Gerda Taro en Pingüinos en París

 

Hoy, 26 de julio, se cumplen 80 años de la muerte de Gerda Taro, nacida Gerta Pohorylle  en Stuttgart el 1 de agosto de 1910, y fallecida en El Escorial el 26 de julio de 1937, aplastada accidentalmente por un carro de combate durante la Guerra Civil.

Gerda Taro in Hat, 1936 vintage gelatin silver print, 24,6 x 18,1 cm.

Uno de los personajes más destacados de la novela es la fotoreportera Gerda Taro. En mi novela se cuenta su llegada a París, cómo conoció a Robert Capa  y su vida en común. Ambos fotógrafos compartieron su tiempo, su amor  y sus fotografías, sobre todo, en el marco de la Guerra Civil Española; tanto, que todavía hoy es complicado saber con exactitud que fotos con la firma de Robert Capa fueron obra del artista húngaro o de su pareja la genial Gerda.

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Gerda en París, fotografiada por Capa.

 

Fragmento de Pingüinos en París.

La joven andaba por la rue de la Convention admirada del multicolor septiembre parisiense. Un rayo solar dibujó en su melena castaña de tonos dorados un aura insólita. Era delgada pero no flaca, perfil griego y mirada penetrante, de cuello largo como los cisnes de las óperas wagnerianas, o eso le gustaba creer; algo menuda para la energía que transmitía, de andares constantes como si a cada dos pasos uno de ellos fuese un pequeño vuelo sobre la calzada.
La Alemania que había dejado atrás estaba siendo barrida por una tormenta de proporciones impredecibles que todo lo fagocitaba: historia, derechos, cultura y libertades. Una nación llena de peligros, sobre todo para ella, colaboradora del Partido Obrero Socialista de Alemania. En una de las numerosas manifestaciones universitarias
quedó aislada del grupo de compañeros y rodeada por elementos nazis que no dudaron en aporrearla. No le dolieron los golpes ni los cortes, le lastimó más la sensación de impotencia. El hecho de ser judía le había forjado una especie de caparazón donde las exclusiones no dañaban, aunque dolían de una forma física y vital.
Recordó aquel primero de agosto cuando decidió abandonar el lugar donde imaginó ser feliz. Cumplía 23 años, la edad en la que se consolidan las personalidades según el entorno y el suyo estaba maldito por la cruz gamada. Llegar a la Ciudad de la Luz significó alcanzar un horizonte abierto. Gerda se sintió sola, pero libre. Después
de las primeras noches con el recuerdo de una patria que ya no existía, decidió salir del caparazón del autoexilio y apareció por las conferencias de los círculos izquierdistas opuestos a los gobiernos conservadores que mandaban en aquella Francia, más interesada en agradar a Hitler que en ser fiel a su pensamiento revolucionario y a su histórico culto a la razón. A los pocos meses había contactado con otros refugiados. En una de esas reuniones alguien le proporcionó la dirección del eminente psicoanalista René Spitz, un vienés de familia húngara, especializado en traumas infantiles. Ambos se sintieron muy identificados en su exilio parisino, tanto que el psicólogo- pediatra le ofreció un empleo como secretaria en su consulta.
Dejó sus ensoñaciones al percatarse del joven de la cámara fotográfica que estaba a su espalda. Le había delatado el cristal del escaparate de la tienda de confección cercana al hospital Saint Jean de Dieu. Gerda se giró lentamente. Era un guapo veinteañero de amplia sonrisa, cabello moreno y ondulado, rostro cuadrado y simétrico.
Todo en él denotaba un especial temperamento. Una Leica colgaba de su cuello, grueso y poderoso, como el de un atleta de los pasados juegos olímpicos en Los Ángeles. Él levantó su cámara.
– ¿Puedo hacerle una foto, señorita?
– ¿Cómo? – exclamó Gerda en francés.
El joven captó el acento alemán de su interlocutora.
– Soy fotógrafo, me gustaría… – le dijo en alemán.
– Perdona, pero no te conozco – respondió ella con cierto nerviosismo.
– Yo sí, te he visto en sueños.
– Pues tendrás que seguir con tus ensoñaciones…
Gerda giró sobre sus talones, se sintió azorada, notó que tenía la cara roja.
– Espera, espera. Soy reportero gráfico, bueno, o eso pretendo. Me gusta captar rostros interesantes, fisonomías especiales. Nací con esta cámara colgada del cuello.
Ella sonrió por primera vez.
– Y haciendo fotos desde la cuna, ¿no?
– Exacto.
A partir de aquel momento, el hielo de la indiferencia se fue deshaciendo lenta pero inexorablemente.
– Endre Ernö Friedmann – dijo él extendiendo su mano.
– Gerda Pohorylle. ¿Eres judío? – preguntó.
– Sí, húngaro… pero he vivido en Alemania, en Berlín.
Hablaron sin parar durante largo rato, como si el tiempo no existiera.
– Aquí sería bonito – dijo ella, al llegar a los jardines de Saint Lambert.
– ¿Bonito?
– …Sí, hacer la foto.
– ¡Ah, la foto!
Endre preparó su cámara y disparó varias veces. Luego se acercó
a Gerda. Ella le esperaba, al llegar a su altura levantó las manos por encima de su cabeza y las pasó por detrás del cuello del joven. La Leica chocó contra el pecho de Gerda que se puso de puntillas y buscó los labios de Endre. Aquel sería el primer beso y las primeras fotografías de la pareja; y a estas seguirían muchas y muchos más.
Pasadas algunas semanas decidieron compartir cama y séptimo cielo en el piso de Gerda en Port Royale. Acudieron a las veladas parisinas de los amigos de Endre, otros fotógrafos deseosos de retratar la vida… y tal vez la muerte, entre ellos dos amigos inseparables,Chim y Henri Cartier-Bresson. Durante estas soirees Gerda se introdujo en el círculo intelectual que frecuentaba Endre y él en los políticos en los que se movía ella. Ambos universos proporcionaban grandes oportunidades para compartir reflexiones e ideas en un ambiente de generosa amistad. Nadie iba con pensamientos preconcebidos
o absolutamente cerrados, los intercambios de simpatías y los razonamientos abiertos daban riqueza a los diálogos. Llegados a puntos de acuerdo se felicitaban mutuamente. Endre se dedicó a enseñar a Gerda los secretos de la fotografía.
– Busca en las almas. Lo que hay detrás del iris humano, lo que la gente normal no ve.
Gerda empezó a interesarse por el arte de Endre. Comenzaron a trabajar juntos. La capacidad de aprendizaje de la joven y el interés del húngaro estimularon a la alemana para convertirse en una gran profesional. Cada nueva foto le permitía escrutar en la vida del retratado; a través de los rostros accedía a una puerta vedada para los demás…

