La liberación de Écouché en Pingüinos en París

La Nueve desembarcó en las playas de Normandía a primeros de agosto de 1944. Antes de su famosa liberación de París, intervino en varias acciones. La más sangrienta de las que precedieron a la llegada a la capital fue la conquista de la ciudad Écouché o Ecouché,  en la región de la Basse-Normandie, y su posterior y heroica defensa  de los contraataques alemanes. En estos combates  La Nueve tuvo varias bajas. Todos estos hechos, ocurridos a partir del 13 agosto de 1944, se cuentan en mi novela.

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La División Leclerc poco después del desembarco.

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La División Leclerc avanzando por tierras normandas.

Fragmento de Pingüinos en París

El bochorno anunciaba tormenta; presentían a los blindados alemanes
y a la artillería ligera camuflada entre las casas del pueblo. “No les vemos pero les olemos”, bromeaban los atacantes. Desde la zona boscosa de Écouves, podía apreciarse el campanario de la abadía de Écouché, los half – track se detuvieron para preparar el asalto a la ciudad, avanzaron hasta una granja rodeada por una protectora
arboleda, el ruido de las orugas alertó a los granjeros que se asomaron imprudentes, levantaron sus manos y empezaron a gritar vivas a la Francia Libre. La Nueve se convirtió en la punta de lanza del ataque, llegó la primera a los arrabales del sur de la población y ocupó la oficina de correos; aparecieron varios blindados alemanes, los hombres de la primera y segunda sección saltaron de sus vehículos y  se enfrentaron a los Panzer. Eran como dioses mitológicos y como Aquiles se sentían invulnerables. Los nombres de aquellas ya lejanas derrotas de Teruel, Madrid o el Ebro, lucían en sus semiorugas, pero ahora las fuerzas estaban equilibradas. Luchaban por el futuro y también por el pasado. Un grupo de las Waffen SS trató de escapar protegidos por un par de Panthers. La tercera sección de La Nueve fue tras ellos. Los blindados alemanes abrieron fuego en un intento de detener a los hombres de Hugo y de Campos, todo fue inútil para los nazis; hacía demasiado tiempo que los españoles esperaban esta batalla, frente a frente, con material parejo, aunque con empuje bien distinto: el que deja el recuerdo de una patria destruida.
Voló uno de los Panther como alcanzado por un rayo y eso había sido, un relámpago vengador. Al otro le reventaron las cadenas y chirrió como un animal agonizante, un bazooka le había alcanzado, el retroceso del arma tumbó al artillero, que pensó que valía la pena el culetazo por ver saltar por los aires al carro alemán. La población quedó franca y la división se enseñoreó de las calles y de las plazas. Había sido más rápido de lo que pensaban. Amado Granell había arrebatado a los alemanes un automóvil Tatra 57 K un vehículo militar preparado para transportar mandos de las SS. A partir de aquel momento lo convirtió en su “jeep” de mando, haciéndole trotar por los campos de batalla.
Los alemanes no se resignaron a perder Écouché y enviaron a la 2ª y 9ª Panzer División para reconquistar la ciudad a sangre yfuego. Durante cuatro largos días la división francesa resistió sin descanso los ataques alemanes por tierra y por aire. Una mañana percibieron el rugir de los motores de la aviación. Miraron al cielo, no para rezar, sino tratando de distinguir si eran amigos o enemigos.
Pronto comprobaron que eran estadounidenses, sin embargo no fue ninguna garantía. Los aviones empezaron a ametrallar a las tropas francesas, un par aparatos P-51 la tomaron con La Nueve. Martín Garcés advirtió del peligro:
– ¡A cubierto!
– Esos cabrones nos tratan de machacar – dijo Luis Royo.
– Voy a darles una lección – exclamó David – sorprendiendo a todos preparando su ametralladora –. Me importa un huevo que sean aliados.
– Alto David, déjame a mí – dijo Amado Granell.
Salió al centro del camino donde los Mustag P-51 iniciaban otra pasada y esgrimió una bandera francesa con el consiguiente riesgo de ser ametrallado. El piloto del primero de los aparatos vio la enseña francesa y el uniforme americano, levantó el pulgar de su disparador e inició el ascenso. Granell extendió un panel con el nombre de la división y se quedó allí de pie. El otro aparato remontó el vuelo en pos de su jefe de escuadrilla. Los hombres de la compañía irrumpieron en vivas.

