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)”. Os dejo algunas de sus apariciones en el libro y  las fotos de referencia.

 

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Foto: Robert Capa (Endre Endrö Friedmann)

 

Los diseños de la señora Friedmann y sus patrones podrían haber empapelado todas las paredes. Sus modistas, de alegre parloteo y demostrada eficacia, andaban cosiendo por toda las estancias, excepto en el taller del esposo y por la sencilla razón de que entre los trajes casi acabados, los escritos, los libros y los periódicos, no cabía un alfiler. Además estaba el hermano menor de la familia, el pequeño Kornell, de apenas once años, que andaba con sus juegos infantiles todo el día por la casa. Así que el joven Endre Endrö Friedmann, dispuesto a escapar del alboroto, pasaba más tiempo en la calle que en aquel laberinto de talleres y oficinas que se había convertido su hogar…

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Budapest en la época en que nació Robert Capa.

Su primer trabajo importante como fotógrafo en Berlín fue cubrir la conferencia de León Trosky  en Copenhague  para  el Der Weltspiegel.

 

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Trosky en Copenhague por Capa

Noviembre. Hace un frío tan intenso en la capital danesa que invita a beber un snaps de  akvavit  o de vodka ruso, y eso es lo que pide Endre al camarero. “Tal vez sea lo más acorde con el reportaje”, piensa. Desde la cristalera del café observa la calle, su vaho empaña el cristal, echa a un lado la cámara Leica que se bambolea grácilmente colgada de su hombro en bandolera, limpia entonces la transparente superficie con la bocamanga para poder seguir a la marea humana. Grupos de gentes, obreros en su mayoría, embutidos en sus trajes de pana se dirigen al auditorio. Desde otras calles, jubilosos jóvenes con banderas rojas confluyen con los trabajadores. Lev Davídovich Bronstein, ya León Trotsky para todos, el que fuera uno de los principales impulsores y cerebros de la Revolución de Octubre, dará una conferencia en el Stadium de Copenhague. Como si de una consigna se tratara el cielo danés aparece despejado y no caerá la nieve; el rojo de las banderas estudiantiles será la coloración predominante sobre el blanco invierno. Una metáfora celestial del triunfo bolchevique sobre los blancos zaristas ahora hacía quince años.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Gerda Taro y Robert Capa en París, foto de Fred Stein

Endre preparó su cámara y disparó varias veces. Luego se acercó a Gerda. Ella le esperaba, al llegar a su altura levantó las manos por encima de su cabeza y las pasó por detrás del cuello del joven. La Leica chocó contra el pecho de Gerda que se puso de puntillas y buscó los labios de Endre. Aquel sería el primer beso y las primeras fotografías de la pareja; y a estas seguirían muchas y muchos más (…)

 Ya en la calle los dos jóvenes rieron a mandíbula batiente su inocente y necesario engaño. Aquel fue el primer reportaje de Robert Capa, no sería el último. Había nacido un mito.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Gerda Taro, foto de Robert Capa encontrada en la maleta mejicana.

 

Les extendieron los oportunos permisos para transitar libremente como periodistas y fotógrafos. Gerda fotografiaba con su Old Standard Rolleiflex binocular a niños vestidos de milicianos y a milicianos sintiéndose como niños. Endre cargó con una de sus Leicas para captar el dolor y el miedo. Había pasado muchas horas de su adolescencia en busca del reportaje más verídico y real y allí estaba, representado por la crueldad de una guerra entre hermanos, la muerte de inocentes o los enfrentamientos por pensar de forma distinta. Poder figurar en sus instantáneas el sabor de una comida que puede ser la última o plasmar el olor de la Parca. También la gloria de la defensa de unos ideales o la esperanza de una revolución liberadora y justa.

 Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores

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Niña en Barcelona, foto de Robert Capa

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Refugiados, Robert Capa

 

 

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Gersa y Capa en el frente de Madrid. Magnum fotos

 

Se metió en aquel impoluto baño y dejó que el agua de la ducha fluyera libremente por todo su cuerpo. Llamaron a la puerta. “Probablemente será Endre”, pensó, mientras se secaba. Se envolvió con la toalla y acudió a la llamada. “¿Endre?”, preguntó. Oyó la voz de su amado asintiendo. Entonces dejó caer la toalla y quedó, como decían los milicianos, como su madre la trajo al mundo. Abrió entonces la puerta de par en par. El botones que cargaba con las maletas quedó más boquiabierto que el propio Endre. Gerda pidió perdón y corrió a taparse. El fotógrafo se partía de risa y el muchacho estuvo a punto de no aceptar la propina que le tendía, dándose por bien pagado con la visión de aquella guapa y menudita extranjera de pechos redondos. Endre cerró la puerta y sin dejar de reír se fue directo a la cama, ella había perdido hacía ya un rato la toalla. Madrid olía a pólvora y Gerda a rosas.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores

 

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Fotos de milicianos de Robert Capa o de Gerda Taro

… buscaba a los milicianos anarquistas llegados de Alcoy y pertenecientes a la Juventudes Libertarias. Disfrutaron ambos haciendo docenas de fotografías de los soldados en plena siesta bajo la sombra protectora de unos árboles. Rostros relajados, posturas distendidas. Uno dormía acompañado de su perro; otros, abrazados a sus fusiles boca arriba, boca abajo o de costado. Uno de ellos hurgándose en la bragueta. Era la placidez de los que tienen la conciencia limpia y las manos encallecidas de trabajar en el campo o en las minas extrayendo calcopirita.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Las famosas fotos de Capa del miliciano muerto