Por Fred Stein

Gerda fotografiada por Fred Stein en París

 

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Foto de autor anónimo de Gerda Taro

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Detalle de la foto anterior

 

 

Fragmento de Pingüinos en París

Una noche Endre llegó ya pasadas las nueve al apartamento que compartían. Entró en el dormitorio. Gerda estaba haciendo la cama, un lecho con más vocación de ser deshecho que la de permanecer en perfecto estado de revista. Se descolgó la cámara y se acercó a ella. No podía verle el rostro, estaba un poco inclinada sobre el cubrecama
en el intento de perfilar los pliegues bajo los almohadones. Se acercó y la abrazó por detrás. Ella ladeo la cabeza para que ambas mejillas se encontraran. Lentamente se giró hacia Endre hasta sentir la fuerza de su deseo pegada en su vientre. Se elevó sobre las puntas de sus pies menudos para mejorar la posición, como quien busca frente a la hoguera entrar en calor.
– ¿Vas a hacerme el amor? – dijo con la mayor naturalidad.
– Tal vez – repuso él con la mirada llena de avidez.
– ¿Termino de hacer la cama o la deshacemos?
– Depende ¿Qué hay para cenar?
– Todavía no he hecho nada…
– Pues entonces, vamos a volar.
Todo pareció ponerse en movimiento en el dormitorio. Las prendas de Endre volaron por encima de la cabeza y aterrizaron en el suelo de la alcoba. Ella se quitó la poca ropa que llevaba puesta y quedó desnuda ante el joven. Él la contempló durante un instante y ella percibió su deseo. Una mezcla de ternura y sensual apetito les envolvió y sus cuerpos sintieron la más feliz de las atracciones y parecieron levitar hasta aterrizar en la cama donde se sintieron en posesión de todos los anhelos. Cambiaron de postura media docena de veces para tratar de perfeccionar el acoplamiento, de sentir más, de amar con toda la intensidad de la que eran capaces…
Felices y jadeantes se sentaron en la cama mirándose el uno al otro. Gerda se abrazó al almohadón y apoyó la cabeza en el pecho de Endre.
– ¿Cómo ha ido la entrevista?
– Mal, les encantan nuestras fotos, aun así dicen que no tienen salida.
– Lo de siempre ¿no?  Pohorylle y Friedmann no venden ¿eh?
– Ah, sí fuésemos americanos… norteamericanos.
– Ja,ja, un poco tarde, o tal vez un poco pronto.
Gerda se puso de pie en la cama. Su grácil figura botaba sobre el lecho. Endre reía.
– ¿Qué ocurre? ¿Algún baile nuevo?
– No, tonto, ya lo tengo… hay que inventar un fotógrafo americano.
Se sentaron como dos niños a buscar un seudónimo que pareciera
lo más norteamericano posible. Gerda sonrió.
– Tiene que ser un nombre corto, impactante…cinematográfico. ¿Cómo se llamaba el actor de la película del otro día?
– ¿Robert Taylor?, el de Camille…
– Ese, justamente.
– Pero, no Taylor, ¿verdad?
Ella estalló en una carcajada. No, no. Dime… ¿Cómo se llama el director que ganó el Oscar este año?
– Frank, Frank Capra.
– No me gusta… tal vez Capa. ¿Qué te parece?
– Robert… Robert Capa. No engañaremos a nadie, no obstante podemos intentarlo.
Días después con la seguridad del nuevo personaje que habían creado fueron a visitar a Lucien Vogel, redactor jefe de la prestigiosa revista Vu. Les recibió en su despacho de la redacción, con mucha simpatía aunque disponiéndose a sacárselos de encima con toda la cordialidad de la que era capaz.
– Pasad, pasad, pareja. ¿Algún nuevo reportaje? – dijo, haciendo acopio de paciencia.
– Sí – repuso Gerda–. Pero esta vez no es nuestro.
– Bien, vosotros diréis – dijo Lucien, acomodándose en el sillón de piel tras su mesa de despacho.
– Es un trabajo de Robert Capa, ese reportero gráfico americano tan bueno de quién ya te habló Endre.
– ¿Robert Capa?
– El mismo.
– ¿Cuándo me hablaste de él?
– El mes pasado…cuando te comenté sus trabajos para Life.
– No recuerdo. ¿Y dices que es norteamericano?
– Sí, y muy famoso, le conocí en Estocolmo.
Mientras tanto, Gerda había ya abierto la carpeta de piel con las fotografías del reportaje de Capa. Lucien, envuelto por la curiosidad,
estiró ligeramente el cuello para apreciar de soslayo las fotos. Gerda las sacó parsimoniosamente, una a una, y las mostró al entusiasmado editor.
– Son buenas. ¿Para quién me dices que trabaja?
– Bueno ya te comenté que para varias agencias y revistas, y tú me sugeriste que te enviara algún trabajo…
– ¿Yo? No recuerdo… ¡Ah, son buenas, muy buenas! – exclamó mientras las miraba con admiración – ¿Creéis que…? – dijo al fin.
– ¿Si trabajaría para Vu? Pues claro – respondió Gerda–. Por eso nos dio las fotos…
– Pero no en exclusiva – añadió Endre.
– Claro – dijo Lucien, mientras guardaba las fotos.
Ya en la calle los dos jóvenes rieron a mandíbula batiente su inocente y necesario engaño. Aquel fue el primer reportaje de Robert Capa, no sería el último. Había nacido un mito.