Avranches

 

La columna Leclerc en Avranches, camino de Écouché

 

Fragmento de Pingüinos en París

El día 15 La Nueve fue cañoneada por los alemanes y por los propios americanos, la falta de puntería de los artilleros de uno y otro bando les salvó. Sin embargo, los torpes cañonazos alcanzaron a varios soldados franceses, una sombra vestida de sacerdote apareció entre las ruinas y cargó con uno de los heridos. El cura del pueblo, el abad Verget, un joven capellán de extraordinario valor, se jugaba la vida desde el mismo día de la llegada de los divisionarios a Écouché, retirando los heridos y llevándolos a la sacristía para que fueran atendidos. Durante las noches enterraba cristianamente a los muertos. Los soldados le veían atravesar una calle batida por el fuego enemigo para rescatar a un herido y cargárselo al hombro hasta la iglesia. Los ataques de aquella jornada llevaron a varios miembros de la compañía a refugiarse en el templo. El joven cura no dejaba de salir de los muros protectores de la abadía para seguir con su encomiable labor de ayuda. Su actitud levantó la admiración de la compañía, incluso de aquellos libertarios de reconocido ateísmo.
– Ojalá hubiésemos tenido curas como ese en España. Me cae bien ese tío – dijo el “Mejicano”.
– Los teníamos, pero no les dejamos demostrarlo – contestó Belmonte,
el asturiano de Ibas.
Hubo risas generales, no obstante todos sabían que Belmonte tenía algo de razón. Aquella noche, después de pelear todo el día, quisieron celebrar el estar vivos. Habían llegado hacía ya dos semanas y seguían completos y muy satisfechos de sus acciones. Los rostros cansados no podían ocultar la satisfacción. El “Ay Carmela” sonó fuerte y claro por el cielo de Écouché. Era un homenaje a ellos mismos, a otra batalla en otro río distinto al Sarthe.
A la mañana siguiente, los alemanes penetraron por algunos puntos de la ciudad. La situación se tornó complicada; la división estaba rodeada. Dronne sabía que su compañía no podría aguantar nuevos ataques al sector. Se reunió con Granell, Hugo, Elías, Montoya y Campos. Entre todos consideraron que lo mejor sería contraatacar y tratar de sorprender al enemigo. El capitán decidió hacer el asalto a pie, protegidos por fuego de morteros. Granell y Hugo expusieron sus dudas, preferían rodear a los alemanes y someterlos al fuego cruzado. Al final se impuso la opinión de Dronne. El capitán trataba de ponerse a la altura del golpe de mano al castillo o a la actitud heroica de Granell. Él mismo dirigiría el ataque frontal. Hombres de las tres secciones se prepararon para el asalto en grupos de dos o tres con ametralladoras y las suficientes bombas de mano para organizar una buena fiesta. Avanzaron con precaución, los hermanos Pujol iban juntos. Constantino Pujol lanzó un par de granadas sobre la infantería alemana, Fermín hizo lo propio. De la nada surgió un Tiger alemán y ametralló a los dos hombres, las ráfagas barrieron el camino y alcanzaron a ambos en la cabeza. Constantino cayó rodando por la vaguada y Fermín quedó en posición fetal sobre el terreno. Sus compañeros lanzaron granadas y dispararon furiosos sus ametralladoras para cubrirles. Los alemanes respondieron al ataque. Luis del Águila y Poreski fueron abatidos y varios más heridos. Granell y Hugo al mando de media docena de half – track se abrieron a derecha e izquierda, su furioso ataque acabó con siete blindados enemigos. Vinagre y Belmonte cargados con un bazooka hicieron saltar las cadenas de otro de los tanques, sus servidores salieron por la torreta y recibieron una lluvia de balas que los barrió. Cariño López, el mejor artillero de toda la división, no paró de disparar su cañón antitanque y otros cinco carros de combate alemanes fueron destruidos por el gallego. El audaz y eficaz ataque permitió a la compañía retirarse de nuevo al pueblo. Los alemanes recibieron un grave castigo, sin embargo, Écouché seguía rodeado. Media docena de españoles perecieron durante los asaltos y nueve fueron gravemente heridos. Eran las primeras bajas de La Nueve.