 

Camaradas, el enemigo se acerca. Los hijos de la traición tratan de asestarnos el golpe definitivo. No son patriotas como dicen, la patria es la madre, la hermana, la esposa, los hijos y la tierra, no una bandera o un territorio. Defendemos la tierra que cultivamos y regamos, esa tierra que es nuestra y que ellos quieren devolver a un señorito andaluz o a un cacique de los de toda la vida. Estos que avanzan son generales y oficiales que juraron defender a la República y que la traicionan porque no soportan que digamos lo que pensamos y que seamos libres. ¡Camaradas!, sé que os voy a pedir demasiado, que no sois soldados profesionales como ellos, que no disponemos de las mismas armas ni de los mismos medios, pero tenéis corazón. Los que nos atacan son solo un instrumento, la carne de cañón, los profesionales de la muerte y únicamente luchan por un ascenso o una medalla; algunos por miedo. Y son conscientes de que lo que defienden es a los explotadores de la humanidad, a los mismos de siempre.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

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Gerda en París

Gerda Taro bajó del tren cargada con las cámaras y con una maleta de gran tamaño. Endre se abalanzó sobre ella y la abrazó emocionado, la boina que cubría a la fotógrafa salió despedida. Tomaron un taxi, él dio una dirección al taxista que dudó un momento. “¿Froidevaux?” Capa le sacó de dudas. “La antigua Champ d’Asile, paralela a Daguerre”. El hombre levantó sus espesas cejas al localizar en su memoria el itinerario de la calle. El automóvil tomó camino en dirección al cementerio de Montparnasse, atravesó la plaza Denfert-Rocherau y paró a la altura del número 37, frente a las tapias del cementerio.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores)

 

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Frente de Teruel, foto de Robert Capa

Regresaron al puesto de mando encogidos sobre sí mismos mascando copos de nieve turolense. La amigable conversación les llenó de gozo y de añoranzas, y la estufa de hierro forjado, de calor. Una llamada del puesto de mando marcó su punto final. Robert Capa se despidió, abrió la puerta y el soplo de viento helado aulló antes de que un aura de frío invadiera la sala. Hugo vio cómo se alejaba su amigo, con las Leicas colgadas del cuello y el chaquetón tres cuartos adosado como una segunda piel.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores

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Luise Reiner en París, foto de Capa

Les propuso acompañarle a un reportaje fotográfico para Luise Rainer, una estrella de Hollywood, alemana y judía como Gerda, ahora residente en los Estados Unidos donde había ganado dos Oscar en los años 1936 y 1937. Ellos aceptaron gustosos la invitación, conocían la fama de Luise como ferviente defensora de la República Española y que gracias a su ayuda Joris Ivens había podido rodar en el 37, Spanish Earth, un documental sobre la guerra española y que costó una discusión entre sus dos guionistas John Dos Passos y Ernest Hemingway, quien, además, prestaría su voz como narrador.

Párrafo de la novela: Pingüinos en París (Bajo dos tricolores

 

 

Los half-track de La Nueve

Cuento en mi novela que:

Los half- track era unos vehículos del tipo semioruga. Es decir, un todoterreno con ruedas  convencionales, instaladas en la parte delantera para la dirección y con orugas, tipo carro de combate, en la parte trasera para la tracción. Esta combinación le hacía muy operativo y capaz de  soportar mucha carga, tanto de hombres, de pertrechos, o remolcando piezas de artillería .

Para 1940, el half-track había sido estandarizado en el ejército norteamericano como vehículo para la infantería mecanizada. La 2ªDB, Segunda División Blindada de la Francia Libre, conocida como La División Leclerc,  fue dotada de semiorugas M2 y M3. Su novena compañía: La Nueve, bautizó a sus vehículos con nombres españoles.  A continuación podéis  ver algunos de ellos:

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De Gaulle pasando revista a los half – track de La Nueve, antes del desfile del 26 de agosto de 1944.

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El Almiral Buiza, bautizado con el nombre del último almirante republicano.

 

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El Brunete.

 

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El Don Quijote (Don Quichotte) con su tripulación y otros miembros de La Nueve.

 

 

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El Ebro.

 

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El Cap Serrat

 

 

 

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El Madrid, con Ramón Gualda

 

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El Guadalajara, con su tripulación en el Bois de Boulogne

 

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El “Los Cosacos” (Les Cosaques) en Estrasburgo

 

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El España Cañí, rebautizado como Libération

 

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El Guernica

 

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El Los Pingüinos (Les Pingouins)

 

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El Santander

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El Teruel

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El Nous Voila ¿Belchite? Foto posterior a la liberación de París.

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Imágenes del desfile del día 26-8-1944

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El “Almiral Buiza” maqueado como “Teruel”. Los Half track llevaban el nombre en la parte delantera. La banderas es la española republicana. Desfile del 26-8-1944

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Desfile del 26-8-1944

 

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Cap Serrat

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Preparación del desfile.

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Resistance

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El Resistance en la plaza del Ayuntamiento el 24-8-1944

 

 

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Domingo Baños en el Guadalajara