Gerda Taro (1910-1937) une des premières femmes photographes de guerre. Liée à Robert Capa. Elle mourit sur le terrain en Espagne.

 

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Fotos de Gerda por Robert Capa o Fred Stein

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Fragmento de Pingüinos en París

Gerda Taro comprendió que había nacido para fotoperiodista cuando vio como sus instantáneas surgían mágicamente del revelado.
Los resultados le daban la necesaria seguridad y la idea de conseguir un buen reportaje le parecía ahora más cercana. Contemplaba sus fotografías con una fascinación casi mística. No había sido fácil, sometió sus primeros trabajos al juicio de Endre y esperaba con impaciencia ver aparecer la sonrisa en sus labios si el resultado le complacía. En ocasiones, cada vez menos, él fruncía el ceño y pronunciaba el peor de los juicios. “Bueno, no está mal”. Porque Gerda no se conformaba con una simple respuesta diplomática. Entonces interrogaba a Endre hasta que él comentaba los ajustes, desenfoques o luces que faltaban o que sobraban en la foto. Así fue volviéndose metódica y práctica, sin obsesionarse; sabía que tenía el don de contemplar por el obturador lo que el ojo humano no puede captar a simple vista.
En cambio Endre Endrö poseía la seguridad del que ya sabe, su Leica había ya retratado personajes importantes y gentes insignificantes en cualquier calle de Budapest, Berlín o París. Rostros y expresiones distintas que le otorgaban el privilegio del buen hacer. Había encontrado en Gerda una compañera y una socia eficaz, pero sobre todo una pareja. Le encantaba ver como paseaba por la casa con el encanto de la desnudez de su metro y medio de altura. Bastaba. Sus formas eran tan proporcionadas como las de la diosa Circe y eso mantenía felizmente encantado a Endre. El pequeño engaño que ambos inventaron sobre la autoría de sus fotos funcionaba. Su amigo Lucien Vogel de Vu les había perdonado su estratagema, con la condición de que sus fotografías llevaran la firma del nonato  periodista norteamericano. Por eso, la llamada de Lucien a su hogar de la rue Vauvin no les pilló de sorpresa, si acaso el destino que les propuso.
– Ha estallado una guerra civil en España, quiero fotos, muchas fotos.
Gerda y Endre llegaron a Barcelona el 5 de agosto. La ciudad todavía conservaba las huellas de la batalla sostenida durante el levantamiento de los militares del 19 de julio. Por las calles de la capital catalana, grupos de hombres armados preparaban la defensa de la ciudad en previsión de un ataque de los golpistas. Nadie confiaba
en nadie y las Milicias Antifascistas de Cataluña compuestas por sindicalistas, en su mayor parte de CNT, pedían la documentación a todo el mundo puesto que cualquiera podía simpatizar con los sublevados. Se alojaron en un pequeño hotel de las Ramblas y apenas una hora después de deshacer el equipaje llamaron al fotógrafo Pere Català Pic. Català les acompañó a la Oficina de Prensa y Radio, en el 442 de la Avenida del 14 de abril y que dirigía Jaume Miratvilles. El fotógrafo barcelonés hizo las presentaciones. Miravitlles se mostró entusiasmado.
– Verán – dijo –. Esta oficina ha sido creada, precisamente, con el objeto de dar a conocer al mundo nuestra lucha en favor de la democracia. Cualquier testimonio gráfico del frente o de nuestra retaguardia que facilite la comprensión del conflicto en el extranjero nos será absolutamente valioso.