Un par de días después persistían los duros combates. La artillería
enemiga no cesaba de enviar regalos envenenados. Llegó un momento de tregua, el enemigo parecía detener sus ataques. Los hombres de la compañía se tumbaron mirando al cielo, agotados por el esfuerzo. Luis Royo aprovechó el respiro para dictarle a Fábregas una carta para su amiga inglesa de Hull, Jenny Farrow. Sentados
sobre una piedra de un prado de Écouché, Fábregas escribía en el idioma de Shakespeare lo que Luis le dictaba en catalán. Todo permanecía tranquilo. Los demás se dispusieron a abrir algunas latas y en aquel momento ¡oh milagro!, apareció una campesina francesa con una gran olla de guiso. Los vapores del estofado elevaron su aroma culinario que llegó dulzón hasta las pituitarias del grupo.
La maravilla se confirmó cuando la mujer les dijo que era para ellos. Armados con sus cucharas degustaron el guiso de patatas y cordero con sabor a comida casera recién hecha y dejaron de lado parte de sus raciones K. Se relamían de gusto, recordando otros estofados de sus hogares. Llegó el teniente Elías. “Habéis dejado un par de ametralladoras por ahí tiradas”, dijo, mientras llenaba su escudilla. Manuel Fernández, Belmonte, se levantó, entre las risas de sus compañeros y, sin soltar la cuchara, anduvo los pocos metros que le separan del armamento, el lugar olía a manzanas como los bosques asturianos… y a estofado. De repente sonó un estallido y un proyectil enemigo lo derribó de un golpe seco. Lo trasladaron al mismo hospital donde estaban los heridos del combate del día anterior, alguien guardó su cuchara.

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Granell – con  prismáticos – en la toma de Écouché.

con el coronel Langlade

Raymond Dronne, junto al coronel Lecglade, preparando un ataque.

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Tanque Sherman en las afueras de Écouché.

Fragmento de Pingüinos en París

De regreso al campamento sus compañeros tuvieron una gran sorpresa. La compañía había decidido ir a misa al día siguiente.
– ¿A misa? – preguntó Manuel Lozano, cenetista e hijo de un barbero anarquista de Cádiz.
– Pues sí, invitación personal del abad. Celebra un funeral por todos
nuestros caídos en Écouché. No podemos decirle que no – dijo Luis Royo, también hijo de un anarquista, pero que había estudiado en los salesianos de Barcelona.
Nadie pudo ni quiso rebatir los argumentos a favor que esgrimió Martín Garcés, libertario y agnóstico hasta la médula, pero muy respetuoso con los gestos de valor y con la Virgen del Pilar, como buen aragonés. Sabían de la heroicidad de Verget y poco importaba si llevaba sotana o uniforme. Se hizo la misa en memoria de los compañeros muertos y a la que asistió toda la compañía, salvo los que estaban de guardia. Fue conmovedor: olía a incienso, a cenizas y a madera de pino de los ataúdes. Al terminar Verget se lamentó de que la imagen del Sagrado Corazón que presidía el altar había sido hecha añicos por las bombas alemanas. Alguien tuvo la idea de recoger dinero para que el valiente cura tuviese de nuevo el icono. Uno tras otro entregaron su contribución a los colectores. Luego, le dieron el peculio recogido a Dronne, quien se lo entregó al sacerdote.
Écouché tendría de nuevo su Sagrado Corazón gracias a unos republicanos españoles, algunos de demostrado ideario anarquista y socialista. El valor y la nobleza, como la amistad, residen en muchos corazones y están por encima de ideas y creencias. Los españoles fueron enterrados en el cementerio de la abadía con la bandera republicana por la que tanto habían luchado y bendecidos por el abad de aquel lugar por el que habían dado su vida.

 

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Las tumbas de los caídos en Écouché. Foto de un artículo de Eduardo Pons Prades.

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El SAGRADO CORAZÓN “ANARQUISTA” DE ÉCOUCHÉ. A la derecha los nombres de los caídos en la liberación de la ciudad, con los seis componentes de La Nueve. Foto de Joan Ramón http://excursionsdeljoanramon.blogspot.com.es/2015/09/normandia-6-ecouche.html. Gracias.

Ecouche

Resistentes franceses celebrando la liberación de Écouché.

Tropas británicas llegan a la ciudad.  Foto Alamy.Resultado de imagen de ecouche 1944

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Prisioneros alemanes de Écouché.