Les extendieron los oportunos permisos para transitar libremente como periodistas y fotógrafos. Gerda fotografiaba con su Old Standard Rolleiflex binocular a niños vestidos de milicianos y a milicianos sintiéndose como niños. Endre cargó con una de sus Leicas para captar el dolor y el miedo. Había pasado muchas horas de su adolescencia en busca del reportaje más verídico y real y allí estaba, representado por la crueldad de una guerra entre hermanos, la muerte de inocentes o los enfrentamientos por pensar de forma distinta. Poder figurar en sus instantáneas el sabor de una comida que puede ser la última o plasmar el olor de la Parca. También la gloria de la defensa de unos ideales o la esperanza de una revolución liberadora y justa. Gerda encontró la belleza en las barcelonesas embutidas en su mono miliciano, dispuestas a maquillarse después de hacer instrucción en la playa, e irse de paseo por las plazas de Barcelona. Tenían el perfume de las rosas al abrirse, las espinas para defenderse y la conciencia de que son hermosas y libres. Retrató a una pareja de enamorados despidiéndose. Él estaba a punto de subir a un coche oficial, llevaba galones de teniente y el distintivo del cuerpo jurídico, el haz de los lictores y una corona de hojas de roble rodeándolo. Ella le susurraba algo al oído, a cau d’orella como decían los catalanes. Gerda, a pesar de estar muy cerca, no entendió las palabras de la enamorada; le pareció italiano, tal vez catalán. Les pidió permiso con un gesto señalando a su cámara. El oficial asintió con la cabeza. Se limitó a disparar un par de instantáneas donde se reflejara lo hermoso de aquel adiós, que Gerda deseó interiormente que fuese solo momentáneo. Lo comentó con Endre.
– ¿Sabes? Hoy he podido retratar el amor. Ha sido a una pareja despidiéndose y he conseguido captar la emoción sobrecogedora de la joven diciéndole al oído que lo amaba. Se notaba que estaban enamorados, como nosotros.
Él sonrió mientras cargaba una película nueva en la Leica.
– Yo he visto el primer muerto. Ha sido en una de las calles, no era un miliciano, era un fascista que trataba de huir de los guardias de asalto. Le han dado el alto y no se ha detenido. Ha caído de bruces, no he podido acercarme. Un grupo de curiosos rodeaba el cadáver…
Ella le acarició el pelo ondulado y bruno cayendo sobre la frente.
– Deberías cortártelo un poco.
– ¿Como el tuyo? – dijo él, mientras sus dedos recorrían la media melena de ella. Gerda apoyó la cabeza en el pecho de Endre.
– ¿Y cómo sabes que le decía que lo amaba?
– ¿Quién?, ¿la pareja que te he contado? –. Endre asintió.
– No hizo falta oírlo, lo sentí.
Él miró aquellos ojos esmeralda que lo habían cautivado. Por algo que no sabía explicarse, tuvo la convicción de que Gerda había encontrado la senda de la comunicación entre el sentimiento y el obturador.
– Eres genial, pequeña.
Ella se excitó, al fin le concedía el mérito de la excelencia sin la necesidad de ver previamente la foto revelada. Confiaba en ella.
A partir de entonces sí fueron un equipo. Ambos firmaban como Robert Capa, así sacaban el máximo provecho a sus virtudes. Él buscaba la acción, cerca, muy cerca del espacio y del momento donde surgía: un soldado herido; un miliciano con su fusil; un coche cargado de ugetistas; el interrogatorio de un prisionero fascista y siempre cerca, entre semblantes guerreros. Ella, en la exploración del personaje y sus emociones, unos jóvenes asomados en la ventana del local de su partido; una miliciana con la mirada perdida al infinito; un niño entretenido en sus juegos. Siempre en pos de paisajes interiores. En ocasiones, amanecía con la imagen fotografiada el día anterior con tal nitidez en su memoria, que luego no le sorprendía verla salir de la cubeta de ácido, tal y como la había imaginado.
En cambio, Endre esperaba el revelado como un oráculo, como una sorpresa inesperada que aportara nuevos gestos y mayor dinámica a la escena.

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Gerda y Robert en España

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Niña refugiada en Barcelona. Atribuida s Robert, pero, posiblemente de Gerda.

 

Miliciana practicando el tiro. Gerda Taro.

Fotografía de Capa por Gerda Taro, publicada en LIFE

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La famosa foto de Gerda del niño  miliciano:  “Niño con gorro”.

Fragmento de Pingüinos en París

Gerda y Edro regresaron a España. Las fotos tomadas el otoño anterior habían aparecido en distintas publicaciones tanto europeas como norteamericanas. Una de las fotos de Gerda, durante la arenga en Villa Alicia, había aparecido en el prestigioso Illustrated London News del 24 de octubre. Pasaron por La Granjuela, en el Valle del Guadiato en Córdoba, a finales de junio por encargo de The March of Time. El fotógrafo Robert Capa era solicitado por todos. Solo que los trabajos del apócrifo estadounidense salían tanto de la Leica III cromada de Endre, como de la Leica II lacada en negro de Gerda.
En el puerto de Almería estaba atracado el buque de guerra Jaime I y solicitaron permiso para fotografiar al barco y a los marineros, que posaron gustosos para Gerda. Luego recorrieron el frente sur por Motril y Calahonda. Sin embargo, la obsesión de ambos era llegar a la asediada Madrid, aunque eran conscientes de que encontrarían muchas dificultades para conseguir los oportunos permisos.
Gerda recurrió de nuevo a Miravitlles para que le facilitara su desplazamiento a Madrid. El Comissariat les facilitó un camión y los permisos especiales necesarios. De nuevo el perfume de la rosa había vencido a los obstáculos.
Llegaron a la capital a finales de noviembre. A pesar del cerco a que les tenían sometidos los sublevados, los madrileños llevaban con humor, determinación y mucha hambre su situación. Se alojaron en el hotel Florida, residencia habitual periodistas y fotógrafos extranjeros. El hotel, situado en Gran Vía esquina Plaza del Callao, era un batiburrillo de reporteros de todas las nacionalidades, en las mesas del salón de desayunos escribían las crónicas de la mañana para enviarlas a los periódicos de medio mundo. Prácticamente, el total de sus doscientas habitaciones estaba siempre ocupado; oficiales republicanos compartían algunas de ellas y se turnaban cuando no tenían servicio en la Ciudad Universitaria o de paso para los frentes.
Gerda subió a la habitación en un vuelo, ¡estaban en Madrid! Le gustó el decorado del cuarto, abrió la puerta de la pequeña terraza y se asomó al balcón que daba a la plaza. Docenas de madrileños pululaban de un lugar a otro como hormigas. Y no se equivocaba, eran como insectos recolectores en busca de cualquier cosa para llenar el buche o llevarla al hormiguero. Madrid estaba hambriento en vísperas de la segunda Navidad en guerra. Gerda, aunque consciente de tanta escasez, se sentía especialmente dichosa de estar allí. Se metió en aquel impoluto baño y dejó que el agua de la ducha fluyera libremente por todo su cuerpo. Llamaron a la puerta. “Probablemente será Endre”, pensó, mientras se secaba. Se envolvió con la toalla y acudió a la llamada. “¿Endre?”, preguntó. Oyó la voz de su amado asintiendo. Entonces dejó caer la toalla y quedó, como decían los milicianos, como su madre la trajo al mundo. Abrió entonces la puerta de par en par. El botones que cargaba con las maletas quedó más boquiabierto que el propio Endre. Gerda pidió perdón y corrió a taparse. El fotógrafo se partía de risa y el muchacho estuvo a punto de no aceptar la propina que le tendía, dándose por bien pagado con la visión de aquella guapa y menudita extranjera de pechos redondos. Endre cerró la puerta y sin dejar de reír se fue directo a la cama, ella había perdido hacía ya un rato la toalla. Madrid olía a pólvora y Gerda a rosas.

STUTTGART DEDICA MUESTRA A GERDA TARO, FOTÓGRAFA DE GUERRA Y PAREJA DE CAPA

Foto de Gerda a los marineros del crucero republicano Jaime I. Pocos días después el barco fue hundido.

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Niños con milicianos. Foto de Gerda Taro.

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Foto atribuida a Gerda captando una miliciana. Nota importante: Un amable lector me comenta que la foto es de Davis Seymur -Chim – (1948) y se trata de una joven palestina. He podido averiguar este extremo y aunque en la mayor parte de los lugares en que se menciona se da a Gerda como autora, en la página de Magnum Photos se da como autor a Chim con fecha de 1951. Dejo la foto para agradecer al aportación y por su calidad artística.

 

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Entierro del general Luckas, foto de Gerda.

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Foto de Gerda tomada por Robert Capa, encontrada en la “maleta mexicana” y probablemente en su apartamento en París. El apartamento de Robert y Gerda en París, fotos de Ana Elisa Martínez

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Fotos de Gerda por Robert Capa, en el frente de Córdoba

La Grajuela en Córdoba. Fotos de Gerda.

elrectanguloenlamano: DOS FOTOGRAFÍAS MÁS HECHAS POR GERDA TARO EN CERRO MURIANO Y DESCONOCIDAS HASTA AHORA, DESCUBIERTAS Y UBICADAS: MOMENTOS DE PREMUERTE

Foto de Gerda a un miliciano en Cerro Muriano.

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Foto de Gerda en Cerro Muriano

 

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Controversia. ¿Foto de Robert Capa o de Gerda Taro?