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El general Leclerc en Écouché.

 

 

Vídeo del Ejército de los Estados Unidos  de la toma Écouché por la 2DB Blindada – La División Leclerc -. Podréis ver a Amado Granell (minuto 4) y a los de La Nueve.

Publication date 1944-08-15

La 501 en Écouché

 

Amado Granell en Pingüinos en París I

Uno de los personajes que aparecen por mérito propio en mi novela es Amado Granell, el primer “soldado norteamericano” que entró en París en agosto de 1944. Ayer, viernes 12 de mayo, fue el aniversario de su fallecimiento por accidente automovilístico ocurrido en Sueca el año 1972.

Este es la primera parte sobre su vida hasta la entrada en París de La Nueve. La próxima semana habrá la segunda entrega. Espero que os guste-

Amado Granell en Pingüinos en París. Fragmento de la novela.

Fue el teniente Amado Granell quien les comunicó que partían aquella mañana para Temara, una playa atlántica del Marruecos francés, cercana a Rabat, donde los americanos les entregarían los nuevos uniformes, los vehículos y las armas con que estaría dotada la división y que tan bien ya conocían. Frente a él estaban formados los ciento sesenta componentes de la compañía, en sus manos llevaba un puñado de pequeñas banderas republicanas.
– Os he traído para cada uno de los españoles una insignia republicana para que la cosáis en el nuevo uniforme. Así sabrán con quien se las van a ver.
– Olé tus “güevos” – contestó el gaditano Manuel Lozano. Los demás se echaron a reír y aplaudieron el gesto de su teniente.
Al día siguiente la Deuxième Division Blindée llegaba a Temara; la temperatura era muy alta, a pesar de que la brisa atlántica y los bosques al sur de la ciudad la atenuaban. Aquel martes 24 de agosto se tomaría como la fecha de la creación oficial de la división, no lo sabían pero era toda una premonición.
Los M4 Sherman bajaron majestuosamente por las rampas de las barcazas, mientras sus futuros servidores se hacían cargo de ellos con la ilusión de un niño a quien le acaban de regalar un juguete de treinta toneladas. Los semiorugas no defraudaron, las pruebas realizadas en el desierto habían demostrado a los batallones mecanizados la multifuncionalidad de los half – track. Los rápidos y versátiles jeeps, los potentes camiones GMC y las camionetas Dodge les parecieron una maravilla. La Nueve se hizo cargo de sus vehículos entre la alegría y las expresiones castizas. Se sentían ya una unidad de infantería motorizada dispuesta a todo. Ahora había que hacerse con el material, convertirse en centauros de la mecánica y de las orugas tractoras, en expertos apuntadores y artilleros, en parte del engranaje de las máquinas de guerra. La preparación debería ser larga y paciente, hasta establecer la perfecta simbiosis entre hombres e instrumentos. Los españoles se enfundaron en sus nuevos uniformes, iguales al de otras unidades de infantería norteamericana.
Muchos se cosieron en las cazadoras la bandera que les diera en Djidjelli, Amando Granell.

                                    Amado Granell

Amado Granell es uno de los personajes más carismáticos de los componentes de La Nueve y uno de los personajes de “Pingüinos en París (Bajo dos tricolores) “. No era un aventurero aunque su vida, incluso su muerte, podría formar parte de una novela de aventuras.

Amado Granell Mesado, nació en Burriana (Castellón) el 5 de noviembre de 1898, año del Desastre. Era hijo de Juan Bautista Granell Sabater y de María Francisca Mesado Monzonís. Su padre era importador de madera.

Tras el desastre de Annual en Marruecos, que costó la vida a 13.000 españoles, Granell se alistó en el tercio español de la Legión, era 1921, y como preludio de lo que sería una vida azarosa. Se le destinó en la 18ª Compañía de la Quinta Bandera. Sin embargo,  a requerimiento de su padre y aduciendo que era menor de edad cuando se alistó, algo bastante extraño puesto que ya tenía 23 años, le obligó a dejar el tercio Duque de Alba, ya con los galones de sargento, y regresar a Burriana el 5 de julio de 1922.