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Fragmento de Pingüinos en París:

Llegó un nuevo año cargado de presagios. Aquel invierno fue frío en Madrid, nevaba copiosamente en la Ciudad Universitaria como si los copos quisieran ocultar la suciedad y la sangre, lavar los rostros de los defensores y limpiar las intenciones nefastas de los francotiradores. A principios de año Gerda y Endre se trasladaron
a vivir a la sede de la Alianza. “Aquí estaréis mejor. No tenemos las comodidades del Florida, pero es más divertido”, les dijo María Teresa.
En febrero arribó un tornado a la capital. No en la forma acostumbrada de fenómeno atmosférico ciclónico, sino humana; grande en envergadura, en talento y en peso, de una gran energía exterior y complejos conflictos interiores. Se trataba de Ernest Hemingway, un escritor asiduo visitante y admirador de España. Esta vez venía como corresponsal de Newspaper Alliance y lo primero que hizo fue instalarse en la habitación 109 del Florida, agotar las reservas de whisky del hotel y ligarse a Martha Gellhorn. Ya en sus ratos libres, entrevistaba a los brigadistas internacionales, sobre todo a los de la brigada Lincoln, compuesta por estadounidenses. Algunas veces aparecía por la Alianza a revolverlo todo y a todos. Su amistad con John Dos Passos y un proyecto cinematográfico común, le granjearon las simpatías de los residentes.
Todas las experiencias de Madrid, los galanteos de John Dos Passos, la libertad vital de María Teresa, o la personalidad mitómana de Hemingway, hicieron pensar a Gerda que se puede compartir el mundo sin dejar de tener uno propio. Se lo expuso a Endre con la mayor naturalidad y con la mayor firmeza. “Tú serás Capa y yo Taro”. Él la miró y se limitó a sonreír. “Eso no lo has pensado esta mañana”. “No”, respondió. A partir de aquel momento, Robert Capa fue el alter ego de Endre y Taro el de Gerda. Los trabajos que realizaban juntos se firmaban como Capa & Taro. Las fotos aparecidas en Regards y en Ce Soir y Volks-Illustrierte, en marzo, llevaban la nueva firma de Photo Taro. Se sintió feliz como una rosa al despuntar.

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Gerda en pleno combate.

Fragmento de Pingüinos en París

Gerda entró en el gran salón del Florida, esperaba encontrar a John Dos Passos. En recepción le comentaron que todavía no había regresado. Decidió esperarle. En una de las mesas un capitán brigadista leía plácidamente un libro. Levantó el rostro para descansar un poco la vista. Gerda quedó asombrada al reconocer al oficial que había fotografiado mientras se despedía de aquella joven de fonética latina. “Creo que nos conocemos, fue en Barcelona, le hice un par de fotos”, le dijo. Él la miró asombrado y la reconoció, tal vez por su cámara colgada al cuello. Se puso en pie.
– Ya la recuerdo. Siempre me pregunté qué tal salieron aquellas fotos.
– Muy buenas, no quise desprenderme de ellas. Las tengo en París.
El próximo viaje, si usted sigue en Madrid, se las traeré.
– ¡Eso espero! – exclamó, haciendo alusión a la situación del frente.
Ella sonrió, miró con detenimiento al oficial, era muy alto o eso le pareció a la pequeña Gerda, vestía un impecable uniforme y su rostro mostraba una serenidad inusual en aquel momento y menos en un militar.
– ¿Puedo invitarla? – dijo, ofreciéndole una silla.
– Gracias. ¿Y aquella joven de las fotos? – preguntó mientras se sentaba.
– ¿Mi esposa? Sigue en Barcelona, hace dos meses que no la veo; no obstante, sé que está bien.
– Me alegro. Le dará recuerdos de mi parte. Me llamo Gerda, Gerda…Taro – vaciló antes de darle su alias periodístico.
– Claro, debí imaginarlo. La fotógrafa de la Ciudad Universitaria.
Todos mis soldados hablan de usted. Están encantados con sus fotos… y con su presencia. Mi nombre es Hugo Martínez. Se ruborizó al extenderle la mano. Y se sintió gozosa de aquella pequeña fama. Intentando disimular su sonrojo tomo de la mesa el libro que estaba leyendo el capitán.
– Me permite… – dijo mientras ojeaba la portada. – La rosa blindada – leyó.
– Es un poemario de Raúl González Tuñón, un poeta argentino muy comprometido con nuestra causa; los versos están inspirados en el levantamiento minero en Asturias.
– Me ha llamado la atención el título. Hace unos meses, en Córdoba, alguien me decía que no se pueden blindar las rosas.
– Pues ya ve que estaba equivocado, Raúl lo ha hecho. Se lo regalo, yo ya lo he leído.
– Gracias, espero que volvamos a vernos.
– Ojalá que sea aquí y no en la batalla.
– Yo también lo deseo – dijo Gerda mientras extendía su mano.
Con el poemario bajo el brazo, se dirigió al encuentro de John. Recordó a la chica de la foto; se giró. “¿Cómo se llama su esposa?”. “Nicoletta”, respondió Hugo.
Las semanas siguientes fueron de total ajetreo para Gerda. Hizo muchas fotografías de la Ciudad Universitaria, de la estatua de La Cibeles, del Puente de Los Franceses, de las fábricas de armamento de Carabanchel, de los brigadistas de Hugo. Y compartió conversaciones y risas con los extraños habitantes del caserón, que la sorprendían disfrazados de toreros y de manolas de los fondos de armario del palacio. Todas las mañanas se la veía salir de la casona, vestida como una miliciana más, con pantalones, chaquetón y calzada con alpargatas; solía hacerlo muy temprano, camino del frente de batalla o de las calles bombardeadas durante aquella madrugada.
Una de aquellas noches de sirenas y carreras obligadas en dirección al sótano, Gerda vio que en una de las habitaciones permanecía sentada una desconocida señora ataviada con ropas de época. Se acercó, “Ha sonado la alarma, ¿no baja al refugio?”. La dama se giró lentamente y en un elegante ademán invitó a Taro a sentarse con ella. Gerda le obedeció. Sintió que prefería la compañía de la mujer a correr hacia el sótano.
– ¿No le dan miedo las bombas?
– Son más peligrosos los humanos – dijo la dama.
Durante una hora hablaron sobre la vida, del amor y del destino.
– ¿Está escrito? – preguntó Gerda algo intimidada por la convicción de los argumentos de su interlocutora.
– No, no lo está, si acaso sus resultados; somos lo que queremos ser y alcanzamos aquello para lo que nos estimulamos, aunque no seamos conscientes de ello. La rosa ventea su perfume y su belleza a pesar de estar arrancada ya del rosal…

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Fragmento de Pingüinos en París

Para sacudirse del cerco a la capital, los mandos republicanos decidieron iniciar un contraataque sobre Brunete al oeste de Madrid. El reorganizado Ejército Popular de la República y las Brigadas Internacionales, llevarían todo el peso de la acción. Los generales José Miaja y Vicente Rojo dirigirían la operación. Allí fue Gerda junto al escritor canadiense Ted Allan que no dudó en apuntarse al viaje. Llegaron al frente. Las tropas republicanas habían tomado importantes posiciones. Muchos de aquellos milicianos eran de los pueblos de la zona, de Galapagar, Móstoles, Brunete o Pozuelo y le mostraban a Gerda lugares de infancia y de juegos en la sierra del Guadarrama. Ella les escuchaba, sentada en el suelo, compartiendo latas de sardinas y queso.
Al amanecer del día seis tronaron los cañones gubernamentales y los aviones de la estrella roja se abalanzaron sobre el enemigo. Más de ochenta mil soldados republicanos, apoyados por docenas de carros blindados, iniciaron un feroz ataque. Era el todo por el todo. Gerda Taro también disparaba su cámara, protegida por el muro de una casa en ruinas, tumbada en una cuneta o corriendo junto a los soldados. Sabía que arriesgaba su vida; sin embargo, intuía que podía ser su mejor reportaje. El miedo, el valor, la dureza de la guerra, la fiereza de los combates iban desfilando frente a ella y los clics de su Leica, como ojos que todo lo ven, retrataban sin cesar; incluso la ardiente agonía de las rosas. Sus fotos fueron las primeras que contaron los victoriosos avances republicanos. En el Brunete reconquistado, se reencontró con Hugo.

 – He visto que sus fotos ocupan las primeras páginas en los periódicos
franceses. Enhorabuena.
– Gracias, Hugo, me voy mañana a París, pero volveré pronto.
– Así lo espero. Si no mis hombres se negaran a combatir.
Rieron los dos, seguros de que volverían a verse, como si el tiempo solo fuese un espacio entre dos risas

 

Gerda Taro 3

Foto de Gerda Taro descansando.

Gerda Taro

Fotografía de Gerda Taro tomada en el Puerto de Navacerrada (Maleta Mexicana)

Fragmento de Pingüinos en París:

Gerda regresó de nuevo a Madrid y Endre se quedó en París. En España la situación había cambiado radicalmente desde su partida. Brunete estaba a punto de caer de nuevo en manos franquistas. Los republicanos habían perdido el control del espacio aéreo y los bombardeos de los Heinkel He 111 se intensificaron de forma atroz. El exitoso ataque de principios de julio se convertía en retirada. Gerda apareció en Brunete acompañada por Ted Allan. En cuanto llegaron el general Walter les aconsejó regresar a la capital.
– Esto va ser un infierno dentro de muy poco – les dijo.
Gerda no estaba dispuesta a obedecer. A la mañana siguiente, el domingo 25, la Legión Cóndor se decidió a “terminar el trabajo”, según palabras de los aviadores nazis. Los bombardeos se sucedieron desde la madrugada. Los cazas Messerschmitt Bf 109, en vuelo rasante, acribillaban a todo lo que se movía. Bajo aquel fuego persistente y asesino era imposible retirar los cadáveres, los cubrían con un capote o una manta cuartelera a la espera de ser sepultados. Las ráfagas alcanzaban a todos y a todo; se desprendían las tejas, las barandillas y las rejas de las casas, los marcos astillados caían mansamente sobre las cancelas. Al atardecer cesaron las incursiones
aéreas, era un respiro que tenían que aprovechar.
Ted Allan y Gerda Taro salieron de su refugio de sacos terrenos, la casa que tenían a su espalda mostraba sus paredes agujereadas como un queso de gruyere, las cortinas habían sido pasto de las llamas y se mostraban como tiras nimias chamuscadas y vergonzantes.
Tenían que salir de aquel lugar de locura, donde los muertos aparecían bajo los escombros, mientras los vivos vomitaban bilis al encontrarlos. Las tropas trataban de reagruparse apoyadas por cinco carros de combate.”Nos replegamos”, dijo una voz cascada por el humo. Vieron acercarse al inconfundible automóvil negro del general Walter, un Chervolet Matford. En sus asientos, transportaba media docena de soldados heridos, el conductor, Josef Edenhoffer, les reconoció y disminuyó la marcha para que pudieran subir a los estribos. “Voy a Villanueva de la Cañada”, les dijo. Treparon cada uno por un lado. El coche avanzó entre las columnas en retirada. Los Messerschmitt, atacaban de nuevo, todo era desconcierto. Josef aceleró para evitar ser alcanzado. Cuatro T26 se retiraban atravesando un bosque cercano para evitar los aviones alemanes. Uno de los tanques en retroceso, conducido por Aníbal González, invadió el camino por donde circulaban. Josef dio un volantazo para esquivar al blindado y el desnivel de la cuneta hizo que el automóvil oscilara violentamente, entonces Gerda y Allan salieron despedidos. Las orugas del carro blindado pasaron sobre las piernas y el vientre de Gerda. Gritó de dolor. Un sabor metálico y salobre le llegó a la boca. Las imágenes se tornaron borrosas y en blanco y negro, como las de una foto ligeramente desenfocada. Allan, con las dos piernas rotas por la caída, trataba de arrastrarse hasta su amiga. En el mismo coche la llevaron a un hospital de campaña de El Escorial. Los servidores del tanque ni se dieron cuenta del terrible accidente.
Fernando Plaza, conductor de otro de los blindados, espectador del desgraciado  atropello, al llegar a la altura del T26 de Aníbal le gritó: “¡Te has cargado a la francesa!”, como llamaban a Gerda algunos de los soldados republicanos.