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La ficha donde se le licencia por menor el 5 de julio. Foto de: aulamilitar.com/agranell.hts

Se casó con su primera mujer, Aurora, y juntos montaron una tienda de bicicletas en Orihuela. Sus inquietudes políticas le llevaron a afiliarse a la U.G.T. y a ser concejal por Izquierda Republicana. Al estallido de la Guerra Civil en julio del 36 se inscribió en el Comité de Enlace Antifascista. Como hombre de acción el 16 septiembre ya se había alistado al recién creado Ejército Voluntario y destinado al batallón Levante en Valencia,  y más tarde, al Batallón de Hierro hasta el 10 de diciembre, alcanzando el grado de alférez. En el mes octubre la unidad de Granell pasó a llamarse Batallón Motorizado de Ametralladoras. Amado ya es capitán desde noviembre y en diciembre el batallón será la  base para la formación de la Brigada Motorizada de Ametralladoras, que el 22 de abril de 1937 se convertiría en el Regimiento Motorizado de Ametralladoras. La unidad, en su evolución, había pasado de los 136 miembros iniciales a 1.200 al mando de Granell. Combatieron en Toledo y en la defensa de Madrid. El regimiento fijó su cuartel general en un convento de la capital. Allí prosiguieron con la edición de la revista  Hierro, órgano del regimiento, y que dirigía el pintor José Vela Zanetti.

 

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En diciembre de 1938,  y con el grado de comandante, es el jefe de la 49 Brigada Mixta, formada por los batallones 193, 194, 195 y 196, que combaten a los golpistas para evitar la ocupación de la provincia de Castellón.

Consumada la derrota republicana fue uno de los últimos en huir del avance de las fuerzas franquistas. En vísperas de la derrota republicana se encontraba atracado en Alicante, a la espera de cargar una partida de naranjas, un barco carbonero británico de nombre Stanbrook; su capitán, un galés llamado Archibald Dickson, viendo el peligro que se cernía sobre los miles de republicanos esperando medio de transporte, decidió socorrer a los refugiados. Dickson zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939 con 2.638 personas a bordo y sorteando los proyectiles lanzados por el crucero Canarias que bloqueaba el puerto. Como anécdota, Amado tenía dos plazas en el buque con los números 2.073 y 1.928. A pesar de ir el barco cargado hasta los topes, más de 15.000 republicanos quedaron en el puerto de Alicante sin poder embarcar. Después de 22 horas de travesía el Stanbrook llegaba a Orán.

 

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El Stanbrook en el puerto de Alicante.

Al llegar a Orán, Granell fue internado, junto con otros combatientes republicanos, en un campo de concentración francés. Por fortuna, fue reclamado por su hermano Vicente que había llegado un par de meses antes y vivía ya en el barrio español de Babel-Oued. Allí permaneció hasta diciembre de 1942. El 8 de noviembre se había iniciado la operación Torch y los norteamericanos habían desembarcado en el norte de África.

Granell se alistó en Argel en los “Corps Francs d´Afrique”, al mando del general De Monsanbert de las Fuerzas Francesas Libres (FFL), y que acompañan al ejército británico en el avance a Bizerta y en la Batalla de Túnez contra las fuerzas del Afrika Korps de Romel, en alguno de los numeroso combates que vivió fue herido en la cabeza e ingresado en un hospital argelino. En la batalla de Túnez consiguió el grado de teniente y coincidió con varios de los futuros compañeros de La Nueve.

 

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En la Nueve.

Terminada la campaña de Túnez, los Cuerpos Francos tenían que incorporarse al nuevo cuerpo de ejército comandado por el general Henri Giraud. El general francés antiguo combatiente en Marruecos y en la Primera Guerra Mundial, había sido hecho prisionero en  Wassigny por tropas alemanas en mayo de 1940, pero logró huir en 1942 y tras numerosas vicisitudes llegar a Argelia, donde mantuvo una ambigua posición con los generales fieles a Vichy y con los aliados. Muchos de los integrantes de los Cuerpos Francos y de la Legión Extranjera, sobre todos los españoles, desertaron de las tropas al mando de Giraud para enrolarse en la nueva División Blindada que estaba formando el general Leclerc. Uno de ellos fue Amado Granell quien, además, animó a numerosos compatriotas a alistarse en la que sería la llamada División Leclerc.