Capa y Gerda en París

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Últimas imágenes de Gerda en París  en  la primavera  de 1937

Fragmento de Pingüinos en París:
La compañía del capitán Hugo Martínez arribaba en retirada a la ciudad. La imagen del monasterio de San Lorenzo se recortaba en el horizonte. Era un convoy cargado de heridos y de soldados casi harapientos y con la derrota pintada en el semblante. Hugo se preocupaba de que la compañía fuese atendida en los puestos sanitarios.
La bandera republicana colgaba como un festón alicaído, sin viento con el que ondear su dignidad. Alguien le comentó a Hugo el accidente de Gerda, que estaba herida de gravedad y que la habían trasladado desde el hospital de la ciudad al hospital inglés de El Goloso.
Cuando llegó, varios reporteros permanecían cabizbajos a la espera de noticias; al verle aparecer, uno de ellos hizo un movimiento negativo con la cabeza. Hugo se acercó hasta la camilla donde Gerda agonizaba. Le cogió la mano, estaba fría como la escarcha de las despedidas. Notó que ella lo reconocía y apretaba sus dedos buscando la mano amiga. La arropó con la manta y le pareció verla sonreír. “Averigua dónde están mis cámaras”, dijo. “No te preocupes Gerda, las encontraré”, respondió Hugo. La besó en la frente y musitó algo que él no entendió; acercó el oído a los labios de Gerda, tratando de escuchar el tenue susurro de su amiga. “Ama mucho a Nicoletta, quiérela siempre”. Hugo sintió un estremecimiento y trató de evitar que sus lágrimas se asomaran delatoras. El cansancio venció a Gerda, que cerró los ojos al imaginar un amor eterno plasmado en el instante mágico de una foto. Por un instante le pareció estar con Robert en una terraza de Madrid, mientras un sol primaveral le doraba el rostro. “¡Al fin Madrid!”, imaginaba entre brumas. Aquella madrugada Gerda reveló su último reportaje.
La llevaron al caserón de la Alianza en Madrid, aquella mansión donde había sido feliz. Los amigos que seguían en Madrid y los habitantes de la casa velaron el cadáver de Gerda. John Dos Passos estaba desconsolado, Hugo se le acercó. Se abrazaron. “No pudimos blindar la rosa”, dijo. El poeta Luis Pérez Infante que escuchó parte de la conversación, les leyó los primeros versos para el futuro poema dedicado a Gerda:
Si es verdad que caíste, camarada,
también es cierto que viviendo sigues
eterna juventud entre nosotros.
Lo mismo que la rosa
vista por la mañana en mayo un día,
si luego la encontramos
muy lejos del rosal, pisoteada,
perdura en el recuerdo lozanísima,
así para nosotros, Gerda, eres.
Alguien comentó que en la sala habían visto a una elegante dama vestida de época que lloraba frente al cadáver. El viejo palacio de los Zabálburu gemía y sollozaba aun sabiendo que las rosas, aunque cortadas, nos siguen regalando con su aroma. 

 

Fotos de Gerda en Brunete.

 

muerte gerda taro

GERDA TARO TOMB IN PERE-LACHAISE CEMETERY OF PARIS

Tumba de Gerda en el cementerio parisino de Père- Lachaise, antes de que las tropas de ocupación alemanas borraran la inscripción de la lápida.

 

Siempre con nosotros, Gerda.

nada

 

 

 

 

3 comentarios en “Gerda Taro en Pingüinos en París

  1. Pingback: Aniversario de la muerte de Gerda Taro – Jordi Siracusa

  2. La “gran foto de Gerda captando a una miliciana, ni es de Gerda (es de D. Seymour), ni es de la Guerra Civil Española (es una hebrea en Palestina en 1948). Una saludo.

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