En verano de 1943 se formó en Tripolitania la División, consta como fecha de su fundación el 24 de agosto. De los 16.000 hombres que la formaban, 2000 eran españoles, a quienes todos llamaban “los Pingüinos”. Amado quedó asignado a la novena compañía del Tercer Batallón del Regimiento de Marcha del Chad como teniente. La compañía estaba formada casi exclusivamente por soldados españoles (144), su idioma oficial era el castellano y el nombre por el que la conocían todos: La Nueve. El mando se le asignó al capitán francés Raymond Dronne.  Después de su formación en tierras africanas fueron enviados, junto el resto de las tropas de Leclerc  a Inglaterra, concretamente a Pocklington  en Yorkshire a 39 Km. de York.

La División permaneció en Inglaterra hasta su desembarco en Normandía el 3 de agosto de 1944. Antes, Dronne, había nombrado al teniente Amado Granell su segundo en el mando por su valor y su carácter flexible y conciliador entre una tropa muy veterana y un tanto indisciplinada. Los Cosacos, como llamaban a los componentes de La Nueve, también fue el nombre del half-track de mando, que comandaba el propio Granell. La campaña a través de Normandía fue extremadamente dura y Granell destacó por su temeridad y arrojo en todas las batallas, significándose como uno de los mejores oficiales de la División.

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Granell en Écouché

París

De Gaulle tenía la intención de que las Fuerzas Libres Francesas fuesen las que liberaran la capital. Ante la incertidumbre de los aliados que preferían seguir avanzando y dejar a París embolsado en retaguardia, De Gaulle ordenó al general Leclerc que avanzara con su División. La tarde del 24 de agosto de 1944, el general Leclerc se encontraba a 10Km. de París sabiendo que una guarnición de 20.000 alemanes les esperaba. Ordenó a Dronne que se adelantara con su compañía hacia la capital. La Nueve entró por la antigua Puerta de Italia y ante los vítores de la población llegaron los a las 21.20 al Ayuntamiento parisino. Allí les esperaban los jefes de la Resistencia. El primero en llegar a la alcaldía fue Amado Granell.

Fragmento de Pingüinos en París

Los paisanos que han salido al encuentro de la cabeza de la compañía, advierten a Granell que parte de la avenida de Italia está ocupada por unidades del ejército alemán y muchas calles están batidas por el fuego enemigo; entonces decide desviarse por la rue Baudricourt. La columna atraviesa la place Nationale y giran por la calle del mismo nombre. Dronne ordena entonces dirigirse al ayuntamiento. Algunos miembros de la Resistencia les saludan alborozados, hace ya demasiados días que luchan solos para liberar la capital. Robert Millet, un abogado norteamericano residente en la ciudad, ve aparecer al Santander frente al portal de su casa en la plaza Pinel, reconoce los uniformes y les grita en inglés creyendo que son compatriotas. ¡Welcome boys! ¿Yankee? le preguntan, el americano sonríe y afirma con la cabeza. “Nosotros somos españoles”,
contesta Sanchís para sorpresa del abogado. A la altura de la rue Squirol las gentes les abrazan y empiezan a entonar la Marsellesa,
Hugo les acompaña en sus cantos revolucionarios, siente que sus recuerdos de infancia vuelven transportados por el tiempo y acunados por las palabras de su padre: Es la tierra de la Libertad…

El teniente Granell atraviesa el primero con su automóvil Tatra el puente de Austerlitz para asegurarse de que no está minado y llega a las cercanías del ayuntamiento parisino; informa que, al parecer, el edificio ha sido ya tomado por la Resistencia
y que no hay alemanes a la vista. Dronne y el resto van en su pos, desde una ventana arrojan flores sobre el jeep de mando, la alsaciana se asusta, podría haber sido una bomba. Siguiendo a Dikran atraviesan a su vez el puente de Austerlitz, cruzan el Sena, llegan al boulevard Henry IV y protegidos por los muelles fluviales desembocan
en la place de l’Hôtel de Ville. Se escuchan detonaciones lejanas. El peculiar ruido de las orugas parece acompasar los gritos de la población, es un run run que parece gritar algo así como: libertad, libertad. Se escucha el tableteo de una ametralladora, al final de la calle un par de confiados civiles caen heridos sobre el pavimento. Los “cosacos” responden al fuego haciendo enmudecer los fusiles alemanes. Están más que preparados, ansiosos de revancha,de ganar esta guerra para poder olvidar la que perdieron en su patria; han luchado en tantos frentes que ni siquiera recuerdan los nombres, pero sí cada rostro amigo o enemigo que han visto morir, o eso imaginan en sus pesadillas.
Las campanas empiezan a tocar, el gran Bourdon de Nuestra Señora responde a sus hermanas. Cantan a la liberación. ¡París libéré!, gritan las gentes, los componentes de la columna sienten el amparo del pueblo, algunos lloran emocionados. La avanzadilla llega a la plaza, el primero es el Guadalajara; una joven parisina de doradas trenzas se sube al half – track y besa en los labios a Juan Rico, él la corresponde entusiasmado. Los otros semiorugas que siguen al Guadalajara toman posiciones para evitar un ataque alemán. Las gentes les abrazan y vitorean. El reloj de la fachada marca una hora histórica las 21.22.

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Al día siguiente  el periódico Liberation, publicaba en su portada la llegada de las tropas aliadas y la foto del primer “americano” en llegar a París. Era Amado Granell, de Burriana.

Foto histórica para publicar

París 25 de agosto de 1944. El capitán Dronne, el teniente Amado Granell, a su derecha, y el subteniente Martín Bernal, a la izquierda y el soldado Pirlian, al fondo, preparan el asalto a la telefónica.

Fragmento de Pingüinos en París

En aquel mismo momento y en la plaza del ayuntamiento, Dronne distribuía a sus hombres. El periódico Libération publicaba en su portada un titular con la leyenda de Ils sont arrivés, acompañada de una foto de Granell con Bidault y el prefecto de París, y en cuyo pie rezaba: “El prefecto de la ciudad felicitando a un oficial de la División Leclerc” y se destacaba a Granell como “le premier soldat américain”; difícil encontrar una ciudad norteamericana llamada Burriana.
Pasado un cuarto de hora de las nueve de la mañana, la prefectura parisina pidió a Dronne que liberara la central telefónica de la rue des Archives, situada a menos de cien metros de la plaza. Trazaron un plan. El capitán ordenó a Granell permanecer en el ayuntamiento y en principio dispuso que Hugo asaltara el edificio de la telefónica desde la rue du Temple, mientras Michard con Garcés lo harían por la rue des Archives; pero cambió de opinión y envió a Elías a la telefónica, ordenando a Hugo que tratara de capturar al Estado Mayor alemán en el Maurice.

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Amado Granell a bordo de su Tatra 57 encabezando el desfile de celebración de la liberación de París el día 26 de agosto de 1944.

Fragmento de Pingüinos en París

Amado Granell con su sufrido Tatra 57 K encabezaría al resto de los semiorugas de la compañía capitaneados por Hugo. Todo un honor para La Nueve. Detrás, un grupo de jeeps conduciría a los periodistas y fotógrafos.
La escolta se puso en marcha. Desfilaron entre vivas y ovaciones de los ciudadanos y de los resistentes de las FFI convertidos en activos espectadores. Los cantos de la Marsellesa repetían: “Libertad, libertad querida…”, y los feroces soldados de La Nueve marchaban por la Avenida de los Campos Elíseos. Los días de gloria habían llegado. Entre el público alguien desplegó una bandera republicana española de veinte metros. La emoción recorrió la médula espinal de aquellos hombres. “¡París, Berlín, Barcelona… Madrid!”, empezaron a gritar. Era la esperanza de los hijos de otra patria, lejos de sus casas, con el solo deseo de volver y echar al dictador de sangre impura. Los Guernica, Teruel, Guadalajara, Madrid, Ebro o España Cañí no pedían venganza sino justicia. Capa iba captando instantáneas de la emoción popular, de las caras de alegría y los rostros
de felicidad. Disparaba y disparaba la Contax, que tanto había visto por su obturador y que, sin embargo, seguía asombrándose del poder de expresión de los humanos, capaces de dibujar en sus miradas el estado de sus almas. Fotos de De Gaulle sonriendo a una multitud enfervorizada, de paisanos entusiasmados, de gendarmes impotentes para contener a la gente, de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, encaramándose a los vehículos para besar a los soldados. No era el único, docenas de fotoreporteros dejaron constancia del paso de los vehículos de La Nueve bajo el Arco del Triunfo. Las futuras generaciones tendrían que cantarlo algún día, al igual que las contemporáneas lo festejaban hoy. París era libre, gracias a muchos y al arrojo de unos cuantos.

Continuará…